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MARÍA TERESA CONSTANTIN |
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| Luis Felipe Noé, Cabalgata (fragmento) |
1- A modo de introducción: coleccionismo
privado y sociedad Como es sabido, desde sus orígenes en la Italia de los siglos xv y xvi, el coleccionismo privado establece estrechos vínculos con la sociedad en la que se encuentra inmerso. En efecto, si en un primer momento se trató de la acumulación de piezas y objetos valiosos y/o curiosos como objetos de transacción, el coleccionismo permitió dar el paso que condujo hacia el gesto de constituir un núcleo conservable y puesto en valor de determinados objetos de ahora en más fuera del intercambio comercial y cargados de una valoración que supera lo comercial. Una selección de piezas se retira de lo público para pasar al ámbito de lo privado. En ese sentido, el coleccionismo es un acto privado, sin embargo, por su singularidad reingresa en lo público cargado de nuevas consecuencias –que van desde lo comercial a lo educativo y desde lo cotidiano a cuestiones de identidad y memoria– para la trama sociocultural que lo rodea. Ligado indisolublemente a la voluntad humanista del conocimiento y el saber, alcanzó su mayor apogeo sostenido por el pensamiento democrático de la Enciclopedia y el iluminismo y al calor de las ideas de la Revolución Francesa se extiende también a América. Así, el coleccionismo argentino formado bajo el modelo europeo, se halla estrechamente vinculado a los orígenes del Estado y a la idea y concepción del país que dominaron el pensamiento de la sociedad en diferentes momentos históricos. [4] 2- Alberto Elía–Mario Robirosa,
una galería de arte
Una de las particularidades de la colección analizada, compartida con otras en el ámbito internacional, es el haberse constituido a partir de la actividad de una galería de arte profesional. De modo que las exposiciones realizadas en la galería, la historia de la galería, está unida a su formación proponiendo un recorrido a partir de lo que se vio en la sala. Para Alberto Elía la actividad de
la galería es un punto de llegada más que un inicio, es hijo de
un comerciante acomodado cuya actividad como importador de motos
y bicicletas lo ligaba más a la modernidad urbana que a la tradición
campera de la ciudad de provincia de la que es originaria la familia.
En ese núcleo la educación es un modo de progreso y afirmación
social y el futuro coleccionista ingresó en la carrera de Ciencias
Políticas, Sociales y Diplomacia de la Universidad Católica de
Córdoba. En 1967 recibe una beca Fullbright para estudios de posgrado
en una universidad norteamericana, pero renuncia a ella porque
ese mismo año gana un concurso para ingresar en la Cancillería
Argentina, la que abandonará un año después. Entre 1969 y 1970,
trabaja en el Centro de Investigaciones Sociales del
Instituto Di Tella. Luego de un tiempo en París toma la decisión
de abrir una galería con Mario Robirosa. Eligieron una zona fuera
del circuito tradicional de Florida, cuando aún no existía el
Centro Cultural Recoleta, pero que años más tarde se consolidaría
como uno de los centros de concentración de la actividad artística
porteña. Desde el inicio Elía intenta definir un perfil y una estrategia: “Me arriesgué a trabajar con gente joven, desconocida, y periódicamente avalar esa muestra con pintores importantes”. [5] Su propuesta se complementaría con
los artistas que llegan a través de Mario Robirosa: arquitecto,
hermano de la artista plástica Josefina Robirosa, es descendiente
de una tradicional familia argentina. Cultivado, amante de la
música, estudia Sociología en Estados Unidos y París. En Argentina,
trabaja en temas de Planificación Urbana en el Centro de Estudios
Urbanos y Regionales del Instituto Di Tella. Una vez fundada la
galería, vía Robirosa, llegan artistas amigos y consagrados como
la propia Josefina Robirosa, Luis Felipe Noé y Julio Le Parc.
Así, bajo ese doble perfil de jóvenes y consagrados, el 3 de junio
de 1980, en Azcuénaga 1739 se inaugura la Galería de Arte Alberto
Elía. El país está gobernado por la Junta Militar que accediera al poder con el golpe de Estado de marzo de 1976 y para 1980, había consolidado ya su metodología e impuesto el accionar represivo generando miles de muertos, presos y desaparecidos, como señala el historiador Luis A. Romero: “La propuesta de los militares iba más allá: consistía en eliminar la raíz del problema (la crisis de los años 74-75), que en su diagnóstico se encontraba en la sociedad misma [...]. El carácter de la solución proyectada podía adivinarse en las metáforas empleadas -enfermedad, tumor, extirpación, cirugía mayor– [...]”. [6] Cuando la prensa se refiere a la
apertura de la galería no deja de señalar que se trata de un momento
especial: “En circunstancias para el arte argentino tan catastróficas
como la de esta temporada, jalonada por cierres y desapariciones
de galerías de prestigio, la ofensiva de Alberto Elía, inaugurando
un nuevo salón, adquiere visos de particular brillo por la audacia
y la buena fe en la cosa artística
(...)”.
[7]
Como se ha señalado en el catálogo
de la muestra Cuerpo y Materia,
[8]
durante el período que va entre el golpe de Estado,
en 1976 y la recuperación democrática en 1984, una serie de galerías
entre las cuales podemos mencionar a la de la chilena Carmen Waugh,
ArteMultiple, Arte Nuevo y la del mismo Alberto Elía, junto a
otros espacios, formaron parte de una red que supuso un marco
protector que permitió la circulación más o menos fluida de obras,
aun de aquellas más abiertamente críticas con el régimen. En ese
sentido podríamos pensar que para los promotores de la galería,
además de un proyecto económico, el espacio de arte se conformaba
como un territorio de libertad personal del que carecía una sociedad
silenciada por el miedo. La primera muestra reunió a pintores
como Manuel Espinosa, Alejandro Puente, Josefina Robirosa, Kenneth
Kemble, Gabriel Messil, Alicia Carletti, Juan José Cambre, Pablo
Obelar y Mónica Rossi. Es decir, una muestra que respondía a la
estrategia de Elía, jóvenes artistas avalados por consagrados
como Espinosa, Kemble, Puente y Robirosa. En el mes de julio se
realiza la segunda muestra, dedicada en esa ocasión a la escultura;
participaron entre otros, Líbero Badii, Jacques Bedel, María Juana
Heras Velasco y Alberto Heredia. La presencia de Heredia era una
apuesta de riesgo: en 1974 el artista es condenado a muerte por
la AAA (Alianza Anticomunista Argentina) y luego de un breve tiempo
en el exterior regresa al país. Su obra descarnada y con la densidad
que la caracteriza, presagiaba en aquellos años el conflicto:
“Sus esculturas no son nunca una vía de escape. Por el contrario,
son testimonios dolorosos y hasta crueles de la conciencia humana”.
[9]
Además de sus ángeles de comienzo de los setenta Heredia
realiza El Ángel de la Corona, en 1978, vinculado a la serie de los tronos y que
aparece como metáfora del poder y la tragedia de la época.
[10]
En la misma muestra la galería realiza el tiraje de
una serie de tres bronces de pequeño formato, con el objetivo
de venderla rápidamente y proveer de fondos al artista que viajaba
a Japón a instalar la obra La Estaca en el The Hakone
Open Air Museum of Sculpture de Tokio.
[11]
Los pequeños bronces de la colección pertenecen a
la serie editada por la galería. A veces la actividad de la galería generaba debates
al interior del campo artístico así, en julio de 1982, cuando
se realiza una segunda muestra de escultura en la que participan,
entre otros, Badii, Omar Estela y Clorindo Testa, el
escultor Ennio Iommi publica una breve pero contundente crítica
en la que, además de ponderar la obra de Testa y denostar a Badii,
señala que “a los demás artista les digo: que no tienen nada de
riesgo, no concretan ninguna propuesta. En estos momentos, la
república tiene motivos suficientes para que el artista salga
de su silencio y de su cómodo colchón, para expresar sus ideas”,
[12]
felicita sí, a la galería por ceder sus salas a un
arte no comercial y polémico. El reclamo de Iommi ponía una vez
más en cuestión el rol del artista y la función del arte en momentos
de extrema tensión política en el que el conflicto de las Malvinas
introducía una nueva pica. De las primeras muestras muy pocas
obras ingresaron a la colección personal.
[13]
3- El emblema de una colección, un Boxeador
Le cuesta recordar a Elía cuál es la obra fundadora de la colección. “Sí, puedo decir la que para mí es la obra modelo: el Larco”. Se refiere al Boxeador, una obra que en los ochenta había visto expuesta en las salas de una importante casa de remates porteña. El día del remate la obra fue adquirida por 160 dólares, 10 más que su base. Al mes de la compra le ofrecieron 5 000 dólares y con el tiempo hasta 150 000, hasta ahora la obra parece resistir todas las tentaciones. Se trata de una obra del año 1930 en la que la figura de un boxeador, desmadejado en el rincón del ring, ocupa la totalidad del espacio. La obra de Larco evidencia las huellas que la pintura europea del período de entreguerras había dejado en los artistas argentinos. Una corriente que bajo diferentes denominaciones –‘900 en Italia, Nueva Objetividad y Realismo Mágico en Alemania, entre otros– se desarrolla en Europa en las décadas del veinte y treinta. Luego de la experiencia de disolución del motivo llevada a cabo por las vanguardias históricas y desde un lenguaje moderno, la pintura de entreguerras pondría el acento en la recuperación de la figura y la revalorización del oficio. Ahora, una obra de 50 años atrás
pasaba a constituirse como modélica para una colección contemporánea.
Entendemos que a través de esa obra el gusto
del coleccionista –entendido en el sentido de Bourdieu como: “el
producto de unos condicionamientos asociados a una clase particular
de condiciones de existencia [...]”
[14]
– establece un vínculo con el pasado y refiere a las
raíces y la memoria de la práctica pictórica argentina.
El boxeador se constituye en símbolo y
pone en evidencia el rasgo dominante de la colección: se trata,
una vez más, de la recuperación de la pintura elegida ahora sobre
las trazas de la producción experimental de las décadas del sesenta
y setenta,
[15]
y aun del denominado
neoconceptualismo de los años ochenta y noventa. Quizás, también
la tensión del período posterior a la Primera Guerra, el desanimo
generado en la sociedad, operara también como un telón de fondo
similar sobre el que se instalaba el presente argentino. Esa obra
establece un vínculo con el pasado y actúa como faro para la elección
de artistas del presente. 4- La pintura-pintura, núcleo
de fuerza de la colección.
En el centro de la práctica pictórica, en septiembre de 1981, la galería inaugura una muestra de Luis Felipe Noé. Titulada muy someramente Pinturas 1981, la simpleza de la presentación equivalía a un “como decíamos ayer”. En efecto, por razones políticas, Noé había dejado el país en el año 1975. Para la misma época, luego de diez años, el artista había vuelto a pintar. En momentos en que el más mínimo gesto de libertad se volvía sospechoso, la práctica pictórica ofrecía un espacio desde donde elaborar la frustración de las aspiraciones de cambio de los años sesenta y setenta años en los que la pintura apareció puesta en jaque tanto por las prácticas artísticas experimentales, como por la tensión política que atravesaba la sociedad y en la que la acción política era vivida como prioritaria. En esos años Noé se había comprometido con cargos públicos [16] y luego es el exilio. En 1979 el artista comienza una serie de viajes entre Argentina y Francia, donde se había refugiado, y Mario Robirosa y Alberto Elía le ofrecen exponer en la galería. Así, Cabalgata del Conquistador, una obra en la que el artista reflexiona sobre la situación de América a través de la exploración del paisaje, se incorpora a la colección personal. Para 1982, es el turno de Carlos
Gorriarena. A diferencia de Noé, Gorriarena permanece en el país
durante el período 1976-1983. Su obra, manteniendo una insistente
continuidad en la pintura, refuerza el compromiso político.
[17]
La muestra en la galería es un momento central
de la producción y actitud del artista, la crítica no dudó en
identificar sus pinturas como alusiones a la actualidad en “sus
aspectos más amargos de violencia e injusticia”.
[18]
El propio artista declara que “Durante el Proceso
yo tenía datos muy cercanos de la represión y me impuse, como
forma de militancia exponer dos veces por año. Exhibí los muertos,
todo lo que había en aquellos tiempos [...]”.
[19]
Así, Gorriarena, mantenía un férreo compromiso con
el entorno, un espacio de intervención política desde la práctica
de la pintura. De aquella muestra ingresa en la Colección La
Noche de la Luna Llena,
[20]
obra en que hombres y mujeres se alimentan de
carne humana. Entre rojos y negros, el sangriento banquete alude
inequívocamente a la situación represiva del país. Luego la colección
incorporará otras importantes obras del período, como Arrasados.
Por su parte, la obra de Pino que
ingresó en la colección se vincula al período en que el artista
toma imágenes de objetos percibidos en las vitrinas de remate
del Banco Municipal. “El Banco era un embudo de Buenos Aires, desde
los más ricos a los más pobres. Cuando alguien va al banco es
que ya no tiene ni un amigo ni un familiar a quien recurrir”,
ese dolor del desprendimiento y soledad deviene en expresiva carga
matérica sobre el soporte pictórico. Lo mismo que en Marcia Schvartz,
que acababa de regresar del exilio, la obra de Pino está muy lejos
del individualismo posmoderno o transvanguardista bajo cuya denominación
los nucleó la crítica de la época. Tienen en común, sí,
la adopción de la pintura como práctica artista esencial.
6- Final El
recorrido personal de los coleccionistas Alberto Elía y Mario
Robirosa aparece como parte de un fenómeno social más amplio,
la industrialización de la década del sesenta motorizada por la
política del desarrollismo y la formación de un amplio espacio
cultural que se activó en torno al Instituto Di Tella, y adquiere
relevancia cuando se transforman en factor activo del campo (semipúblico
en el caso de la galería, privado en cuanto a la colección), en
uno de los momentos más arduos de la historia argentina, durante
la última dictadura militar y, nuevamente, la recuperación de
la democracia. Los artistas en momentos de formación
de la colección no aseguraban, ni mucho menos, una inversión
y eran un riesgo de compromiso con la época. En tanto todo tiende
a señalar que el sector público, al menos en determinados períodos
como el analizado aquí, ha perdido el rol motorizador, en confluencia
con el privado, de reserva patrimonial de la nación. Con un Estado
en absoluta retirada en la custodia del patrimonio cultural –por
razones que exceden los límites de este trabajo– el coleccionista
privado parece ser siempre un sospechoso para algunos funcionarios,
la muestra de la colección Elías–Robirosa recibida con beneplácito
en museos del interior y exterior, no se movió con facilidad para
su exhibición en Buenos
Aires. Lo mismo que en otros países, sólo es posible desarrollar
una política de adquisiciones para el patrimonio estatal, si cada
una de las partes asume su lugar específico en búsqueda de una
complementación de funciones que reditúe en beneficio de la sociedad.
Afirma Pomian que “en la época de los
museos de arte moderno y contemporáneo, el coleccionista sigue
siendo una figura irremplazable esto se debe a que sus elecciones,
apartándose de las de los conservadores para dirigirse al arte
que ellos han rechazado o descuidado, saben revelar los contornos
del futuro ocultos en las brumas del presente”.
[29]
En cuanto a la colección Elía- Robirosa,
consagratoria para los propios coleccionistas, se ha convertido
en reservorio de un corte histórico y estilístico
bien definido, ha cobrado una dimensión que escapa a lo privado
y, prevista su presentación en museos del exterior, una imagen
de la nación quedará grabada a lo que ella exhiba. El coleccionismo
privado en un nuevo giro, revierte e imprime su gesto sobre lo
público.
[1]
Este trabajo –en el marco más amplio de estudios en curso
referidos a la producción artística argentina
entre 1976 y 1983 parte de los cuales se plasmaron en
la muestra Cuerpo y materia. Fundación Osde, 2006–
es también un adelanto de un proyecto de investigación sobre
coleccionismo público y privado entre 1890 y 1990 en el que
trabaja un equipo de investigadores con subsidios del Conicet
de Argentina. En nuestro caso abordamos el coleccionismo privado
de las décadas del setenta y ochenta, algunos de los aspectos tratados aquí
fueron presentados en el III Encuentro de Historia del Arte
en Chile, Universidad de Santiago, 2005.
[2]
El Museo Provincial de Bellas Artes se encuentra
cerrado por refacciones hasta el presente y las salas del teatro
garantizan alguna continuidad de sus actividades. [3] Krzysztof Pomian. Des saintes reliques à l’art moderne. Venise-Chicago XIIIè – XXè siècle. Gallimard, París, 2003, p. 9, traduc. nuestra.
[4]
Véase, entre otros, nuestro
“El Hombre propone... y la época
dispone. O cómo se dibujó el perfil del Museo Rosa Galisteo
de Rodríguez” en Epílogos y prólogos para un fin de siglo.
VIII Jornadas del CAIA. Bs As, 1999, p.p. 161-169. Para el siglo
XIX, María Isabel Baldasarre. Los
Dueños del arte. Coleccionismo y consumo cultural en Buenos
Aires. Edhasa, Buenos Aires, 2006. [5] Metrópolis, agosto de 1983, p. 56 [6] Luis Alberto Romero, Breve Historia Contemporánea de la Argentina. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 1994-1995, pp. 283 y ss. [7] “La nueva galería”, periódico sin identificar, s/f. Archivo de la galería [8] Op. cit. [9] Olga R. Z. de Pareja Núñez, La Capital (Rosario), 21/7/1980. [10] Véase catalogo Alberto Heredia, Mamba, 1998.
[11]
La Estaca, obra premiada, requerida desde el exterior del país, para
el artista “[...] es la crucifixión. La disidencia es la crucifixión.
Hoy se sigue crucificando al disidente” como declarara en su
momento. [12] “La ausencia del riesgo” en Clarín, 6/7/1981
[13]
En los años
venideros expondrán individual o colectivamente: Carmelo Carrá,
Luis Felipe Noé, Keneth Kemble, Marcia Schvartz, Felipe Pino,
Luis Frangella, Carlos Gorriarena, Jorge Pirozzi, Pablo Suárez,
Ana Eckell, Jorge Pietra, Alejandro Kuropatwa, Julio Lavallén,
Mario Gurfein, Julio Le Parc, Carlos Gallardo, Jorge Simes,
Alfredo Benavídez Bedoya, Guillermo Conte, Diego Perrotta, Richard
Sturgeon, Marcelo Bordese, Fernando Canovas, Gustavo Charif
y Alberto Cedrón, entre otros. [14] Pierre Bourdieu, La Distinción. Criterios y bases sociales del gusto. Taurus, Madrid, 1988, 1998, p. 53. [15] Véase José Emilio Burucúa (dirección de tomo) Nueva Historia Argentina. Arte, Sociedad y Política, Arte 2 Sudamericana, Bs As, 1999. Ana Longoni y Mariano Metsman. Del Di Tella a “Tucumán Arde”. Vanguardia artística y política en el 68 argentino. El Cielo por Asalto, Bs As, 2000. Andrea Giunta. Vanguardia, Internacionalismo y Política. Arte argentino en los años 60. Paidós, Bs As, 2001. Catálogo Arte y Política en los ’60 (con textos de Alberto Giudice) Fundación Banco Ciudad, Bs As, 2002. Y también, entre otros artículos, María José Herrera, “En medio de los medios. La Experimentación con los medios masivos de comunicación en la Argentina de la década del 60” en Premio Telefónica de Argentina a la Investigación en Historia de las Artes Plásticas. Bs As 1997. [16] Durante la exultación transformadora de la Presidencia del Doctor Campora y los meses siguientes, había dirigido el departamento de Arte de la UBA. [17] Véase D. Wechsler, M. T. Constantin, Carlos Gorriarena. La pintura un espacio vital, Fundación Mundo Nuevo, 2005. [18] Orione, Julio en Tiempo Argentino, 26/11/1982. [19] A Hernán Almeijeiras para La Maga, 11/8/91. [20] En las leyendas del campo argentino, en las noches de luna llena sale el Lobisón, el séptimo hijo varón, un hombre convertido en lobo que se alimenta de carne humana.
[21]
Véase catálogo Arte en Argentina. 1920-1994. The Museum of Modern Art Oxford, 1994. John
King, catálogo Arte en
Argentina. 1920-1994. The [22] M. T. Constantin, “La pintura como resistencia” en Catálogo Manos en la Masa, Fundación Banco Ciudad, Recoleta, 2003. [23] Véase Cristina Rossi, “Como un hilo de agua entre la arena” en Marta Penhos y Diana Wechsler (coordinadoras), Tras los pasos de la Norma, Archivos del CAIA2- Jilguero, Bs As, 1999. [24] Véase M. T. Constantín, en CDROM- catálogo Ana Eckell. La voz del agua, Centro C. Recoleta, 2002.
[25]
Krizysztof Pomian, “Musée, nation, musée national”
en Le Debat, N˚
65, mayo - agosto, 1991. Traducción
nuestra.
[26]
Baldasarre señala que, en el siglo xix, “gran parte de las colecciones privadas
estaban, desde su génesis, pensadas en función de una idea de
‘museo’, cuando no explícitamente formadas para su posterior
donación a instituciones estatales”, p. 98, op. cit.
[27] Curi había instituido el Premio Marcelo De Ridder, al que se mencionaba más arriba. [28] La fundación, de carácter privado, destinó 250.000 dólares, para que un comité de expertos eligiera obras para el museo, con la intención “de ser imitados por otros sectores y que se produjeran nuevas donaciones y una reactivación del mercado de arte”, según nos declara Juan X. Martín, miembro del Consejo Directivo. [29] Krzysztof Pomian. Des saintes reliques à l’art moderne. Venise-Chicago XIIIè – XXè siècle. Gallimard, París, 2003, p. 312, traduc. nuestra.
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