La escuela del sur

Una  gran Escuela de Arte debiera levantarse aquí en nuestro país. Lo digno sin ninguna vacilación: aquí en nuestro país. Y tengo mis razones para afirmarlo.

He dicho Escuela del Sur; porque en realidad, nuestro norte es el Sur. No debe de haber norte, para nosotros, sino por oposición a nuestro Sur.

Por eso ahora podemos el mapa al revés, y entonces ya tenemos justa idea de nuestra posición, y no como quieren en el resto del mundo.

La punta de América, desde ahora prolongándose, señala insistentemente el sur, nuestro norte.

Igualmente nuestra brújula se inclina irremisiblemente siempre hacia el Sur, nuestro polo. Los buques, cuando se van de aquí, bajan, no suben, como antes, para irse hacia el norte. Porque el norte ahora está abajo. Y levante, poniéndose frente a nuestro Sur, está a nuestra izquierda.

Esta rectificación era necesaria; por esto ahora sabemos dónde estamos.

Tampoco nuestra ciudad, en que vivimos, tiene nada que vivimos, tiene nada que ver con ninguna otra; Montevideo es única. Tiene un carácter tan profundamente suyo que la hace inconfundible. Ya se observa al divisar el Cerro; y luego en su puerto; y se completa del todo en las plazas Independencia y Matriz. ¡Lástima que algunos lunares la desnaturalicen!

Las casa de nuestro país, nos hacen bien pensar dónde esta estamos. Sobre todo donde aún son bajas, contrastando con lo ancho de las calles.

Y esto da una abundancia de luz que no hallamos en otra parte. Además, ésta es blanca (yo la llamaría luz luminosa, sin temor al pleonasmo), y su ángulo también es propio; podría perfectamente regularse. No hay que olvidar lo estirado de puertas y ventanas en las casas, que determina una especial proporción que la caracteriza.

La composición del aire también le corresponde: un aire que corroe los muros y los cubre una especie de limo verdoso.

Indudablemente debe de ser debido a nuestro gran Río. Porque éste, que nos parece mar, por su exorbitante anchura, y que se ve desde la mayoría de las calles de Montevideo, nos lleva confundidos, creyendo tal pero debemos pensar que no es más que un río: nuestro gran Río de la Plata, también único. Al cual, como todos sabemos, en pendiente que causa pavor, bajan muchas calles; porque estas calles, bajan y suben de continuo; y esto es también otra cosa que también es particular a nuestra ciudad.

Pues bien: así fijándonos bien, descubriremos el íntimo carácter de todo. Porque también nuestra gente no es como la de cualquier otra ciudad; tiene tanto carácter como la ciudad misma. Y no es fácil que esa gente se dé cuenta del carácter que tiene, ni de que, en general, tal tipo se diferencia del de otras naciones. No es que tal tipo sea uniforme; al contrario, es muy heterogéneo; por esto su fisonomía especial no viene de las variedades componentes, sino de una peculiar expresión que es la que les da el carácter. Pues tenemos al tipo que se apoya en el europeo, al mestizo de indio o de negro, y a estos últimos tipos casi puros. Y ello también,  es lo que da al conjunto, una variada fisonomía a nuestro pueblo.

Si de aquí pasamos a lo que podríamos llamar expresión, maneras de gesticular, léxico, mentalidad, ángulo de visión en considerar las cosas, etc., nos hallaremos con algo también muy acentuado y propio. De manera que, con sólo oír hablar, entraremos en la idiosincrasia de este pueblo. Y – cosa extraña – no será, por ejemplo, en el tango o en cualquier expresión de arrabal donde hallaremos eso de que hablamos. Sería como si quisiéramos buscarlo en las tiendas y almacenes a la moda, o que la arquitectura moderna, pues, justamente, por ahí se pierde nuestro carácter. A tal punto, que nuestra propia y típica ciudad, si bien está en todas partes, lo está menos y casi nada en ciertos barrios nuevos o modernizados.

Esto no quiere decir que no se deba modernizar ni cambiar, pues debe hacerse; pero entonces, de acuerdo con nuestro carácter: matiz muy fino, que convendría señalar bien concretamente, a fin de que entrase en la conciencia de todos.

El caso es, que acentuando usos y dichos que se creen muy nuestros, se va creando un carácter artificial que, por lo anodino, es detestable. Y así en muchísimas cosas. Por ejemplo: ¿ tiene que ver nada con nosotros el foot ball ? Y si se mira lo que tal juego añade a nuestro país, no ya en carácter, sino en cualquier otro orden, veremos que da 0. Pero dejemos esta cuestión por lo vidriosa.

En ciertos lugares de Montevideo, se dudaría de que estuviese realmente aquí: tal es el número de cosas que a uno le rodea, todas de importación. Dirán: ¿no lo ha traído la vida moderna? Digo: nada de eso; sino el comercio e industria de otras tierras, que ya han invadido el país. Y hay barrios, en lo que eso ha podido contra el ambiente propio, y pese a que allí, también, se expenden o se trafica en cosas que ha impuesto el vivir de hoy. Se debe a la gente que allí vive, más arraigada al suelo nativo y menos frívola y menos expendedora y cultivadora de frivolidades. Tal calle, con tal puerta estirada y su banderola en abanico, con tal árbol (no un plátano) y con tal boliche u otro negocio, y con tales tipos de hombres y mujeres, no pueden ser más que de Montevideo. Pero repito: su carácter está en todas partes. Por esto, la muchacha elegante, con pretensiones europeizantes de francesa o inglesa, ¡es uruguaya! y mal que le pese;  y si le pesa, va mal. Y tal carácter no está en el mate, ni en el poncho, ni en la canción: es algo más sutil, que todo lo satura y que tiene la misma claridad, la misma luz blanca de la ciudad. Y el hombre de esta ciudad, es tan único como ella misma, con estas diez letras en hilera, ni bajando ni subiendo, bien igualitas, y que de puro sin expresión son inquietas: MONTEVIDEO.

Y aquí estamos, eje de todos los tornadizos vientos de estas regiones que trastornan las mentes y los cuerpos, en esta singular  margen del gran Río una casi península, como si quisiera adelantarse en el continente para marchar a la vanguardia.

Nuestra posición geográfica, pues, nos marca un destino. Y en esto somos consecuentes.

Digo, entonces, ¡cuidado con salirse de la línea! y digo más: podemos hacerlo todo (ahora aquí hablo de lo vital, de lo que podríamos llamar telúrico, que da aspecto propio a todo) y entonces, no cambiar lo propio por lo ajeno (lo cual es un snobismo imperdonable), sino, por el contrario, haciendo de lo ajeno substancia propia. Porque creo que pasó la época del coloniaje y la importación (hablo, ahora, más que de todo, respecto a lo que se llama cultura) y así, ¡largo! con el que, literariamente, hable otro lenguaje que el nuestro natural (y no digo criollo), tanto si escribe, como si pinta, como si compone música.

Ese, si no aprendió la lección de Europa a su debido tiempo, tanto peor para él, porque ya pasó el momento. Pero, si se cree el otro, el que le da a la música de lo típico, que está mejor, se engaña: está peor, es más insoportable. Además, eso también pasó. ¿Y no se dio cuenta?

La realidad actual es otra cosa. Hecha por hombres que no duermen, por hombres que están en el presente de las cosas. Apegadas a la vida y moldeados por ella. Y por tal razón, uruguayos de hoy.

Y a eso quería venir a parar: a las mujeres uruguayas de hoy, a los hombres uruguayos de hoy.

O sea: el matiz propio, en las cosas de hoy. No digo aquí europeo, sino simplemente aquello que ha traído el tiempo. Y por esta razón es por la cual tanto paraliza o retrasa a eso, el que va tras lo típico retrospectivo, como el que va tras lo europeo, hoy ya igualmente retrospectivo. Porque lo de hoy es algo más real que todo eso, lo que levantan  el espíritu de nuestro pueblo, el cual ya no está ni en un pasado ni en un porvenir, sino en un presente. Uruguayo, pues, del siglo XX, afirmándose sobre la propia personalidad y construyendo.

Si, construyéndolo todo. Y si tras la novedad, en algo se fue demasiado aprisa, hoy, en un ritmo más lento y seguro, se construirá más positivamente. Se tendrá que reconsiderar muchas cosas y volver sobre ellas para ajustarlas.

Pues bien: el uruguayo de hoy debe decir: tenemos que ir a una positiva originalidad nuestra; positiva por lo franca y natural, que ya no sea ni un hacer de soñadores ni de aprendices, sino de hombres al fin conscientes, que trabajan en un sentido francamente realista. Y entonces, ese mismo hombre dirá: ¡abajo la simulación, abajo el teatro, abajo lo que carezca de sentido, lo que no tenga lógica ni razón de ser, pues la época del ensayo ha pasado! Porque hoy, vamos a cosas bien definidas y concretas. En una palabra: queremos construir con arte (que es decir con conocimiento) y con materias propias. Pues somos ya adultos.

Las cosas se desplazan y más aprisa de lo que pensamos. No nos dimos cuenta, y ya la plataforma cambió, es que el ritmo de hoy es acelerado. Y nosotros, afortunadamente, vamos a ese compás.

Sí, las cosas se desplazan. Y éste, ya casi  ni tiempo de renovación es, por ser como he dicho, de construcción. Y piénsese que el hombre que aún no se da cuenta de eso, está laborando para eso.

En todas las naciones, dos son los factores que establecen el eje sobre el que gira todo lo demás: el factor político y los factores económicos, industrial y comercial. Pues bien, si comparamos cómo está eso aquí, ahora, con respecto a lo que fue, veremos que existe una enorme diferencia.

Y tal diferencia es la marca ya otra concepción en las cosas, y es la que determina un hombre con mentalidad: el uruguayo de hoy.

Vamos a decir en que consiste esa diferencia, si bien de una manera muy rápida. Es la siguiente: que el problema local desborda esa finalidad para transformarse en problema nacional; y siempre, naturalmente, sin perder de vista el primero. Eso es lo que da un carácter nuevo al problema. Por esto, antes dije que las cosas se desplazaban.

La perspectiva que tal hecho determina es nueva y de una vastedad de que nos se tenía ni idea. Sale así el hombre de su base chica, y ha de lanzarse al mundo.

Pues bien, el artista, ¿qué ha de hacer o hace? Debe de hacer lo mismo: sin olvidar lo próximo, debe de tener en su mente al mundo. Y así, eso próximo, adquirirá un nuevo carácter. Se agrandará de concepto, la escala será mayor, el espacio en que tendrá que moverse no tendrá límites. Trabajará en un grandioso conjunto. Y esto le determinará no sólo una nueva visión sino otros tantos nuevos temas en los no podía pensar.

Además, sabrá que ha de elevar el tono. ¿Acaso no trabaja ya, desde ahora, al lado de otros maestros de otras tierras? Tiene, pues, que ponerse a su diapasón.

El uruguayo de hoy, cambia en eso que acabamos de decir. Y por esto también el artista sea músico, pintor, poeta, arquitecto o literato. El resto se queda atrás: algo, que ni influye ni puede sumarse a eso, y que, dentro de lo cotidiano, se hace y se deshace cada día.

Ya el artista de hoy, que va con preferencia a nuestro puerto (y no para hacer una nota pintoresca), saluda al gran trasatlántico, se fija en las grúas, en las mercancías allí amontonadas y mira al hombre que trabaja... y, así se quiere, ya ni ve la nota pintoresca del sol ni sus reflejos en el agua. Ve la enorme chimenea del vapor, las escalas, las cuerdas, los güinches  y los tragaaires, y la masa enorme del navío. Ve los hangares, las letras y números; y otras señales y la locomotora que pasa... Ve todo eso como algo ideal, porque contempla formas y no cosas; y su arquitectura.

¿Qué quiere decir todo eso: Pues que pasó la época romántica de lo pintoresco y que se está frente a la época dórica de la forma. Y ya ni sabe en qué país está, pues, sin darse cuenta está en lo universal. Y por tal hecho, ahora será más uruguayo que nunca. Uruguayo del siglo XX. Pues bien: de eso a construir va un paso, y él dará ese paso. Construirá con la forma y con el tono. Y recién entonces, pintará, y tendrá que pensar que lo que antes hacía era literatura.

Y después mira su obra: es universal, pero es de aquí. Por el momento dejemos eso. Vamos a otra cosa.

Decíamos al principio, que aquí debía levantarse una gran Escuela de Arte. No por su organización, no por su lujosa instalación, no por los medios de que dispondrá, y mil cosas aquí, sino por su robusta vida real y efectiva por responder a una necesidad también real.

Siempre, la necesidad ha sido el gran acicate del arte como de todo. Y tomo aquí la palabra arte en su sentido más alto: de bien construir, de bien hacer con las reglas.

Y entonces, vemos que esa necesidad, al determinar un arte (en este caso, plástico) como ha sido siempre en todos los tiempos y tierras, se fija en una expresión decorativa. Pero aquí, lo decorativo no será un adorno, será un arte, bien categóricamente, de función social. Con lo cual se dice, un arte con base auténtica: real.

Un arte no naturalista (que siempre es un arte sujeto, a base de personalidad y emoción fugaz), sino un arte férreamente vinculado a la ciudad: comentando o cantando su vida: poniéndola de relieve, mostrándola y hasta como guiándola.

Y si he dicho decorativo, ha sido sólo para entendernos; pues, en realidad, tal arte, es arte monumental, planista y bidimensional, esquemático y sintético; arte de grandes ritmos y reciamente ligado a la arquitectura.

Pues bien: si llegásemos con todo esto a una verdad, y no a una verdad parcial, unilateral, sino a una verdad parcial, unilateral sino a una verdad total; puesto que, en todos los sentidos, sin duda llegaríamos a nuestro matiz peculiar, y entonces, lo de hoy tendrá que ligarse forzosamente, con lo de ayer.

Tal sería, a mi entender, la Escuela del Sur que debiera de levantarse en esta margen oriental del Plata.

Si pintamos cualquier aspecto de la ciudad, una calle, un parque, etc., o un trozo de playa o un rincón del puerto, dando a la obra todo el verismo posible, poca cosa habremos hecho con respecto  a la vida ya intensa de la urbe, a sus mil variados mecanismos intelectuales, morales artísticos e industriales; y también de aspectos opuestos que hay en ella; y más que eso, en cuanto a la idea que tenemos de su importancia. Porque, por tal medio fragmentario jamás podemos llegar a dar eso, y menos a aún, el concepto que tenemos de la ciudad. De ahí la razón de ser de un arte esquemático y simbólico. Arte que desplazado del aspecto naturalista imitativo y descriptivo, aspecto naturalista imitativo y descriptivo, corresponde a maravilla al espíritu de síntesis de hoy, y puede darnos todo aquello dentro de nuevos ritmos. Simbólicamente, el Río, la vibración de la usina o de las calles, la moral del pueblo, situación geográfica, sus anhelos, su maravillosa luz, el carácter de sus habituales, los juegos y el arte; en fin, todo.

Con tal propósito, entonces, ya con conciencia de la magnitud de tal arte, y sean en el objeto chico o en el muro; tal arte, digo, ha de entrar en el ritmo, es decir, no sólo en las leyes fijas y eternas de la plástica, sino en el sistema de proporciones, a fin de que, por la medida, llegue a la unidad, que es decir a la armonía. Entonces, cada artista, con independencia ( sea plástico o músico ), pero unido en realidad a los demás por la ley que impone la Regla armónica, daría, al conjunto de nuestro arte, una unidad que ahora no tiene y debiera tener como siempre el arte grande en todas las épocas y tierras del mundo. Es decir: un estilo. El cual, es bien cierto que acusa una verdadera compresión de los problemas del arte y un nivel superior, en el que ya debiéramos estar.

Joaquín Torres García                           
Uruguay, febrero de 1935