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| Loreto Undurraga - Volumen Negro - 2005 (fragmento) |
Para el propósito de esta reflexión en torno
al papel que la plástica chilena juega dentro y fuera del espacio
público y privado, he tomado como referentes a tres artistas nacionales
procedentes o radicados en distintas regiones de nuestro país,
para poder determinar, de esta manera, que es bastante irrealizable
establecer un hilo conductor entre tendencias tan disímiles, provenientes
de lugares geográficos tan heterogéneos. Hago un especial hincapié
en nuestra diversidad geográfica, puesto que normalmente nuestro
arte se encuentra subordinado por el auge artístico capitalino
y que, a mi parecer, se encuentra distanciado de lo que sucede
a nivel regional, especialmente en los extremos norte y sur del
país, en donde no pocas veces, me ha parecido encontrar una ebullición
artística más genuina, debido a la escasez de prestigiosas galerías
que conlleven a la capitalización de lo que en ellas se expone.
La plástica a nivel provincial resultaría, muchas veces, ser un
arte que encuentra su satisfacción per se, y en este sentido
creo que mi suposición se corrobora. De ahí que resulte prácticamente
imposible establecer una identidad en lo que a arte chileno se
refiere cuando nuestra propia diversidad geográfica y cultural
no lo permite. Resulta, pues, inverosímil concebir que un arte
cuya génesis se produce en la zona desértica se asimile, siquiera
en algo, a un arte que emana de un entorno lacustre y volcánico
en el sur, en donde la lluvia perenne resulta ser, asimismo, ya
parte del entorno, ya parte del espíritu. La identidad artística
chilena, por lo tanto, no es otra cosa que un confluir entre un
sinnúmero de tendencias culturales. América Latina es un continente que, a pesar
de registrar varios signos de desarrollo y modernidad, aún es
considerado tercermundista y depende de las políticas de las grandes
potencias mundiales.
[2]
Nuestra cultura retroalimentada guarda estrecha
relación con Latinoamérica debido a que el sincretismo de este
continente es fruto de un mestizaje interracial desde los tiempos
de Catherine Hrdalo, pintora, no podría ser más
precisa al describir así la pintura de Rubén Schneider
[4]
: El sur vive en el imaginario de los artistas de distintas maneras. Existe
el sur nostálgico, húmedo y gris. Existe un sur geométrico, otro
realista, referente y un sur exultante, vigoroso y extremadamente
expresivo. Esta es la pintura de Schneider. Una forma de invocar
al espíritu mismo, la esencia del sur vibrante, explosivo hasta
alcanzar lo ígneo de las profundidades con toda su luz y fuerza.
[5]
Fuerza que, por cierto, es generada a partir
del violento y certero brochazo de pigmentos primarios, vivaces
y vistosos. De lo referente, hay un paso dinámico hacia lo abstracto: “Su temática inagotable e inquieta es el mejor referente de la temperamentalidad
de nuestro sur”.
[6]
La pintura de Schneider nos hace re-visar
nuestra visión grisácea de las embarcaciones y del entorno sureño,
en una manifestación plástica que se torna mítica en el lienzo.
La unicidad de su mirada no nos deja indiferentes, resultando
provocar un contagio de entusiasmo dentro de un escenario nostálgico
que todo lo inunda más allá de la pluviosidad constante. Conducción
etérea hacia confines inusitados, que nos traslada hacia un surrealismo-expresivo,
manifestación de un pathos vanguardista y sublime. Por lo demás, es bien sabido que, producto
de la globalización, las comunidades actualmente se conforman
trascendiendo los territorios locales y nacionales, dificultando
la posibilidad de poder establecer una delimitación homogeneizada
de nuestra idiosincrasia nacional, viéndonos sumidos, al igual
que el resto del continente latinoamericano, en una multiculturalidad,
compuesta por la mixtura étnica producto del mestizaje español,
las migraciones –como el caso de la gran colonia alemana en el
sur de Chile
[7]
– y los pueblos nativos. Esto ha generado una
confluencia de elementos biológicos, sociales y culturales que
se combinaron para reelaborar una identidad nacional a partir
de estas divergencias desde los albores del siglo XX. Otro punto de
relevancia es la idea de democratización de la cultura en Chile
durante los gobiernos concertacionistas, en donde hay un intento
de familiarizar a la sociedad con las artes, anulando las brechas
y diferencias que pueden existir entre artistas y público, ya
que en una sociedad democrática deberían existir las condiciones
para que todos tengan acceso libre a los bienes culturales. Esto
último ha ido cada vez in crescendo, pero todavía existe
un gran y potencial grupo poblacional que queda relegado debido
a la situación de pobreza en la que aún se encuentran. Es notable,
por ejemplo, el trabajo que el escultor Lorenzo Treviño
[8]
ha llevado a cabo en Huasco, al norte de nuestro
país, en donde su obra no se ha visto exenta de la problemática
existente entre el objeto escultórico y el espacio público, señalando
que una vez injertadas las intervenciones en el paisaje, las obras
comienzan a dialogar desde una plástica distinta a la noción preconcebida
que de éstas se tenían en la maqueta. Así es como a través del
Fondo Chile Barrio, el escultor integró a los vecinos haciéndolos
no sólo espectadores, sino partícipes ejecutantes de las obras,
cuyos revestimientos en mosaico fueron hechos por los mismos habitantes
del lugar. Asimismo ocurrió con la recuperación de un espacio
utilizado como vertedero clandestino, para instalar una plazoleta
de juegos. La intencionalidad de Treviño es proporcionar una intervención
armónica del objeto con el entorno, de manera que sea posible
resaltar la aridez del lugar preponderando los valores estéticos
de la naturaleza más allá de la obra en sí misma. Los materiales
son utilizados en su funcionalidad: el metal en la unión y soporte
que las fuerzas ejercen entre sí, y la madera en la composición
de las formas y el espacio. De esta manera, la intervención artística
en este espacio público no resulta agresiva, sino que se fusiona
con la vegetación autóctona del lugar, mimetizándose en
éste. En la actualidad
chilena y latinoamericana las artes se conciben y se viven como
una mezcla, ya que aún formamos parte de un continente en vías
de desarrollo que permanece entre dos realidades, al fusionarse
nuestra herencia histórica con el progreso, lo indígena andino
y mapuche con la modernidad, la globalización y todos los cambios
que ésta trae. Muchos artistas chilenos, al igual que otros artistas
latinoamericanos, han tomado imágenes de las bellas artes, de
la historia nacional, de la artesanía, de los medios comunicacionales,
de la variedad paisajística o de lo frenético de la vida citadina.
Es así como diferentes exponentes de nuestra cultura han incluido
en sus obras una variedad de elementos que fusionan lo tradicional
con las herramientas que la modernidad provee. Esto no negará
autenticidad en sus obras, sino que, por el contrario, las enriquece
dotándolas de una cualidad autóctona que no la hace comparable
a ninguna otra, debido a la exquisita articulación que han logrado
conciliar entre lo arraigado y lo contemporáneo, entre lo nacional
y lo foráneo. De ahí que es posible diferenciar que un “arte nacional”
hilvanado durante la dictadura militar a partir de una represión
política comunizada produjera un estallido multidiscursivo con
el advenimiento de los gobiernos democráticos en Chile durante
la década de los noventa. Cito el ejemplo del grupo musical Quilapayún, cuyo discurso socialista
presente en Nos fuimos quedando en silencio/ Nos fuimos
perdiendo en el tumulto/ Nos fuimos acostumbrando/ A aceptar lo
que dijeran... La radio nos fue mintiendo/ Mientras escondían
muertos/ Nos fuimos quedando en silencio...”
[9]
. Luego del restablecimiento
democrático, evidentemente, estos discursos han perdido vigencia,
tras haberse constituido como alocución aunadora durante los ochenta.
Hoy, han quedado obsoletos, pasando a formar parte de la memoria
colectiva que convivió y sufrió las atrocidades del gobierno militar.
Distinto es el caso de otro connotado grupo como Los
Jaivas, que al igual que los grupos señalados,
ha adoptado la gran responsabilidad de asumir tradiciones locales, de
hacerse cargo del folclor de nuestro país, de preguntarse qué
se puede hacer con la heterogeneidad de nuestra sociedad y cómo
articularla con la modernidad que se configura por una cultura
de masas. Este tipo de música aboliría la separación entre
arte culto y arte popular, entre cultura musical de tradición
escrita y de tradición oral –cosa que, por lo demás, Violeta Parra
ya había logrado estupendamente–, entre música erudita, folclórica
y masiva. No obstante, en cuanto se refiere a la plástica nacional,
prácticamente resulta imposible encontrar un hilo conductor entre
el quiebre dictadura-democracia que predomine como en el caso
de la música popular que, a pesar de haber renovado su discurso,
la forma de hacerse música folclórica ha permanecido prácticamente
invariable hasta hoy. Al parecer, con el arribo de la democratización
de las artes durante la última década, las artes visuales se han
visto forzadas a renovar constantemente su discurso, lamentablemente,
muchas veces en aras de complacer a un público consumidor
de arte y no desde una complacencia, tal vez romántica en estos
días, del otrora l´art pour l´art. Me resulta imposible,
desde este prisma, no rememorar a Platón, cuando señalaba que
por esta vía, se llega directamente a una teatrocracia
(gobierno masivo), en lugar de una aristocracia en todas las formas
de arte. El arte, así visto, se encuentra sumido al placer público,
tornándose el artista un aprendiz de éste, en lugar de ser él
mismo, el maestro.
[10]
Puede parecer
una aseveración drástica, pero mi percepción luego de varios semestres
de enseñanza en el ámbito de la estética y de la historia del
arte en diversas universidades, es que fuera del academicismo
y del circuito de artistas y teóricos del arte vigentes, la injerencia
del arte nacional contemporáneo es prácticamente nula en cuanto
a su repercusión masiva. Esta apreciación es debida a una gran
falencia en la formación educacional. Falencia que recae precisamente
en la formación de un gusto estético desde la edad escolar. A
grandes rasgos, la mayoría de los estudiantes llegan a cursar
estudios de arte sin tener idea siquiera de lo que la palabra
“Renacimiento” significa para la gran base academicista en Los incipientes
artistas que expongo traen, a mi parecer, un discurso renovado
no desde la vanguardia, sino porque han sabido aunar elementos
consuetudinarios con la contemporaneidad, ya sea este discurso
elocuente en el sur o silente en el norte, denotando, a fin de
cuentas, un discurso discursivo. A partir de estas bases
genéricas ya explicitadas, es posible establecer que una coexistencia
de lo tradicional y lo moderno en fusión y fisión continuas enmarcan
lo que podríamos llamar una “nacionalización” de divergentes tendencias
artísticas en Chile, cosa aparentemente inverosímil, pero que
en la práctica es posible materializar. Hace algunas semanas tuve
la oportunidad de visitar a Loreto Undurraga
[11]
, una novel escultora en su taller de Lampa,
en Retomo
nuevamente el trabajo de Treviño en el norte, que por lo demás
contrasta en demasía si lo comparamos con la obra anterior. La
ligereza se opone a la gravidez de la piedra en una suspensión
sobre fuertes barras de acero, en aras de una intencionalidad
de retornar a lo primigenio y reinterpretar a la piedra en su
antigua funcionalidad instrumental arcaica y, de alguna forma,
remitirnos directamente a las grandes construcciones megalíticas
de la antigüedad. La fuerza ejercida por las columnas férreas
parece luchar no sólo contra el peso pétreo sostenido, sino que
a la vez se genera una pugna entre la obra y la desolación del
paisaje desértico. Se trata, precisamente, de la reafirmación
del objeto como un agente foráneo dentro del entorno, en una manera
de referenciar su punto de erección dentro de una aislada y desolada
espacialidad. La nitidez de las formas y la tonalidad del hierro
refulgen en este térreo escenario, tornando a esta escultura de
un protagonismo inusitado.
Por
otra parte, la escultura derecha es parte de otro encauce, que
lleva a la materialización del proceso analítico que se da por
observación directa de la naturaleza, de manera que es posible
encontrar en el paisaje mismo los códigos estéticos del equilibrio,
ya no desde una racionalización de los procesos geológicos, sino
que a partir de la azarosa armonía que en la naturaleza misma
se presenta. Esto es, a saber, un equilibrio que se da por superposición
de los contrarios: el lado mayor es antagónico del lado menor,
en búsqueda de una armonía más grácil, menos frontal y geometrizada.
La inserción de rocas dentro del hierro en este aparente desequilibrio,
resulta ser una interesante lúdica si nos remitimos a la conceptualización
de los materiales empleados, en rigor los mismos que la escultura
precedente, pero utilizados con un giro direccional disímil. Esta
vez, el vigor, la andreia, deja de ser protagónica, dando
paso a una materialización sutil en la fusión de los mismos elementos
que, tratados distintamente, generan dos obras absolutamente bipolares
entre sí: la primera se yergue imponente, viril, estática en su
requerimiento de ser contemplada. Amable, polifónica y dinámica,
la segunda. Ambas representan las dos caras de una misma moneda,
la necesidad impetuosa de los contrarios –como bien diría Heráclito–
es lo que, finalmente, complementará mutuamente a ambas esculturas.
A lo largo de
la historia, los artistas han tenido que luchar constantemente
por legitimizar su arte al margen de políticas religiosas, estatales
y sociales. Empero, creo que la lucha actual contra una sociedad
de consumo, que resulta muchas veces insaciable e insensible,
es una lucha más ardua que se da, irónicamente, dentro de la democratización
de la cultura. Este es un fenómeno que ocurre no sólo en Chile
sino que a nivel mundial. Las Bienales de Arte en diversos puntos
del planeta no son otra cosa que hacerse un espacio
dentro de lo que es el caos y la proliferación constante de información.
Resultan siendo, finalmente, una instancia para ver y dejarse
ver ante una comunidad internacional. No obstante, cabe preguntarse
lo que sucede con el resto de artistas que no están dentro del
hermético circuito imperante y que deben enfrentarse a este coloso
autoritario que es el mercado y la misma academia. Resalto este
punto porque coexisten en Chile una gran variedad de artistas
de norte a sur que se encuentran pese a todo lo antes señalado,
además segregados del circuito capitalino; con excepción de la
escultora Paola Vezzani, quien se encuentra inserta en este circuito
no obstante vive en Punta Arenas, en el extremo sur de nuestro
país. En este sentido es que al comienzo de este ensayo señalaba
que el arte producido en las regiones sería un arte más genuino
desde el punto de vista de la finalidad hacia la que va encauzado;
finalidad que muchas veces no resulta siendo la compra-venta de
éste, debido a la falta de galerías especializadas y del aún menor
contacto de la comunidad con este tipo de exposiciones que ocurren
ocasionalmente y bajo la forma de “colectivo de artistas”, en
donde la posibilidad de exhibir más de dos obras resulta escueta.
De ahí que resulte tautológico que a falta de una mediatización
adecuada del producto artístico visual creado por nuestros artistas,
no resulte accesible ni al mercado, ni a los ávidos teóricos el
poseer un conocimiento adecuado de los distintos movimientos artísticos
en las distintas regiones de nuestro país, encontrándonos inhabilitados
para asir un conjunto totalitario de características comunes en
cuanto a nuestra plástica: de una implosión artística nacional
se ha producido un Big Bang de vanguardias producto de
la cada vez más creciente globalización. Se sostiene, de esta
manera, que en estos días ya no nos es posible rastrear un arte
verdaderamente nacional, provocando que un “arte chileno”se encuentre
a posteriori en la nacionalidad del artista antes que
en la subjetividad implícita en la obra. La solución a
esta problemática permanece aporética. Lo que es manifiesto, es
que establecer una vía identitaria dentro de las artes visuales
en Chile está siendo y será tarea de la creciente nueva generación
de artistas, que sumidos en una pérdida de fronteras, hoy buscan
rescatar y reinterpretar articulando nuevos lenguajes a partir
de los fragmentos esparcidos de nuestra inasequible uniformidad. * Profesora de Arte Clásico de la Universidad Diego Portales. Licenciada
en Filosofía en la Universidad de Chile. [1] Vide A. Romera, Historia de la pintura chilena. Ed. Andrés Bello. Santiago de Chile, 1976.
[2]
Cf. Néstor García Canclini,
en su libro Culturas Híbridas (Grijalbo, México), entrega
pautas concretas para entrar y salir de la modernidad, teniendo
en cuenta que ésta no es una práctica de la cual podemos elegir
estar o no estar. El autor propone un interesante análisis sobre
las sociedades latinoamericanas y cómo confluyen en ellas un
sinnúmero de culturas que han sufrido variaciones a través del
tiempo, teniendo que modificar, adaptar y reorganizar sus elementos
característicos para acomodarse a la modernidad y las revoluciones
que ésta trae (del conocimiento, información y tecnología).
A estas nuevas culturas las
denominó “híbridas”.
[3]
Ibid.
[4]
Rubén Schneider, experimentado pintor, actualmente
miembro del colectivo artístico “
[5]
Catherine Hrdalo, extracto de una introducción
al trabajo de Schneider para una exposición, 2006. Hrdalo, es
artista visual y también miembro del colectivo artístico “
[6]
Ibid. [7] Vide Mariana Matthews, Fragmentos de una Memoria 1858-2000. Ed. El Kultrún. Valdivia, 2001. Matthews, fotógrafa, realiza una destacada labor de restauración de fotografías de la colonia alemana en el sur de Chile durante la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del siglo XX.
[8]
Lorenzo Treviño, artista visual egresado
de [9] “Nos fuimos quedando en silencio”, compuesta en 1979. Schwenke & Nilo: Crónicas de un viaje. Alerce producciones fonográficas S. A., 1999. [10] Cf. Platón, Leyes 659 b, 701 a. [11] Loreto Undurraga, artista visual. Universidad Finis Terrae, proyecto de tesis 2005. |
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