|
|
|
Arteamérica
tiene entre sus secciones un espacio en vivo, al que mensualmente
se llevan a discusión temas de actualidad dentro de las artes y
la cultura de América Latina y el Caribe. Este sitio, que llega
a su versión web como Debates, propone para su primera aparición
sobre Internet un encuentro realizado a propósito de La presencia
de la religiosidad popular en las artes en Cuba, al que fueron invitados
investigadoras, críticos de arte y creadores vinculados con el
tema.
La Dra. Lázara
Menéndez, Vice Decana de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad
de la Habana; Lic. Teresa Crego, profesora de Arte Popular de la Facultad
de Artes y Letras también de la Universidad de la Habana; Vivian
Martínez Tabares y María Elena Vinueza, Directoras de las
Direcciones de Teatro y Música de la Casa de las Américas
respectivamente, y Sandra Ramos Lorenzo, artista visual, fueron las encargadas
de discursar sobre este tópico.
Una versión
de lo que allí ocurrió le ofrecemos ahora en Debates.
Sobre la presencia de la religiosidad popular en
las artes en Cuba
Panel que tuvo lugar durante la primera
convocatoria de Debates realizada por Arteamérica, en el
mes de enero del 2003 en la Sala Manuel Galich de la Casa de las Américas.

Lázara Menéndez
Quiero comenzar señalando tres cuestiones
que me parecen sumamente interesante: primero, que el Lázaro mendigo convertido
en santo es una creación del patio; segundo, que el Lázaro Obispo quedó
fuera del panteón católico desde el Concilio Ecuménico Vaticano II; y
tercero que la peregrinación al Santuario del Rincón y la adoración a
San Lázaro entre el 16 y el 17 de diciembre acoge a religiosos de diversos
credos incluso a personas que se definen como ateos. Esta ha sido una
de las prácticas religiosas sostenidas a través del tiempo y de todos
los avatares impuestos por la cotidianidad al desempeño social de la religiosidad
popular.
Con lo cual se pone de manifiesto
que las relaciones del Estado con la adoración popular y con las
iglesias no se comportaron del mismo modo. No han sido iguales
las relaciones con las prácticas protestantes y las diferentes denominaciones,
a las que tuvo con la iglesia católica o con las religiones cubanas de
antecedente africano o con la llamada, por los científicos sociales, religiosidad
popular difusa.
La entrada al universo religioso
tiene aristas diferenciadoras para cada una de las modalidades religiosas
que se desarrollan en Cuba y una de ellas es la que se produce en la década
del noventa con el 4to. Congreso de Partido Comunista de Cuba. Este suceso
va a ser un indicador de cambio con respecto a las prácticas religiosas
cubanas de antecedente africano, fundamentalmente, porque en una sociedad
tan altamente politizada como la nuestra, una decisión política de esta
naturaleza marca, obviamente, giros en el entorno conductual e institucional.
Es decir, son legitimados y legislados pareceres, criterios y conductas
que con anterioridad habían sido criticados, desplazados...
La población religiosa va a recibir
estos cambios de maneras diversas. En algunas ocasiones se ha dicho que
el período especial fue el que condicionó el boom
de la expresión religión afrodescendiente, también creo que esto hay que
verlo de manera diferenciada, pues no se comporta igual para todas las
prácticas religiosas; no es, necesariamente, el período especial el que
va a provocar un crecimiento de la religiosidad; lo que sí va a marcar
un punto de giro, repito, son los acuerdos que se toman en el 4to. Congreso.
Y los cambios que ello traerá aparejado no
se producen de manera inmediata. En 1992 se celebró el Congreso
y las iglesias ya estaban llenas, pero estaban llenas desde antes, no
desde el Congreso porque desde antes se venían produciendo ya cambios.
La población buscaba espacios de realización subjetiva, espiritual, y
estos no eran los espacios que habían en la sociedad de ese momento. Además
las políticas que siguieron las iglesias en aquel momento también contribuyeron
al acercamiento de la población. Diferentes estudiosos o personalidades
del mundo religioso, entre ellos Jorge Ramírez Calzadilla, Aurelio Alonso,
Raúl Suárez, han analizado cómo se produce el cambio en la conducta de
la iglesia, el que permitió el acercamiento de los religiosos a las mismas.
En lo que se refiere a las religiones
más populares, las de antecedente africano, o esta adoración a San Lázaro,
los cambios van a empezar a notarse más fehacientemente después del 1993-1994;
ya en 1995 hay un desborde muy grande de la expresión religiosa, pero,
¿qué ocurre con San Lázaro? San Lázaro tiene un comportamiento particular
en la sociedad cubana, esta procesión no se ve interrumpida en los cuarenta
y tantos años de Revolución, se mantuvo por vocación popular. Los que
tenemos más edad recordaremos que las procesiones se terminaron en el
país, no se salió a hacer más procesiones, hubo cambios en la conducta
de los religioso pero San Lázaro siguió funcionado a pesar de los pesares,
con más público, con menos público; con más cuidado por parte de las autoridades,
con menos cuidado, pero se mantuvo, a tal punto que en la década de 1980,
1985-1986 la cantidad de personas que visitaron El Rincón entre el 16
y 17 de diciembre llegó a cien mil y éste es un pico muy alto en los estimados
que hacen de participación religiosa.
En la década de 90 la cifra de participante
osciló entre los ochenta y siete mil y los ochenta y nueve mil, según
cálculos conservadores. Este hecho se ha mantenido; las personas nunca
tuvieron temor, eso que decía ese viejito que ellos iban y que simplemente
su fe iba paralela a sus otros fervores ha sido una realidad. Por tal
motivo considero que la entrada o el impacto de la religiosidad en la
plástica no está tan directamente relacionada con el impacto social de
la propia religión, sino con el discurso que venían trabajando los propios
artistas. Ya desde la década del 80 se había producido una aproximación
a estos fenómenos desde perspectivas muy diversas, en ese sentido hay
una continuidad. Creo que valdría la pena, en este caso, hacer un paréntesis;
estudiar si efectivamente hay una sistematicidad en el abordaje del tema
religioso de las artes plásticas en Cuba a lo largo de la historia, el
que desde mi punto de vista, tiene un tratamiento mucho más puntual que
otras temáticas que han sido más gratas. Este hecho puede observarse analizando
la trayectoria del arte en Cuba. Después del triunfo revolucionario se
observa una insistencia mayor, se verifica cómo los artistas se apropian
de ciertas prácticas o cultos en la década del 80. El 90 nos va a proponer
la pervivencia de la práctica desde otras visiones, desde otras perspectivas,
desde otras apropiaciones. En la década del 80 se aprecian dos líneas:
la apropiación de los elementos iconográficos religiosos porque estos
pueden favorecer cuestionamientos de otras aristas de la realidad y pueden
facilitar discursos sobre la vida, la muerte, las relaciones, lo sagrado,
lo profano; abriéndose así una serie de posibilidades. La otra consiste
en una reflexión sobre la propia religión; en este momento, los artistas
empiezan a declarase participante de ciertos credos y cultos: cristiano,
católico, santero, palero y asumen la religiosidad como parte de sus propias
poéticas. Esto es algo que aparece como nuevo, aunque se ha dicho que
Wifredo Lam fue un religioso no hay mayores evidencias de esto, pero además
no creo que le importara mucho poner a pública subasta si era religioso
o no; posición diferente a la de Olazábal. Santiago Rodríguez Olazábal
es una persona que asume su credo y vivencia su religión, además teoriza
y hace filosofía sobre su propia práctica desde el arte y así abre una
vertiente en esta dirección con antecedente en los 80, pero se la va a
desarrollar y consolidar. Las dos vertientes se van a consolidar porque
a nivel social la percepción sobre el fenómeno religioso también fue variando,
los horizontes se fueron abriendo, se fue comprendiendo mejor el fenómeno
religioso. Muchos años estuvimos inculcando que la religión era el opio,
que la religión era mala, que no favorecía ningún pensamiento creador
y de buena a primeras esto comenzó también a reformularse en los predios
de la propia tradición artística; no desde las ciencias sociales, sino
desde el propio pensamiento de los artistas. Esto me perece que es sumamente
interesante porque hay creadores que sin adscribirse necesariamente a
una poética que pudiera estar vinculada a la temática religiosa, si favorece
la reflexión en esta dirección; esta es una ganancia secundaria a la que
tiene ya el hecho mismo de la propia poética en particular, fenómeno que
se expande fundamentalmente en los 90 y tuvo resultados muy interesantes.
Se están manifestando, en este sentido, facetas o aristas que pudieran
ser más problematizadas.
En ocasiones se producen apropiaciones
o acercamientos de las prácticas religiosas con finalidades un poco más
oscuras, a veces comerciales o para presentar una nueva visión del folclor.
Ver esto como un resultado artístico es una zona para investigar, pero
se empieza a observar cierto gusto por recrear el vínculo de la religión
y la marginalidad y esto puede tener aristas muy positivas para el desarrollo
creador y en la potencialidad que tendría el arte para hacernos pensar,
y a su vez también puede convertirse en una suerte de cliché que se vende
como algo que es llamativo, que puede tener un mercado seguro fuera de
nuestros predios, porque a nosotros no hay que decirnos cómo funcionan
esas religiosidades y la marginalidad y las exclusiones, para no ceñirnos
sólo a la marginalidad pero esto puede tener estas intenciones que yo
no estoy cuestionando, no me toca a mí enjuiciar, aunque pienso que reducirían
el camino de la propia producción artística al centrarse demasiado en
aspectos que pueden ser interesantes desde el punto de vista extrartístico,
pero que para mí, quizá muy formada dentro de una modernidad, que puede
tener sus desaciertos, y también muchos aciertos, pues me parece que valdría
la pena observar, discutir y evaluar en espacios como éste que se abre
en Casa.
Quiero dejarlo aquí, porque me parece
que el tema puede volver y enriquecerse con las intervenciones de los
otros ponentes.
Vivian Martínez Tabares
Me alegro mucho de que Lázara me
haya antecedido porque de alguna manera la introducción que enlazó el
documental sobre la procesión de San Lázaro con su intervención primera
fue muy útil y yo creo que me sirve también para referirme un poco a la
presencia de la religiones populares en las artes escénicas o más específicamente
en el teatro cubano. Esa presencia ha sido constante en estos años, si
bien ha tenido diversas aristas y no ha estado exenta de aproximaciones
superficiales, epidérmicas, quizás
con un subterráneo y no muy explícito sentido comercial, me refiero a
atraer al público con lo que fue casi una moda en los 90. Y María Elena
coincidirá que en la música también ha habido una referencia muy constante.
En el teatro creo que ha estado bien
como tema, bien como elemento referencial en cuanto a las estructuras
que aportan las religiosidades y las formas de los sistemas mágicos-religiosos
a la representación teatral o también ha sido un referente cultural que
sirve o ha servido a muchos artistas para discutir presupuestos conceptuales
muy caros a discusiones relativas a la identidad.
En una obra tan temprana del teatro
de la Revolución como Santa Camila de la Habana Vieja, la cultura
popular tradicional o la religión popular está tematizada desde la concepción
argumental misma. La protagonista es una practicante de la santería y
si esta obra se fuera a representar ahora, creo que habría que historizarla,
pues responde a un contexto muy específico. Tanto Rine Leal cuando evalúa
la obra, como José Ramón Brene desde la propia escritura, quizás participan
también de un sentido de manipulación desde la cultura dominante porque
este personaje está caracterizado como una practicante de la santería,
que al mismo tiempo es una mujer retrógrada, oscurantista, cerrada a otros
cambios que la sociedad le plantea y digamos que esto es un hito que marca
esa visión en los años 60, al igual que puede pasar en una obra muy importante
de ese período como María Antonia
de Eugenio Hernández Espinosa. Siempre en esa época los personajes van
a ser automarginados, ligados con ideales o tendencias asociadas al machismo,
al ambiente barriotero, a elementos delincuenciales. Esto marca esta primera
etapa. De cualquier manera esto evoluciona y en toda la obra de un dramaturgo
como Eugenio Hernández está presente la apropiación de estos elementos,
principalmente de la santería y de la fuente que le reporta como complejo
mágico-religioso. Es notable una arista de su creación que tiene que ver
con la recreación de patakines. En los 80 escribe Oba
y Changó u Odebi el cazador
que se valen de lenguajes altamente poéticos, y hay otra variante
en la dramaturgia de Eugenio visible en los 90, con títulos como Ochún y las cotorras, o El masigüere,
que se nutre de dicharachos, de frases populares, de refranes, de un lenguaje
mucho más ligado al habla cotidiana del público que se enfrenta con estas
obras.
No podemos olvidar la obra que yo
mencionaba antes, María Antonia, calificada por una autoridad
en este campo de estudio de la religiosidad popular en la escena como
Inés María Martiatu, como un “wa-mi-ile-re de la violencia”, por
la estructura que ha elegido el autor para escribir o para representar
el rito de amor y muerte que es esta pieza.
Es precisamente Inés María quien
ha apuntado cómo dentro de la cultura teatral cubana, las zonas de influencia
o de antecedente afrocaribeño han servido de inspiración a la alta cultura.
Y esto creo que puede apreciarse muy bien en un texto y en una puesta
en escena como la versión de La
tempestad, de Shakespeare, que hace el Teatro Buendía, escrita a nivel
de texto por Flora Lauten y Raquel Carrió, y escrita en el escenario por
ellas mismas y por el colectivo de actores del grupo. Versionan a Shakespeare
y asocian por medio de analogías a los personajes imaginarios de la tradición
shakespereana con deidades del panteón yoruba, para acercarnos de una
manera esencial, orgánica, muy carnal yo diría, a toda una serie de problemas
que nos son raigales, como nuestra condición insular, o un fenómeno tan
contemporáneo como la migración y los desplazamiento humanos, también
muy presente en todo el Caribe y en el mundo. Esta no es La
tempestad, de Shakespeare, sino Otra tempestad, que investiga profundamente
en la expresión de cubanía.
Podemos ver –por razones de tiempo,
un poco panorámicamente- algunas otras maneras en que está presente la
religiosidad popular en el teatro cubano, como lo que ha propuesto Tomás
González con lo que él denomina la “actuación trascendente”, que indaga
en la perspectiva actoral ligada al trance, a partir de estudiar la experiencia
del trance en algunas prácticas religiosas para reelaborar ese concepto
en el sentido de un estudio de la actuación. Hay una obra que sirve para
ilustrar este camino, Cuando Teodoro se muera, que interpreta
la actriz Vivian Acosta con el grupo Galeano 108, que no es más que una
sesión de espiritismo en la cual la actriz involucra al espectador en
medio de sus cantos del diálogo cuando se convierte en otros personajes
que “le bajan”. El espectador casi sin darse cuenta, casi involuntariamente,
se va involucrando, y una vez que uno está participando de esa experiencia
no es un mero observador, se convierte de algún modo en esa cosa ambigua
y dual, que uno no sabe hasta qué punto uno es un miembro del público
que acudió a una sala a ver una actriz a hacer una representación o está
formando parte de algo más allá.
El Teatro Cimarrón, por ejemplo,
recurre a la religiosidad popular desde el espacio de la calle, no para
revivir los ritos, teatralizarlos y ampliarlos en términos de un alcance
popular mayor - y está claro que cuando se asume esa perspectiva hay un
tránsito a un lenguaje artístico que puede ser en algunos casos cuestionable
o no, de acuerdo también al rigor de esta apropiación, al mismo tiempo
a la calidad estética que logre el artista en esta representación que
no es ya un rito sino una representación teatral.
Por último, quisiera referirme a
dos experiencias de los 90, que marcaron de una manera muy fuerte esta
presencia de la religiosidad popular. Una, la hizo el Cabildo Teatral
Santiago en el 1992, llamada Repique por Mafifa o La última campanera en la cual la actriz
Fátima Patterson revivía por medio de escenas teatrales una leyenda popular
de la ciudad de Santiago de Cuba, la vida de una mujer que había sido
campanera de la Conga de los Hoyos –una función que sólo podían representar
hombres--, pero era una mujer que se vestía de hombre y que sólo se descubrió
que era una mujer después de muerta, y que, curiosamente, murió virgen.
Y lo que hace esta actriz es una ceremonia que comienza en el momento
en que esta actriz ha muerto, y empieza a contar todo lo que se dice de
ella en la ciudad de Santiago a la vez que la revive. El espacio está
estructurado de modo circular, con velas, percusionistas que hacen una
música muy especial, todavía recuerdo la impresión tan fuerte que
me causó y la vi hace diez años, porque era una cosa muy fuerte a nivel
sensorial, no sólo a nivel racional o de las emociones.
La otra experiencia es la puesta
en escena que hace también el Cabildo...de Baroco,
versión de clásico teatral Réquien
por Yarini, de Carlos Felipe, que
según el director –yo no me atrevo a asegurarlo, porque no soy una entendida
en la materia-- utiliza la estructura del rito de la sociedad secreta
Abakuá y lógicamente lo transgrede. En escena aparecen los personajes
cubiertos por velos, lo que tiene que ver con la fuente de que parte,
y las dos mujeres protagonistas, la Jabá y la Santiaguera, que se disputan
el amor de Alejandro Yarini Ponce de León, están descubiertas porque son
unas transgresoras. Esta obra también involucró a los espectadores, más
allá de la experiencia de observar o de apreciar un hecho estético, a
nivel de la emoción, de las sensaciones, de la razón. Y mostró cómo es
perfectamente posible contar esa historia desde otra manera y es curioso
cómo puede hacerse.
Por último, quería recomendarle a
la revista un excelente trabajo de Nancy Morejón, titulado Para
una poética de los altares, que publicamos en el número 99 de la revista
Conjunto, en 1994, que quizás valdría la
pena rescatar para un espacio electrónico como este, me parece muy a tono
ya que hablamos de la visualidad en la representación.
María Elena Vinuesa
En una sociedad como la nuestra,
donde los valores, símbolos y conductas religiosas se funde, se
yuxtaponen y constantemente se amalgaman, amplios sectores de la población
participan conscientemente o no de un sincretismo religioso que trasciende
el estrecho marco de lo ritual y ceremonial para devenir en indicadores
de un contenido cultural que sirve
de referente a otras esferas de la creación artística contemporánea.
En la plástica, en el teatro, en
la literatura, en el cine los creadores cubanos reflejan en toda su riqueza
esta religiosidad popular, pero es sin duda en la música popular donde
mejor se expone no solo en la inserción de sonoridades, instrumentos y
estilos de canto, sino en la presencia de textos, que de manera elocuente,
expresan la conciencia religiosa del creador y su interés por comunicarse
con un receptor que además sea consciente del valor y significado de su
mensaje.
Al igual que en el pasado el músico
cubano participa de diversos contextos culturales. Por una parte recibe
una sólida formación académica que le permite apropiarse de los recursos
técnicos y expresivos de la cultura musical universal. Por otra, no se
mantiene ajeno a la tradición musical popular cubana y menos aun a la
tradición folclórica que puede o no estar avalada por una pertenencia
familiar y una determinada filiación religiosa.
Si es así encuentra en la música que debe crear o interpretar,
mayores posibilidades de proyectar
sus ideas religiosas hacia grandes sectores de la población.
Como resultado, en esta última década
de los noventa, cuando la sociedad cubana ha tenido que transitar por
un complejo y traumático proceso económico y social, el repertorio de
las más importantes agrupaciones populares del país se ha visto marcado
por la presencia de un considerable número de obras que tienen como motivo
fundamental de su texto la alabanza a los poderes y las virtudes de santos y
de orichas. Discografías enteras se han dedicado a recoger esa
creación que con toda intención está indentificada con el nombre de una
divinidad o de una acción de culto, así tenemos por ejemplo los discos
Yemayá, de Chucho Valdés galardonado con el Premio Cuba Disco de 1998,
o Babalú Ayé del mismo creador,
o el disco Orichas, del Gurpo
Síntesis, que al igual que Ancestros
es una excelente compilacion de obras basadas
en toda la tradición musical yoruba y proyectadas hacia las más actuales
sonoridades del rock cubano. Otros ejemplos interesantes podemos encontrarlos
en la creación sonera y salsera de autores muy populares en la escena
bailable como son Adalberto Alverez, Juan Formell, José Luis Cortés, entre
otros.
Ya no se trata de la cita folclórica,
del uso de un instrumento o de la imitación de un canto afro dentro de
una proyección lírica o popular de un intérprete, como sucedía en la primera
mitad del siglo XX , o de la referencia a objetos o acciones propios de
la devoción popular en el texto de una obra, sino, de la apropiación consciente
de esa religiosidad y la reafirmación de sus postulados, valores y signos
ante un público mayoritario que responde entusiasmado no solo por la eficacia
comunicativa de la música popular bailable que se le ofrece, sino por
la identificación espiritual que establece con el músico ante un texto
que expresa sus más inmediatos intereses: la salud, el bienestar, la solidaridad
humana, el reconocimiento a la fuerza y a la validez de aquellas deidades
que son el centro de su vida como creyente.
Del mismo modo, que objetos rituales como los collares de santo, las manillas o esa
iyawó toda vestida de blanco que pasea por las calles, se han ido haciendo
cotidianos en nuestras ciudades, este repertorio de la música popular
bailable ha puesto en boca de todos los bailadores nombres, refranes,
sentencias y conceptos que de otro modo se hubieran mantenido a buen recaudo
en el limitado espacio de la casa-templo y de la familia ritual. Ahora los sagrados
orichas circulan libremente en
un país donde la música, la religiosidad y el sincretismo son fieles expresiones
de una auténtica cubanía.
Sandra Ramos 
Primeramente
voy a hablar de mi experiencia y por qué ese acercamiento al tema de San
Lázaro con Promesas. Para mí el acercamiento a San
Lázaro comenzó en 1999, cuando fui por primera vez a el Rincón, a la procesión,
por mera curiosidad. Este evento, por su carácter, marcó de una forma
fundamental mi pensamiento y mi obra, tanto así que culminó con esta exposición;
sobre todo porque yo con mi trabajo he tratado siempre de buscar ese vínculo
entre la realidad personal y la realidad social en el arte y la cultura
en Cuba. Siempre he tratado de tocar temas que son puntuales como las
migraciones, el alcoholismo, el mundo marginal.
Esta experiencia
de San Lázaro es muy impresionante para cualquier persona que allí asiste,
sobre todo porque es una experiencia en donde convergen varias cosas;
en primera instancia esta es una experiencia masiva, popular de carácter
no oficial y espontáneo, que ha tenido que sobrevivir luchando contra
el dogma de la Iglesia Católica que no reconoce al San Lázaro mendigo
y también contra la política oficial cubana signada durante muchos años
por el marxismo y el ateísmo. No obstante, éste ha sido un fenómeno que
se ha mantenido y su carácter de resistencia lo vuelve muy interesante.
El fenómeno de
San Lázaro también me interesa por la identificación de los pagadores
con el santo, dada a partir del sufrimiento, asumida y representada desde
la pobreza del vestuario, el autocastigo, y por la asimilación de la iconografía
del santo en estas personas. Esto a nivel visual fue para mí muy interesante,
a nivel humano también, fue muy impresionante la experiencia de los pagadores.
Por eso decidí
dividir la exposición en dos partes, una que iba a ser la intervención
en el propio lugar, en el camino a San Lázaro la noche del 16
de diciembre del 2002; en esta intervención se expusieron las 17
cajas de luces que aparecen también en la exposición, las que funcionan
como un poema visual basado en un poema de Idamiro Restano y en imágenes
documentales que yo había tomado en procesiones anteriores. La idea de
esta intervención en el muro del hospital del SIDA que está en el camino
a la Iglesia de San Lázaro era que esa extraordinaria cantidad de personas
que participan en la procesión formaran parte fundamental de esta pieza
que solamente en la comunicación directa con ellos en ese día y lugar
especifico alcanzaba un significado orgánico. La instalación es un homenaje
a todos los pagadores de promesas, pero también trataba, a partir de los
recursos expresivos del arte contemporáneo como la imagen digital y las
cajas de luces, de establecer una
comunicación entre yo como artista y los medios de los que me valgo para
mi creación y estas personas pagadores de promesas que son una parte de
la población cubana que están en su gran mayoría ajenas al mundo oficial
de las galerías y los espacios en que normalmente exponemos. Para mí era
una forma, partiendo de la documentación de la misma procesión y de la
recontextualización de recursos místicos usados por la iconografía religiosa
como la luz y la imagen del santo, de comunicarme con estas personas y
creo que funcionó bien. Fue una experiencia muy bonita, ver como la gente
se comunicó con esa obra.
Por otro lado
está la parte de la galería, para un público más elitista y menos conocedor
de la procesión, como yo misma que no la conocía antes. Entonces era como
tratar de llevar a ese público bien distinto, de la galería de arte, a
la atmósfera de ese lugar, de la procesión. Por eso uso los videos, las
luces, para provocar un efecto sensorial y opresivo en el espectador y
elementos como exvotos y esculturas de San Lázaro que son representación
iconográfica bien establecida de las religiones pero también, en su carácter
de encarnar un patrón masivo de representación, del acercamiento a la
fe a través del sufrimiento y el autocastigo. Traspasar la cortina de
exvotos (Milagros) es un símbolo de entrar en ese mundo, de comunicarse
con los demás, ser parte también de sus problemas y de esa manifestación
religiosa que es la procesión.
San Lázaro es
un santo vivo por los pagadores que mantienen esta tradición, ellos sobreviven
a su vez por su fe en él.
La última pieza
(el video Promesas), es un homenaje a estas personas, las más pobres y
marginales que allí participan: los pagadores de promesas. A nivel social
son muy interesantes, estos pagadores extremos para mí son también la
evidencia de la frustración de un ideal utópico, igualitario, que existe
en nuestra sociedad, ellos mismos en sí son la representación de que no
todos somos iguales, que hay un margen para la variedad, y las creencias
de las más diversas índoles.
Teresa Crego
No
puedo evitar hacer mención sobre el documental, precisamente porque trabajo
el tema que aborda y conozco otro realizado por Octavio Cortázar hace
ya 35 años. Éste me resultó sumamente interesante, no sólo por lo que
María Elena Vinueza hablaba de la música, sino por la tensión que se logra
al verlo y la experiencia sensorial que se experimenta, similar a la que
Vivian hacía mención. A mí me sobrecogió el documental y así le ocurre
a quienes participan en esa procesión.
Este
tipo de procesión es la única reminiscencia de un sentido flagelante o
auto flagelante de nuestra más antigua tradición popular cubana, vinculada
a las tradiciones del Viernes Santo en el ámbito de la Habana Vieja, las
que eran muy fuertes y dramáticas, como la del documental, tanto así que
el Obispo Espada en las primeras décadas del siglo XIX las suspendió.
No
conozco que en ningún otro santuario grande del país donde se hace un
tipo de procesión con características similares ocurra algo así, entiéndase
el de la Santísima Virgen de la Caridad Cobre o la Parroquia de Nuestra
Señora de Regla. La procesión a San Lázaro es la más numerosa, dramática
y masiva, porque hay un sentimiento de unificación mayor que en los otros
santuarios.
En
Promesas Sandra ha utilizado los elementos conocidos como "promesas"
o "exvotos" que se llevan a cualquier santuario en agradecimiento
de un favor que se ha recibido. Quiero significar, me imagino que muchos
de ustedes conozcan el hecho, que el exvoto es tan antiguo como la presencia
del hombre erecto en el mundo grecolatino, fundamentalmente griego y que
son absolutamente similares a las que conocemos ahora. Nosotros estamos
acostumbrados a ver y se vio en el documental, comidas en ofrenda a los
dioses, también en el mundo griego aparecían. Este es un fenómeno muy
enraizado en la religiosidad popular, que todo lo mezcla.
En
las encuestas realizadas durante el período de nuestra investigación en
ese santuario encontramos religiosos populares, espiritistas, católicos,
abakuás; de todo, blancos, negros, mulatos. No había predominio racial,
ni de credo. Era una religiosidad popular difusa, que es como se utiliza
el término.
Desde
el punto de vista de los códigos simbólicos, Sandra ha utilizado la imagen
de San Lázaro y los exvotos en metal que reflejan una parte cualquiera
del cuerpo, miembros u órganos.
Durante
el período en que realizamos un trabajo investigativo en El Rincón, entre
los años 1995 – 1996 pudimos constatar que estos y otros exvotos se vendían
pero no de forma numerosa y lo peor para poder realizar la investigación
era que los destruían inmediatamente. Tuvimos que hacer una labor de persuasión
para que nos lo guardaran y poder entonces realizar el trabajo. Lo más
abundante que encontramos fueron imágenes de San Lázaro en tallas en madera
y pintura; siempre representaban al de los perros, el popular, nunca el
Obispo. En las encuestas preguntábamos, ¿pero ustedes a quién le traen
la promesa? respondían que a ambos, pero se notaba la predilección; el
religioso popular consume y asume al de los perros.
Entre
los exvotos que nos guardaron figuraban los de madera, las pinturas, y
los de yeso, en todos aparecían los perros, aunque en el último caso menos.
También encontramos atributos de San Lázaro, inclusive del Obispo. Muchos
exvotos eran capas del santo obispo cubriendo al de los perros, estas
eran en yute, un tejido de reutilización frecuente en cualquier cultura
popular y en segundo lugar en materiales pobres como el terciopelo. Le
daban las dos variantes, las capas adornadas con talones, dorados, mostacillas,
lentejuelas, porque hay una apropiación también simbólica del lujo, del
esplendor de las capas de los obispos por el ámbito popular.
Muchas
piernas, muletas, bastones tallados con características de lo que se entiende
por el trabajo artesanal popular pero con valores representativos desde
un punto de vista no solamente religioso, sino también desde un punto
de vista cultural porque yo pienso que todo el problema de San Lázaro
realmente desborda el marco de lo religioso precisamente por la fuerza
para convertirse en un hecho cultural, identitario.
No
he vuelto al Rincón después de ese período, pero quiero significar algo
muy curioso, o al menos para mí lo es. En el santuario a San Lázaro se
destruían los exvotos, en el Cobre se guardan y se exhiben, pero con ese
sentido de la religiosodad. En Regla, en la zona aledaña a la iglesia
existe un museo que recoge éstos objetos en su doble función, como objeto
religioso y cultural. Este fenómeno un poco lo volvemos a encontrar en
la exposición de Sandra, como una ratificación de fuerzas religiosas populares
y culturales que estos objetos representan para la cultura y su identidad.
|
|
|