La
década de los ochenta en Guatemala se inició como continuidad del
modelo de represión selectiva, desplegado desde los setenta, para
el descabezamiento de los partidos políticos de oposición y el movimiento
popular vinculados a este conflicto que se inicia en 1962. A su vez, fue un momento de gran ofensiva contra
la población civil en su totalidad para aniquilar la base social
de la guerrilla.
En
sólo dos lustros el territorio guatemalteco fue testigo de una guerra
interna devastadora (con un saldo de más de doscientos mil muertos
y desaparecidos); dos golpes militares (a nombre de los Generales
Efraín Ríos Montt, 1982/83, y Oscar Humberto Mejía Víctores, 1983/85);
el inicio de la transición hacia un Estado Constitucional (con el
gobierno civil de Vinicio Cerezo Arévalo, 1986/1990) y la implementación
de un programa de estabilización y ajuste estructural.
El retorno a un régimen no militar, luego de tantos años
de conflicto armado y de usurpación de la administración pública
por la fuerza castrense, revela los primeros intentos de democratización
del país. En este clima de
apertura, profundamente limitado aún por la continuidad del enfrentamiento
bélico en diversas zonas del territorio nacional y sucesivos intentos
de golpe de Estado entre el 1987 y el 1989, comienza a hablarse
de la necesidad de una solución pactada para el conflicto (que finalmente
se alcanza el 29 de diciembre de 1996).
Nacía una nueva coyuntura medianamente propicia para el ámbito
artístico, que se tradujo en una atmósfera de mayor libertad de
expresión en la cual podía emprenderse, poco a poco, el despliegue
de nuevas voluntades y giros investigativos. Reordenar el pensamiento
y la visión de zonas de conflicto social y político, así como el
acercamiento a medios y formas de diálogo que acortaran la distancia
con respecto a los lenguajes del arte internacional contemporáneo,
fueron algunos de los rasgos tipificadores de la praxis que
despuntaba entonces como vanguardia de la creación pictórica del
país.
En
medio de este proceso surgió, bajo el nombre de Imaginaria, el trabajo de un colectivo de artistas
que hoy se registra como el más renovador del período, por los aportes
realizados a las artes visuales de los últimos veinte años. En el caso específico de la fotografía contiene
una influencia decisiva, luego de dar a conocer la
obra de Luis González Palma (1957) quien habría de convertirse,
sin tener plena conciencia de ello, en una influencia de la que
pocos autores han podido sustraerse.
Los cambios propuestos por
este artista abrieron múltiples caminos de estudio formal y de libertad
expresiva, no sólo dentro del sistema representacional sino en el
campo de la gestión y promoción cultural, tan necesarios en Guatemala. Permanentes búsquedas de reconciliación entre
el hombre y su memoria otorgan organicidad a sus obras, supeditadas
a un tiempo imaginado y construido.
González Palma recoloca elementos
de la realidad dentro de escenas irreales, en una suerte de dignificación
y hasta sacralización de los sujetos cotidianos que tiene en La prostituta, uno de los más interesantes
intentos de remover imágenes preestablecidas. Obra de gran impacto visual en la que se mezcla
el retrato femenino, con un rudimentario esfuerzo de escenificación
teatral cuyo resultado es de un patetismo sin parangón. Más adelante enriquece formal, temática y expresivamente
sus piezas, y sin abandonar la función crítica el mensaje se hace
más sutil aunque igualmente conmovedor.
En este sentido, la clave ha estado en el tratamiento de
la atmósfera, a partir de experimentaciones técnicas que confieren
sensaciones de envejecimiento. El sepia sucedió a las primeras pruebas con
chapapote y se convirtió en el color que haría reconocible su trabajo
en el ámbito internacional con clásicos como América.
Si bien González Palma es
conocido fundamentalmente por su quehacer artístico, es importante
mencionar su incidencia como gestor cultural.
En tal dirección uno de sus mayores aportes lo constituye
la generación del Proyecto Cultural Colloquia, convertido en el
principal espacio formativo y vínculo físico que conectó las propuestas
artísticas de los ochenta con lo que ocurría en el resto del mundo,
así como con las generaciones subsiguientes.
Estas razones justifican que
al organizar cualquier fracción de la fotografía guatemalteca actual,
Luis González Palma se convierta en una figura de referencia obligatoria.
Ser una fuente de la que han bebido sus sucesores, así como
un impulsor de la incursión en este medio expresivo por los presupuestos
incorporados y el promotor de una nueva valoración local para el
mismo, le confiere un lugar cimero dentro de la historia del arte
guatemalteco en general.
Lissie Habié: El misterio de lo cotidiano
En
el caso del trabajo femenino resulta sumamente importante la alusión
a una figura que desde 1986 inaugura toda una vertiente dentro del
quehacer de género, aquella que tiende al intimismo.
Paralelas al trabajo de Luis González, las piezas de Lissie
Habié (1954) establecen nuevas coordenadas, que develan un
compromiso muy diferente con el contexto.
Su inquietud esencial se asienta
en la contemplación del ambiente cotidiano, cuyos elementos principales
existen en la medida en que responden a una reflexión interior.
Más que un cuestionamiento de las disposiciones de lo externo,
tales motivos parecieran describir los intersticios del pensamiento
de la artista y no la realidad de la que forman parte.
Incertidumbre, tiempo,
recuerdos, sombras, luz y oscuridad son categorías manejadas en
un inventario personal, que va desde el paisaje rural o urbano,
hasta los más desapercibidos objetos del hogar, los cuales parecieran
vivir sólo en su memoria.
Con
32 años comienza su trabajo experimental, en ello fue importante
la influencia de su esposo Mitchell Denburg, también fotógrafo,
que le enseñaría los principios básicos de este género. Su obra, sin embargo, alcanza total independencia
luego de tratar con procesos fotográficos antiguos como: “...platinum/paladium,
cianotipo, brown vandyke, bicromado en goma y la combinación
de ellos en formas innovativas”
[1]
. Tomó cursos cortos, y se entregó al cuarto oscuro
donde haría constantes búsquedas y reconocimientos de sí y de su
alrededor. No necesita vivir
del arte así que la fotografía se convierte en una posibilidad de
diálogo, no en comercio.
Los
estudios de psicología y filosofía realizados, de alguna manera
están presentes en la elaboración de su esquema semántico y en su
acercamiento en general a la fotografía, intuitivo en ocasiones
y profundamente racional en otras. El hecho de concebir una de las mayores colecciones
de fotografía de la América Latina también supone un contacto más
intelectual con ella.
Quizás
lo que hace menos evidente su influencia sobre el arte guatemalteco,
en comparación con Luis González Palma, es el hecho de haber realizado
una buena parte de su carrera en los Estados Unidos de Norteamérica,
donde radicó durante el período de mayor crisis política.
En la organización de la historia del arte reciente este
es un punto clave pues, si bien en el segundo lustro de los ochenta
se concretó Imaginaria como grupo de creación, la actitud
más común entonces fue trabajar individualmente dentro de Guatemala
o salir de esta como vía de protección.
El
espíritu de aislamiento, protagonizado por los estratos más altos
de la sociedad, dominó la etapa post-imaginaria hasta 1996 en la
que se insertan importantes obras de la artista.
Sirena y A little knowledge is the beggining of
injury por ejemplo, contienen un sentido de anonimato que, al
tiempo que universaliza la imagen, elucida una estrategia de ocultamiento
en respuesta al estado de inseguridad existente.
Más adelante, sus obras continúan comunicando este universo
autorreferencial pero las imágenes solarizadas y trabajadas con
procesos manuales de viración casi pictóricos, serán sustituidas
por un predominio del blanco y negro. A diferencia de González Palma, en su caso la
experimentación con los grises no está asociada a una idealización
de supuestas épocas pasadas en las que se reivindica fundamentalmente
al indígena y se alcanza una paz espiritual.
Por el contrario, se trata de una visión fragmentaria que
fusiona pasado, presente y futuro en un mismo plano exegético, con
una paz extraña, incompleta. En las series Orbits of the Heart
y Enigmas cotidianos, se recrean estos destellos surreales,
cargados de gran subjetividad y remanencias poéticas.
Su
obsesión por el misterio alcanza gran fuerza expresiva en obras
que parecen hechizadas por el sinsentido.
Atmósferas fantasmagóricas, ánimas flotantes y el protagonismo
de lo impersonal, subvierten el estado natural de lo conocido haciendo
ocasionalmente una apología de lo absurdo.
Todo ello junto a la excelencia estética y el dominio técnico,
pone
en claro el significado de la fotografía para Lissie Habié: UN ENCUENTRO.
Irene
Torrebiarte: Intimismo=Evasión?
Otra
artista cuya obra también tributa a inquietudes interioristas es
Irene Torrebiarte (1970), quizás esto está determinado por pertenecer
a un fragmento socio-económico que por su jerarquía se ha visto
obligado a restringir la espontaneidad de sus relaciones humanas
con áreas más amplias de la sociedad.
No obstante, la esencia de ambas producciones recrea imaginarios
disímiles.
Estudia
en el Instituto de Arte de Atlanta y luego comienza su especialización
en fotografía publicitaria entre 1992-94.
Para esta fecha determina reorientar su trabajo hacia la
línea artística, tratada en un orden muy personal.
Desde
esta perspectiva su primera serie Vida tus espinas (1994)
introduce un juego semiótico con el motivo de la espina, haciendo
énfasis en su natural carácter defensivo y en una
interpretación de los signos del zodíaco.
Inicia así una etapa de intensa experimentación en el cuarto
oscuro, de desasimiento de la técnica y la perfección adquiridas
en sus trabajos dentro de la fotocomercial. Coquetear con texturas que sugirieran sensaciones
contrastantes fue una nueva experiencia a través de la cual transgredió
la bidimensionalidad, explorando las posibilidades del espacio galerístico. Una armazón aparentemente arbitraria identifica
esta serie de imágenes, en las cuales se muestran retazos de cuerpos
espinados que sugieren una incapacidad
para sentir dolor aún cuando son portadores del mismo.
Partiendo
de esta noción reclama más tarde que sea respetado el espacio femenino
más íntimo, así como procede a una exhibición de sus más recónditos
detalles. Expresar las inquietudes de la mujer en diversos
estadios de su vida, sus relaciones con el mundo y la revalorización
de su cuerpo y pensamiento,
se convierte en una suerte de liberación de su intimidad que a la
vez transforma las normas del arte femenino tradicional.
Estos cuestionamientos redoblan su valor al tener en cuenta
que se insertan en una sociedad profundamente conservadora y machista.
Ya
se mencionaba que formar parte de la más alta jerarquía económica
es un elemento importante en la comprensión de su propuesta.
La participación histórica de su grupo social en los conflictos
de la sociedad guatemalteca, se ha traducido en una actitud de continua
vigilancia y ensimismamiento dentro de límites estrechos que permitan
cierto grado de invulnerabilidad.
Así se justifica que la esencia de su trabajo sea introspectiva
y que llevarlo al espacio público constituya el canal de comunicación
que elija la artista para dialogar con áreas que le son ajenas.
Por
siglos, las expresiones femeninas de la clase media-alta estuvieron
supeditados a la representación de escenas edulcoradas, poseedoras
de un elevado tecnicismo así como de una estricta inclinación hacia
la belleza y el disfrute pasivo de la imagen.
Si en la obra de Irene asistimos también a una considerable
preocupación esteticista, con sus obras muestra una nueva conceptualización
de dicha categoría. El criterio
de “lo bello” se renueva y amplía, para superar tabúes impuestos
por el enunciado femenino de la estructura social a la que pertenece.
En
el 1997 desarrolla una serie de gran formato llamada Ciclos
que establece como hilo conductor la relación simbólica entre las
líneas de la mano, las líneas de los mapas y las líneas de una hoja
seca, a la que sigue en 1998 Azul Paris, Paris Verde.
Con este último trabajo se establecen importantes cambios
en su obra, relacionados con su estancia en una residencia para
estudiantes de arte en París. A partir de este hecho surgen otras visiones
que denotan la necesidad de la artista de salir a las calles y abandonar
temporalmente el carácter reflexivo e íntimo que había dominado
su obra. Alejarse del estudio la llevó a ampliar su relación
con espacios naturales abiertos, al disfrute del Sena así como de los grandes parques y jardines
de la ciudad. Durante ese
estado contemplativo detonó en Irene una necesidad de encontrar
el horizonte, de establecerlo como esquema que le ayude a romper
la verticalidad de los edificios metropolitanos.
Pero
más que un tropo, la búsqueda de esa línea que compone al horizonte
se ha convertido en una obsesión, y extraída del paisaje irrumpe
en su entorno cotidiano que a partir de este momento comienza a
ser cuestionado. Este elemento ha penetrado la vida privada de
la artista pero ya no como
“...esa débil línea horizontal que todo lo divide y unifica”
[2]
sino como algo permanente, inquebrantable.
Ni muy tarde ni muy temprano es una nueva contextualización
de la línea, que protagoniza intervenciones en espacios públicos
y privados, y que ha llegado a invisibilizar para la propia artista
la naturaleza de un elemento generado por ella.
Éste ha alcanzado tal independencia que se rebela y deja
de ser controlable amén de pertenecer a la autora.
La preocupación ontológica y el cuestionamiento de lo interno
se han complejizado imprevisiblemente y la autonomía de la creación
sobrepasa, de forma no conciliadora, el dominio del hombre.
Andrea Aragón: el compromiso con el entorno, la libertad
expresiva
Si
el universo personal femenino era el centro de los juicios expuestos
por las artistas anteriores, con Andrea Aragón el giro tropológico
es total. Esta vez el discurso se nutre de la salida a
las calles y busca reflejar el medio o los patrones en los que se
desarrollan otras vidas, así como la deformación social de la que
son deudoras.
Claro
que dicho viraje responde a un nivel referencial y una situación
contextual muy diferente. Su
trabajo como fotógrafa comienza en la segunda mitad de los noventa,
cuando la firma de la Paz ayuda a una amplitud expresiva que se
extiende a diversas manifestaciones artísticas.
El discurso femenino alcanza entonces una fuerza inédita,
mostrada a través de una combinación entre literatura y performance
que re-direcciona las maneras de ver a la mujer.
Tratar de comprenderla no sólo como ser individual sino como
un ente determinante en la sociedad creó un nuevo acercamiento a
esta problemática, dentro del cual se inscribe Andrea.
Con
el título La línea razona sobre el universo femenil exponiendo,
sin matices, una de sus situaciones menos gratas.
La serie se concentra en el acercamiento a un área que dentro
de la capital guatemalteca existe casi de manera surrealista. Un conjunto de prostíbulos aunados alrededor
de la línea del tren al igual que el basurero municipal existen
en el imaginario ciudadano, mitificando un mundo oscuro, inhumano,
del que pocos quieren saber. Lamentables
condiciones de vida, denigración de valores, trastorno humano, personalidad
desencajada, desgaste físico golpean visualmente al espectador a
través de retratos que parecieran manipulados en escenarios artificiales
para la elaboración de una sátira.
En este sentido, las fotografías denuncian los conflictos
de un grupo social totalmente inexistente para la preocupación oficial.
El
sujeto de sus obras es un grito contra el desequilibrio, las consecuencias
del abuso de poder y la inoperatividad de quienes lo detentan.
Concientiza que, a pesar de existir un orgullo por las nuevas
condicionantes “democráticas” del país, los espacios históricamente
marginados aún no forman parte del programa de progreso que supone
la nueva circunstancia. Antipostales
o Inhalando muerte sobrepasan lógicamente el problema femenino
para adentrarse en otros conflictos que dan testimonio de la crisis
general, la mujer es sólo una víctima más dentro de múltiples historias
urbanas que confluyen en su trabajo.
La
exquisitez de la fotografía publicitaria se traslada a una recuperación
de espacios silenciados durante muchos años, a los que no ha llegado
aún el beneplácito de la coyuntura pacifista.
No existen veladuras metafóricas para entregar la intimidad
al ojo público, sino una suerte de neodocumentalismo que, sin embargo,
tampoco es ingenuo. Por el
contrario es portador de un propósito de interactuar, de impactar,
de sensibilizar, de incluirnos en una realidad que, aunque no hayamos
contactado, nos resulta conocida.
De
este modo, podemos concluir que la fotografía femenina reciente
se ha convertido en instrumento para expandir los límites tradicionales
de dicho medio de expresión. La
autorreferencialidad, los símbolos del universo femenino, la relación
con lo cotidiano-doméstico, las indagaciones en la memoria, la crítica
al pensamiento estereotipado que justifica la exclusión de género
y la indiferencia con respecto a los diversos estados y espacios
sociales en los que se mueve la mujer, son los principales conflictos
sobre los que se está discursando.
Así pues, tanto la apropiación reflexiva de un universo cerrado,
como la denuncia a la marginación de la mujer, son las líneas de
trabajo que con excelencia estética refieren la generalidad de una
fragmentación y desfiguración social.
Bibliografía:
Enigmas cotidianos.
Fotografías de Lissie Habié.
Centro de Investigaciones Regionales de Mesoamérica (CIRMA), Antigua
Guatemala, 2000.
Feria Internacional
de Arte Contemporáneo. Galería
de Arte Contemporáneo Sol del Río, Guatemala, 1997.
Guatemala.
Memoria del Silencio. Conclusiones y recomendaciones
del Informe de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico (CEH),
Guatemala, 2000.
Indagaciones.
Instalaciones-performances-videos.
Galería de Arte Contemporáneo Sol del Río, Guatemala, 1994.
Irene Torrebiarte.
Arte subasta 2001. Banco Industrial, Guatemala, 2001.
Lissie
Habié. Galería Plástica Contemporánea,
Guatemala, 1992.
Lissie Habié,
Photographs. Orbits of the
Heart. Catálogo personal,
1997.
Presencia
Imaginaria. Plástica Contemporánea de Guatemala. Museo Nacional
de Arte Moderno, Guatemala, 1988.
1265 KM.
Arte de Guatemala en Cuba. Galería de Arte Contemporáneo Sol del Río-Centro
de Arte Contemporáneo Wifredo Lam, La Habana, 1998.
*
Revisión del archivo bibliográfico y uso del banco de imágenes del
Proyecto Cultural Contexto, cortesía de Belia de Vico.
Entrevistas:
Habié,
Lissie, 6 de junio del 2002
Torrebiarte,
Irene, 7 de mayo del 2002.