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TAMARA
DÍAZ BRINGAS |
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-El
concepto de “representación” en la plástica costarricense
contemporánea- Escojo
el título de un texto del joven escritor costarricense,
Luis Chaves, para hablar de cierta “máquina de hacer niebla”
y -sobre todo- de algunos intentos para desarmarla; entendido
aquí no en el sentido de destruirla (eso sería imposible)
sino más bien desmotarla para observar sus modos de funcionamiento.
Esta
máquina que se suele llamarse “representación”, y que
hace niebla siguiendo su propia dinámica y sus propios
procesos de “representar”, permite muchas veces hacer
parecer como natural lo que no es sino una construcción
artificiosa y manipulad(or)a. Así,
la investigadora cultural Nelly Richard define de este
modo la “representación”: “…sistema de signos y convenciones
que moldea la percepción y simboliza lo real acorde con
los registros históricos de la cultura”. Por su parte,
otro acercamiento a este concepto lo propone el ensayista
Brian Wallis, argumentando que: “…las representaciones
son construcciones artificiales (aunque aparentemente
inmutables) mediante las que aprehendemos el mundo: representaciones
conceptuales tales como imágenes, lenguajes o definiciones;
que a su vez incluyen y construyen otras representaciones
sociales como la raza y el género. Aunque estas construcciones
suelen depender de un elemento material del mundo real,
las representaciones siempre se postulan como ‘hechos’
naturales y su engañosa plenitud oscurece nuestra aprehensión
de la realidad. Nuestro acceso a la realidad está mediado
por el velo de la representación”. A
partir de esas consideraciones, ambos autores comentan
las tareas de una “crítica de la representación”, que
en palabras de Richard: “… pasa por el examen y desmontaje
de los códigos de estructuración material y simbólica
del sentido”; y, tal como la concibe Wallis: “… estudia
el hecho de que la superficie racional de la representación
–el nombre o imagen- que siempre parece apacible e íntegra,
encubre en realidad el acto de representar, que necesariamente
exige una violenta descontextualización. Y agrega, en
palabras de Roland Barthes: ‘las representaciones son
formaciones, pero también deformaciones’”.
[1]
Se
trata entonces de revelar el papel que tienen las representaciones
en la construcción de la realidad. Y, a propósito de ello,
quisiera presentar un conjunto de prácticas en el arte
costarricense contemporáneo que, desde diversas perspectivas
y énfasis, realizan críticas de la representación dirigida
a desnaturalizar y problematizar distintos signos. Por
otra parte, los autores de estas propuestas se hallan
entre los 20 y 30 años, y los reúno aquí no para proponer
o articular una ya muy cuestionable categoría de “generación”,
sino para sugerir algunos de sus posibles lugares de confluencia.
No obstante, conviene enfatizar que, antes de ellos,
otros artistas costarricenses contemporáneos, de una generación
inmediatamente anterior, se podría afirmar que han trabajado
también desde una especie de “crítica de la representación”,
aunque quizás con connotaciones, propuestas e intenciones
diferentes
[2]
. Así,
por su papel determinante en la producción de sentido
y en la circulación de ideología, comenzaré por la fotografía.
La propuesta de José Alberto Hernández desplaza la mirada
sobre el cuerpo, despojándolo de sus atributos culturales
para mostrarlo en toda su fragilidad. Al contrario de
la percepción casi morbosa de la enfermedad y la muerte
que enfatizan sobre todo los medios de comunicación, en
las fotografías de José Alberto se trata de un cuerpo
vulnerable, pero sin dramatismo ni sensiblería. La suya
parece una mirada un poco distanciada, de aceptación tranquila
de la enfermedad y la muerte, de la fragilidad. Quizás
por eso, el propio artista dice: “Mi búsqueda la hago
a través de esos espacios destinados a tratar al individuo
y su cuerpo como un Aparato Fisiológico, donde la identidad
no cuenta, sólo se es uno más”. Tal
vez una crítica más enfática de las representaciones,
y en particular las referidas al género es la que realiza
Lucía Madriz. En la propuesta No, ésta sí soy yo,
se hace del cuerpo un lugar donde se (de)construyen múltiples
identidades. De esa forma, la obra de Lucía discurre en
torno a las dimensiones culturales de la sexualidad, al
autorretratarse en poses de femineidad o masculinidad
extremas, asumiendo la identidad sexual como un proceso
en continua re-invención. En
un breve texto publicado en el catálogo de la exposición
Ni con el pétalo de una rosa, Lucía Madriz relata
el proceso mediante el cual los condicionamientos culturales
–y en particular los referidos al género– van siendo incorporados
por el sujeto, quien acabará reproduciéndolos. Así, desde
"venga, no juegue con tierra; dele un besito al bebé;
vea qué linda muñeca le trajeron", hasta "me
voy a casar por dicha; esas rosas están preciosas; verdad
que las rosas son lindas?", se trama una construcción
de la sexualidad femenina que Lucía Madriz pone bajo sospecha.
Al
conducir esas imágenes al terreno del estereotipo, con
su forma afectada y fría, Madriz enfatiza el carácter
construido de tales representaciones. Por eso, el aire
decorativo que recorre esos objetos –como en pose, asépticos
y excluidos de un contexto preciso– viene a confirmar
un efecto de puesta en escena. En esas obras, todo parece
dispuesto para un decorado; todo parece calzar en un perfecto
diseño. Sin embargo, tras la apariencia cándida de esas
imágenes, se revelan las enormes tensiones y violencias
que ellas implican. En
el vídeo “Dime cuando sonreír”, Lucía Madriz quiebra la
expectativa de sumisión y complacencia que se supone en
la mujer, trocándola en una narrativa de rebeldía y velada
violencia. En esos aspectos, la obra de Madriz parece
cercana a la de Priscilla Monge, quien también ha trabajado
sobre la violencia implícita en relaciones y contextos
aparentemente inofensivos. Pero, ni tan amable ni tan
inofensiva como "se pinta", la obra de Lucía
Madriz insiste en cuestionar lo obvio y su pretendida
naturalidad, como en el vídeo irónicamente llamado “Mujer
Natural”. Con un lenguaje próximo al arte pop –por su
cercanía a la publicidad pero también por algo de su frialdad
y su pasión impostada– la artista enfatiza en lo construido,
en lo no natural de la sexualidad femenina y de sus comportamientos
y roles. Inserta así la sospecha sobre todo aquello que
aceptamos como "natural", desconociendo sus
condicionamientos históricos y culturales. De
manera relativamente similar, Rocío Con realiza la serie
de fotografías Yo como manga, que se propone también
como una ficticia (re)construcción de sí misma, a través
de un irónico proceso de supuestas correcciones de sus
rasgos orientales a cánones occidentales de belleza. Como
sabemos, “manga” no sólo es el fruto, sino el nombre del
cómic en japonés. En otra propuesta, “No es al revés”,
Rocío juega con los estereotipos o prejuicios occidentales
sobre la sexualidad de la mujer oriental. La
historia como historieta fue el título de un texto en
el que hablaba de las propuestas recientes de Nadia Mendoza
y Guillermo Tovar, que apuntan ambas a la condición de
fábula, de relato, en el discurso histórico. Y juegan
–cada una a su modo– con la historia y la historieta,
haciéndolas intercambiables y, por momentos, indistinguibles.
Fascinado
por el ejercicio del dibujo, Tovar se aplica a interpretar
obras de maestros españoles como Velázquez, Goya, Zurbarán.
Esa interpretación incluye algo de fidelidad a los modelos,
pero también una imprescindible desviación, que le aporta
sugerentes lecturas a las apropiaciones. Así, una Santa
Casilda –de Zurbarán– trueca su distintiva elegancia
y sobriedad en un rostro candoroso y simpático. Los
borrachos, de Velázquez, alternan con dibujos infantiles.
Mientras, las escenas terribles, monstruosas de Goya pierden
su dramatismo y gravedad, mientras aparece Saturno
devorando a unos pitufos o Dos viejos comiendo
Froot Loops. O bien, sobre la composición de El
cacharrero, de Goya, se inserta un detalle de la carreta
típica costarricense. El
dibujo a veces aplicado, otras veces negligente –con distorsiones,
contrastes de escala y perspectiva– revela tanto una reverencia
como un distanciamiento respecto a sus modelos. Pero se
trata siempre de un distanciamiento que es señalado y
exhibido, a través de marcas tan notables como la aplicación
de color –exclusivamente– a los elementos extraños al
cuadro de referencia. Si
la propuesta de Guillermo Tovar inserta elementos de la
caricatura y el dibujo animado en el seno de reconocidas
obras de la historia del arte, Nadia Mendoza lleva lo
histórico al terreno de la ficción y la caricatura. “Quiero
ser tu héroe” es el título de una exposición reciente
de Nadia, que inserta en la saga de los superhéroes del
cómic norteamericano la figura de Juan Santamaría. El
hombre de la antorcha –como se representa al héroe nacional
costarricense– tiene, en esos dibujos, atributos y poderes
sobrenaturales, a la manera de Batman, Superman, La Mujer
Maravilla, entre otros. Paródica
e irreverente, la obra de Mendoza recurre a un tratamiento
en apariencia infantil de los dibujos, realizados en formato
de grandes viñetas y con una factura deliberadamente "mala"
–que incluye borrones, manchas, tachaduras. De ese modo,
las decisiones técnicas están en función de una mayor
coherencia conceptual de la propuesta. De la historia
a la historieta, la figura del héroe se construye en las
tensiones entre lo nacional y lo foráneo, expresado aquí
a través de conocidas imágenes de la cultura de masas
norteamericana. Quiero ser tu héroe revela, además,
los contenidos –y procedimientos-– de invención que tiene
la historia. También
desde una crítica a la construcción del discurso político,
la propuesta de Alejandro Ramírez confronta los límites
de una representación complaciente de del cuerpo social.
Los vídeos “La patriótica” y “Canción de cuna” se basan
en un contrapunto crítico con el discurso oficial, donde
la imagen –que tiene mucho de registro documental- y el
sonido, se contraponen, haciendo visibles las incongruencias
de la representación oficial de Costa Rica, construida
–como la de cualquier otro país- según la retórica inflamada
con la que se fabricaron los modernos Estado-Nación. El
recurso es bastante sencillo, pero suficiente para sacar
a la luz las contradicciones e interrogar esas imágenes
jubilosas. Confiado
en una incidencia posible del lenguaje, Federico Herrero
realiza discretas intervenciones en disímiles y muchas
veces desapercibidos lugares públicos: desde casetas de
guardas hasta lotes baldíos. A partir ellos, Herrero inventa
hipotéticas funciones, insertando signos ajenos al lugar
de referencia, convirtiéndose de esa forma en un irónico
activador de equívocos y absurdos: como aquellos que anuncian
la venta de un cañaveral o un lote baldío en 300 colones
(menos de un dólar), o el rótulo que indica un baño de
damas en la caseta de un guarda. Precisamente,
una de las series de Federico registra una sorprendente
cantidad de casetas de guardas, sugiriendo su propagación
en el paisaje urbano, donde ha devenido una ubicua tipología
constructiva –casi escultórica- diseminada por las ciudades
centroamericanas como consecuencia de una violencia creciente.
Curiosamente, casi todas las casetas se encuentran vacías,
lo que contradice un poco su función de “vigilancia”.
De ahí que el propio artista las vea como una suerte de
amuletos o recurso supersticioso de “protección” más simbólica
que real. Sin
embargo, las pequeñas intervenciones de Federico Herrero
no parecen comparables a las grandes alteraciones que
provocan; y en ello radica –probablemente- su mayor potencia.
Así, la caseta de guarda funcionaría como una discreta
pero a la vez metafórica evidencia pública de sociedades
fundadas en una espiral de violencia encubierta o solapada
y (auto)encierros casi paranoicos. Mientras, unas fotos
de vallas publicitarias en blanco refieren la imposibilidad
del vacío en esos espacios ya siempre colmados, aunque
sea por la demasiado evidente ausencia de información.
Entonces, de algún modo las propuestas de Herrero desplazan
la obra desde el objeto físico hacia implícitas relaciones
conceptuales que trastocan y resignifican sus supuestas
funciones. Una de sus series recientes se basa en las
pinturas de las calles, que señalizan la prohibición de
estacionar. Un paralelo entre el monocromo pictórico y
una señal de tránsito, sugiriendo la convencionalidad
de ambos. Entonces,
de algún modo en estas propuestas se trata -casi siempre-
de desarmar la ilusión de naturalidad del lenguaje, de
los signos. Además, en la medida en que se basan en recursos
cercanos a la citación, la intertextualidad, la apropiación
–etc- de cierta manera son desplazadas también nociones
como las de autoría y originalidad. Aunque
-en última instancia- se trata en todos los casos, de
diversas formas y desde distintos ángulos e intenciones-
de poner en escena y cuestionar la idea de “representación”:
esa esquiva “máquina de hacer niebla”.
[1]
Nelly Richard. “Teoría feminista y crítica de la representación”,
en: La estratificación de los márgenes. Francisco Zegers
Editor, Santiago de Chile, 1989, pp.64-65 Brian Wallis. “Qué falla en esta imagen: una introducción”. En: Wallis, Brian (ed.). Arte después de la modernidad. Nuevos planteamientos en torno a la representación, Ediciones Akal, Madrid, 2001, p. xiii
[2]
Joaquín
Rodríguez, Sila Chanto, Priscilla Monge, Jorge Albán
o Florencia Urbina son algunos de ellos, y que han tenido
eco de alguna manera en estas nuevas propuestas.
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