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Invisibilidad y visibilidad: cinco mujeres en la práctica artística chilena
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| Karla Arraño - Efímero, caso uno - 2004 (fragmento) |
El campo del arte no se ha quedado
atrás. La demanda por la producción artística femenina está en
su mejor momento. Las convocatorias por variados frentes demuestran
que hay interés y mucho y pronto. Excelsas muestras de arte se
preparan. Nosotras estamos sorprendidas. Acaso es que ahora descubrieron
que las mujeres en Chile también son artistas. De que hay mujeres artistas no hay duda, hay
muy buenas artistas en nuestro país, lo que pasa es que la mirada
homogeneizante del arte las ha dejado fuera. En este artículo
abordaremos ejemplos de la práctica artística femenina. Reunimos aquí el trabajo
de cinco artistas chilenas, ellas son Karla Arraño, Gabriela Rivera,
Mariel Sanhueza, Alejandra Ugarte y Verena Urrutia. Transitan
por diferentes medios: fotografía, video, pintura, instalación,
performance. Sus producciones tienen en común un sentido provocador
e irreverente respecto las convenciones y normas sociales, una
postura crítica de los roles y estereotipos de los masculino y
de lo femenino, como también una reflexión en torno al cuerpo
y lo cotidiano. Al mismo tiempo, son el humor y la ironía elementos
característicos de sus propuestas lo que las vuelve aún más atractivas,
siendo esta capacidad bastante escasa en el medio cultural nacional
(en general hay una pesantez y solemnidad difícil de soportar)
lo que traduce en sus trabajos una multiplicidad de interpretaciones.
Además, han trabajado juntas en colectivas y distintas combinaciones,
lo que de cierta forma emparienta su trabajo, en un conjunto de
complicidades (metodológicas, visuales, conceptuales). Al abordar las obras de
estas artistas se pone en escena una visión crítica de género,
más aún en el contexto cultural chileno actual, porque por una
parte las problemáticas de género se instalan en ellas y, por
otra, la coyuntura político social de nuestro país lo requiere. Karla Arraño La artista ha mencionado
que su trabajo es una obsesión por los cambios que experimenta
la materia. En base a la observación Arraño registra lo efímero
de sus cambios, pero también la interviene y manipula de modo
que provoca situaciones particulares e inesperadas. Lo azaroso
y accidental es parte viva de su producción. Esto sucede por ejemplo
en la obra caso uno (muestra colectiva “Efímero”, Centro Cultural
de España, 2004) en la cual realiza una instalación con una serie
de cubos de hielo que en su interior albergan una rosa roja; bajo
los cubos se encuentran láminas de metal dispuestas en una caja
rectangular a ras de suelo iluminada por tubos de neón. La obra
esta envuelta en un halo de belleza frágil, etérea, en un primer
momento, para luego dar cuenta de la corrosión y la interacción
de los diferentes componentes. Para realizar esta obra la artista
debió hacer varias pruebas a fin de ver cómo se podía lograr la
transparencia del hielo necesaria para hacer visible la rosa,
lo que significó finalmente utilizar agua destilada. Esta obra
se compone de diferentes tiempos (se transforma) que van marcando
el sentido procesal de la misma. Los tubos de neón –con el calor
que irradian– aceleran el derretimiento de los cubos de hielo;
las placas de metal en las formas sinuosas del óxido retienen
y hacen visible el paso del agua; la rosa al secarse se contamina
con el agua, el metal y el óxido, estableciéndose así una cadena
de relaciones, de contigüidades. Es en la interacción del medio
y las distintas materias (orgánicas e inorgánicas) que la obra
se desarrolla. No puedo dejar de pensar
en la filiación que esta obra tiene con el cuento de Blanca Nieves
y los siete enanitos, en cuanto al tema de la belleza y la muerte.
Así podemos además encontrar ciertas relaciones
entre el trabajo de Alejandra Ugarte y Karla Arraño. La rosa roja cual mujer hermosa simboliza el
ideal de belleza, y la acción de congelar, el sacrificio que significa
conservar la belleza para el deleite de los demás. Ugarte realiza
un tableaux vivant (cuadro vivo) del momento en que Blanca Nieves se
encuentra muerta en el féretro de cristal que le construyen los
enanitos. Arraño en una operación análoga conserva la rosa incólume
en su féretro de hielo que le hace resaltar su condición de excepción.
En ambos casos lo que emerge es la preservación de la belleza
inerte, fría, distante, en una acción que cifra su fatalidad.
Tal como la rosa está suspendida en el hielo, Blanca Nieves se
encuentra fija en el tiempo de plenitud de su belleza física.
Pero esta fijación de la rosa no es indefinida como en el cuento,
al contrario, dura un tiempo reducido. Es en su esfuerzo un ejemplo
de lo fugaz de la belleza, un gesto superfluo que expresa la imposibilidad
de evitar la corrupción de la materia, pero también demuestra
la violencia que se esconde detrás del culto a la belleza. La observación –obsesión
de sus trabajos– tiene vínculos profundos con la fascinación que
lo cotidiano provoca en la artista. Para ella esta es un espacio
que hay que explorar e investigar, pues encierran en sí el misterio
del paso del tiempo. En el trabajo que presentó en la colectiva
“Banal” (Sala Juan
Egenau, 2005), experiencia
IV, Arraño hizo un video a partir del registro fotográfico
de la evolución de una herida en las rodillas de una niña de cuatro
años. La imagen de las piernas de ésta con un tutú rosado muestra
los leves cambios que el tiempo le iba imprimiendo en esta
parte de su cuerpo. El video (instalación) estaba dispuesto en
una caja que es la reproducción de un televisor del año 1981 colmado
de calcomanías infantiles sobre un mueble. El televisor y el mueble
pertenecen a lo que es la habitación de la niña, por eso vemos
como ella lo tiene con sus objetos personales, dos cajas con juguetes
están en el mueble, figuras, una carterita, etc., es decir, objetos
queridos que forman parte de la vida diaria y que nos permiten
acercarnos al mundo de una niña. La música del video se escuchaba
por medio de unos audífonos que se dispusieron en un banquito
a escala infantil, por lo que se fuerza al espectador a adoptar la postura de
la niña. Esta imagen casi estática esconde todo un mundo de experiencias
(emocionales, físicas, sociales, etc.) que esta niña ha ido
acumulando durante el tiempo del registro fotográfico,
e instala una atmósfera juguetona y traviesa que nos recuerda
los juegos de los niños y los tan corrientes accidentes. El mundo
privado de la artista no se filtra en el registro (si pensamos
que el mueble es de su hija y que su hija es quien posa), ya que
la experiencia es compartida por todas las niñas de su edad, además
el mostrar un fragmento de su cuerpo invalida esta posibilidad.
Es un registro corporal, las rodillas a modo de diario inscriben
el pasar del tiempo y las alteraciones son evidencias, marcas
ineludibles de este proceso. Gabriela Rivera El trabajo de Gabriela
Rivera propone una visión violenta sobre los estereotipos de lo
femenino. De cierta forma devuelve con sus trabajos la violencia
genérica sexual que sustenta las imágenes (pornográficas, publicitarias,
etc.) que circulan en la sociedad. Ha realizado en reiteradas
ocasiones la acción de cubrir su rostro y parte del cuello con
trozos de carne cruda. Esta forma de cubrir para descubrir, esta
especie de ritual de autodesoyamiento hace que emerja una corporalidad/subjetividad
femenina en la anulación de la misma. Lo que nos interesa destacar
es que radicaliza la acción cotidiana femenina del maquillaje,
práctica que pretende resaltar ciertos rasgos, la boca, los ojos,
ejercicio que, por ejemplo para Baudelaire, es por esencia femenino.
“La mujer está en su derecho, e incluso cumple una especie de
deber aplicándose a aparecer mágica y sobrenatural; tiene que
asombrar, encantar; ídolo, tiene que adorarse para ser adorada”
[1]
. Invirtiendo el efecto, Rivera, en una
operación de contra maquillaje realiza la apropiación de la imagen
de sí misma constituyéndose en el límite de lo cultural (la carne
cruda), para desde ese ahí abrir la posibilidad de una identidad
femenina diferente a la establecida. Para la colectiva “Banal”
(2005) realizó una performance en la que sentada en la entrada
una casa abandonada del barrio de Independencia vuelve a dicho
acto, ante la mirada de los transeúntes. El trabajo de Rivera
se potencia al salir al espacio público. Nuevamente altera los
códigos del maquillaje al convertir una acción privada, íntima,
en un acontecimiento público. A través del video realizado
para la colectiva “Quehaceres domésticos” (Centro Cultural San
José, 2006) pone en evidencia la relación de dominación/sumisión
de la mujer. Nos limitaremos a trazar algunos puntos sobre esta
cuestión. En el video Rivera nos presenta por medio de las pin up la esfera doméstica (propia de la mujer) que incluye dentro
de las tareas, además de la de madre y reina del hogar, la prestación
de favores sexuales. Por una parte se puede entender
la conveniencia que significa para el modelo mantener a las mujeres
fuera del mundo del trabajo y por lo tanto sin la posibilidad
de ser independientes. Como dice Catherine MacKinnon “se mantiene
pobres a las mujeres en conjunto, por tanto socialmente dependientes
de los hombres, a mano para el uso sexual o reproductivo”
[2]
. Estos íconos de los años cincuenta representan
la erotización de las dueñas de casa, como asimismo la explotación
ejercida sobre ellas a través de los electrodomésticos. Vemos
como escenario un comedor donde las figuras en traje de baño van
apareciendo superpuestas en diferentes poses, coquetas y provocativas,
acompañadas de un paulatino estado de desnudez. Traseros y vaginas
son intervenidos de modo que aparecen putrefactos, en un estado
de degradación máxima, propias de algún accidente o quemadura.
[3]
Podemos observar que el objeto de deseo en cuanto
goce para la mirada masculina se encuentra degradado y perturbado.
La potencia de la imagen, su repugnancia, dejan ver una ácida
crítica hacia las formas en que la dominación se alberga también
en la sexualidad y el espectador no puede dejar de expresar su
rechazo a lo que parecía un inocente y coqueto video. “La mujer,
cuyo culo, esa calle sombría, ha sido tensado al máximo, tiene
que quedar por debajo del hombre. Él hace girar el timón
y lo obliga a mirarlo. Se vuelve furioso a su delantera, la obliga
a agarrar su expirante pene, que ya empieza a temblar nuevamente”
[4]
. Este pasaje de la novela Deseo de Elfride Jelinek es coincidente
imagen de lo que hemos descrito más arriba, refuerza la idea que
circula en el video de Rivera, la mujer como objeto y
propiedad masculina. Mariel Sanhueza Las pinturas, dibujos,
animaciones y videos de Mariel Sanhueza presentan a personajes
en habitaciones, escenas y acciones, que remiten
al espacio cotidiano, a la esfera íntima del hogar. Relaciona
a los objetos con los sujetos, la extraña proximidad y lejanía
que de ellos emana, bajo una estética simple y económica. Tachaduras,
exageración de ciertas partes del cuerpo (cabezas, manos, dientes
filosos), gestos violentos, seres infantiles, componen su imaginario.
Sus personajes se enfrentan al imperativo de la racionalidad,
entendida ésta en su sentido técnico (medios/ fines), y de ello
deriva una fuerte propensión al absurdo. Se desprende de esta
situación una agresividad, violencia y apatía latente en sus producciones,
una tensión entre los sujetos y el mundo
circundante. Obra S/T (acrílico, óleo y plumón en tela) pertenece a la exposición individual
“Edulcorante Artificial” (Galería Bech, 2004). En el cuadro hay una mujer en una habitación y un refrigerador,
sobre éste hay una ventana pequeña con una cortina rosada. La
mujer se encuentra hincada desnuda con una expresión de horror
en su rostro a punto de estallar en llanto y con las manos en
puño. El cuerpo desnudo insinúa la condición irracional del ser
que está allí. Se establece una relación ambigua entre la mujer
y el único objeto que hay en la habitación. El refrigerador es
parte de los objetos que se han hecho cruciales en nuestra vida
domestica, pero al estar así en correlato con la mujer se vuelve
extraño y nos golpea con su poderosa y banal presencia. La mujer
y el objeto comparten una misma posición, ambos están alienados,
cosificados. La agobiante situación de las mujeres reducidas a
la condición de sirvientas, constreñidas en la maternidad y el
hogar, puede ser una alternativa de lectura de esta obra. Para la exposición colectiva
“Quehaceres domésticos”
(2006) Sanhueza aborda la experiencia corporal mediada por
la exigencia cultural que determina a los sujetos. Dicha experiencia
establece límites entre los sexos que determinan modos de ser
y de relacionarse. En el video Me
asusta, pero me gusta asistimos a una serie de estímulos de índole sexual que asaltan a un personaje
que paulatinamente va perdiendo el control de sus emociones, las
que se alternan caóticamente. Una mujer mueve sus piernas como
en un juego de niños mirando apáticamente. Un hombre juega con
su pene fláccido y mantiene una sonrisa infantil en su rostro.
En otra imagen un personaje le pasa la lengua por la mejilla a
otro que tiene una expresión de miedo y goce al mismo tiempo en
su cara. La multiplicidad de imágenes que se conjugan en el video,
muestran emociones asociadas a la sexualidad pero desde una óptica
que la vuelve peligrosa para la integridad del sujeto racional,
universal y masculino que ha forjado la cultura occidental. Es
por este motivo que el video invita a hacer una reflexión acerca
del concepto de experiencia corporal para ampliarlo e incorporarlo
como parte fundamental de la vida demarcándose de las convenciones
tradicionales sobre lo femenino y masculino. En la colectiva “Banal” (2005) la artista presenta un video de una acción cotidiana: cocinar
un huevo. La que desplaza hacia lo irracional al trasformarla
en un ejercicio que tensa
los límites entre la legalidad cotidiana y el absurdo. Una mano
acaricia un huevo hasta reventarlo. El huevo se presenta como
una proyección del cuerpo femenino en tanto se configura como
objeto de deseo. Lo común nos asalta en forma de impulso erótico.
Así, Mariel Sanhueza pretende instalar en la obra la presencia de pequeñas partículas de caos
[5]
a fin de desbaratar la normalidad de lo cotidiano.
Alejandra Ugarte Senoritaugarte es el pseudónimo
de Alejandra Ugarte, artista de performance que utiliza la técnica
del Tableaux Vivant en sus obras. Es desde su condición de mujer
en un medio doblemente hostil (campo manejado por los hombres
y precariedad de la enseñanza del performance) que Alejandra Ugarte
conforma su identidad como artista. Trabaja desde un cuerpo consciente
de su feminidad y desde ahí tensiona las construcciones de lo
femenino. Su exploración esta cruzada por la idea del deseo y
la seducción que convierten al cuerpo femenino en una
imagen. El maquillaje, tanto como
el vestuario, son protagonistas de la puesta en escena de sus
performances, que registra en video. Al mismo tiempo el lugar
elegido no es casual sino que es parte significativa de la obra.
La noción de seducción considerada como una tecnología del deseo
(construye, manipula y distribuye los objetos) se instala en sus
trabajos como estrategia visual y crítica en tanto maneja las
subjetividades y construye falsas identidades.
El video performance Pictures of You (2004) consta de escenas/poses de la artista, en las que asume
distintos tipos de mujer que se caracterizan por un determinado vestuario, todas ejecutadas en la vía pública
en las calles del barrio de Independencia. Dichas presencias inmóviles
ponen en circulación la posibilidad de múltiples lecturas. Aquí
nos interesa poner el acento en la ambivalencia de la imagen femenina;
como objeto de lujo y como dueña de casa. Estas dos formas de
concebir a la mujer conviven en la sociedad formando una concepción
contradictoria de feminidad que se desplaza siempre hacia los
extremos. En el video una mujer llega a su casa luego da hacer
las compras, en otra parte está fuera de un almacén. Pareciera
que se hubiese sorprendido a estas mujeres en su intimidad. Por
el contrario en el cuadro donde está apoyada en un auto de colección
(imagen que despierta las ideas del glamour de los años cincuenta),
la mujer mira fijamente a la cámara, segura, afirmándose en su
poder de seducción. La mujer comparte con la mercancía sus atributos,
en tanto es parte de sí el brillo del artificio. “Todo lo que
adorna a la mujer, todo lo que sirve para ilustrar su belleza
forma parte de ella misma”.
[6]
Por supuesto que esta representación no atañe a
las mujeres corrientes, las que lavan, planchan o cuidan los niños,
o preparan la comida, tampoco a las que trabajan, o estudian.
La mujer nombrada por el poeta es un ser extraño que seduce, es
un objeto de lujo, un ídolo. Al mismo tiempo que las poses sugerentes
y coquetas con que lee un libro o está sentada en una cuneta dan
cuenta de toda una gestualidad característica del imaginario de
la moda. Esta industria, en concomitancia con la publicidad, elabora
y distribuye en la sociedad capitalista un concepto de mujer que
la sitúa a la par del objeto que promociona, como otra más de
las mercancías que circulan en el comercio. En su último trabajo,
Senoritaugarte posa ante la monumental fachada del antes edificio
del periódico El Mercurio
en el centro de Santiago. Vestida de época, lleva en su mano un
rollo de papel. La artista se yergue imponente y detrás suyo está
un edificio de estilo neoclásico que es parte de lo que queda
de la época de oro de la aristocracia chilena, período de su hegemonía
económica, política y cultural. La construcción
está en ruinas, sólo queda en pie su fachada. Para Ugarte
esta situación alude a la identidad disfrazada-prefabricada chilena
[7]
. Quiere señalar las analogías posibles entre ruina
e identidad en nuestro contexto cultural. El blanco y negro de
la imagen y el tratamiento de envejecimiento de la misma nos recuerdan
la estética de un filme mudo. La coincidencia de la estética dada
por el tratamiento de la imagen y el paso de la locomoción colectiva
y de los transeúntes, hace que convivan en el video varias temporalidades
distintas, extrañas, provocando una sensación de ambigüedad.
En la colectiva “Horror
Picture Show” (Lucky
Cat Gallery, Brooklyn, 2005), Ugarte presenta una fotografía en
la que aparece en un primer plano con una manzana roja. Es una
imagen ingenuamente provocativa. La idea de la mujer como objeto
de deseo es remarcada tanto en la exaltación de los ojos como
en la proximidad de la manzana, símbolo de la seducción y de la
sexualidad por antonomasia. El rostro posee una luz que intensifica
la idea del artificio y nos devuelve hacia el maquillaje. “El
rojo y el negro representan la vida, una vida sobrenatural y excesiva;
ese marco negro hace la mirada más profunda y más singular, da
al ojo una apariencia más decidida de ventana abierta hacia el
infinito; el rojo, que inflama el pómulo, aumenta más la claridad
de la pupila”.
[8]
Esto se da en Blanca Nieves, que es una exageración
del maquillaje; en ella todos los atributos de la seducción están
exaltados. A la artista le interesa también con esta obra dejar
ver las relaciones que los símbolos tienen en la construcción
de la feminidad. La crítica a la seducción
se realiza en el momento en se procede a desmantelar las estrategias
que dejan a la mujer más allá de lo real, en una esfera propia
del desfile de modas, un acontecimiento “fascinante, deslumbrador como un espejo,
es una pura apariencia, una mimesis”
[9]
, que revela que detrás de este
estatus de ídolo se encuentra la prohibición de constituirse como
sujeto libre y autónomo. “La mujer
no se maquilla sino en la medida en que se ha reducido al grado
de apariencia. La mujer no puede tener otra razón que una razón
adornada”.
[10]
El consumo de belleza
tiraniza a las mujeres, que se obsesionan en alcanzar una forma
que las aleja de sí mismas, dejándolas eternamente en el lugar
de la apariencia. Verena Urrutia Flujo normal es el título bajo el cual la artista reúne una serie
de trabajos que indagan en la relación del cuerpo y las zonas
que en palabras de la artista “escapan al control del sujeto (…)
la cosa que no se muestra voluntariamente, en las que capta sucesos
que representan una banalidad desagradable y torpe, desobediente
a la razón”. De esta forma se instala una tensión entre el cuerpo
y sus “disciplinamientos” sociales y las zonas que continuamente
amenazan con escapar de este dominio. Lo que aquí se pretende también es contemplar una situación que nos
devuelve un poco esa zona que aunque escindida del sujeto le es
tan próxima, la de lo abyecto.
Para Julia Kristeva lo abyecto atemoriza al sujeto porque
“afecta a la fragilidad de nuestras fronteras, a la fragilidad
de la distinción espacial entre las cosas en nuestro interior
y en el exterior”.
[11]
Al mismo tiempo que desestabiliza y amenaza con derrumbar
el orden. A través del cuerpo femenino la artista explora esta
situación. Los trabajos de Flujo normal fueron presentados en distintas
exposiciones bajo otros nombres, sin embargo aluden a la misma
investigación. Vamos a centrarnos en tres obras de este proyecto,
experiencia I y dos trabajos de la serie
Vergüenza ajena que
muestra el registro de las secreciones vaginales de una mujer.
En la colectiva “Banal” (2005) la artista presentó el video de
una mujer orinándose en los calzones. La imagen muestra en un
primer plano y en un fondo negro parte del calzón y de las piernas
abiertas, mientras, como hemos dicho, ésta orina. Si ya
el mostrar esta “necesidad” es indecoroso, la cosa se agrava al
ser una mujer quien ejecuta el acto (el ser pudoroso por esencia
[12]
y por mandato) y lo que viene por añadidura a torcer
más la situación es que se realiza con la ropa interior puesta.
La operación aquí expuesta se distancia de la definición tradicional
de feminidad, si bien se constituye en un acto que desde que somos
pequeños llama la atención y marca la diferencia sexual, no pertenece
a lo que circula como femenino, más bien concierne al contenido
latente de dicha definición. Por el contrario, pertenece a lo
sucio, lo vergonzoso, produce una desublimación del cuerpo. Esa
exhibición es una provocación directa a la moral, desestabiliza
el orden, en el exceso. La incontinencia deliberada muestra la
fuerza que tiene en nuestro inconsciente el mandato de ocultar
ciertos actos cotidianos, de reprimirlos, manteniéndolos fuera
del registro de las experiencias que nos constituyen como humanos.
Recuerdo la película Perversa Luna de hiel del director Roman
Polanski, en que el protagonista relata un episodio de máximo
placer sexual al ver a su pareja orinándose sobre un televisor,
cerrándose el capítulo de lo que fue una, según él, cadena de
perversiones sexuales. El líquido se derramaba dorado y desvinculándose
de su repugnancia, mejor dicho de la mezcla de su repugnancia
y su atracción, se erotizaba. En el trabajo de la artista vemos
que esta situación no se produce, la imagen esta fuera de cualquier
fetichización, la misma composición lo evita, en su afán objetivo. En la serie de los tampax
usados y los calzones, la cercanía de la imagen y el modo de composición
hacen que la experiencia de lo no deseable a la vista se racionalice
en el ejercicio de la composición. Ambas pertenecen a la muestra
colectiva “Fashion emergency” (Galería Normal, 2005). La primera
serie se compone de cuatro fotografías en un fondo blanco de tampones
higiénicos utilizados. Las dos primeras fotografías de la serie
de tampones parecen flores, tulipanes más exactamente. Mientras
que las dos que siguen no logran esta metamorfosis, el color de
la sangre y la forma resultante los fijan en su condición (molesta)
de tampones higiénicos. Vemos en la segunda obra
fragmentos de ropa interior de diversos colores en los
que la cantidad de secreción varía. La artista realizó un seguimiento
de un ciclo del cuerpo femenino, por eso vemos la presencia de
sangre menstrual (también por ello las 28 fotografías). Estas
fotografías muestran la intimidad del cuerpo femenino, lo que
está oculto a la mirada masculina. Se perciben en la obra
de Urrutia una tendencia a la asepsia en la composición que choca
con los objetos que utiliza, como si quisiera
terminar con las relaciones que ataban al objeto en un
determinado medio, concretamente del cuerpo humano y mostrarlos
como fenómenos. En esta sentido dejar en evidencia la extrañeza
que nuestras vergüenzas objetivadas
nos provocan, es mostrar los
esfuerzos y las estrategias que la cultura diseña para racionalizarlas,
para mantenerlas bajo su mirada. La creación de las mujeres viene a contradecir
aquella imposibilidad de situar, ver, representar o concebir a
la mujer desde un ángulo de sujeto autoconciente, autónomo. Las
artistas que integran este trabajo tienen en común algo más que
el simple hecho de ser mujeres, cuestión que depositan en sus
trabajos. Muestran puntos de encuentros que imprimen el carácter
femenino a sus obras, en tanto estos elementos comunes reflejan
la existencia clara de una experiencia común, la experiencia de
la rebelión y cuestionamiento de la sumisión. No se trata de que
ellas sean esencialmente similares o exista un ser femenino o
una esencia de las mujeres, sino que han sido uniformemente tratadas
como lo otro. “La desigualdad por razón de sexo define y sitúa
a las mujeres como mujeres. Si los sexos fueran iguales las mujeres
no estarían sometidas sexualmente”
[13]
. No se trata tampoco de instalar su práctica
en algún tipo de feminismo, sino de exponer como sus trabajos
exploran las íntimas relaciones
entre sexo, poder y dominación. * La autora es Teórica e Historiadora del Arte de la Universidad de Chile.
[1]
Baudelaire, Charles. El pintor de la vida moderna. Pág. 385.
[2]
MacKinnon, Catharine. Hacia
una teoría feminista del Estado. Ediciones Cátedra. Pág.
299.
[3]
Hace un año y medio más menos salió a la luz pública
el caso de un hombre que quemó la vagina de su pareja con un
alicate caliente en nuestro país. La mujer victima de esta violencia
brutal contra su sexualidad y feminidad
retiró los cargos contra su pareja y se reconcilió públicamente
en el juicio.
[4]
Jelinek, Elfride. Deseo.
Editorial Destino. Pág. 37.
[5]
Palabras de la artista en el texto de fundamentación
de obra para la colectiva Banal.
[6]
Baudelaire, Charles. Op. Cit. Pág. 382
[7]
Fundamentación de su nueva propuesta.
[8]
Baudelaire. Op. Cit. Pág. 385.
[9]
Sarduy, Severo. Ensayos
Generales sobre el barroco. Editorial Fondo de cultura Económica.
Pág. 97.
[10]
Crampe-Casnabet, Michelle.
“Las mujeres en las obras filosóficas del siglo XVIII”.
En Dudy, Georges y Perrot, Michelle. Historia de las mujeres. Tomo III. Pág. 377.
[11]
En Foster, Hal. El
retorno de lo real. Editorial Akal. Pág. 157.
[12]
Como del recato, de las buenas costumbres, de la
castidad, de la honestidad y vamos sumando mÁs atributos de
sumisión al ideal femenino. [13] MacKinnon, Catherine. Op. Cit. Pág. 391. |
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