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DRA. OLGA MARÍA
RODRÍGUEZ BOLUFÉ |
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| Laura Anderson Barbata, Santos y Profetas (fragmento), 1995 |
La exposición
estuvo auspiciada por el Consejo Nacional para la Cultura y las
Artes, a través del Instituto Nacional de Bellas Artes de México
y abarcó ocho salas del museo ubicadas en los tres niveles del
edificio que a su vez representaron ocho núcleos temáticos, de
hecho, “cada espacio fue concebido como una exposición autónoma
aunque complementaria”.
[1]
Se procuró ofrecer un panorama de la colección
venezolana, a la par que ir desplegando una visión de las tendencias
más destacadas del arte latinoamericano del siglo xx,
con énfasis en los lenguajes abstractos. La Colección
Cisneros fue fundada por Patricia Phelps de Cisneros, quien a
partir de 1970 se inició como coleccionista, formando en primer
lugar un conjunto de obras de arte cinético venezolano, que más
tarde se ampliaría hacia la abstracción geométrica latinoamericana,
específicamente de Brasil, Argentina y Uruguay. De esta forma,
la colección fue incrementando su acervo y configurando “[…] una
red de colecciones que incluye un magnífico conjunto etnográfico
de los pueblos indígenas del Amazonas venezolano, un acervo de
arte colonial, un considerable núcleo titulado Paisaje
de las Américas, y el no menos significativo corpus
de arte contemporáneo latinoamericano”.
[2]
Esta emblemática
colección ha venido funcionando desde 1994, con la participación
de numerosos curadores e investigadores que han contribuido a
su proyección internacional. Su misión fundamental es “[…] coleccionar,
preservar, estudiar y exhibir las obras de arte y los archivos
de la colección, compuesta en su mayor parte, por obras de arte
moderno y contemporáneo, con énfasis en el arte latinoamericano”.
[3]
Al mismo tiempo, promueve la apreciación del
arte latinoamericano por medio de exposiciones itinerantes, un
programa de préstamo de obras, publicaciones, programas de educación
en las artes y acceso a internet.
[4]
El curador
de la exposición y de La primera
muestra que recibía al espectador en la Sala “Justino Fernández”
ubicada en la planta baja del Museo del Palacio de Bellas Artes,
llevó por título Lugares I. Invención del Paisaje, haciendo
alusión a uno de los grandes temas de la pintura en Latinoamérica,
impulsado sobre todo por los pintores viajeros que llegaban al
continente americano con el deseo de descubrir nuevos lugares,
objetos y seres exóticos, con su mirada siempre distanciada del
otro. Era la sección que contaba con la obra más antigua de la
muestra (un paisaje de la Conquista que data de 1874) y se ocupó
de explorar la visión y conformación del paisaje latinoamericano
desde finales del siglo xix hasta llegar al más reciente de 2004
con una gran variedad de técnicas y estilos. El más destacado
artista extranjero era Camille Pissarro, uno de los fundadores
del impresionismo que más influyó en Latinoamérica. De esta forma,
se iniciaba un diálogo entre pinturas del siglo xix que plasman paisajes idealizados del continente americano
en contraposición con obras de artistas del siglo xx que muestran una visión propia de lo que ha significado América
Latina en la historia de Occidente, a través de su propia experiencia
como habitantes del continente americano y en específico de Latinoamérica.
Una de las obras más innovadoras en esta tema fue la propuesta
del argentino Guillermo Kuitca, Sin
título de 1992, óleo sobre colchón, lo cual apunta hacia un
cuestionamiento de los materiales y soportes tradicionales de
En la segunda
sala de la planta baja del museo, se localizó la continuación
del tema “lugares” con el título de Lugares
II. Urbes. Se exhibieron representaciones más contemporáneas
que tratan el problema de la identidad vinculado con las grandes
ciudades del mundo, en las que pareciera que se va perdiendo cada
vez más el sentido de pertenencia y de identificación con las
mismas. A través de fotografías, una instalación con un colchón
y una proyección en video del artista mexicano Carlos Amorales,
se intentaba recrear la vida en las grandes urbes latinoamericanas,
donde el ser humano se despersonifica frecuentemente, en medio
de enormes edificios residenciales y de oficinas que invaden todo.
Otros artistas representados en esta sala fueron Luis Molina Pantin,
José Gabriel Fernández (Venezuela), Jorge Macchi (Argentina),
Melanie Smith (México), junto a creadores internacionales como
Michael Wesely, Thomas Struth, Andreas Grusky (Alemania) e Hiroshi
Sugimoto (Japón). A lo largo
de las dos salas del primer nivel ( Se mostraron
obras del grupo argentino Madí, los movimientos concreto y neoconcreto
de Brasil, así como del cinetismo venezolano, titulándose las
salas Abstracciones y Aperturas respectivamente. También se incluyeron las de representantes
de la abstracción en México (Mathias Goeritz, Gunther Gerzo),
así como un móvil de Alexander Calder, artista estadounidense.
Uno de los representantes de Madí fue Gyula Kosice, de quien se
mostró una escultura móvil articulada que invitaba al espectador
a manipular sus formas y a jugar con ella. También se encontraba
una obra de Tomás Maldonado (representante del grupo Arte-Concreto
Invención), titulada Desarrollo
del triángulo (1951), composición a base de líneas y colores
en ángulos que remiten a progresiones triangulares; el resultado
es un cuadro estructurado, a diferencia de la pieza de Raúl Lozza,
titulada Relief (1945) que consiste en cuatro figuras polimorfas planas, cada
una de un color distinto, unidas en círculo por un cordón negro,
que se empeñan en negar el marco, en jugar con las formas otorgándole
al espacio un papel protagónico, soportando y armando la pieza,
cuales fragmentos articulados que le impregnan una especial expresividad. El movimiento
neoconcreto en Brasil estuvo representado en la exposición por
Lygia Clark y Hélio Oiticica. Cabe mencionar que el neoconcretismo
“[…] negaba la validez de las actitudes cientificistas y positivistas
en arte, disponiéndose a replantear el problema de la expresión,
es decir, de la emotividad, y a crear un nuevo espacio expresivo”.
[5]
Se mostraron dos obras de Clark, la primera
fue una de sus famosas esculturas conocidas como Bichos, donde se plantea la necesidad de
un diálogo entre el artista y el espectador con la participación
sensorial por medio de la contemplación total de la obra en el
espacio, concibiendo así el goce estético como una actividad,
y la propuesta artística como un organismo vivo que interactúa
en el espacio con el espectador. La segunda obra, O dentro é o fora, muestra el movimiento
infinito en los objetos invitando al espectador a reflexionar
y a investigarlo por sí mismo, rodeando la obra y apreciando un
ciclo infinito de movimientos. Las piezas están realizadas con
láminas de aluminio y las partes de cada una de las formas geométricas
están conectadas por articulaciones que las hacen manipulables
para el espectador con un movimiento interconectado que las sustenta. Hélio Oiticica,
por su parte, expuso uno de sus Parangolés,
en De esta época
la colección cuenta también con obras de Lygia Pape, Mira Schendel
(Brasil), Imi Knoebel (Alemania), Vicente Rojo (México), entre
otras figuras destacadas. En consecuencia, se trató de una sala
donde proliferaron las esculturas, instalaciones, nuevas tendencias
artísticas que le aportan vitalidad a la colección en el abordaje
de esa época en América Latina. En cuanto al
cinetismo venezolano, estuvo representado por Alejandro Otero,
Jesús Soto y Carlos Cruz-Diez, artistas que tienen en común el
haberse formado en Europa, para después regresar a Venezuela para
modernizar la cultura, el arte y sobre todo, los espacios urbanos.
Todos exploran las posibilidades de los juegos ópticos en la retina
del espectador, por lo que al igual que el neoconcretismo brasileño,
requieren de su participación activa para completar su obra. Ejemplo de
lo anterior son los famosos Penetrables
de Jesús Soto, que constan de una estructura horizontal que sostiene
varios hilos de nylon
que caen hasta el piso, dando la sensación de ser una cortina
continua, la cual se puede traspasar a lo largo y ancho de Carlos Cruz-Diez,
por su parte, toma en cuenta la participación del espectador,
al completar las obras gracias a la ilusión que se crea en la
retina a partir del juego de colores y de formas geométricas que
se presentan en las obras. Sus Fisiocromías de 1970 son un ejemplo de
esta especial relación con el observador a partir de distintas
investigaciones previas. Sus obras son de grandes formatos bidimensionales
de los que sobresalen delgadas varas cuadradas que en cada uno
de sus lados pinta colores variados, por lo que juega con la percepción
y con la teoría del color, siendo fundamental el desplazamiento
del espectador para su completo disfrute. En el segundo
nivel se presentaron en la Sala “José Clemente Orozco” obras que
hacían alusión a la búsqueda de identidades en las raíces ancestrales
o en otros aspectos de la historia, presentándose un diálogo entre
artistas modernos, como el cubano Wifredo Lam y el venezolano
Francisco Narváez con su Pelea de gallos. La exposición se desbordó
y extendió fuera de los límites de las salas en dos ocasiones:
la primera en el pasillo del segundo piso donde se agruparon las
obras del grupo “Los Carpinteros” de Cuba; la segunda ocasión
fue con la ubicación en la cafetería de la obra del mexicano Gabriel
Kuri (Superama, 2003). En la Sala
“Jorge González Camarena” del tercer piso se exhibieron un conjunto
de obras de artistas contemporáneos bajo el título de Accidentes,
representativas del arte conceptual. Se mostraron piezas desde
los años cincuenta hasta el 2000, sin perder el vínculo del diálogo
con las tendencias abstractas. Una pieza de gran interés fue Pintura
empacada, de Por otro lado,
en la Sala “David Alfaro Siqueiros” se exhibió Por último,
en la Sala “Rufino Tamayo” se presentó la obra de Gego (nombre
artístico de Gertrude Goldschmidt), artista alemana que adquirió
la nacionalidad venezolana en 1952. Gego se formó como artista
de tendencia constructiva en el ambiente de Caracas, al calor
del neoplasticismo que se expandió rápidamente en la década del
cincuenta. Su muestra se tituló Gego.
Íntima y universal, exhibiéndose estructuras de alambre de
acero inoxidable que parten de formas geométricas llamadas por
la artista reticuláreas, y de las cuales se van desplegando figuras cada vez
más complejas en el aire, dando la sensación de ligereza a través
de múltiples redes que parecen sostenerse solas en el espacio.
La inspiración de sus esculturas proviene de las retículas que
se forman en el mundo orgánico y, debido a su misma cualidad,
pareciera que le da vida a los materiales que utiliza (alambres
e hilos). La artista se empeña en desmaterializar de manera gráfica
una estructura reticular construida casi siempre con módulos metálicos.
La obra, en consecuencia, produce un símil de crecimiento orgánico,
parecida al de un follaje; gran austeridad de medios y líneas
esenciales para lograr la transición de lo visual a lo táctil
en una ingeniosa intención desmaterializadora. El concepto
curatorial implicó una red de relaciones complejas a partir de
las cuales se vincularon los países latinoamericanos entre sí,
abriéndose al mismo tiempo, al mundo en general: “Gran
parte del interés que tiene Se trató de
un fecundo cruce de miradas que encontró en el célebre museo del
Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México, un espacio idóneo
para las confluencias de tiempos pasados y presentes, de voluntades
y añoranzas, de poéticas y empeños por reencontrarnos una vez
más, en la historia artística de Latinoamérica y del mundo.
[1]
Ariel Jiménez, Cruce
de Miradas. Visiones de América Latina. Colección Patricia Phelps
Cisneros, México: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes,
Museo del Palacio de Bellas Artes, Fundación Cisneros. Distribuido
por Landucci, S.A. de C.V., 2006, p. 32.
[2]
Ídem.
[3]
www.coleccioncisneros.org/home.asp
[4]
Ariel Jiménez, op. cit., p. 32.
[5]
Roberto Puntual, “El arte en el Brasil (1950-1980). De
lo moderno a lo postmoderno”. Arte moderno en América Latina,
España, TAURUS, 1985, p. 285.
[7]
Alfredo Boulton, “Artes visuales en Venezuela (1890-1950)”,
Arte moderno en América Latina, España: TAURUS, 1985, p. 206.
[8] Ariel Jiménez, op. cit., p. 27
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