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“Lo más vívido que me quedó de Matta fue su gran carga humana,
era una extraña persona amorosa, con una inmensa sinceridad que se reflejó
en su obra”, afirma Lesbia Vent Dumois al recordar su colaboración con
el pintor chileno. Reconocida artista plástica cubana, por muchos años
directora del Departamento de Artes Plásticas de la Casa de las Américas,
de la cual fue también vicepresidenta, Lesbia destaca rasgos que considera
claves en la trayectoria de Matta: su indeclinable actitud creativa
y su perenne preocupación por aportar, siempre aportar a quienes le
rodeaban.
“Yo aún no trabajaba en la Casa, donde precisamente comencé ese año voluntariamente,
por las mañanas, a pedido de Mariano Rodríguez, director del Departamento
de Artes Plásticas. Lo conocí en la UNEAC, pues yo era miembro del
ejecutivo de la Asociación de Artes Plásticas, que presidía Mariano.
Matta venía invitado por la Casa, como creo que sucedió siempre que
viajó a Cuba. Ahí fue cuando lo vi físicamente por primera vez, y,
además, estuve en su exposición. “Por aquellos tiempos fueron muy continuas sus estancias aquí. Recuerdo que
en una ocasión llevamos a los alumnos de la escuela de arte al Museo
de Bellas Artes, donde él estaba trabajando, y allí conversó con ellos.
Muchos dicen que a Matta es difícil entenderlo porque hablaba como
un loco, pero yo creo que fue el loco más consentido del mundo; para
comunicarte con él debías ir buscando, por detrás de lo que decía,
el sentido de lo que estaba diciendo. Creí que el diálogo iba a ser
demasiado alto para los alumnos, pues eran casi niños, pero todo fluyó
muy bien. La muestra en que trabajaba Matta era en conjunto con la
Casa de las Américas; la pintura se hizo en el Museo y en el tercer
piso de la Casa ―todavía no era la Galería Latinoamericana―,
vi la exposición. A partir de ese momento comenzó mi cercanía personal
con Matta, mi relación de trabajo con él... Bueno, si se le podía
llamar trabajo, porque trabajar con él era como el delirio”. De los mínimos a los grandes detalles, Lesbia, que también se ha desempeñado
como curadora de la Colección Arte de Nuestra América, colaboró en
proyectos emprendidos por el pintor en La Habana. Recuerda varias
exposiciones, como la de 1967, titulada Para que la libertad no
se convierta en estatua, con bocetos y dibujos del gran
mural que tiene el mismo título, que ella había ya visto en el Museo de Arte Moderno de México y que luego,
donado a la Casa, se convirtió en una de las más valiosas piezas de
su patrimonio. “En ese año se hace también el boceto del mural de San Andrés. La idea puede
haber surgido en los viajes que él hacía con Félix Sautie o el general
William Gálvez a cooperativas y otros lugares. Fue con los alumnos
de la Escuela Nacional de Arte, que él gustaba de visitar mucho, y
hubo que vestir toda la galería con papel craft. Se trabajó con todo
lo que había: con placa, con tempera... Recuerdo lo primero que me
pidió: «Necesito una tiza, pastel blanco...». Pero no había. Llegué
apurada hasta nuestro estudio y le pedí una tiza a mi esposo. Al regreso
me dijo: «No, ya yo resolví». Había tomado un pedazo de la pared blanco,
lo había molido y usado como tiza. Al poco rato me pide: «Necesito
carboncillo, carboncillo». Y bueno, a buscar carboncillo. Fui a la
UNEAC y cuando regresé me recibió: «Mira, ya lo hice». Se había quitado
el zapato y con la suela había dibujado. Fue ahí cuando pensé: No
voy a correr más con estos encargos, porque Matta me está dando una
lección: que puede trabajar con cualquier material. Era un creador
constante de imágenes, no paraba de pensar y de crear, no podía detenerse
y no podía detenerlo una u otra carencia, siempre hallaba un camino
creativo. Hasta en la conversación era sumamente creativo, no podías
seguirlo linealmente porque paraba, hacía paréntesis y te obligaba
a empatar ideas para alcanzar el sentido de su discurso”. “Era una persona diferente a lo que comúnmente consideramos la conducta de
un artista: nunca lo vi preocupado por cómo iba a ser colocada su
obra, en un lado u otro. No se preocupaba por cuestiones de museografía...
Su diálogo era creativo, le interesaba sobre todo qué opinaba la gente
de su creación, hablar con la gente, explicar y hacerse comprender
sobre lo que hacía y por qué lo hacía. Siempre fue muy respetuoso
del criterio de los demás”. Y, en su opinión, ese fabuloso impulso creativo hizo que Matta trascendiera
toda catalogación estética. “Trabajé mucho con él en aquellos finales
de los sesenta, le vi trabajar, le escuché su hablar constante y que
era siempre un magisterio. Vino para una exposición, para el 26 de
Julio, para el Salón de Mayo, para el Congreso Cultural de La Habana...
En el Salón de Mayo vinieron los surrealistas, y había entonces, en
el seno del grupo, una lucha ideológica muy fuerte... Recordemos que
Matta fue expulsado del movimiento y luego re-aceptado. Él no se consideraba
ya un surrealista. Y es que él era más que un surrealista: no se guió
por una doctrina, pintaba cualquier cosa. Ni era automatista puro
solamente. Los lineamientos del surrealismo no están en él esquemáticamente
planteados”. Vital, hablador, de fuerte personalidad y cercano a todo lo que significara
esencia humana, Matta dejó en Cuba muchos amigos y memorias. “Cuando
venía a La Habana era como un andarín. Le gustaba reunirse con la
gente joven, con los estudiantes. Ya en los últimos viajes eso no
pasó tanto, venía con poco tiempo, muy apretado. Recuerdo que a veces
se iba a ver también a sus amigos Bola de Nieve y Odilio Urfé, no
puedo precisar en qué momento se conocieron, pero fueron bastante
cercanos. Hay otra anécdota con un joven pintor cubano, ya fallecido.
Se consideraba muy influido por Matta, lo admiraba mucho. Un día,
en la Casa de las Américas, el joven le dijo: «Yo estoy muy influido
por su obra, por usted». Y Matta le respondió: «No, tú me tomas la
superficie, porque para estar influido por mí hay que pensar como
yo». Y es verdad, eso es la influencia, pensar como el paradigma que
uno toma. Fue otra de las lecciones de Matta de las que fui testigo”.
Luego de los intensos sesentas, Matta regresaría a la Isla en varias oportunidades:
el Salón del 70, exposiciones, reuniones de intelectuales... “Luego
fueron los muebles. Y también en los ´80 trajo los dibujos del Quijote
que estaba haciendo en computadora. Esa serie, de la que no quedó
nada aquí, se expuso en la Sala Manuel Galich, más pequeña, porque
Matta se apareció de pronto y estaba ocupada la Galería Latinoamericana.
También se expusieron las piezas africanas que él, desde el principio,
quería destinar para que Cuba hiciera, según sus palabras, un museo
latino-africano”. “Era una persona muy desprendida, regalaba su arte. Y tenía varias nacionalidades.
Chilena, francesa... Imagino que también la italiana. La cubana se
la otorgaron cuando le retiraron la chilena, luego del golpe de Estado.
Y se la dio Argelia, además. Estuvo cercano a países que luchaban:
a Cuba, a la Argelia en guerra, a Angola... Tenía en sí una gran carga
de humanismo, de sinceridad, como en su pintura. No se encasilló en
ninguna escuela ni manera de hacer, fue un pintor que siempre se estuvo
renovando y que no necesitó de hacer las cosas de una manera para
que lo reconocieran. Su acercamiento siempre fue a personas a las
que él consideraba afines pero, además, a quienes sentía que podía
aportar algo. En Chile, por ejemplo, se relacionó con la gente de
la brigada popular Ramona Parra, que pintaban por las calles. Porque
sentía que ahí podía hacer algo, aportar. Esa era su preocupación
siempre: aportar, aportar...”. “En el 93 viajé a España a un congreso en que le entregarían un reconocimiento
a Matta, quien estaba en Madrid preparando una exposición en el Museo
Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Acordamos reunirnos y me invitó
a desayunar. Según me habían contado, andaba con un bastón porque
se había caído montando bicicleta en Tarquinia. Yo esperaba encontrarlo
cojo, con su bastón, medio impedido. Pero cuando llego al hotel me
lo encuentro como Charles Chaplin, caminando y haciendo molinetes
con el bastón. Y de ahí al Congreso. Él conversaba continuamente y
me decía «Y yo, ¿qué hago yo aquí, para qué me vienen a dar esto aquí?
Si yo no quiero medallas, yo no quiero chapitas ni nada...» “El último viaje a La Habana fue en 1997. Me llamó desde Nassau y me dijo
que cuándo convenía más que viniera. Coincidió con el Premio Casa
de las Américas. Y le expliqué que quizá no fuera bueno que viniera
paralelo al Premio, porque corríamos el riesgo de no poder atenderlo
bien. Pero él quería y vino. Se pasó varios días. Salimos a caminar
varias veces con él y con Germana. Un día nos fuimos a la Plaza de
la Catedral, pues Matta quería comprar libros cubanos en primeras
ediciones. Pasó una cosa interesante, y me mostró lo que es el ojo
del pintor. Empezó a comprar piezas pequeñas a los pintores de la
Plaza, y tú te dabas cuenta de que era lo mejor del lugar, lo más
interesante, lo más puro, lo más naif. Y me mandó a tomar los
nombres de los pintores, porque, me dijo, «a lo mejor, cuando yo vuelva,
hacemos una exposición con estas cosas y la vamos a titular Un
paseo con Matta por la Catedral».” “A mí me queda su gran carga humana. Matta era una extraña persona amorosa. Yo diría que entiendo por qué se llevaba tan bien con Haydee Santamaría. No era el tipo de persona halagadora, abrazadora... no, no era nada de eso. Era una persona que te demostraba su afecto por su cercanía, por tu reconocimiento. Al marcharse luego de su última visita, en el aeropuerto José Martí andaba para arriba y para abajo con una bolsita de plástico. Yo le pedí varias veces la bolsa para sostenérsela, pero no me la daba. Finalmente, me dijo que era un obsequio para mí: un pequeño plato del comedor del Hotel Nacional en el que había hecho un dibujo con plumón. De un lado decía: «A Lesbia». Del otro: «Matta».” |
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