En el museo vacío. Eurídice
aburría.
Teníamos todo el tiempo por delante.
Grandes extensiones de tiempo vacío.
Cristina Peri Rossi
Toda historia sucede en
un tiempo y en un lugar. No hay historia, por mínima y escueta que
sea, al margen de estos parámetros. Sería difícil hablar de algo
si antes no se inscribe en un momento y en un espacio dado. Por
esto, el tiempo y el espacio, salvo excepciones, contienen en potencia
las historias que pueden transcurrir en ellos: la Inglaterra victoriana
es casi un melodrama, y una calle de Chicago, el género policiaco.
A esta asociación entre historia, tiempo y lugar, se le suele llamar
cronotopo.
Pero nosotros queremos hablar de otra cosa. Nos
referimos a aquellos lugares que cuentan no una historia, sino muchas.
Aquellos lugares que sustituyen al relato, que se hacen en sí mismos
relatos. Hablamos del espacio como narración.
Ruinas y museos
Los primeros museos, los
de finales del siglo xvii, son del tiempo de las primeras ruinas
artificiales. Representan esa misma voluntad del hombre moderno:
revivir la
Historia. Aunque existe una clara diferencia entre
el museo y la ruina, mientras el primero responde a un objetivo
científico, la ordenación del tiempo, la segunda es expresión de
la nostalgia.
A diferencia de la ruina
que se resiste al olvido, el museo hace del pasado un presente tan
rotundo que la memoria no tiene lugar: no hay nostalgia en los museos,
no debería haberla. El museo genera un presente continuo, aúna los
siglos, hace converger los distintos estratos de la Historia.
Sin embargo, la arquitectura
de los museos se parece sorprendentemente a la
ruina. El edificio de la pinacoteca, de la galería
de arte, tiene las mismas columnas jónicas y corintias que el templo
romano que permanece en el foro. Hay algo en la iconografía museográfica
que relaciona inmediatamente el museo con la
ruina. Y este algo es la Historia, y es la noción
de monumento.
Los museos son, por tanto,
formas de entender la Historia, de ordenarla. Pero
además, a parte de esta perspectiva romántica, pertenecen
a la actualidad y están inmersos en el mercado del arte.
El mercado al servicio
del museo
Hoy, el gran mercado del
arte: las ferias internacionales, las subastas, las galerías de
arte contemporáneo, las revistas especializadas, la crítica etcétera…
dirige todo su esfuerzo a llenar los museos. Vende, en su mayoría,
obras y proyectos que pueden tener lugar, únicamente, en el museo,
no en las casas, ni siquiera en las grandes mansiones, ni en muchos
de los edificios institucionales.
Por ejemplo, el arte conceptual,
la expresión más rabiosa de la contemporaneidad, sólo cabe en la
sala de exposiciones. Pese a su primera reacción antimuseística
–no material– allá por los años sesenta, hoy en día se produce como
una obra idónea a la musealización. No tiene lugar en otro sitio. Muy
poca gente colgaría una instalación, o una acción plástica, en el
recibidor.
El mercado del arte, por
lo tanto, está íntimamente ligado a la inauguración de nuevos museos
y a la formación de colecciones privadas. Necesita, sin duda, de
esta financiación, por parte pública o privada, para sobrevivir.
El museo al servicio
del mercado
Por ello el museo cumple
una función clara de mecenazgo; una función que antes había cumplido
la Iglesia, la casa real o la nobleza. El museo representa,
en suma, cierta independencia del sistema del arte. Una independencia
que ha venido ganándose desde el siglo xviii.
El museo también sostiene
el mercado del arte. No habría mercado del arte sin los museos,
porque estos (entendiendo las colecciones privadas también como
museos) son los principales compradores. Los museos (nos referimos
fundamentalmente a los públicos) vienen a activar un mercado que
de otro modo no existiría.
Lo correcto, llegado a este
punto, sería preguntarnos quién tiene la sartén por el mango: ¿el
museo o la galería?; ¿quién dicta la moda, las tendencias? Puede
que ese mercado se haya constituido ahora en la más dogmática de
las Academias. Es perturbador advertir que los valores en arte fluctúan
como las acciones. El conceptual, por rescatar el mismo ejemplo
de antes, es un acontecimiento especulativo muy similar a la bolsa.
Las dificultades del
mercado del arte
No es inteligente tirar
piedras sobre nuestro propio tejado. Tampoco lo tienen fácil los
coleccionistas de arte, los museos y las galerías. No hablamos sólo
de dinero público que corre a manos privadas; de museos nacionales
y regionales que invierten en artistas de dudosa trayectoria profesional.
También hablamos de galerías privadas y coleccionistas privados,
que se enfrentan a unas condiciones fiscales no siempre beneficiosas.
En España, las obras de
arte no cuentan con el trato fiscal de los discos o los libros,
y siguen con un 16% de IVA (Impuesto sobre el Valor Añadido). El coleccionista debe declarar
sus obras como patrimonio a partir de cierta valoración, a excepción
de aquellas que sean consideradas Bienes de Interés Cultural.
La donación de uno de estos
Bienes de Interés Cultural obtiene sólo un 25% de deducción fiscal
y un 35% para empresas, por lo que sería correcto preguntarnos otra
vez quién tiene la sartén por el mango: ¿el museo o la galería?;
¿quién dicta la moda, las tendencias? Puede que ese mercado sobreviva
tan sólo gracias a los excedentes de la economía. El
arte, ya lo sabíamos, es un producto de lujo.
¿Un museo para el presente?
Decíamos que el museo hace
del pasado un presente continuo, una concatenación de acontecimientos
que se suceden en las salas. Sin embargo, el mercado del arte, esa
otra fachada del museo, es algo absolutamente pegado al presente,
a aquello que todavía no ha terminado de pasar. El mercado, como
la moda, es un gerundio. Ante esto, ¿dónde queda su función científica,
su relación con la Historia? ¿Sigue siendo el museo un espacio narrativo?
Desde luego que el museo
sigue siendo un espacio narrativo. Pero ahora, que vivimos al pie
de la Historia, que somos capaces de narrar la Historia a tiempo
real, en directo –nos referimos al periodismo– somos capaces de
ordenar un museo del presente, de relatar en directo, la Historia
del arte actual.
El museo virtual
Tal vez, y este es un laberinto
del que seguramente tardemos mucho en salir, los nuevos tiempos,
la contemporaneidad, esta Historia periodística, encuentre, o esté
encontrando, algunos soportes más convenientes a su naturaleza que
el museo. La arquitectura no puede registrar cambios tan rápidos.
Tal vez, y esto queda aquí, sea la dimensión virtual la única capaz
de anotar todos estos cambios. Por esto, defendamos el museo virtual,
que tiene mucho que ver con ese museo imaginario del que hablan
los historiadores y los críticos de arte.