GRÁFICA PIDGIN”
La diversidad en el grabado
latinoamericano contemporáneo
por Alicia Candiani
(Ponencia presentada durante
las sesiones teóricas de la octava edición del Premio la Joven
Estampa)
Introducción
Hace
veinte años todo estaba concluido: se proclamaba el fin de la
historia como relato y se disolvía la Unión Soviética, terminando
con la fragmentación bipolar del mundo. La humanidad se sumergía
en una etapa globalizadora en la cual, aparentemente,
los conflictos habían sido resueltos y la armonía reinaba
sobre la tierra. Sobrevino así una especie de euforia fraternal
que sustentaba la idea de que la globalización nos acercaba, homologando
ingenuamente la posibilidad tecnológica de comunicación universal
a través de Internet con la posibilidad simbólica de diálogo entre
las diferentes culturas. Sin
embargo, la apertura de la 8va Edición del Premio Bienal de La
Joven Estampa coincide con un trágico momento para la humanidad,
en la cual la paz del mundo está amenazada y el diálogo entre
las culturas ha sido quebrado. La globalización, así como también
las nuevas tecnologías, que se habían autoproclamado como el Mesías
de los nuevos tiempos, fallaron. Hoy, más que nunca, sabemos que una “cultura global” no significa
la homogeneización del planeta. Por el contrario distintas concepciones
estéticas y culturales conciben e interactúan al mismo tiempo.
Y esto significa diversidad y conflicto a todo nivel.
En
estos tiempos de rupturas y fragmentaciones, las visiones del
mundo que nos daba el arte tradicional están obsoletas al mismo
tiempo- y por la misma razón- que se duda sobre el protagonismo
del grabadoen el arte contemporáneo. De esta manera, la gráfica actual (y muy especialmente
la gráfica joven latinoamericana) si quiere sobrevivir y dar testimonio
de sus tiempos, tiene que producir un auto-reajuste a las modificaciones que he venido señalando.
Y estas modificaciones se pueden producir alimentándose
de su propia historia. En el pasado, la gráfica latinoamericana
estuvo históricamente posicionada para ofrecer un comentario social
o una oposición política. En la actualidad el impacto visual de
las imágenes gráficas sobre la percepción, junto con el uso de
los medios electrónicos y la interactividad, alteran todos los
medios de comunicación social a la vez que se continúa bebiendo
en una larga tradición en que los grabados fueron usados como
medios para expresar ideas o dar información. Con este marco de referencia esta presentación
se referirá a como los límites del grabado latinoamericano contemporáneo
han sido y deben ser ampliados, evolucionando desde una estética
basada en una tecnología de 500 años de antigüedad a un campo
de experimentación estimulado por los procesos de nomadismo e
hibridación que vemos en los otras disciplinas artísticas.
Las
artes gráficas contemporáneas están definiendo un nuevo perfil
elaborado a partir de los cuestionamientos sobre su contenido,
procedimientos, forma, género e ideología que se produjeron durante
los años ’90. Los profundos cambios que las últimas décadas del
siglo XX trajeron en la comunidad globalizada, sumados a las perspectivas del uso de los nuevos
medios, han generado una modificación en los parámetros de aproximación
al grabado, que afectaron tanto a su calificación como a sus modos
de producción y a la revisión del concepto de múltiple y original.
La gráfica actual se suma cada vez más a los procesos de hibridación,
avanzando sobre las estrategias y espacios de otras disciplinas,
al punto que podríamos hablar de un post-grabado para referirnos
a las modificaciones introducidas en los circuitos de exposiciones
internacionales, en los lenguajes artísticos, en los nuevos medios
técnicos y en el uso del múltiple, no ya como reproducción de
la imagen sino como elemento generador de la misma, lo que ha
cambiado radicalmente los paradigmas establecidos por la modernidad
para el grabado artístico.
Globalización vs. Diversidad
Para interpretar los nomadismos
y transformaciones que se están produciendo en la gráfica latinoamericana
actual, una metodología simple sería analizar las dos palabras
claves de estos fenómenos: “globalización” por un lado y, por
el otro, su contrapartida, “diversidad”.
Néstor
García Canclini define a la globalización
como: “una etapa histórica en la cual la convergencia de procesos
económicos, financieros, comunicacionales y migratorios acentúa
la interdependencia entre vastos sectores de muchas sociedades
y genera nuevos flujos y estructuras de conexión supranacional”.
Este proceso, que ya es irreversible,
es visto por algunos como un navío que zarpa para corroborar
la redondez de la tierra e integrar los nuevos mundos, casi digamos
como la Santa María de Colón; mientras que para otros se parece
más al Titanic en el que se celebran banquetes mientras la nave
naufraga, sin botes salvavidas suficientes para todos. Independientemente
de las posturas adoptadas, lo cierto es que en este, ya irreversible,
proceso de mundialización los aspectos políticos, económicos y
sociales están directamente vinculados con los culturales, los
que pueden entenderse como efecto y respuesta a la tendencia hacia
una creciente homologación de la cultura del planeta a la que
se responde con nuevas reinvidicaciones que hallan su centro en
los problemas de identidad y pluralidad cultural. Hay también
entre estas dos posturas bipolares y antagónicas, acciones intermedias
que podrían ayudar a compensar los mecanismos unidireccionales
de globalización que se producen en un sentido Norte-Sur o centro-periferia.
Estas posiciones intermedias recurrirían a señalar y abrir el
espacio de la diferencia en los términos más amplios posibles,
a utilizar las redes dedicadas a la “negociación de la diversidad”
(expresión esta utilizada por algunos teóricos para caracterizar
cómo las representaciones de los países centrales sobre los grupos
periféricos pueden ser reformuladas a través de las acciones que
logran el fenómeno inverso: proyectar las perspectivas periféricas
a escala transnacional).
En este contexto y a lo largo
de las tres últimas décadas, y muy especialmente en la última,
el arte ha hecho suyos los diferentes conflictos que recorren
la experiencia de nuestra época, abriendo un debate que partió
de las cuestiones relativas al multiculturalismo y que permitió
un análisis sobre los nuevos problemas de identidad, mestizaje
y nomadismo. Las consecuencias de este debate modificaron una
mirada que – desde la tradición- prefería los ideales de universalidad
a los de particularidad, el canon a las formas periféricas de
cultura. Paralelamente,
los últimos cincuenta años del siglo XX vieron consolidar en el
escenario artístico un circuito de exposiciones de gráfica internacionales
de carácter bienal o trienal. Muchos de los cambios que trajo
aparejada la globalización y que fueron des-estructuradores para
otras disciplinas, le abrieron al grabado nuevos espacios que
vinieron de la mano de una mayor libertad para experimentar técnica
y conceptualmente. Aprovechando un momento histórico de rupturas
e intercambios, en que la cultura proyecta una homogeneidad al
mismo tiempo que se ve obligada a asumir la idea de la diferencia,
las artes gráficas supieron como “negociar la diversidad”. Lo
hicieron mediante la consolidación de un circuito internacional
de exposiciones y eventos dedicados a la propia disciplina, generando
una contra corriente de la periferia hacia el centro en la que
nadan con buen estilo las áreas periféricas: Latinoamérica, los
países del Este de Europa, las naciones resultantes de la desmembración
de la ex Unión Soviética, India y Egipto.
Al respecto, la Trienal Internacional de Gráfica de Egipto,
si bien abarca todos los países del mundo, es de alguna manera
un aglutinante de los artistas del mundo árabe excluidos de los
circuitos de bienales internacionales bajo el ejido de Estados
Unidos o Inglaterra.
En el Caribe, la Bienal de
San Juan fue pionera en “negociar la diversidad”, proyectando
la diferencia y jerarquizando al grabado de Latinoamérica hacia
el resto del mundo. Paralelamente la aparición del evento La Joven
Estampa dedicado a artistas menores de 35 años afianzó la idea
de un circuito interno a la región latinoamericana pero con proyección
internacional. Ambas bienales de gráfica fueron tempranamente
artífices de una globalización “tangencial” (generalmente se piensa
que la globalización es “circular” pero en rigor la mayoría se
ve envuelto en globalizaciones “tangenciales” que involucran áreas
o intereses reducidos a “territorios o circuitos que para cada
uno serían la globalización digerible) que unió a los países latinoamericanos
en torno a la problemática del grabado, mientras que su continuidad
y excelencia ayudó para difundir las imágenes y los lenguajes
artísticos, provocando el intercambio entre los propios artistas
de la región. Estos eventos sirvieron también para darle a la
gráfica latinoamericana una identidad alejada de los estereotipos
indigenistas-expresionistas con los que los países centrales la
identificaban, ya que propició el perfil de un concepto múltiple
de identidad, que no se relaciona con lo folklórico o etnocéntrico
sino que tiene que ver con situaciones y vivencias distintas:
memorias personales, coyunturas políticas y sociales, minorías
raciales y sexuales determinadas por desenvolvimientos históricos
particulares.
Gráfica Pidgin
Para aproximarnos entonces
a la diversidad de la gráfica joven de Latinoamérica, el camino
es el descubrimiento de “la metodología de la diferencia”. Esta
metodología nos permitirá liberar la infinita cantidad de textos
que están incluidos en el discurso gráfico de los artistas que
hoy apreciamos en la bienal.
Para ello necesitamos de conceptos más líquidos, descentrados
y fluidos, que destruyan las tentativas de clasificación que siempre
se le han impuesto a las artes gráficas (por técnica, por ediciones
limitadas, por soportes de papel, por lugar geográfico) ya que
estas ejercen un dominio e imponen un orden externo al artista
y su obra. Aquí podríamos,
parafraseando a Massimo Canavecci, tomar prestado el concepto
de lo pidgin, una mezcla de dos lenguas usada entre personas que
no hablan bien ni la una ni la otra, por lo cual se comunican
inventando una tercera que es una nueva forma. Como en las lenguas
pidgin, en el grabado latinoamericano lo nuevo entra gracias a
la impureza, su transformación y su mezcla, definido por la presencia
de lo multimedial, multicultural y multitécnico. Las fronteras formales entre los soportes y los lenguajes se han
diluido, las obras están compuestas a partir de las más diversas
fuentes y permanecen en continúo movimiento entre un medio y otro,
hasta el extremo que pueden ser calificadas como migratorias,
en constante tránsito, en metamorfosis. Lo que queda es una nueva
cultura gráfica que ha roto con los antiguos paradigmas, a la
que permanentemente se integra una mayor cantidad de artistas
que la usan como estrategia en sus narrativas.
Entre estos artistas que
la usan como estrategia, he traído una obra pequeña pero contundente.
Sin estridencias, la artista argentina Cecilia Mandrile de alguna
manera ejemplifica todas las cuestiones que nos han estado ocupando.
Perteneciente a la llamada generación joven, Cecilia, por diversas
razones, ha vivido un nomadismo artístico, cultural y personal
en los últimos años. Durante este tiempo ha estado trabajando
con objetos tridimensionales pequeños y transportables -los que
realiza en telas impresas digitalmente que luego son cosidas a
mano y rellenadas como muñecos- que conforman instalaciones conjuntamente
con piezas encontradas en sus viajes. Trabajando con imágenes
digitales como matrices virtuales y la lap-top como un taller
portátil, Cecilia define esta serie, El perfume de la ausencia,
como “un proyecto de grabado nómade”.
Durante el largo tiempo que la artista permanece viajando,
enseñando e interactuando con artistas de diversas culturas, ha
acarreado estas piezas que anteriormente alguna vez expuso en
el espacio de una galería. Durante el viaje fue fotografiando
esos fragmentos en los nuevos paisajes que la rodearon, como intentos
de documentar su experiencia - tanto de testigo como de protagonista-
en esos nuevos escenarios. A
través de estas fotografía ella se dio cuenta que la aparente
“naturaleza muerta” de los objetos cambiaba de actitud al relacionarse
con los nuevos y diferentes entornos, de la misma manera que ella
misma, como una artista errante, necesitaba adaptarse a las diferentes
realidades.
Conclusión
En conclusión, la gráfica
latinoamericana debió reacomodarse a todas estas nuevas articulaciones
entre lo global y lo nacional, instalándose entre la tensión generada,
por una parte, por las tendencias que establecieron para el arte
un “lenguaje internacional” homogenizador, y por el otro la valoración
de las prácticas artísticas y la experimentación lingüística como
instancias para renovar o continuar las diferencias simbólicas. Dentro de este marco, la gráfica latinoamericana
estuvo atenta a mostrar el juego dialéctico de las identidades
y de su construcción. Hoy, la VIII edición bienal de La Joven
Estampa en La Habana se celebra desde una perspectiva amplia e
inclusiva, en la que muestra la diversidad,
relevancia y vigencia del grabado en Latinoamérica. Todo
lo que se nos ha dado en ver en relación con esta bienal de jóvenes
creadores afirma, una vez más, que las artes gráficas tienen la
facultad de construir un dispositivo poético capaz de imaginar
y proyectar, de edificar y vivir, nuevas formas de narración que
muestran la lógica azarosa de los procesos de construcción de
las identidades y de los imaginarios de nuestra región, que es
periférica, que es diversa...que es un territorio que debe ser
re-descubierto en otros términos.