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Del coleccionismo nacionalista al globalizado. El discreto papel de los museos estatales para el arte contemporáneo en el México del siglo XX
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| Diego Rivera, Sin título (fragmento) Colección Museo Dolores Olmedo |
Con los cambios sociales engendrados
por la lucha armada que inició en el país en 1910, se generó un
amplio movimiento en la posesión de objetos que habían permanecido
por varias generaciones a familias de estratos económicos altos.
Todo período armado trae consigo un alza en las transacciones,
legales e ilegales, de aquellos objetos de deseo a los cuales
por primera vez tienen acceso grupos favorecidos por el caos imperante
durante una guerra civil.
[1]
A inicios de los años veinte, con la
consolidación del régimen que se presentó como directamente emanado
de la revolución, se formalizaron las condiciones para el surgimiento
de un arte oficial que representó en la plástica al nuevo sistema
de gobierno que había de perdurar, de manera oficial, hasta el
año 2000. Este movimiento pictórico, al que con
ánimo cohesionador se le bautizó como escuela
mexicana de pintura, fue sostenido, promovido y prestigiado,
sobre todo en su modalidad de pintura mural, con todo el apoyo
del aparato estatal. No obstante, las clases altas mexicanas se
mantuvieron renuentes a adquirirlo y a decorar sus residencias
con los productos en pequeño formato de los muralistas, resistiendo
por varios lustros a tan estratégica campaña del Estado mexicano. Salvo algunos casos aislados, pero
sobresalientes, fue hasta mediados de los años cuarenta que el
coleccionismo mexicano se abrió hacia el arte que le era contemporáneo,
iniciando un fenómeno vigente aún a inicios del siglo XXI:
el uso decorativo —en los espacios de representación de la burguesía
mexicana— de pinturas y esculturas cuyos autores se consideran
adscritos al movimiento artístico moderno; en especial se seleccionan
piezas de temáticas no conflictivas como naturalezas muertas,
retratos o paisajes. Por alrededor de sesenta años, el mercado
de este tipo de plástica no sólo se ha mantenido sino que sus
precios han ido permanentemente a la alza, tanto de pintores consagrados
en su momento como Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, José
Clemente Orozco, Gerardo Murillo alias Dr. Atl, Rufino Tamayo,
como de otros que han alcanzado un reconocimiento más sustentable,
nacional e internacional, postmortem, como ha ocurrido con Frida Kahlo o María Izquierdo. En todo caso, el coleccionismo del
arte moderno fue un fenómeno tardío, que tuvo su auge cuando los
creadores de los primeros años ya estaban muriendo y empezaban
a ser sustituidos por miembros de una segunda, tercera y hasta
cuarta generación de muralistas, quienes nunca pudieron alcanzar
el prestigio y reconocimiento del que gozaron los fundadores de
tal movimiento estético: Raúl Anguiano, Fernando Castro Pacheco,
Olga Costa, Fanny Rabel, Arturo García Bustos, entre muchos otros.
Así, a pesar de la evidente decadencia en sus propuestas plásticas,
la reiteración de fórmulas y temas que en los años veinte y treinta
habían resultado novedosas, el mercado interno se mantuvo fiel
y se formaron numerosos conjuntos artísticos privados, aunque
en calidades y cantidades desiguales. Son colecciones que nacieron bajo los
preceptos nacionalistas que los gobiernos posrevolucionarios impulsaron
y que ya hacia mediados de siglo habían logrado consenso en amplios
sectores de la sociedad. Consumir el arte contemporáneo, en su
mayoría figurativo, que supuestamente reflejaba “el alma nacional”,
era una de las consecuencias de las políticas culturales estatales
que con orgullo presentaban, en exposiciones nacionales e internacionales,
al arte moderno como la cumbre de la creatividad artística nacional.
[2]
Los acopios integrados bajo tales premisas
comparten un rasgo común: aún a inicios del siglo xxi se mantienen en el ámbito de lo privado,
ya que la donación o venta a instituciones museísticas es una
práctica social poco generalizada. La falta de incentivos fiscales,
las complejas y hasta conflictivas relaciones entre funcionarios
culturales y coleccionistas particulares, así como la inseguridad
sobre la permanencia de las obras de arte en los museos —por la
rapiña de la clase política en turno, que autoritariamente podía
seleccionar diferentes objetos e incorporarlos a su colección
particular—, entre otras causas, propiciaron la desconfianza o
falta de interés de los particulares por entregar sus preciadas
posesiones a los recintos estatales. Más aún, la ausencia de museos administrados
por fundaciones o asociaciones de particulares, hacía que los
coleccionistas privados no contaran con otras opciones para el
resguardo definitivo de sus acervos. De esta forma, muchos de
ellos optaron por legar sus tesoros a sus familiares y algunos
otros prefirieron desintegrar tales conjuntos antes de morir,
reintegrando al mercado sus otroras objetos de deseo. Dos excepciones sobresalen dentro del
panorama mexicano. Ambos personajes habían adquirido piezas, en
diferentes formatos, de miembros prominentes del movimiento moderno
y habían forjado sus colecciones en los años mismos en que dicha
corriente producía sus mejores obras. Son dos hombres beneficiados,
directa o indirectamente, por la revolución mexicana y que gozaron
de una posición económica que les permitió crear dos de los más
reconocidos conjuntos artísticos de su época. Se trata del ingeniero
Marte R. Gómez quien iniciaría sus acopios hacia la segunda mitad
de los años veinte y del empresario yucateco Alvar Carillo Gil,
quien incursionó en el coleccionismo una década después. Gómez, político de élite, por décadas
funcionario público y secretario de Estado, destacado promotor
cultural, decidió entregar, mediante un convenio de donación-venta,
su prestigiada colección de trabajos de Diego Rivera al gobierno
federal en 1968, encontrándose hoy día dentro del acervo del Museo
de Arte Moderno, ubicado en la megalópolis México.
[3]
El Doctor Alvar Carrillo Gil constituye
la segunda excepción al buscar de manera insistente y por varias
décadas, interesar a los funcionarios culturales en la adquisición
no sólo de su acervo sino también del terreno donde había construido
un edificio con vistas a inaugurar un museo que llevara su nombre.
Su objetivo se cumplió hacia 1972, en que se firmó el convenio
mixto de donación-venta con las autoridades culturales. De esta
forma, el Museo de Arte Contemporáneo Alvar y Carmen T. de Carrillo
Gil (MACG) se inauguró al sur de la ciudad de México en 1974.
[4]
Por otra parte, tan tardío fue el coleccionismo
privado del arte moderno de las primeras décadas del siglo xx como tardía fue su conservación, resguardo
y exhibición sistemática en los museos oficiales. En parte, tal
fenómeno obedece al deficiente esquema de museos en México, recintos
que, salvo excepciones, recibieron escasa atención por parte del
régimen hasta casi la medianía de esa centuria. Veamos: en 1934 y a iniciativa del
funcionario y promotor cultural Alberto J. Pani, se inauguró el
Palacio de Bellas Artes, en cuyo seno se crearon varios recintos;
el más importante de ellos, bautizado como Museo de Artes Plásticas,
mostraba un recorrido panorámico por el arte local pero concluía
con la pintura de finales del siglo xix. Las interesantes propuestas estéticas
que se estaban realizando por esos años, prácticamente no fueron
exhibidas en las paredes de dicho edificio, diseñado para fungir
como el espacio sacralizador por excelencia del arte nacional.
[5]
Ya durante el gobierno de Manuel Ávila
Camacho, 1940-1946, se sentaron las bases para la exhibición temporal
del arte de vanguardia, gracias sobre todo a modestas exposiciones
colectivas. La época de oro llegó con el sexenio del presidente
Miguel Alemán, quien en 1947 inauguró el Museo Nacional de Artes
Plásticas (MNAP) en el recién remodelado Palacio de Bellas Artes.
De esa fecha en adelante se privilegió la realización de muestras
individuales de los considerados “grandes maestros” del movimiento
artístico moderno, además de sendas revisiones panorámicas. Los años 1946-1952 son, además, aquellos
en que la burocracia cultural se dio a la tarea de formar lo que
consideraba eran las incipientes colecciones estatales; como su
ejemplo no fue seguido por las administraciones siguientes, en
realidad lo que hicieron no sólo fue sentar las bases de los acervos
nacionales en materia de arte moderno sino acopiar el conjunto
más grande reunido en un solo periodo de gobierno, otorgarle un
perfil definido y, casi como por decreto, seleccionar las piezas
y autores representativos del arte nacional.
Esto ocurrió también gracias a que
el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), fundado en el tránsito
entre 1946 y 1947 —hace ya sesenta años—,
[6]
destinó presupuesto, aunque paupérrimo, para
la adquisición, en especial, de obras de arte de la época, al
mismo tiempo que implementó una exitosa campaña de donaciones
dirigida hacia los creadores vivos. Algunos años después, el INBA organizó
la realización de dos ediciones de una ambiciosa Bienal Interamericana
de Pintura y Grabado, 1958 y 1960, en las que México se presentaría
como el “hermano mayor” latinoamericano, y no sólo en materia
artística.
[7]
En la primera edición los premios se concentraron
en los pintores de la corriente muralista y ya en la segunda cedieron
los primeros lugares a artistas que apostaban por la abstracción
y por el uso de lenguajes renovadores, tal como lo pregonaban
las políticas establecidas desde Estados Unidos en el contexto
de la guerra fría. Cabe destacar que dicha bienal no prosperó
y no logró representar una competencia estable con otros ejercicios
realizados en países como Argentina y muchos menos rivalizar con
la ya prestigiada Bienal de Sao Paulo. De esta forma, en los escasos museos
dedicados al arte de la época la producción de los jóvenes de
vanguardia se exhibió con mayor fecuencia. Artistas como José
Luis Cuevas, Fernando García Ponce, Lilia Carrillo, Manuel Felguérez,
Arnaldo Cohen, Arnold Belkin, Pedro y Rafael Coronel, Vicente
Rojo, Vlady, Francisco Corzas, Roger Von Gunten, Alberto Gironella,
entre muchos otros, participaron en innumerables exposiciones
colectivas dentro de territorio nacional y fueron promovidos en
las exposiciones internacionales y los pabellones de ferias universales
en donde México se presentaba primordialmente a través del arte. Fue así que el primer movimiento artístico
de importancia del siglo XX mantuvo un monopolio de décadas en
los espacios de exhibición oficiales hasta los años sesenta, cediendo
a regañadientes un lugar a las jóvenes generaciones de pintores
que, en buena medida, optaron por la abstracción y en cuya producción
era evidente la influencia de las corrientes artísticas de moda;
a dicho movimiento, después de varios ensayos por nominarlo de
manera genérica, se le conoce como ruptura.
[8]
A su vez, el coleccionismo interno
de aquellos artistas identificados con ese movimiento, fue iniciado
en los años sesenta por sectores de intelectuales y universitarios,
ampliándose hacia grupos de profesionistas pertenecientes a las
clases medias; esto en fases en que tal producción se cotizaba
a precios accesibles para dichos grupos sociales. Después y como
siempre ocurre, y en parte por imitación, la burguesía mexicana
comenzó a adquirir estos productos y se formaron interesantes
colecciones privadas que aún no llegan a los museos. No obstante,
el grueso de los compradores con alto poder adquisitivo nunca
renunció a privilegiar en sus compras a las obras de la corriente
moderna. Además, en la década de los sesenta
se reestructuró de manera profunda el sistema de museos en México.
El último año del gobierno del presidente Adolfo López Mateos,
1964, fue clave por las inauguraciones de nuevos recintos: para
el arte moderno y contemporáneo se reestructuró el Museo Nacional
de Artes Plásticas que desapareció como tal y en su lugar se fundó
el Museo de Arte Moderno (MAM), el cual heredó buena parte de
las colecciones de su antecesor y se ubicó en el área conocida
como Bosque de Chapultepec.
[9]
Cabe mencionar que sin acervo se quedó el Museo
del Palacio de Bellas Artes, que nació en el lugar que había ocupado
el MNAP, y al que se le dio un perfil más ecléctico. A la fecha
realiza exposiciones del arte de las últimas centurias y de prácticamente
todas las latitudes; no obstante, el acento en la producción nacional
no ha logrado perderlo. Con la fundación, una década después
del Museo Carrillo Gil, se abrió un nuevo espacio para el arte
contemporáneo. Así, al incorporarse al bloque de museos estatales,
éste se fue convirtiendo, de manera progresiva, en el primer escaparate
para el arte joven. Todo aquel novel artista que intentara ingresar
al circuito oficial del arte en México, aspiraría a mostrar su
obra, de manera colectiva o individual, en el MACG; si en ese
contexto tenía éxito, lo más probable es que consiguiera la visibilidad
anhelada, algo de crítica de arte y tal vez hasta una galería
que se encargara de promover su trabajo en el mercado. Es un hecho
que la mayoría de los creadores que en los noventa gozaron de
reconocimiento, habían transitado por el MACG una década antes. Otro importante recinto se creo en
1982 aunque su vocación panorámica no le alcanzó sino hasta el
arte moderno: el Museo Nacional de Arte (Munal), ubicado en el
corazón del Centro Histórico, presenta desde el arte consagrado
de los siglos virreinales hasta la plástica de mediados de siglo
XX. En él no tiene cabida ni la ruptura ni las corrientes surgidas
en México desde los años setenta hasta la actualidad. Para las nuevas intervenciones artísticas
en todos los formatos el INBA implementó, también tardíamente,
dos espacios permanentes de exhibición, aunque no se ha preocupado
por formar colecciones, vía adquisición o donación. Se trata del
Museo Ex Teresa Arte Actual, fundado en 1993, recinto con especial
tradición en performance aunque se ocupa de cualquier otro tipo de arte emergente;
el otro es más reciente, del año 2000: Laboratorio de Arte Alameda,
con cierta tendencia a presentar piezas elaboradas con nuevas
tecnologías, como el video. La que en años recientes se ha dado
a la tarea de exhibir y ahora también coleccionar el arte contemporáneo,
ha sido una institución de vital importancia para la vida cultural
del país, en especial de la capital de la república: Ante la visible decadencia de una vetusta
institución como el INBA, atrapada entre el desprecio hacia todo
lo que sea cultura por parte de los gobiernos neoliberales y con
una confusa duplicidad de funciones con Conaculta, es Por fortuna, no es la única institución
que destina importantes recursos humanos y económicos para brindar
un espacio para la exhibición, conservación e investigación del
arte actual, al menos existen otras dos instancias, éstas de carácter
privado, que cumplen tareas que el Estado ha dejado de realizar;
son dos agrupaciones respaldadas por exitosas empresas: Fundación
Femsa y Fundación Jumex. La familia Garza Sada —sin duda una
de las de mayor éxito económico en una de las ciudades industriales
más importantes del norte del país, Monterrey— ha constituido
una colección de arte formada por diversos bloques: dos dedicados
al arte moderno, mexicano y latinoamericano, no por casualidad
la región donde se concentran la mayor parte de sus negocios;
un sector más que se ocupa del arte de los años ochenta, como
el neomexicanismo, basado en la reproducción de estereotipos nacionales,
en especial con cierta recuperación de elementos que recuerdan
a las culturas populares; también hay un conjunto destacado de
objetos neoconceptuales, cercanos a los movimientos artísticos
internacionales, y continúa la acumulación de arte actual gracias
a que en la bienal que instituyó en 1992, las obras premiadas
se incorporan a la colección.
[10]
A través de Por su parte,
Eugenio López no sólo es el presidente de Para López, su colección es
el pasaporte para convertirse en un actor reconocido dentro del
arte mundial. Por ello no le interesa destacar una tajante
división entre lo mexicano y lo global, al contrario, busca
conjuntar su importante bloque de objetos provenientes de mainstream internacional con piezas que considera destacadas del arte
nacional. Una de sus características más importantes es que no
apuesta por artistas jóvenes sino más bien busca los nombres,
las firmas, las obras ya consagradas. Prácticamente no hay riesgo
en sus adquisiciones.
[14]
El caso Jumex
documenta una regla de oro en el coleccionismo: a mayor capital
mayor aceleramiento en el proceso de acumular y, por tanto, se
acortan los tiempos de apertura de su propio espacio de exhibición:
Eugenio López inició la formación del acervo alrededor de 1990,
instituye la fundación en 1994, en 1999 se exhibe un conjunto
destacado de sus posesiones por primera vez, dos años después
estrena su galería, aunque en una zona de la periferia de la megalópolis
México, y en 2007 está anunciada la apertura de un nuevo recinto
para sus acervos, esta vez en una de las áreas más exclusivas
de la capital: Polanco. Por último,
cabe
mencionar que el coleccionismo empresarial hizo su aparición en
México hacia la segunda mitad del siglo xx.
[15]
A pesar de que en las últimas décadas han proliferado
las fundaciones de este tipo, lejos estamos aún de considerarlo
un fenómeno social; la mayoría de los empresarios mantienen sus
añejos prejuicios y hasta una marcada indiferencia por participar
en acciones de promotoría cultural. Además, la iniciativa privada, corporativa
o individual, se caracteriza por la donación esporádica o el financiamiento
de magnos eventos; salvo algunas excepciones, se ha abocado a
atender a la “alta cultura”, apoyando primordialmente a artistas
famosos y a recintos culturales ya prestigiados. El sponsor
o patrocinador sabe que el éxito de una exposición o un concierto,
“el resplandor del arte”, recae también en quienes lo hicieron
posible. Así, ha sido escasa la aplicación de estrategias de mayor
alcance que persiguieran otros objetivos además de la exhibición
de trofeos artísticos; se practica poco una promoción cultural
continuada, de mediano o largo plazo, y de perfil bien definido,
que busque cooperar en la configuración del futuro estimulando
la creatividad tanto como la productividad. Finalmente, los magros presupuestos
estatales para el sector cultura y la indefinición en las políticas
culturales desde la década de los ochenta, deja entrever la posibilidad
de que se incremente la dependencia de las instituciones públicas
hacia sus patrocinadores. A la fecha, existe cierto consenso en
la comunidad artística de que la participación privada no debe
suplir el presupuesto que el Estado destina para las instituciones
culturales, pues esto equivaldría a dejar en sus manos el presente
y futuro del desarrollo cultural de México.
[1]
De las colecciones de antigüedades
y artes aplicadas que en ese contexto iniciaron su formación,
una muy importante se constituyó en el acervo base del Museo
Franz Mayer, inaugurado en fechas ya muy tardías, 1986, y gracias
a un fideicomiso privado que el coleccionista creó antes de
morir. Dicho recinto se ubica en el Centro Histórico de
[2]
Sobre las políticas culturales detrás
de las exposiciones oficiales mexicanas, véanse mis artículos
“Arte de México en el mundo”, sección Contexto, Discurso
Visual, revista electrónica del Cenidiap– INBA, num. 6,
primera época, enero–marzo de 2003. http//discursovisual.cenart.gob.mx;
“El trasnochado nacionalismo mexicano en
[3]
Acerca de esta colección, véase: Colección Marte R. Gómez. Obras de Diego Rivera,
1886-1957, INBA, 1973, 48 páginas sin numeración; Gómez, Vida
Política Contemporánea. Cartas de Marte R. Gómez, Fondo
de Cultura Económica, México, 1978, 2 Vols.; Autorretratos
de pintores mexicanos. Homenaje a Marte R. Gómez, folleto
de la exposición conmemorativa en el MAM, 1996.
[4]
Sobre el MACG véase el catálogo
de la exposición 30 años
del Museo de Arte Carrillo Gil, origen y vocación, en especial
mi texto “Acervo privado y discurso público: relevancia y vigencia
de la colección Carrillo Gil”, MACG-INBA, 2004, pp. 15-45. Otros
museos de coleccionistas nacionalistas nacieron ya en fechas
más tardías y vía la creación de fundaciones privadas que se
encargan de su administración; ejemplos: el Museo Amparo, de
la ciudad de Puebla e inaugurado en 1991, y el Museo Dolores
Olmedo, fundado en 1994.
[6]
Con la creación del INBA se
concretó la división del sistema de museos en México en dos
grandes sectores: al INBA correspondió la administración de
los museos de arte, internacional y local, concentrados, salvo
alguna excepción, en la ciudad de México. Al Instituto Nacional
de Antropología e Historia (INAH), fundado en 1939, se le había
encargado la gestión de museos antropológicos, arqueológicos
e históricos, esos sí diseminados a lo largo de la república.
Tal esquema se mantuvo hasta el sexenio del presidente Carlos
Salinas de Gortari, 1988-1994, en que se creó el Consejo Nacional
para
[7]
Las políticas hacia América
Latina, diseñadas desde el contexto de
[8]
Para este tema, véase a Jorge Alberto
Manrique, Arte y Artistas
mexicanos del siglo xx, Conaculta, México, 2000, 168 p.; “Contracorriente
pictórica, una generación intermedia”, en: Historia del arte mexicano, 2a ed., SEP-Salvat,
México, 1986, tomo 15, pp. 2154-2175; “El proceso de las artes,
1910- |
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