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| Emilio Pettoruti, EL Baile (fragmento), 1928 |
¿Cuál sería la columna vertebral de
una colección de arte argentino? ¿Qué políticas de adquisición
llevar adelante desde las instituciones públicas, en tiempos de
la emergencia de un arte moderno? Hasta aquí, algunas de las posibles
preguntas que rondaron las cabezas de quienes entre los años veinte
y treinta funcionaron como operadores culturales dentro del espacio
de las artes visuales en el país. Preguntas que resultan convergentes
con el proceso de constitución de una identidad nacional que se
estaba llevando a cabo desde las décadas anteriores y que se presenta,
hacia los años veinte, como uno de los temas que concentra la
atención de artistas e intelectuales. Junto a éste, la polémica
por el arte moderno es otro de los sitios de convergencia. Uno
y otro asunto –el de un arte nacional y el de un arte moderno–
forman parte de un mismo proceso dentro del espacio cultural de
las metrópolis argentinas. Entre
ellas, Buenos Aires, primus inter
pares, define los términos y presenta el escenario
propicio para el debate. La Plata, Córdoba, Rosario, son las otras
ciudades que disputan un lugar dentro del proyecto moderno. Un
proyecto que se ha leído habitualmente como más limitado que lo
que efectivamente fue, ya que de él participaron de manera diferenciada
distintos centros del país procurando asumir una posición y definir
un perfil dentro de un nuevo mapa que se extendía progresivamente:
el del arte moderno. Es dentro
del proceso de configuración de este mapa singular que comienza
a constituirse una serie de colecciones públicas que intentan
ocupar un lugar dentro del debate instalado. Así, las adquisiciones
realizadas van definiendo un perfil del arte moderno y a la vez,
lo fijan. El caso de la compra de El baile de Emilio Pettoruti
en 1926, realizada por el Museo de Bellas Artes de Córdoba, resulta
en este sentido emblemático y ensaya una primera respuesta a la
pregunta de cómo vertebrar una colección de arte argentino. Pero
no es la única. Avancemos entonces sobre algunos de los caminos
trazados por diferentes instituciones. Es necesario
señalar
que el propósito de este texto no es cerrar la problemática del
coleccionismo público de arte argentino en esta etapa de la modernidad
artística sino por el contrario, presentar avances de una investigación
en curso cuyo objetivo es estudiar, desde la perspectiva de una
historia sociocultural e intelectual, el proceso de emergencia,
desarrollo y consolidación del coleccionismo en la Argentina.
[1]
Por otra parte, como ya se adelantó, guía este
trabajo el objetivo de interpretar el corpus de obras que formaron
varias colecciones públicas, constituidas en torno a las décadas
del veinte y del treinta, teniendo como presupuestos que en la
selección de obras existió en cada momento un propósito específico,
un “museo imaginario” que respondía a la conformación de un gusto
y a la selección de imágenes que formaran parte tanto del proceso
de “distinción social” como del proceso de identificación en las
imágenes de una serie de elementos que se integrarían como parte
de una identidad (nacional, regional, de clase, etc.). En este sentido, mi trabajo está centrado
en la formación de un grupo de museos a los que considero, en
un sentido amplio, como de “arte moderno” que nacieron en las primeras décadas del siglo xx: el museo Caraffa de Córdoba, el Castagnino
de Rosario, el Provincial de La Plata y el Sívori de Buenos Aires.
Todos ellos reconocen –es uno de los presupuestos de la investigación– una matriz común. En este sentido, la hipótesis
de este trabajo es que estos museos forman parte del proyecto
moderno, coleccionan arte argentino contemporáneo y más concretamente
“moderno” y funcionaron, por tanto, como estímulo para el desarrollo
de un arte nuevo en la Argentina y de un coleccionismo privado
de arte que dedicará su mirada al arte nacional. Dados los límites
de este ensayo, propongo detenernos en el caso de la formación
de la colección del Museo Provincial de Bellas Artes de La Plata
y del Museo de Bellas Artes de Córdoba, ya que son puntos de partida
para exhibir los primeros resultados del trabajo en curso.
[2]
II- Datos
en un escenario de la modernidad En septiembre de 1924, la Chola Desnuda de Alfredo Guido obtiene
el primer premio en el Salón Nacional de Bellas Artes. Se trata
de una gran composición en el marco del topos canónico de la Venus
recostada, en una curiosa y por qué no, oportunista adaptación
regional: una impensada chola desnuda, reclinada sobre un diván
cubierto por un tapiz de evocaciones indígenas, un sombrero típico
y en el piso, a sus pies, una naturaleza muerta que es una suma
de productos locales. Todo un manifiesto de las intenciones de
una pintura que asume el problema de la identidad nacional y lo
coloca en un inventado pintoresquismo regional. El 13 de octubre del mismo año Emilio
Pettoruti hacía su reentrada en el espacio artístico porteño con
resonancias en todo el país. Después de una prolongada estancia
en Italia y otras ciudades europeas reingresa con una muestra
individual en la Galería Witcomb donde presenta 82 cuadros de
carácter “futurocubista”. Poco tiempo después –en 1926– y confrontando
las declaraciones adversas del entonces director del Museo Nacional
de Bellas Artes, Cupertino del Campo, una de las obras mostradas
en Witcomb, El Baile, entra a formar parte de la colección
del Museo Provincial de Bellas Artes “Emilio Caraffa” de Córdoba.
Era la primera vez que se adquiría para un museo público una obra
de este artista. Era la primera vez que desde un organismo público
se tomaba partido decididamente por el arte nuevo.
Recuerda Pettoruti que hacia 1926,
había recibido una invitación para exponer en la galería Fasce
de Córdoba. “La acepté –dice– porque (...) me permitía llevar
la penetración del arte moderno a otros puntos de la República,
además de volver a ver los lugares que pinté en 1912”. Evidentemente,
la difusión del arte moderno se convertía en una militancia entre
los artistas de esta generación. Y agrega: “Me atraía así mismo
la idea de entrar en contacto con el grupo intelectual de Deodoro
Roca (entonces Director del Museo Provincial) y conocer a otra
gente”.
[3]
En ese viaje tomó contacto con un significativo
grupo de intelectuales entre los cuales estaban el historiador
Ramón Cárcano, Carlos Astrada y el escritor Oliverio de Allende,
quien recoge el primer impacto de la llegada de Pettoruti a Córdoba
en el reportaje que le hiciera al llegar para La Voz del Interior. Mientras lo habitual eran las compras
de autores como Fernando Fader o Luis Cordiviola (lo que siguió
siendo la norma de premios y adquisiciones por bastante tiempo
más), ligados a un naturalismo con gestos de un impresionismo
convencional convertido en fórmula, el Doctor Cárcano, gobernador
de la provincia, elige para el Museo Provincial
[4]
esta obra, en donde dos cuerpos sintéticamente
planteados por planos de formas, color y texturas visuales dibujan
una figura de tango muy estilizada, subrayando una posición moderna
e iniciando tímidamente una tendencia a la que progresivamente
se irán adhiriendo otros espacios como el Museo “Juan B. Castagnino”
de Rosario u otros de creación más tardía como el Provincial de
Bellas Artes de La Plata o
el de Artes Plásticas “Eduardo Sívori” de Buenos Aires. El contraste de ambos hechos –el premio
a la obra de Guido y el impacto renovador de la muestra de Pettoruti
tanto en Buenos Aires como en el resto del país– permite introducir varias cuestiones clave para
pensar la polémica artístico-crítica que se instala en esos años.
No en vano la historiografía artística ha subrayado al año 1924
como el momento de la introducción de la primera vanguardia en
nuestro medio. El gesto de reingreso de Pettoruti, sumado a la
plataforma que le diera el grupo Martín Fierro, así como la presencia de información sobre los procesos
vanguardistas europeos y algunas experiencias más moderadas (en
cuanto a impacto) tanto en Buenos Aires como en otras ciudades
del resto del país como Rosario, Córdoba y La Plata, confirman
el subrayado que se ha hecho sobre los años veinte. Sin embargo,
se trata de un proceso extenso en el tiempo y en el espacio que
involucra otros hechos y actores que se van encadenando y dan
lugar a la recepción intensa que tuvo el arte nuevo,
[5]
así como a la explosión de un debate moderno
en el espacio de las artes plásticas en varios centros del país. Es quizás en este momento cuando se
identifican con claridad una serie de objetos, un conjunto de
modos de ver y de propuestas estéticas que disputarán el centro
de poder dentro del mundo artístico. La entrada de estos nuevos
elementos emergentes provocará una fuerte colisión con los valores
instituidos, aquellos que sostenían las instituciones oficiales
como la Academia, el Salón Nacional, los Salones Provinciales
que comienzan a multiplicarse en esos años, los jurados y un sector
de la crítica de arte. III - El caso
del Museo Provincial de Bellas Artes de La Plata Al comenzar a recorrer el fichero de
la colección del Museo de Bellas Artes de La Plata, con el propósito
de indagar el conjunto de obras de ese y otros museos del período
1918-1945, comenzaron a aparecer en aquellas fichas algunos datos
que se repetían de una obra a la siguiente. Aquella búsqueda,
que estaba fundada en recuperar un corpus de obras de ciertos
autores caracterizados en términos amplios dentro de lo que he
definido como el emergente “arte nuevo” en la Argentina de los
años veinte y treinta del siglo pasado, abría una nueva ventana
hacia un problema hasta entonces no considerado: ¿por qué la presencia
de tanta obra de la bisagra entre el final de la década del veinte
y los primeros años de la década siguiente? Aquellas obras de
artistas como Spilimbergo, Xul Solar, Victorica, De Ferrari, Raquel
Forner, Scotti, Butler, Basaldúa, Badi, entre varios más, tenían
otros datos en común: habían participado del Salón del Cincuentenario
de la Ciudad de La Plata y
formaban parte, a partir de entonces –estamos hablando de 1932–
de la naciente colección del Museo Provincial de Bellas Artes.
Entre todas estas obras, una ficha
resultaba especialmente intrigante: Tradición de Víctor Cúnsolo. ¿Qué imagen correspondía a ese
nombre, fechada en 1931? Se trataba de una naturaleza muerta,
en donde se reunían varios elementos que imaginamos, formaban
parte del paisaje del taller del artista. Pero si es una naturaleza
muerta, ¿Por qué el nombre de Tradición? El análisis de
esta obra la convirtió en hipótesis de trabajo, ya que pasó a
ser algo así como una “obra manifiesto” en donde se reunía, a
través de cada uno de los elementos seleccionados aspectos de
lo que, para comienzos de los años treinta, ya se leía como una
“tradición moderna”, la tradición de la pintura moderna en la
argentina, enlazada o en diálogo con aquellos elementos de las
figuraciones de nuevo cuño del período de entreguerras. Esta obra había participado junto a
muchas más del salón del cincuentenario de la Ciudad de La Plata.
“Más de cuatrocientas obras de los
más calificados artistas”, con esta afirmación exitista el diario
Crítica celebraba aquel Salón conmemorativo de 1932.
A imagen de la experiencia realizada en 1910 por la CNBA
para festejar el centenario de la revolución, en
julio de 1932 la CPBA sancionaba en La Plata el reglamento
para un nuevo salón conmemorativo. Este recogía la experiencia
de los SNBA: propuso cinco jurados de selección, tres electos
por la CP y dos por los artistas. Estarían habilitados además
para elegir a los artistas que hubieran sido admitidos al menos
en algún salón anterior realizado en el país. Por su parte, los
promotores se reservaban el derecho de invitar a “uno o más artistas
representativos” así como el de aconsejar adquisiciones destinadas
al Museo Provincial de Bellas Artes. A diferencia del Salón del
Centenario, aquí no habría premios, el estímulo serían las adquisiciones
oficiales o privadas. “Pintores y escultores –dice el diario Crítica– cuya concurrencia no es corriente
en los certámenes anuales que se llevan a cabo en Buenos Aires,
no han tenido inconveniente alguno en enviar obras a La Plata
¿A qué obedece esta particularidad? ¿Ha inspirado a los artistas
mayor confianza que los jurados nacionales este jurado del que,
es indiscutible, forman parte artistas cuya amplitud de criterio
no es posible desconocer? Sea ello lo que fuere, lo cierto es
que ninguna exposición de arte realizada en el país ha logrado
reunir conjunto más completo y de nivel más levantado y de tono
más acuerdo con el ESPÍRITU NUEVO imperante en las manifestaciones
más significativas de las artes plásticas”. Emilio Pettoruti formó parte de la
comisión y también del jurado como miembro electo por los artistas.
El número total de expositores fue 214, entre ellos 27 invitados
por la comisión provincial. La selección de los artistas invitados
resulta de especial interés.
Al recorrer el catálogo se advierte una deliberada intención de
garantizar la presencia de ciertos artistas en la muestra en particular
de quienes representaban por entonces al arte nuevo. Los pintores Horacio Butler, Héctor Basaldúa,
Aquiles Badi, Emilio Centurión, Juan del Prete, Ramón Gómez de
la Serna, Alfredo Guttero, Raquel Forner, Carlos Giambiaggi, Ramón
Gómez Cornet, Alfredo Bigatti, Pablo Curatella Manes, estuvieron
entre los invitados. Participaron además del salón: Xul Solar,
Emilio Pettoruti, Víctor Cúnsolo, Fortunato Lacámera y Onofre
Pacenza, entre otros. El conjunto de nombres mencionado demarca
una zona específica dentro de la producción del período: la del
arte nuevo. En la imagen de estos artistas es posible reconocer
la traza de las nuevas experiencias desarrolladas en los centros
europeos durante las primeras décadas del siglo xx:
experiencias que aquellos pudieron compartir en unos casos y observar
en otros en sus respectivos viajes a Europa, así como en la convivencia
e intercambios producidos dentro de nuestro campo artístico. Córdova Iturburu desarrolla un extenso
artículo en el diario Crítica sobre esta muestra conmemorativa
de La Plata. Bajo un título en el que las mayúsculas destacan
las palabras-ideas clave que el autor busca resaltar –“La Exposición
de Arte de La Plata es la más Completa que se Realizó en el País”–
otro título introduce a una selección de reproducciones: “Algunas
de las Buenas Obras Expuestas”. Un paisaje de Spilimbergo, un
retrato de Basaldúa, el maniquí de Gómez Cornet, un paisaje urbano
de Pacenza, una figura de Sibellino, otra de Amparo Araoz Alfaro
y un óleo de De Ferrari completan el conjunto exhibido en las
páginas del diario. Estas imágenes y el texto exhaustivo de Córdova
Iturburu favorecen la recuperación de un recorrido por la muestra.
Guiados por el estilo declamatorio de Crítica se refuerza
el valor inaugural a la vez que de punto de llegada de esta exposición.
“Es un Conjunto Brillante en el que Figura lo Más Representativo
del Arte Nuevo”. Otro subtítulo en mayúsculas subraya el sentido
de la selección realizada: “Los Valores Jóvenes” y a continuación
se analiza en detalle la producción de los artistas elegidos.
Se habla de Gómez Cornet como “uno de nuestros valores más positivos”.
Se afirma que Spilimbergo es “otro de nuestros grandes valores”.
“Plástico puro, colorista riquísimo y dibujante de extraordinario
conocimiento de la forma”, continúa el crítico. Al llegar a Guttero,
el mayor de los artistas comentados, Córdova Iturburu se ve obligado
a hacer un breve recorrido retrospectivo en donde rescata los
valores de sus presentaciones anteriores por encima del tratamiento
“epidérmico” y “banal” de las obras actuales. El crítico recibe
con entusiasmo las acuarelas de Xul Solar, a quien presenta como
el “heredero en nuestro país del expresionismo alemán (al que
suma) su originalísima personalidad”, en este espacio oficial,
y las de Giambiagi con su “dominio magistral de la acuarela”.
Señala a Pettoruti como un “artista recio” que presenta dos tintas
de “temática cubista”. Finalmente se ocupa de Victorica, Butler,
Basaldúa, Tapia, De Ferraris, Pisarro, Del Prete, Cochet. March
y Badi, como completando los nombres de quienes realizan los “envíos
más brillantes” en sintonía con el arte nuevo. El Salón del Cincuentenario aparece
como un punto de condensación dentro del proceso desplegado por
el movimiento moderno en la Argentina. Un antecedente significativo
fue el Nuevo Salón que, realizado en Amigos del Arte de Buenos
Aires en 1929 por iniciativa de Alfredo Guttero, nucleó a la nueva
generación de artistas plásticos argentinos. El Nuevo Salón se
presentó también en la Asociación Amigos del Arte de La Plata,
dirigida por Pedro Enriquez Ureña, así como en Rosario y Montevideo.
Este salón tuvo su continuidad en los años siguientes con otras
exposiciones colectivas de Pintores Modernos Argentinos que fueron
objeto de análisis en trabajos anteriores.
[6]
Entre ellos, además de Guttero, su promotor,
expusieron: Cúnsolo, Xul, Gómez Cornet, Falcini, Spilimbergo,
Pettoruti, Curatella Manes, Butler, Del Prete y Basaldúa. Más allá del derrotero intenso del
movimientos moderno en la bisagra de años del cambio de las décadas
del veinte al treinta que ya planteamos en otros trabajos, propongo
volver a centrar la mirada en el Salón del Cincuentenario de la
Ciudad de La Plata, ya que no sólo pone en foco este proceso de
modernización de las artes visuales, sino que sitúa al corpus
de obras reunidas en este salón como parte fundacional de la colección
moderna del naciente Museo Provincial de Bellas Artes. Consideraciones
finales Si en trabajos anteriores afirmábamos
que el movimiento moderno
en los años veinte en la Argentina siguió centralmente dos caminos:
por un lado construyó espacios alternativos buscando otros canales
de exhibición y consagración y por otro, fue fracturando los espacios
instituidos y cultivando la consagración oficial; el caso del
Salón de La Plata de 1932 pone en foco esta cuestión y abre el
análisis hacia el lugar de la gestión pública dentro del desarrollo
del proyecto moderno en el área de las artes visuales. Las presencias
intensas de obras portadoras de una nueva imagen vinculada con
la recuperación de valores plásticos, una figuración clásica,
metafísica, los lazos con el “novecento italiano”, en unos casos
y la propuesta de una “plástica pura”
y de una “figuración sensible” vinculada con lo
que se ha definido como la “Escuela de París”, en otros, o lo
que en un sentido más amplio podemos caracterizar como “realismos
contemporáneos”, exhiben el principio de la victoria de la modernización
artística en la Argentina. Instalan a la vez a este conjunto de
obras como una de las primeras iniciativas de coleccionismo de
arte argentino moderno, colocando al coleccionismo público como
precursor de una tendencia que se afirmará en el coleccionismo
privado recién entre finales de los años treinta y de manera sostenida
en el curso de la década del cuarenta. El análisis del caso del Museo Provincial
de La Plata, sumado al del Museo Eduardo Sívori de Buenos Aires,
inaugurado en 1933, y de la formación de las colecciones modernas
del Museo Caraffa de Córdoba y del Museo Castagnino de Rosario
en el curso de la segunda mitad de los años veinte y la década
del treinta, abonan la hipótesis que permite pensar al coleccionismo
público como partícipe activo del proyecto modernizador de la
cultura así como precursor del coleccionismo de arte argentino.
El desarrollo de estos casos y una lectura integral del proceso
será el resultado de la investigación en curso.
[1]
Cfr. Proyecto PIP 5197: Colecciones y Coleccionismos.
Emergencia, Desarrollo y Consolidación de una Práctica y una
Representación Sociocultural (privada y pública) en
[2]
Avances de estos análisis fueron presentados
en el ensayo: “Un registro moderno del arte en Córdoba”, en:
Un siglo de arte en Córdoba, La voz-Caraffa, Córdoba,
2004 y en la ponencia –presentada en el III Encuentro de Historiadores
del Arte de
[3]
Emilio Pettoruti, Un pintor frente al
espejo, Buenos Aires, Hachette, 1968, p. 213.
[4]
Para un estudio pormenorizado del
Museo Provincial Emilio Caraffa ver: El museo y su historia,
Trabajo de investigación inédito realizado a petición del
Museo Provincial de Bellas Artes "Emilio A. Caraffa"
por Mariana Panzetta, Córdoba, julio de 2001.
[5]
Dado que hacer uso de la noción de vanguardia supone
la introducción de un análisis teórico-crítico y revisión de
las diversas apropiaciones que dicha noción ha tenido dentro
de nuestra crítica y nuestra historiografía artística desde
los años veinte, elijo utilizar una noción más precisa y menos
pre-connotada como la de arte nuevo. Con ella delimito el campo
de todas aquellas producciones artísticas que en consonancia
con el devenir de los debates estéticos del período de entreguerras
(1918-1939) plantean un tipo de imagen que supone una figuración
de nuevo cuño, ligada a la pintura metafísica, al retour
al’ordre, a la neue sachlichkeit, al surrealismo,
entre las propuestas figurativas centrales del período. [6] Cfr. Wechsler, D.B., “Buenos Aires ‘otra’modernidad” en: Estudios Ibero-Americanos XXIII (2), Porto Alegre, Brasil. Diciembre 1997 y Papeles en conflicto. Arte y Crítica entre la vanguardia y la tradición. Buenos Aires, FFyL-UBA, 2004. |
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