Ibis
Hernández: Supongo, Tadeu, que como todo museo, el Museo
de Arte Moderno de São Paulo (MAM)
contó desde su fundación, en 1948, con un acervo inicial. ¿Qué podrías decirme respecto a la conformación
de ese núcleo primario y, en qué medida, las obras que lo integraron
contribuyeron por entonces a reafirmar la posición del MAM,
como una de las instituciones cuyo accionar estaría encaminado
hacia la legitimación del arte moderno en Brasil?
Tadeu
Chiarelli: Existen dos historias del Museo de Arte Moderno de São Paulo. La primera, que
se inició en 1948, se desenvolvió hasta 1963 y, a partir de
esa fecha, se transformó en la historia del Museo de Arte Contemporáneo
de la Universidad de São Paulo (MAC-USP), lugar hacia donde fue transferido el
acervo original del MAM.
La segunda tiene su preámbulo
entre 1963 y 1968, se inicia en ese último año, y viene hasta
el presente.
El acervo original del MAM
estaba compuesto por parte del acervo de la pareja de mecenas
Yolanda Penteado y Francisco Matarazzo Sobrinho, las premiaciones de las primeras Bienales de São Paulo (no olvidar que el evento, al inicio, fue llamado
Bienal Internacional del Museo de Arte Moderno de São
Paulo), y por donaciones de artistas, fundamentalmente.
Ese acervo estaba integrado
por obras pertenecientes a algunos de los más prestigiosos artistas
de la Escuela de París–Picasso, Matisse
y otros, artistas ligados al Futurismo y al Novecento italianos, Boccioni y Sironi, entre otros,
algunos de los principales artistas brasileños del modernismo
local. Di Cavalcanti, Tarsila do Amaral y otros, y algunos de los nuevos nombres del arte de
la segunda pos-guerra: Max Bill,
por ejemplo.
El acervo expresaba una concepción
de arte moderno ya instituida, una especie de “tradición” moderna,
sin espacio para el carácter más experimental o polémico del
arte de la primera mitad del siglo pasado (estaban ausentes
los dadaístas, los surrealistas y expresionistas más radicales). En el sector del
arte posterior a la Segunda Guerra Mundial, sobresalían las
vertientes constructivas y sobre todo, el informalismo
de corte francés. El radicalismo del expresionismo abstracto
y la frialdad crítica del pop art
no conmovían a los jurados de las Bienales de São
Paulo (tal vez demasiado afrancesados) y, por tanto, esas vertientes
no eran llevadas al acervo.
IH: Conocemos que
el MAM, en su trayectoria, ha vivido diferentes etapas. Tras
la donación de su acervo a la Universidad de São
Paulo en 1963, ¿cómo comienza a reconstituir su patrimonio en
el período posterior más inmediato?
TC: A partir de 1963
y hasta 1967, 1968, el MAM existía por derecho mas
no de hecho. Existía apenas el nombre de la institución, pero
su alma, el acervo, se había ido… La reconstrucción del acervo
del Museo se da a partir de la donación de una colección de
dibujos y pinturas que perteneciera a Carlo Tamagni, antiguo director
del Museo. Era un acervo pequeño (cerca de cien obras) pero
con algunas preciosidades del modernismo brasileño: algunas
de las más delicadas telas de Alfredo Volpi,
anteriores a su práctica no figurativa, un Di Cavalcanti
soberbio, y otras piezas.
En paralelo a esa donación,
algunos artistas uruguayos, cerca de diez, en solidaridad con
el Museo que había perdido su patrimonio, donaron obras para
ayudar al renacimiento de la institución.
La donación de esas obras tuvo
que ver con el hecho de que la entonces “directora artística”
del Museo (lo cual equivaldría hoy al cargo de curador), Diná
Lopes Coelho, iniciara una campaña
con el propósito de conseguir una sede para el Museo (que, en
la época, ocupaba apenas una sala de un
edificio en el centro de São
Paulo). En 1969, tras haber conseguido un espacio en el Parque
Ibirapuera para colocar el acervo, doña
Diná crea el Panorama de Arte Brasileño,
una exposición en principio
anual (se convierte en bienal a partir de 1963) que tenía como
objetivo hacer una cartografía del arte del país.
Pensando retrospectivamente,
parece que doña Diná, de alguna manera,
quería restituir el papel del MAM en la escena brasileña. Si
en los años cincuenta el Museo había sido el organizador de
la principal exposición de arte del hemisferio sur (las Bienales),
¿por qué ahora, en esta etapa, no podría forjar la principal
exposición de arte brasileño?
En ese primer Panorama de 1969,
los artistas participantes, también solidarios con los problemas
del Museo, donaron todas las obras exhibidas en la muestra para
el acervo del MAM. Así, el acervo del nuevo Museo se inicia
con la conjunción de esos tres pequeños núcleos: la Colección
Tamagni, la Colección de Artistas
Uruguayos, y la colección formada por los artistas participantes
en el primer Panorama. Tal conjunción apunta para un dato interesante:
el nuevo MAM, aunque poseyera en su acervo obras modernistas
(venidas de la Colección Tamagni) constituía, fundamentalmente, un acervo de arte contemporáneo, toda vez que las obras venidas de Uruguay junto
a aquellas que ingresaban con el primer Panorama, eran de finales
de los años sesenta.
IH: Hacia finales
de los años sesenta y durante los setenta, se actualiza y consolida la política artístico-cultural del
MAM en diversos aspectos. ¿Tuvo
también este proceso una expresión en lo concerniente al trabajo
con la colección?
TC: Entre finales
de los años sesenta e inicio de los noventa, el MAM no desarrolló
un proyecto para la ampliación y el perfeccionamiento
de su nuevo acervo. Es interesante anotar que, al mismo tiempo
que se percibe el empeño de sus directores para que continuaran
entrando obras a la colección (independientemente de la calidad)
–justificando la existencia del Museo–,
nació dentro del MAM una especie de vergüenza con respecto a
ese nuevo acervo. Y eso porque, en el interior de la propia
institución, esa nueva colección que se ampliaba sin ningún
proyecto y sin ningún
objetivo definido, era comparada constantemente con el acervo
que el MAM perdiera en 1963. Surge así una postura esquizofrénica
del Museo: de un lado el acervo ideal, aquel perdido; del otro
el acervo real, aquel que crecía sin criterios y del cual el
Museo se avergonzaba…
En ese largo período, el MAM
funcionó en la práctica como una gran galería pública, mostrando
sólo exposiciones temporales, sin mayor relevancia para el propio
acervo. Las mismas premiaciones de las ediciones de los Panoramas
–transferidas a sus fondos– no seguían
una propuesta curatorial definida,
quedando a merced de cada jurado de premiación.
IH: Te referías anteriormente
a uno de los hechos de carácter artístico-cultural más importantes
de cuantos tienen lugar
en Brasil en lo que a las
artes visuales se refiere: el Panorama de Arte Brasileño, evento que hasta
hoy se realiza bajo la iniciativa y coordinación del MAM. ¿Qué
incidencia han tenido sus más recientes ediciones en el incremento,
diversificación y actualización del acervo?
TC: Solamente a partir
del inicio de la década de los noventa es que se percibe una
tendencia a cambiar la conducta del Museo y, en este sentido,
el papel del curador, como el profesional responsable de los
destinos de la institución.
Maria Alice
Milliet y Casilda Teixeira
da Costa, que me precedieron en el cargo de curador-jefe (actué
como tal entre 1996 y 2000), sentaron las bases para que el
Museo alcanzara el nivel que vendría a lograr más tarde.
A partir de la reorganización
de los Panoramas –que pasaron a ser bienales, no más atados
a modalidades técnicas (al inicio, un Panorama era dedicado
a la pintura, otro a la escultura y así…), y contando ya con
un curador responsable–se percibe el punto de partida hacia la comprensión
de que todas las actividades de la Institución deben tener como
fin último el crecimiento y la calidad del acervo. A inicios
de la década pasada se abre, por tanto, un proceso de toma de
conciencia acerca de cuán importantes resultaban, para el crecimiento
y la actualización del acervo del Museo, las obras que a él
ingresaban a partir de los Panoramas.
IH: Pienso, Tadeu, que difícilmente
podría narrarse a través de las obras que conforman un acervo, por amplio y diverso que este sea, la historia del arte brasileño de un período.
En cambio, sí creo en la posibilidad de poder revelar (en dependencia de cuáles sean sus características) algunas de las cuestiones esenciales ligadas
a los procesos que han
marcado el desarrollo de la producción artística en el país,
y, al mismo tiempo, traer a colación algunos de los aspectos
relevantes del debate artístico fundamental, en uno u otro momento.
En relación con los proyectos curatoriales
concebidos a partir del acervo del MAM, me gustaría conocer
cuáles, en tu opinión, se han aproximado a estos propósitos.
TC: A partir de los
años noventa el MAM inicia una revolución interna: pasa a asumirse
como un museo de arte contemporáneo, a pesar de su nombre. Considero
esto la gran transformación de la institución. Si ya ella poseía
un acervo de arte contemporáneo, formado casi en rebeldía, era
entonces el momento de asumirlo y pensarlo de manera productiva.
Asumida esa característica,
el Museo empezó entonces a reflexionar sobre las lagunas de
la colección en el ámbito del arte contemporáneo local, y comenzó
a cubrirlas. El Museo hoy posee buenos ejemplares de la mayoría
de los artistas brasileños contemporáneos “clásicos”. Esto es
importante porque trae paradigmas para la apreciación y el debate.
Sin embargo, el Museo arriesga
bastante, en el sentido de que trae para su acervo artistas
todavía jóvenes que se manifiestan no sólo dentro de las modalidades
aún no muy bien aceptadas por las instituciones museológicas
(como las instalaciones y las performances), sino, sobre todo, con trabajos híbridos, que
mezclan muchas modalidades. Dentro de ese amplio universo, el
Museo ha otorgado gran distinción a trabajos que tratan con
la fotografía y con la imagen fotográfica, en piezas que agregan
a ellas elementos venidos de la escultura, del diseño, de la
pintura, étera.
Como tú bien sabes, esa no
es la única vertiente importante del arte brasileño actual,
pero es una de las más significativas. Hoy el MAM posee una
de las colecciones más preciosas de este tipo de producción.
IH: En el área exterior
aledaña al Museo, el llamado Jardín de las Esculturas exhibe
con carácter permanente obras de renombrados artistas brasileños.
La implementación de este proyecto tuvo, entre sus objetivos,
facilitar la aproximación de un público más amplio a ciertos
ejemplares de la colección. ¿Qué consideraciones generales podrías apuntar
respecto a los propósitos y al alcance de este proyecto?
TC: Si mal no recuerdo,
la idea de un jardín de esculturas para el Museo de Arte Moderno
de São Paulo surgió a tono con la reforma hecha al edificio del
Museo por la arquitecta Lina Bo Bardi. Como tú sabes, la idea de Lina fue quebrar la pared
de concreto que separaba el Museo del Parque do Ibirapuera y sustituirla por una pared de vidrio, permitiendo
así, que el público del Parque pudiera observar las obras expuestas
en el interior del edificio sin entrar en él. La idea del Jardín
era, entonces, establecer una continuidad entre el interior
y el exterior del espacio.
Esa idea, extremadamente interesante
y repleta de utopía, no resistió las necesidades de la museografía
contemporánea. Hoy es inconcebible que las obras queden expuestas
y sometidas a la luz solar directa…
Y también –es preciso decirlo– la democratización del acceso al arte no se da, infelizmente,
con sólo colocar vidrio en las paredes de un museo… La
cuestión es mucho más compleja.
Pero regresando a tu pregunta,
el Jardín sólo fue realmente establecido a inicios de los años
noventa por el trabajo de la entonces curadora-jefe Maria Alicie
Milliet de Oliveira, que no midió
esfuerzos para reunir, las tres entonces principales edificaciones
de Niemeyer en el Parque Ibirapuera
–la Marquise (espacio del MAM), el edificio de la Bienal y la OCA– por medio de esculturas de artistas contemporáneos brasileños.
El trabajo resultó estéticamente
muy apreciable y las posteriores modificaciones del Jardín lo
tornaron aún más interesante. Sin embargo, creo que sería importante
desarrollar un trabajo más decisivo con la población frecuentadora
del Parque, en el sentido de crear una conciencia sobre la real
significación de aquellas piezas. El Museo debería poner énfasis
en una labor más específica con las esculturas allí expuestas
para que el público pueda admirarlas en su real integridad,
hecho que no ocurre, infelizmente.
Hoy es común ver a los visitantes
del Parque saltando sobre los trabajos, o transformándolos en
blanco para juegos con piedra…Tal situación demuestra, entonces,
que el acceso a la obra sin un trabajo intenso y continuo de
educación, conduce a que el público entienda las piezas de arte
como un equipamiento del parque que nada tiene que ver
con la cuestión artística…
IH: En el segundo
lustro de los años noventa se produjeron modificaciones en la
estructura del área técnica del Museo, a lo cual ya hacías mención
anteriormente. Se crean, por ejemplo, el cargo de curador-jefe
y también el Grupo de Estudios de Curaduría. ¿Podrías comentarnos
algo más acerca de la repercusión que tuvieron tales cambios
en lo concerniente al trabajo con la colección?
TC: La creación del
cargo de curador-jefe incidió en que la colección de arte del
Museo se convirtiera en la protagonista de la institución. ¿Debió
haber sido siempre así? Sí, mas hasta inicios de los años noventa
no lo fue. Hasta esa época (e incluso un poco después) la colección
era algo secundario del MAM que, en la práctica, funcionaba
como una gran galería pública. (En
realidad, el proyecto de Lina Bobardi,
cuando retiró la pared de concreto y colocó una pared de vidrio,
demostraba que el cuidado con la colección en sí, aún en los
años ochenta, simplemente no existía o era una cuestión menor).
Pero con el fortalecimiento de la figura del curador–jefe
del Museo, la colección fue priorizada, y nuevos caminos fueron
trazados para ella.
La creación del Grupo de Estudios de Curaduría, que congregaba jóvenes
estudiosos del área, apuntaba no sólo a discutir cuestiones
ligadas a problemas de la curaduría en general sino, sobre todo,
a señalar y discutir las cuestiones referentes a la colección
del Museo de Arte Moderno. Queríamos que ellos conocieran las
obras que allí estaban guardadas, que las estudiaran y que propusieran
caminos para su exhibición, para la ampliación de la colección,
étera.
Hoy, cuando veo a Felipe Chaimovich asumiendo el cargo de curador-jefe del MAM –Felipe,
que fue uno de los integrantes del Grupo–
creo que el objetivo fue cumplido. Felipe progresó bastante
en los trabajos que desarrolló junto al Grupo y después, también,
en actividades internas del MAM. Ahora él asume la curaduría.
Es ése el proceso que debe ser enfatizado: formar nuevos cuadros
profesionales o, como en el caso de Chaimovich,
crear condiciones para que ellos profundicen sus estudios.
IH: A inicios de
la presente década fue publicado un inventario riguroso de la
colección. ¿En qué medida esta publicación ha constituido un
instrumento eficaz para el estudio y la divulgación de sus fondos?,
¿cuántas piezas integran actualmente la colección del MAM?,
y algo más, Tadeu: ¿se tiene prevista
la reedición actualizada de este inventario?
TC: EL INVENTARIO,
al que tú te refieres, viene a ser una especie de “coronación”
del trabajo que desarrollé en el Museo como curador-jefe (entre
1996 y 2000). Allí quedó registrada toda la producción que el
Museo logró juntar hasta el 2000, convirtiéndose en un vehículo
fundamental para su divulgación y facilitando enormemente el trabajo de investigadores,
artistas y público en
general, que pudieron tener acceso al acervo de la institución.
Hoy, que el MAM posee poco más de 4 000 obras, se hace urgente
una reedición ampliada del INVENTARIO.
IH: El patrimonio
del MAM está integrado por colecciones diversas, las cuales
se distinguen en su mayoría por el nombre de la persona, familia
o institución donante: señalemos, por ejemplo, la Colección
Tamagni, la Colección Jornal O
Estado de São Paulo y la Colección
del Instituto Itaú Cultural, entre
otras. Sería improcedente pedir, en el breve espacio asignado
a esta entrevista, que te refieras a cada una
de ellas, pero no quisiera dejar de recibir tus comentarios
acerca de algunas de las colecciones que, a mi modo de ver,
revisten extraordinaria importancia dentro del conjunto desde
perspectivas diferentes, como por ejemplo, la Colección Núcleo Contemporáneo
y la Colección del Club de Coleccionistas de Grabado.
TC: En realidad,
son muy importantes dentro del acervo del Museo, las pequeñas
o medianas colecciones que en diversos momentos de la historia
de la institución fueron a ella donadas. Por ejemplo, la Colección
Carlo Tamagni es la célula primera de la nueva Colección que el
Museo comenzó a formar hacia finales de los sesenta.
La Colección del Club de Coleccionistas
de Grabado, por otro lado, se viene desarrollando hace poco
más de veinte años. Fue una propuesta que, inicialmente, unió
artistas y público para ayudar al Museo: los interesados pagaban
una pequeña cuantía mensual (que en los inicios contribuía a
mantener la institución) y cada dos meses recibían un grabado
hecho y donado por artistas. Eran seis grabados por año.
Con el tiempo, el Club ha pasado
a ser una tradición en São Paulo.
O sea, todo artista TIENE que
participar del Club. Bien administrada la mayor parte del tiempo,
esta Colección consiguió retratar de manera mucho más eficiente
el territorio de la gráfica brasileña en esas dos décadas, y
es un punto fundamental dentro de la Colección General del Museo.
Otras tres colecciones importantísimas
para la institución son
la Colección Paulo Figueiredo, la
Colección del Núcleo Contemporáneo y el reciente préstamo
de Jan Fjeld y Eduardo Brandão.
Paulo Figueiredo,
recientemente fallecido, fue director del Museo y dentro de
la significativa cantidad de obras que donó para el MAM figuran
decenas de obras de Mira Schendel y de otras importantes figuras del arte brasileño
contemporáneo.
La Colección Núcleo Contemporáneo
explica el papel emprendedor de un grupo de socios del Museo
que, bajo la orientación de la curaduría, compra obras de significativos
artistas contemporáneos locales (es importante recordar que
el MAM sólo colecciona obras de artistas brasileños). Por mediación
del Núcleo, entraron al Museo obras de Marepe, Vik Muniz
y otros importantes artistas de la escena contemporánea.
Por otra parte, es imposible olvidar la contribución inestimable
de la presidenta del Museo–Milú Villela –para el enriquecimiento de la colección. Por medio
de ella ingresaron al MAM obras fundamentales de Rosangela
Rennó, Helio Oiticica,
Caetano de Almeida, Leonora de Barros y otros importantes nombres
del arte brasileño contemporáneo, sin contar el fantástico conjunto
de piezas del modernista Oswaldo Goeldi
que Milú también donó al acervo, por
indicación de los curadores de la muestra MAM[NA]OCA, que todavía está en cartelera.
IH: Quisiera conocer,
por último, si el MAM ha diseñado una estrategia destinada a
facilitar la proyección nacional e internacional de la colección
a través de exposiciones itinerantes.
TC: El MAM desde
finales de los años noventa viene marcando su interés en divulgar
su acervo tanto en Brasil como en el exterior. Partes significativas
de la Colección ya fueron mostradas en Rio
de Janeiro, Belo Horizonte, Porte Alegre, Recife, en Ciudad México. Actualmente
el MAM exhibe una importante exposición de su colección de arte
contemporáneo en el Instituto Valenciano de Arte Moderno, en
Valencia, España.