El museo cerrado

IGNACIO VLEMING
Licenciado en Historia del Arte y en comunicación audiovisual. Actualmente trabaja como guionista y redactor.


Wifredo Lam, Cuando duermo yo sueño (fragmento), 1955

 

En el museo vacío. Eurídice aburría.
Teníamos todo el tiempo por delante.
Grandes extensiones de tiempo vacío.
Cristina Peri Rossi

Toda historia sucede en un tiempo y en un lugar. No hay historia, por mínima y escueta que sea, al margen de estos parámetros. Sería difícil hablar de algo si antes no se inscribe en un momento y en un espacio dado. Por esto, el tiempo y el espacio, salvo excepciones, contienen en potencia las historias que pueden transcurrir en ellos: la Inglaterra victoriana es casi un melodrama, y una calle de Chicago, el género policiaco. A esta asociación entre historia, tiempo y lugar, se le suele llamar cronotopo.  

Pero nosotros queremos hablar de otra cosa. Nos referimos a aquellos lugares que cuentan no una historia, sino muchas. Aquellos lugares que sustituyen al relato, que se hacen en sí mismos relatos. Hablamos del espacio como narración. 

Ruinas y museos 

Los primeros museos, los de finales del siglo xvii, son del tiempo de las primeras ruinas artificiales. Representan esa misma voluntad del hombre moderno: revivir la Historia. Aunque existe una clara diferencia entre el museo y la ruina, mientras el primero responde a un objetivo científico, la ordenación del tiempo, la segunda es expresión de la nostalgia. 

A diferencia de la ruina que se resiste al olvido, el museo hace del pasado un presente tan rotundo que la memoria no tiene lugar: no hay nostalgia en los museos, no debería haberla. El museo genera un presente continuo, aúna los siglos, hace converger los distintos estratos de la Historia.  

Sin embargo, la arquitectura de los museos se parece sorprendentemente a la ruina. El edificio de la pinacoteca, de la galería de arte, tiene las mismas columnas jónicas y corintias que el templo romano que permanece en el foro. Hay algo en la iconografía museográfica que relaciona inmediatamente el museo con la ruina. Y este algo es la Historia, y es la noción de monumento. 

Los museos son, por tanto, formas de entender la Historia, de ordenarla. Pero  además, a parte de esta perspectiva romántica, pertenecen a la actualidad y están inmersos en el mercado del arte.  

El mercado al servicio del museo 

Hoy, el gran mercado del arte: las ferias internacionales, las subastas, las galerías de arte contemporáneo, las revistas especializadas, la crítica etcétera… dirige todo su esfuerzo a llenar los museos. Vende, en su mayoría, obras y proyectos que pueden tener lugar, únicamente, en el museo, no en las casas, ni siquiera en las grandes mansiones, ni en muchos de los edificios institucionales.  

Por ejemplo, el arte conceptual, la expresión más rabiosa de la contemporaneidad, sólo cabe en la sala de exposiciones. Pese a su primera reacción antimuseística –no material– allá por los años sesenta, hoy en día se produce como una obra idónea a la musealización. No tiene lugar en otro sitio. Muy poca gente colgaría una instalación, o una acción plástica, en el recibidor.   

El mercado del arte, por lo tanto, está íntimamente ligado a la inauguración de nuevos museos y a la formación de colecciones privadas. Necesita, sin duda, de esta financiación, por parte pública o privada, para sobrevivir.    

El museo al servicio del mercado 

Por ello el museo cumple una función clara de mecenazgo; una función que antes había cumplido la Iglesia, la casa real o la nobleza. El museo representa, en suma, cierta independencia del sistema del arte. Una independencia que ha venido ganándose desde el siglo xviii.  

El museo también sostiene el mercado del arte. No habría mercado del arte sin los museos, porque estos (entendiendo las colecciones privadas también como museos) son los principales compradores. Los museos (nos referimos fundamentalmente a los públicos) vienen a activar un mercado que de otro modo no existiría.  

Lo correcto, llegado a este punto, sería preguntarnos quién tiene la sartén por el mango: ¿el museo o la galería?; ¿quién dicta la moda, las tendencias? Puede que ese mercado se haya constituido ahora en la más dogmática de las Academias. Es perturbador advertir que los valores en arte fluctúan como las acciones. El conceptual, por rescatar el mismo ejemplo de antes, es un acontecimiento especulativo muy similar a la bolsa.  

Las dificultades del mercado del arte 

No es inteligente tirar piedras sobre nuestro propio tejado. Tampoco lo tienen fácil los coleccionistas de arte, los museos y las galerías. No hablamos sólo de dinero público que corre a manos privadas; de museos nacionales y regionales que invierten en artistas de dudosa trayectoria profesional. También hablamos de galerías privadas y coleccionistas privados, que se enfrentan a unas condiciones fiscales no siempre beneficiosas. 

En España, las obras de arte no cuentan con el trato fiscal de los discos o los libros, y siguen con un 16% de IVA (Impuesto sobre  el Valor Añadido). El coleccionista debe declarar sus obras como patrimonio a partir de cierta valoración, a excepción de aquellas que sean consideradas Bienes de Interés Cultural.  

La donación de uno de estos Bienes de Interés Cultural obtiene sólo un 25% de deducción fiscal y un 35% para empresas, por lo que sería correcto preguntarnos otra vez quién tiene la sartén por el mango: ¿el museo o la galería?; ¿quién dicta la moda, las tendencias? Puede que ese mercado sobreviva tan sólo gracias a los excedentes de la economía. El arte, ya lo sabíamos, es un producto de lujo. 

¿Un museo para el presente?  

Decíamos que el museo hace del pasado un presente continuo, una concatenación de acontecimientos que se suceden en las salas. Sin embargo, el mercado del arte, esa otra fachada del museo, es algo absolutamente pegado al presente, a aquello que todavía no ha terminado de pasar. El mercado, como la moda, es un gerundio. Ante esto, ¿dónde queda su función científica, su relación con la Historia? ¿Sigue siendo el museo un espacio narrativo? 

Desde luego que el museo sigue siendo un espacio narrativo. Pero ahora, que vivimos al pie de la Historia, que somos capaces de narrar la Historia a tiempo real, en directo –nos referimos al periodismo– somos capaces de ordenar un museo del presente, de relatar en directo, la Historia del arte actual.  

El museo virtual 

Tal vez, y este es un laberinto del que seguramente tardemos mucho en salir, los nuevos tiempos, la contemporaneidad, esta Historia periodística, encuentre, o esté encontrando, algunos soportes más convenientes a su naturaleza que el museo. La arquitectura no puede registrar cambios tan rápidos. Tal vez, y esto queda aquí, sea la dimensión virtual la única capaz de anotar todos estos cambios. Por esto, defendamos el museo virtual, que tiene mucho que ver con ese museo imaginario del que hablan los historiadores y los críticos de arte.