Ana
Una
golondrina de arena y barro.
Ana
Una
golondrina de agua.
Ana
Una
golondrina de fuego.
Ana
Una
golondrina de un jazmín.
Una
golondrina que creó el más lento de los veranos.
Una
golondrina que surca el cielo de Manhattan
hacía un
norte ficticio que no alcanzamos a vislumbrar,
o a imaginar,
más al norte aún de tantas vanas
ilusiones.
.
. .
Ana,
lanzada a la intemperie de Iowa, otra vez.
Una
llovizna negra cae sobre tu silueta.
Tus
siluetas dormidas nos acunan
como diosas
supremas de la desigualdad,
como diosas
supremas de los nuevos peregrinos
ccidentales.
Ana
sencilla. Ana vivaz.
Ana
con su mano encantada de huérfana.
Anda
durmiente. Ana orfebre.
Ana,
frágil como una cáscara de huevo
esparcida
sobre las raíces enormes de una Ceiba
cubana
De
hojas oscuras, espesamente verdes.
.
. .
Ana,
qué colores tan radiantes veo
Y
cómo se parecen a ciertos cuadros de Chagall
que te gustaba
perseguir por cualquier galería
de la Tierra
Tus
Siluetas, adormecidas,
van empinando
al papalote multicolor
que huye
de Iowa bordeando los cipreses indígenas
y va a posarse
sobre las nubes ciertas
de las montañas
de Jaruco en cuya tierra húmeda
has vuelto
a renacer envuelta en un musgo celeste
que domina
la roca y las cuevas del lugar
que es tuyo
como nunca
Ana Mendieta
Nancy Morejón
En su largo poema, Nancy Morejón conjura la vida y las imágenes
de Ana Mendieta en las cuevas, en los
árboles y en la tierra, entre otras siluetas letárgicas y terráqueas
en Iowa y México. También alude a las esculturas de Rupestrian Series que creó en un parque de Jaruco,
en La Habana. Mendieta empezó su carrera
artística en el Departamento de Arte en la Universidad de Iowa,
donde también vivió su “orfandad”. Había nacido en Cuba en 1948.
Cuando tenía doce años, la mandaron a vivir a los Estados Unidos
(sus padres participaron en la operación Peter Pan de los años sesenta, organizada por la Iglesia Católica),
volvió varias veces a Cuba en los años ochenta, y bajo los auspicios
del Ministerio de Cultura, hizo la serie de obras en Jaruco.
Regresó
a Cuba para desarrollar su arte performática
y luego se mudó a Nueva York con el objetivo de continuar su creación
en el centro del mundo artístico de los Estados Unidos. Sus obras
vistas en fotografías documentaban su arte efímero en la tierra,
en las cuevas, usando los árboles, las raíces, el barro, la arcilla,
los palos, el fuego y la pólvora. Morejón hace referencia al retorno
físico y artístico, a la vez simbólico y espiritual, de Mendieta:
en la vida y la muerte cruzaba fronteras geográficas y culturales.
Recuperaba artísticamente sus raíces, y sin caer en la retórica
de la victimización del exilio y la
política extremista del cubano exiliado, hizo sus peregrinajes
a Cuba, su país de origen, para crear su arte. Ella misma decía
que su propia “orfandad” y exilio le inspiraban a explorar asuntos
de raíces, pero sin convertirse en víctima de las circunstancias
de su vida.
Fue
uno de los artistas de desempeños más innovadores de su época;
produjo sus obras de performance y el arte del cuerpo entre 1973-1985.
Amalgamaba elementos del arte del cuerpo, del multiculturalismo
y del feminismo. Pasó por varias fases ideológicas, pero siguió
con ciertos temas, obsesiones y métodos a lo largo de su producción.
Superponía distintas obras e ideas y las retomaba, más que seguir
un orden estrictamente cronológico. En los años setenta, por ejemplo,
sus obras reflejaban una influencia significativa del temprano
feminismo de la época. Al principio de su carrera, articulaba
la reivindicación de la mujer y el culto de la tierra/madre (y
formas universales de las diosas de la fertilidad) en algunos
cultos y mitos antiguos, con las ideas vanguardistas de Performance
Art. Se nota en su obra la influencia de otros
contemporáneos. En la Conversions Series (1977), Vito Acconci cuestionaba la noción de la orientación sexual y cruzaba
las fronteras sexuales al explorar y borrar nociones convencionales
de lo masculino y lo femenino. Hay influencia también de artistas
que trabajan con la naturaleza o experimentan con el proceso de
crear el arte, como es evidente en las obras de Jasper
Johns (Diver,
1963) y Yves Klein (Anthropometries, 1960).
En
los años setenta, Mendieta hizo obras
performáticas con las cuales cuestionaba
las convenciones sociales de los géneros sexuales y la violencia
social y política contra la mujer. Distorsionaba su propia imagen
como mujer poniéndose pelucas, maquillaje, barbas y otros accesorios
para transformarse no solamente en otras personalidades femeninas,
sino también en imágenes sexualmente ambiguas. Ridiculizaba la
explotación convencional de la mujer en fotografía profesional
y en anuncios comerciales y ponía en tela de juicio las oposiciones
binarias masculino / femenino (Duncan,
112).
En
uno de los casos, representaba la violación de una mujer que condujo
a la muerte: Mendieta convertía su propio cuerpo en el de la victima. Invitaba
a sus amigos al performance titulado Violación-asesinato,
donde ella se tendía en un bosque o en un apartamento como si
hubiera sido violada y abandonada por muerta. Cuando el público
llegaba al lugar, descubría su cuerpo semidesnudo y cubierto de
sangre. Este acto recalcaba la violencia hacia la mujer, las muchas
contradicciones y la desigualdad sexual de las sociedades patriarcales.
Tiempo
después, Mendieta se desilusionaría
con la retórica limitada del feminismo de las mujeres “blancas”
y de clase media, porque no representaba a todas las mujeres marginadas
(por ser diferentes, por ser latinas, etcétera).
Durante
esta época, Mendieta también exploró
los mitos precolombinos y empezó a viajar a México. Se concentraba
en el poder de los mitos ancestrales para crear obras que revelaban,
a la vez, una sensualidad visceral y la sofisticación conceptual
de su poética. Dibujaba y marcaba en el paisaje de varias maneras
las siluetas de su propio cuerpo. Esculpía la piedra, marcaba
formas en la tierra y en la nieve, creaba formas con piedras y
diseñaba las figuras con flores, sangre, arena y fuego. Las figuras
en la tierra se borraban eventualmente por el viento, el agua,
el fuego, o el simple con el pasar del tiempo. Mendieta
preservaba las huellas de sus obras de arte en la imagen fotográfica/celuloide
cuya existencia, irónicamente, acentúa la ausencia del objeto
artístico y su calidad. Como artista, Mendieta
entendía la necesidad de fotografiar, de dar permanencia y memoria
a sus experimentos fugaces con la naturaleza. Según la crítica
de arte Gloria Moure, destacaba el contacto
con experiencias reales y artísticas que subrayaban la individualidad
creativa del performer; se preocupaba
por la articulación de las emociones y los deseos del ser humano
a través de los rituales efímeros; los trabajos rezumaban una
experiencia íntima con la tierra y los orígenes (“Introduction”,
13-34). Sus creaciones reflejan una búsqueda para yuxtaponer expresiones
únicas de distintas culturas y una tendencia de desmitificar/retomar
los mitos multiculturales y ancestrales. Las fotos y los documentales
se prestan al brillo tecnológico y a la parte meta-artística dándole
a su obra un toque moderno con la brocha mimética.
Mendieta
reflejaba en la noción de la identidad, el valor de las raíces
y la idea de la tierra como matriz. Reinterpretaba mitos ancestrales
como los de la madre-tierra de los taínos (y los de otras diosas).
Indagó sobre cuestiones de orígenes: los mismos taínos creían
que los primeros humanos surgieron de una cueva. Mendieta “representaba” las cuevas como espacios de nacimiento
(como un mensaje universal del deseo del hombre de volver a sus
raíces y a la madre-tierra, al útero místico). Utilizó su propio cuerpo y su propio exilio
como instrumentos artísticos para explorar los fenómenos del destierro
del ser humano, la complejidad de la identidad y cuestiones de
etnicidad.
La
artista rezumaba un sentir crudo de la separación, de la pérdida,
y del anhelo de reencuentro como instrumento para explorar las
potencialidades del mundo de arte. Es evidente su deseo de fraguar
una trasgresión del mundo artístico en el cual trabajaba. Mendieta
buscaba el sentido de entender el cuerpo de artista: lo utilizaba
como instrumento de su arte, como objeto de arte no comerciable.
Jugaba con la presencia/ausencia del mismo cuerpo al dejar huellas
de él en la tierra, en las rocas, en los árboles. Así invocaba
un aura ceremonial que se hacía reflejar sobre los orígenes y
la base mítica de la identidad.
Como
Mendieta se formó en el mundo del arte durante el apogeo del
arte performático, es importante entender
el impacto de Performance Art. El artista que aboga por este género
rechaza la comercialización del museo y de la galería, cuestiona
los conceptos del arte y conceptualiza su expresión con gestiones, objetos efímeros,
trasgresiones sexuales y los choques con las expectativas del
público artístico. Según la crítica Jane Blocker,
Mendieta también rechaza las convenciones vanguardistas del
arte: enfoca en el proceso y da poca importancia a la permanencia
del objeto artístico; es un rechazo casi total al arte comercial,
porque la obra no se vende. Su obra tiene valor y sentido sólo
en el acto de hacerla, en el acto de observar el proceso y en
el largo proceso de fijarse en la memoria de su existencia (6-7).
Muchos
críticos interpretaban el arte de Mendieta
como eminentemente feminista, otros la acusaban de perpetuar un
esencialismo tan predominante en el
feminismo de los años setenta. Luis Camnitzer
intentaba salvarla de las etiquetas del esencialismo
y del arte del exiliado cubano, diciendo que su arte tenía más
valor universal que político. Jane Blocker
niega, y al mismo tiempo afirma, todas las categorías en las cuales
los críticos han querido encasillar la obra de Mendieta.
Blocker interpreta fases de creatividad
artística y el contexto socio-histórico y personal de Mendieta,
sin caer en la trampa de explicar su obra según datos biográficos.
Insiste en que, a pesar de sus límites, Mendieta
era una gran artista cuyo arte todavía no ha sido estudiado con
bastante profundidad, al menos en los Estados Unidos.
Mendieta
se ubica en un espacio artístico/geográfico entre Iowa-Nueva York-Miami-Cuba
y en otro que es poético/simbólico que atraviesa varias fronteras
artísticas y teóricas. Según Gloria Moure,
Mendieta explora lo personal, lo mítico,
en relación con el individuo y la naturaleza. Y más importante
todavía, revela el vínculo entre el objeto artístico y los medios
masivos de comunicación. Por ejemplo, con la serie Rupestrian
que hizo en Cuba, imita el arte ancestral de cuevas y demuestra
la fascinación de la vanguardia europea con lo “primitivo”, canonizado
por los movimientos del fauvismo, cubismo, y expresionismo alemán. Borra la frontera entre tiempos históricos
y modernos y cuestiona la “autenticidad” (y posiblemente el “aura”
de que habla Benjamín en su famoso ensayo “The
Work of Art in the
Age of Mechanical
Reproduction”) de los objetos artísticos.
Las esculturas, que son efímeras o inalcanzables para el público,
revelan un concepto eterno del tiempo. En cambio, las fotos o
documentales congelan momentos específicos del tiempo de las esculturas.
Por lo tanto, las obras también adquieren una validez cronológica
(Chattopadhyay 37).
Hoy
día, los críticos y los curadores de exposiciones analizan de
nuevo la obra de Ana Mendieta. Analizan la significación de recrear el arte ancestral
y grabarla con tecnología moderna. ¿Es una exploración que va
más allá de la etnografía surrealista de la vanguardia europea,
o cabe dentro de sus paradigmas? Aquí, habría que explorar cuestiones
como el papel de la vanguardia cuando se apropia de lo “primitivo”
y hasta qué punto Mendieta se inserta en esta tradición. O cuán exótica es Mendieta como artista y como latina. O si es posible conceptualizar su mundo primitivo sin caer en la trampa de
perpetuar su apropiación por el mundo artístico de Occidente.
Ahora
Mendieta es famosa y los libros de arte sobre ella se venden
muy bien. Hace dos años la exposición sobre las mujeres artistas
surrealistas incluía obras de ella. Mendieta
ironizaba y parodiaba los paradigmas de la vanguardia, la hegemonía
cultural, la cultura dominada por la industrialización. Paradójicamente,
ese mismo mundo desarrollado la está absorbiendo con la fabricación
y la articulación de sus obras en las grandes instituciones académicas
y artísticas, y el mundo del arte en general.
Cabe
preguntar si con los nuevos discursos críticos sobre la obra de
Mendieta se filtran intentos de arrancarla
del mundo feminista de los años setenta para ubicarla plenamente
en los discursos teóricos coloniales y postcoloniales. ¿Hasta
qué punto la obra de Mendieta va a convertirse
en subalterna?, ¿o siempre fue subalterna? Es difícil determinar
si una nueva carga teórica es preferible o cabe explorar a fondo
las contradicciones que ella generaba dentro de los contextos
sociales, históricos y políticos. Algunos críticos dicen que Mendieta
anticipa y prefigura el énfasis postcolonial de Coco Fusco,
Guillermo
Gómez Peña y José Bedia. Estos últimos
exploran las dimensiones del exilio y la violencia de los sistemas
coloniales y postcoloniales que han formado conceptos de la identidad,
la etnicidad, y que ponen en tela de juicio el racismo enraizado
en todas las sociedades. Se nota la influencia de Mendieta
en las obras de los artistas jóvenes de Cuba como las de Tania
Bruguera y Belkis Ayón.
Cabe
preguntar también hasta qué punto la obra de Mendieta
es un fetichismo de lo cubano mítico, erótico y ancestral, en
su exploración de raíces y su búsqueda del eterno retorno (a través
del arte) a los orígenes del hombre. Quizás la respuesta se encuentre
en el estudio del arte contemporáneo cubano.
Bibliografía
Blocker, Jane: Where is Ana Mendieta? Identity, Performativity,
and Exile, Durham, Duke UP, 1999.
Cabañas, Kaira : “Ana
Mendieta ‘Pain of Cuba, body I am’.” Woman’s Art Journal (Spr-Sum,
2:1, 1999),12-17.
Camnitzer, Luis: New Art of Cuba. Austin, U. of Texas
P. 1994.
Chattopadhyay, Collette: “Ana Mendieta’s Sphere of Influence.” Sculpture (June, 18:5, 1999),
34-41.
Duncan, Michael: “Tracing
Mendieta.” Art in America; (April, 99:4, 1999), 110-154.
Morejón,
Nancy: Elogio y paisaje.
La Habana, Ediciones Unión, 1996.
Moure, Gloria:
Ana Mendieta, Barcelona,
Fundación Antonio Tápies, Santiago de
Compostela; Centro Gallego de Arte Contemporánea, 1996.