Dos lecciones de Matta

DENY EXRTEMERA

“Lo más vívido que me quedó de Matta fue su gran carga humana, era una extraña persona amorosa, con una inmensa sinceridad que se reflejó en su obra”, afirma Lesbia Vent Dumois al recordar su colaboración con el pintor chileno. Reconocida artista plástica cubana, por muchos años directora del Departamento de Artes Plásticas de la Casa de las Américas, de la cual fue también vicepresidenta, Lesbia destaca rasgos que considera claves en la trayectoria de Matta: su indeclinable actitud creativa y su perenne preocupación por aportar, siempre aportar a quienes le rodeaban.

   

En 1963 llegó a Cuba Roberto Matta invitado por la Casa de las Américas. Fue el inicio de una larga amistad que se mantendría hasta el final de sus días y tendría como intenso epílogo su último viaje a La Habana en 1997. Entre ambas fechas, Lesbia Vent Dumois desarrolló una estrecha relación con el artista y con su obra.

“Yo aún no trabajaba en la Casa, donde precisamente comencé ese año voluntariamente, por las mañanas, a pedido de Mariano Rodríguez, director del Departamento de Artes Plásticas. Lo conocí en la UNEAC, pues yo era miembro del ejecutivo de la Asociación de Artes Plásticas, que presidía Mariano. Matta venía invitado por la Casa, como creo que sucedió siempre que viajó a Cuba. Ahí fue cuando lo vi físicamente por primera vez, y, además, estuve en su exposición.

“Por aquellos tiempos fueron muy continuas sus estancias aquí. Recuerdo que en una ocasión llevamos a los alumnos de la escuela de arte al Museo de Bellas Artes, donde él estaba trabajando, y allí conversó con ellos. Muchos dicen que a Matta es difícil entenderlo porque hablaba como un loco, pero yo creo que fue el loco más consentido del mundo; para comunicarte con él debías ir buscando, por detrás de lo que decía, el sentido de lo que estaba diciendo. Creí que el diálogo iba a ser demasiado alto para los alumnos, pues eran casi niños, pero todo fluyó muy bien. La muestra en que trabajaba Matta era en conjunto con la Casa de las Américas; la pintura se hizo en el Museo y en el tercer piso de la Casa ―todavía no era la Galería Latinoamericana―, vi la exposición. A partir de ese momento comenzó mi cercanía personal con Matta, mi relación de trabajo con él... Bueno, si se le podía llamar trabajo, porque trabajar con él era como el delirio”.

De los mínimos a los grandes detalles, Lesbia, que también se ha desempeñado como curadora de la Colección Arte de Nuestra América, colaboró en proyectos emprendidos por el pintor en La Habana. Recuerda varias exposiciones, como la de 1967, titulada Para que la libertad no se convierta en estatua, con bocetos y dibujos del gran mural que tiene el mismo título, que ella había ya visto en el Museo de Arte Moderno de México y que luego, donado a la Casa, se convirtió en una de las más valiosas piezas de su patrimonio.

“En ese año se hace también el boceto del mural de San Andrés. La idea puede haber surgido en los viajes que él hacía con Félix Sautie o el general William Gálvez a cooperativas y otros lugares. Fue con los alumnos de la Escuela Nacional de Arte, que él gustaba de visitar mucho, y hubo que vestir toda la galería con papel craft. Se trabajó con todo lo que había: con placa, con tempera... Recuerdo lo primero que me pidió: «Necesito una tiza, pastel blanco...». Pero no había. Llegué apurada hasta nuestro estudio y le pedí una tiza a mi esposo. Al regreso me dijo: «No, ya yo resolví». Había tomado un pedazo de la pared blanco, lo había molido y usado como tiza. Al poco rato me pide: «Necesito carboncillo, carboncillo». Y bueno, a buscar carboncillo. Fui a la UNEAC y cuando regresé me recibió: «Mira, ya lo hice». Se había quitado el zapato y con la suela había dibujado. Fue ahí cuando pensé: No voy a correr más con estos encargos, porque Matta me está dando una lección: que puede trabajar con cualquier material. Era un creador constante de imágenes, no paraba de pensar y de crear, no podía detenerse y no podía detenerlo una u otra carencia, siempre hallaba un camino creativo. Hasta en la conversación era sumamente creativo, no podías seguirlo linealmente porque paraba, hacía paréntesis y te obligaba a empatar ideas para alcanzar el sentido de su discurso”.

“Era una persona diferente a lo que comúnmente consideramos la conducta de un artista: nunca lo vi preocupado por cómo iba a ser colocada su obra, en un lado u otro. No se preocupaba por cuestiones de museografía... Su diálogo era creativo, le interesaba sobre todo qué opinaba la gente de su creación, hablar con la gente, explicar y hacerse comprender sobre lo que hacía y por qué lo hacía. Siempre fue muy respetuoso del criterio de los demás”.

Y, en su opinión, ese fabuloso impulso creativo hizo que Matta trascendiera toda catalogación estética. “Trabajé mucho con él en aquellos finales de los sesenta, le vi trabajar, le escuché su hablar constante y que era siempre un magisterio. Vino para una exposición, para el 26 de Julio, para el Salón de Mayo, para el Congreso Cultural de La Habana... En el Salón de Mayo vinieron los surrealistas, y había entonces, en el seno del grupo, una lucha ideológica muy fuerte... Recordemos que Matta fue expulsado del movimiento y luego re-aceptado. Él no se consideraba ya un surrealista. Y es que él era más que un surrealista: no se guió por una doctrina, pintaba cualquier cosa. Ni era automatista puro solamente. Los lineamientos del surrealismo no están en él esquemáticamente planteados”.

Vital, hablador, de fuerte personalidad y cercano a todo lo que significara esencia humana, Matta dejó en Cuba muchos amigos y memorias. “Cuando venía a La Habana era como un andarín. Le gustaba reunirse con la gente joven, con los estudiantes. Ya en los últimos viajes eso no pasó tanto, venía con poco tiempo, muy apretado. Recuerdo que a veces se iba a ver también a sus amigos Bola de Nieve y Odilio Urfé, no puedo precisar en qué momento se conocieron, pero fueron bastante cercanos. Hay otra anécdota con un joven pintor cubano, ya fallecido. Se consideraba muy influido por Matta, lo admiraba mucho. Un día, en la Casa de las Américas, el joven le dijo: «Yo estoy muy influido por su obra, por usted». Y Matta le respondió: «No, tú me tomas la superficie, porque para estar influido por mí hay que pensar como yo». Y es verdad, eso es la influencia, pensar como el paradigma que uno toma. Fue otra de las lecciones de Matta de las que fui testigo”.

Luego de los intensos sesentas, Matta regresaría a la Isla en varias oportunidades: el Salón del 70, exposiciones, reuniones de intelectuales... “Luego fueron los muebles. Y también en los ´80 trajo los dibujos del Quijote que estaba haciendo en computadora. Esa serie, de la que no quedó nada aquí, se expuso en la Sala Manuel Galich, más pequeña, porque Matta se apareció de pronto y estaba ocupada la Galería Latinoamericana. También se expusieron las piezas africanas que él, desde el principio, quería destinar para que Cuba hiciera, según sus palabras, un museo latino-africano”.

“Era una persona muy desprendida, regalaba su arte. Y tenía varias nacionalidades. Chilena, francesa... Imagino que también la italiana. La cubana se la otorgaron cuando le retiraron la chilena, luego del golpe de Estado. Y se la dio Argelia, además. Estuvo cercano a países que luchaban: a Cuba, a la Argelia en guerra, a Angola... Tenía en sí una gran carga de humanismo, de sinceridad, como en su pintura. No se encasilló en ninguna escuela ni manera de hacer, fue un pintor que siempre se estuvo renovando y que no necesitó de hacer las cosas de una manera para que lo reconocieran. Su acercamiento siempre fue a personas a las que él consideraba afines pero, además, a quienes sentía que podía aportar algo. En Chile, por ejemplo, se relacionó con la gente de la brigada popular Ramona Parra, que pintaban por las calles. Porque sentía que ahí podía hacer algo, aportar. Esa era su preocupación siempre: aportar, aportar...”.

Al llegar a los años noventa, década de su último viaje a La Habana, ya octogenario avanzado, resalta en Matta la permanencia del espíritu liberador, la energía que imantaba a todos y su diaria militancia por la vida.

“En el 93 viajé a España a un congreso en que le entregarían un reconocimiento a Matta, quien estaba en Madrid preparando una exposición en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Acordamos reunirnos y me invitó a desayunar. Según me habían contado, andaba con un bastón porque se había caído montando bicicleta en Tarquinia. Yo esperaba encontrarlo cojo, con su bastón, medio impedido. Pero cuando llego al hotel me lo encuentro como Charles Chaplin, caminando y haciendo molinetes con el bastón. Y de ahí al Congreso. Él conversaba continuamente y me decía «Y yo, ¿qué hago yo aquí, para qué me vienen a dar esto aquí? Si yo no quiero medallas, yo no quiero chapitas ni nada...»

“El último viaje a La Habana fue en 1997. Me llamó desde Nassau y me dijo que cuándo convenía más que viniera. Coincidió con el Premio Casa de las Américas. Y le expliqué que quizá no fuera bueno que viniera paralelo al Premio, porque corríamos el riesgo de no poder atenderlo bien. Pero él quería y vino. Se pasó varios días. Salimos a caminar varias veces con él y con Germana. Un día nos fuimos a la Plaza de la Catedral, pues Matta quería comprar libros cubanos en primeras ediciones. Pasó una cosa interesante, y me mostró lo que es el ojo del pintor. Empezó a comprar piezas pequeñas a los pintores de la Plaza, y tú te dabas cuenta de que era lo mejor del lugar, lo más interesante, lo más puro, lo más naif. Y me mandó a tomar los nombres de los pintores, porque, me dijo, «a lo mejor, cuando yo vuelva, hacemos una exposición con estas cosas y la vamos a titular Un paseo con Matta por la Catedral».”

“A mí me queda su gran carga humana. Matta era una extraña persona amorosa. Yo diría que entiendo por qué se llevaba tan bien con Haydee Santamaría. No era el tipo de persona halagadora, abrazadora... no, no era nada de eso. Era una persona que te demostraba su afecto por su cercanía, por tu reconocimiento. Al marcharse luego de su última visita, en el aeropuerto José Martí andaba para arriba y para abajo con una bolsita de plástico. Yo le pedí varias veces la bolsa para sostenérsela, pero no me la daba. Finalmente, me dijo que era un obsequio para mí: un pequeño plato del comedor del Hotel Nacional en el que había hecho un dibujo con plumón. De un lado decía: «A Lesbia». Del otro: «Matta».”