Arte Popular en Las Villas

AURORA DÍAZ
Licenciada en Historia del Arte


Samuel Feijó - Dibujo (fragmento) -1984

 

La primera vez que escuché hablar de Samuel Feijóo y el Movimiento de Pintores y Dibujantes Populares de Las Villas [1] fue en una exposición del Séptimo Salón Territorial de Arte Popular inaugurado en marzo de 2001 en Santa Clara. Para mayor suerte, en mi visita a esta ciudad, pude asistir a dos exposiciones personales de artistas miembros del grupo, una de Alberto Anido y otra de Myriam Dorta. Pero el encuentro con Roberto Ávalos, crítico e investigador, propició mi interés definitivo sobre este original fenómeno cultural que no se resalta en la historia de las artes plásticas cubanas.

A inicios de la década del cuarenta, Samuel Feijóo logró nuclear personas de diversa procedencia social, con escasa o nula instrucción artística, para realizar un proyecto cultural que alcanzó repercusión nacional e internacional en su prolongada existencia hasta principio de los años ochenta. Su figura, personalidad e intelecto, marcaron las directrices principales del Movimiento, como guía y mentor, denominándolo al final de su existencia Grupo Signos, por la impronta que tuvo para su desarrollo la revista Signos (1969). De carácter regional y popular, sus obras y la propia dinámica de creación, trascendieron el espíritu que las originó para convertirse en legados de la región de Las Villas y de Santa Clara como capital.  

Sería difícil clasificar la obra de Samuel Feijóo, pues él mismo auguró para los estudiosos, que jamás podría ser definida ni fichada. [2] Quizás por ello no se ha publicado todavía un amplio texto biográfico, además de que ha quedado incompleta su autobiografía El sensible Zarapico. Esta personalidad de la cultura cubana del siglo XX, lamentablemente no tiene hoy un espacio de reconocimiento para las nuevas generaciones. Entre los intelectuales, suele citarse como un extraño poeta Villarejo, pero fue más: novelista, ensayista, traductor, periodista, fotógrafo, editor, pintor, caricaturista, folklorista, promotor.  

Las últimas dos incursiones mencionadas son las más desconocidas dentro de su vasta vida intelectual y tal vez su mayor aporte. Fue un incansable investigador y compilador de la cultura popular. Se interesó por cuentos, décimas, refranes, adivinanzas, oraciones religiosas, cosmogonías, y demás creaciones del folklore cubano que para muchos pasan inadvertidas. Aunque su radio de acción estuvo siempre alrededor de las ciudades de Cienfuegos y Santa Clara, el campo y los campesinos de toda Cuba fueron sus inagotables fuentes de inspiración. 

En 1935, se estableció por un largo tiempo en Cienfuegos, ciudad sureña, donde se decidió la gestación del Movimiento de Pintores y Dibujantes Populares de Las Villas. En 1938, ya instalado en el mundo cultural, Samuel Feijóo conoció al escultor Mateo Torriente, que había regresado a su ciudad natal ese mismo año después de una exitosa beca en la Escuela Libre de Arte La Grand Chaumiere en París. La Dirección de Cultura le auspició a Torriente una exposición y allí entablaron una amistad que marcó la labor artística de ambos. 

En aquella exposición, Feijóo le comentó al escultor cienfueguero la necesidad de mostrar la belleza de nuestro campo, como lo hacían naturales poetas repentistas y sin ninguna influencia europea. Acerca de ese momento comentó: “decidimos trabajar juntos, tras el mismo empeño. Él, con sus cinceles, sus yesos, sus terracotas. Yo: con pluma que escribía versos y prosas y ejecutaba dibujos marañosos, y pincel que pintorreaba [sic] lienzos con paisajes de la fantasía del campo y el cielo criollo.” [3]  

Entonces decidieron constituir, en la casa de Torriente, un taller de creación con el nombre de Academia del Bejuco. Este fue el primer paso para la conformación de una estética inspirada en la vegetación insular. Como poética del canto a la naturaleza cubana, la fauna autóctona y el paisaje fueron fuentes para los apuntes tomados durante los viajes al campo, siguiendo la línea de la naturaleza y su estilo antillano. En el humilde estudio de Torriente se reunieron artistas e intelectuales para escuchar música, hablar de literatura, pero sobre todo, crear. Allí surgieron proyectos culturales, poemas, esculturas, dibujos, todos imbuidos en el deseo de transformar y comunicar un verdadero estilo cubano. La fecha de este taller libre, de tantas que apunta Feijóo, pudiera ser de 1940 a 1945, localizada en el número 23 de la revista Islas de 1966, en “Breve historiografía del Movimiento”. Como memoria del quehacer de estos jóvenes cienfuegueros quedó una revista: Ateje (1947). Por los escasos recursos con que contó solo tuvo dos números, donde cada colaborador se costeó su página. El primero, dedicado al cuento criollo e ilustrado por Benjamín Duarte; el segundo, recreado con dibujos de Samuel Feijóo, y como tema la palma real. 

Benjamín Duarte fue uno de los interesados en colaborar con los proyectos culturales de Feijóo y Torriente. Samuel lo conoció en Caonao, su pueblo natal, en 1939. Era tenedor de libros, pero se había graduado en la Escuela Normal para Maestros de Santa Clara hacia finales de la década del veinte. Feijóo lo clasificó como un pintor de poesía, de una imaginación y estilo muy singulares. Entre todos los dibujantes populares que promocionó el insigne folklorista, Duarte siempre tuvo un lugar especial hasta el punto de compararlo con la vanguardia cubana. 

En su primer intento de validar lo popular, a través de la figura de Duarte, Feijóo publicó en su libro La alcancía del artesano el siguiente concepto:

Pintura antillana. _ Es la “escuela” de Haití y sus negros pintores, Lam Laborioso, las fantasías lineales de Portocarrero, el reornado vitral de Amelia, el extraño Benjamín Duarte pintando oculto un mundo de elfos antillanos, misteriosos y únicos, el devenir de todo eso, con pureza girante: las formas del aire, la metafísica de la niebla, el contorno irreal de los cueros de la bestia, los cuerpos de la noche marina, cuando, ya anciana, quiere morir frente al inmenso acantilado de rocas bermejas, leguas y leguas de gigantescas piedras erizadas, coronadas de palmas lánguidas. [4]

Más allá de la idea de lo antillano o caribeño, los une la búsqueda de una identidad nacional. El gusto por la forma y el ornamento, la manera espontánea y libre de la creación, caracterizan las obras de estos artistas. Feijóo no solo intenta emparentar lo culto de la Escuela de la Habana y lo popular de un artista no reconocido como Duarte, sino que trata de redimensionar cuestiones importantes para la cultura cubana, por ejemplo, los debates tradición-modernidad y centro-periferia. 

En 1960 publicó un nuevo texto donde promocionó a cuatro dibujantes. Fantasía del dibujo popular no solo fue importante por la publicación de sui generis creaciones, sino por iniciar la idea de agrupar estos artistas sobre la base de la fantasía de cuatro autodidactos. 

Se editaron los dibujos de Benjamín Duarte, Horacio Leyva, Ángel Hernández e Isabel Castellanos. Duarte poseía casi el curriculum de un artista profesional, con varias exposiciones en los años cincuenta en galerías de la ciudad de Cienfuegos. Había expuesto en La Habana, en la galería La Rampa, en 1954. Y ese mismo año, visitó el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Pero la presentación en el libro omitió estos detalles. Por esto se pone en duda las intenciones que pudo haber tenido Feijóo al presentarlos como simples hombres y mujeres de campo.

Horacio Leyva, por su parte, era un colono cañero que comenzó a dibujar a los cuarenta y cinco años. Conoció a Feijóo cuando viajó a Cienfuegos de vacaciones, y este le motivó a reflejar la plasticidad de la naturaleza sureña. Isabel Castellanos, esposa de Samuel, se integró porque también poseía la sensibilidad casi infantil que Feijóo exigía de sus ¨alumnos¨. Ángel Hernández era un negro zapatero que gustaba de componer versos y filosofar. Como dijera Feijóo, “sus extraños, poderosos dibujos responden a una fantasía muchas veces angustiosa, de volante designio y humana fianza”. [5]  

En Fantasía... el promotor de estos artistas fijó las pautas para la caracterización del arte popular como creación genuina del pueblo. Desde su posición antiacadémica describió: 

En los murales de las casas de montaña, o en las chozas por las costas, en los dibujos o diseños de los campesinos y poblanos no dañados por el contacto de las artes académicas, oficiales, publicitarias, o por los modos epocales ya en su tope tantas veces mal mañoso, cercano al cliché y al fraude, se alcanza muy abiertamente esta copiosa conquista de nuestro pueblo. [6]  

Esta idea fue reiterada un año más tarde en una exposición que dio a conocer en el centro, la capital del país, un movimiento popular de la periferia. Surgida casi al azar y motivada por María Elena Jubrías –la primera curadora del Movimiento cuando atendía el Departamento de Arte de la Biblioteca Nacional José Martí–, la muestra colectiva se inauguró durante el Primer Congreso Nacional de Escritores y Artistas, el 19 de agosto de 1961, bajo el nombre de Pintores Populares de Las Villas.  

Por primera vez se presentaron en La Habana como grupo, en un proyecto único que Samuel Feijóo utilizó para la ocasión y que devino en el singular movimiento popular del centro del país. Se reunieron en una misma idea expositiva los cienfuegueros Benjamín Duarte, Antonia Hernández (Ñika), Isabel Castellanos, Ángel Hernández, Horacio Leyva, Juan Vada y los santaclareños José Seoane Gallo y Panchita Alemán. Pintores Populares de Las Villas fundía el fenómeno cultural que se había gestado veinte años antes en Cienfuegos a un proyecto similar desarrollado en Santa Clara por Seoane Gallo desde finales de los años cincuenta. En este caso, Feijóo actuó, no como pintor, sino como promotor de una parte del Movimiento de Pintores y Dibujantes Populares de Las Villas que con la exposición fraguó definitivamente.  

La exhibición puede catalogarse como el ensayo teórico feijoseano de la conjunción de dos vertientes artísticas, que hasta ese momento solo se conocían en el interior del país, pero cada una en su ciudad de origen. Las palabras del catálogo firmadas por Feijóo en esta exposición quedaron como testigo de su interés al mostrar –en un centro cultural legitimado– a estos artistas llamándolos “naturales”: 

Todo pueblo tiene sus variados artistas naturales. Cuba posee una rica expresión musical popular, su mayor raíz artística hasta hoy. Posee sus maravillosos trovadores, decimistas de legítima ley. Y también su fantástica pintura popular. En nuestras excursiones por valle y montaña nos hemos topado muchas veces con sus cuadros y sus murales. A algunos hemos fotografiado, o filmado en colores. Hemos visto los bohíos ornamentados con rombos morados y azules. La expresión plástica, como en todo pueblo legítimo, es vivaz y recia en nosotros. [7]  

Sin dudas, Feijóo reitera, aunque en plural por modestia, su tutoría sobre los de Cienfuegos. Pero no explica el origen de Seoane Gallo como artista, solo apunta que sus dibujos poseen “modos originales, libres de las frenéticas influencias de una copiosa cultura plástica, estética”. [8] A Panchita Alemán no la menciona en el catálogo, por razones de tiempo no fue incluida, sin embargo Seoane la invitó a la exposición. Tampoco aclara que estos dos últimos pertenecen a un proyecto diferente –que él no descubrió ni desarrolló, pero sí se apropió con los años–, y mezcla con sabia intención a todos por una semejante manera de dibujar. 

Lo más interesante de sus palabras no es la caracterización de un arte popular de Las Villas, que en aquel tiempo incluía a las actuales provincias centrales, sino la justificación de este arte asentado sobre una tradición, posición que había defendido con anterioridad en su libro Fantasía del dibujo popular. Sin embargo, como todo folklorista, hizo un alegato al arte popular, visto quizás como creaciones menores de artistas no profesionales de provincia. Defendió una producción del pueblo, autodidacta, que hasta los años sesenta se había mantenido retirada hacia el interior del país. Habitaba en él un deseo de expandir sus experiencias como “descubridor” de un fenómeno regional. 

A más de cuarenta años de su inauguración, Pintores populares de Las Villas resulta un fenómeno interesante desde la promoción y recepción artística en el ambiente propicio: a raíz de “Palabras a los intelectuales”, [9] la política cultural se planteó a favor de la creación del pueblo y para él, defendiendo una libertad de expresión dentro de los presupuestos revolucionarios. Este suceso cultural periférico supo insertarse en el circuito institucional de la capital, gracias a la labor promocional de Feijóo, a pesar de que en aquel momento no alcanzó la repercusión merecida y hoy, prácticamente, no se recoja en la historia del arte cubano.  

En septiembre de 1962, salió a la luz el libro que denominó esta entretejida historia. Pintores y dibujantes populares de Las Villas es el resumen del proyecto que se gestó espontáneo en el taller de Mateo Torriente a fines de la década del treinta. Reunidos están en sus páginas, con selección y prólogo de Feijóo, los artistas de Cienfuegos junto a los santaclareños tutoreados por Seoane, conformándose entonces el verdadero movimiento.  

El texto reitera la idea de que los “pintores del pueblo” no son copiadores de nadie, ni imitadores, ni seguidores de escuelas y que solo reflejan inocentemente sus fantasías, sus mitos y sus paisajes. Así mismo, caracteriza la creación popular como inocente e incontaminada, libre de los “daños” de otras artes. Este sentimiento paternalista de Feijóo protegió a los creadores del bullicioso mundo del arte pues controlaba las exposiciones, la promoción y la comercialización de las obras. En las presentaciones, solo especificaba el lugar de origen, a veces la edad, y los oficios o profesiones, sin señalar si creaban antes o después de conocerlo. Además, él frecuentaba a los artistas, como Seoane lo hizo en su momento, y limitaba la libertad de creación cuando les sugería los temas y hasta titulaba las obras.  

Resulta interesante destacar que la recepción del Movimiento siempre fue reproducida en los circuitos de intelectuales y artistas de vanguardia, y aún más en el extranjero. Por solo citar un ejemplo, el libro Pintores y dibujantes... impactó en centros tan importantes como París. En la edición número cinco de L’Breche, revista de acción surrealista dirigida por André Breton, de octubre de 1963, José Pierre publicó un artículo refiriéndose a algunos artistas de Las Villas como Duarte y Anido. [10]  

El grupo encabezado por José Seoane Gallo, surgió cuando este estudiaba agronomía en la Universidad Central de Las Villas. Quizás motivado por la obra de la vanguardia cubana, en especial la de René Portocarrero, decidió crear un imaginario personal a finales de los años cincuenta. Pero recreó la idea del imaginario con personas de diferentes estratos sociales que no tuvieran cultura plástica ni humanística en general. Se valió en su “experimento” de la gente que le rodeaba, –universitarios de clase media, habitantes de un solar, una costurera– y los puso a dibujar primero y a pintar después. Al respecto, él mismo declaró: “No había intención de obtener de ninguno de ellos algo que se pareciera a un cuadro o a un dibujo. Después es que yo veo que ellos son originales y yo no, dejo entonces a un lado mi propia pintura y decido dedicarme a ellos. [11]  

Por un lado, Seoane estimulaba a los amigos Alberto Anido y Armando Blanco, cada uno con sus inquietudes míticas, intelectuales universitarios ávidos de aventuras. Por otro, buscaba gente de pueblo como Donatila y Zoraida en el solar de La Comercial, muy cerca de la tintorería de su padre. Independientes, estos dos pequeños grupos trabajaban por encargo, con temas seleccionados por su tutor, quizás sin ninguna influencia, pero con sospechoso conocimiento sobre las vanguardias del arte moderno. 

A todos los unía el deseo de desbordar la fantasía y la creatividad escondida tras disímiles oficios o profesiones, con la frase común de “píntame un bicho”. A cada uno se les pidió cosas diferentes para lograr un amplio repertorio de formas. En menos de un año, para sorpresa del mismo Seoane, cada uno de los dibujantes alcanzó un estilo. 

Resulta interesante señalar algunas diferencias generales en cuanto a la creación entre los pintores de Santa Clara con los artistas de Cienfuegos tutoreados por Samuel Feijóo, que coexisten, aproximadamente, desde 1957 a 1962.  

Bajo la égida de Seoane, los santaclareños desarrollaron un trabajo más plástico. A diferencia de los cienfuegueros, experimentaron con el uso del color, no solo logrado por las técnicas mixtas de tinta, acuarela y lápices de colores; sino también en el gesto de la mancha, los amplios planos de colores, la superposición y hasta las transparencias. Con un formato mediano, donde priman los elementos antropomórficos, la mayoría de las obras tienen varias figuras centrales sobre un fondo trabajado a color, y en algunos casos el horror al vacío no deja distinguir la compleja relación fondo-figura. Los temas son  mitológicos, quizás fabulados a partir de libros o leyendas populares de la ciudad de Santa Clara. Pero la ornamentación es un tema en sí mismo, y en algunas obras resulta abstracta. Los sureños, en cambio, creaban a manera de viñetas al pedido de su folklorista –solo Duarte tenía intenciones de lograr un producto más acabado–, basados en el dibujo a tinta sin experimentar otras técnicas, ligados a un tema, anecdótico y narrativo, que destaca la ruralidad y el paisaje natural como fuentes inspiradoras. Los ornamentos, elementos fitomórficos, complementan la figuración con objetivos realistas. 

Tal vez Seoane conoció del proyecto cienfueguero en la Universidad Central, donde desde 1958, Feijóo dirigía el Departamento de Investigaciones Folklóricas, había publicado La alcancía del artesano y editaba la revista Islas. Quizás por conflictos internos, incomprensiones o desuniones, la idea inicial del imaginario plástico muere en una inadvertida exposición: Bichos. En febrero de 1962, Seoane expuso los trabajos de los santaclareños en la sede provincial del Consejo Nacional de Cultura  –hoy Casa de Cultura “Juan Marinello”–, de Santa Clara. Dejaron de existir como grupo, si es que alguna vez lo fueron, por la poca unidad entre los creadores. Muchos dejaron de crear para Seoane, solo quedaba Alberto Anido, un pintor ocasional como él mismo se define. Más tarde su gestor marchó a La Habana, y dejó el camino libre a Samuel Feijóo, quien volvió a actuar como descubridor, aglutinador y promotor de “artistas naturales”. 

Ese mismo año, Feijóo publicó su libro Segunda alcancía del artesano, donde describe el desarrollo de la Escuela –Taller de Cienfuegos. Marcado por la impronta del proceso revolucionario y las históricas “Palabras a los intelectuales”, Feijóo asumió que el arte es del pueblo y para el pueblo. Durante dos años se llevó a cabo el experimento de la Escuela-Taller, instituida sobre la libertad creativa e imaginativa. Las obras de terracota, dibujos y grabados que han sido alabadas por prestigiosos artistas e intelectuales como Robert Altmann, Jean Dubuffet, Roberto Matta y André Breton se inspiraron en el folklore villareño y la naturaleza sureña.  

Entre las características más sobresalientes del Movimiento de Pintores y Dibujantes Populares de Las Villas se puede apreciar la rica variedad temática de las obras, donde la fantasía constituye el ingrediente inapreciable que convierte los temas en genuinos valores culturales de la región. El dibujo como su principal modo de expresión, se desarrolló hasta la exquisitez formal de inigualable analogía: de la plumilla nacieron las figuras más esbeltas, los animales más sorprendentes, los encajes naturales de precisos detalles. 

Estudiar este fenómeno permite comprender parte de la historia cultural de un territorio,al tiempo que contribuye a conformar una idea más completa del panorama nacional de las artes plásticas. Su propósito movilizador en cuanto al trabajo comunitario y la incorporación del pueblo como creador y consumidor del arte mantiene relevancia dentro de las concepciones culturológicas vigentes en nuestro país. Incluso, sus vínculos con las corrientes artísticas de su época demuestran sintonía con la vorágine creativa mundial, evidente liberación de los marcos de la estrechez regionalista que le confiere un valor universal. 

Sin embargo, acerca del tema se han publicado materiales dispersos en artículos periodísticos que no ofrecen una visión generalizadora o sus enfoques están alejados en el tiempo. Los mejores referentes son los artículos, revistas y libros de Feijóo, utilizados como vehículos promocionales del grupo, cuya circulación fue pobre y hoy son poco conocidos.  

Como hemos mencionado, desde 1958 Feijóo dirigía el departamento de Investigaciones Folklóricas de la Universidad Central de Las Villas. Su labor de rescate de las tradiciones populares de la región y de Cuba, así como la incansable promoción de los artistas populares a través de exposiciones e importantes publicaciones bastan para destacar el mérito de éste en el Movimiento. Su labor editorial –especialmente en las publicaciones periódicas– es vital para comprender el Movimiento de Pintores y Dibujantes Populares de Las Villas. Como un hombre orquesta fue director, editor, redactor, corrector, dibujante, fotógrafo, emplanador y diseñador de la revista Islas, aunque con menos libertad de acción pues pertenecía a un medio académico. Pero años después, Signos representó el máximo de su experimentación editorial, lo que convierte la revista en un paradigma irrepetible de publicación periódica después del Triunfo de la Revolución. 

Como parte de una generación de intelectuales inquietos de la primera mitad del siglo XX, Feijóo tomó numerosos referentes artísticos y literarios de valiosos exponentes editoriales: Social, Carteles, Revista de Avance. Quizás Orígenes fue su antecedente más directo por la imbricación de crítica, literatura y plástica; por la variedad de temas y prestigiosos colaboradores encabezado por José Lezama Lima, aunque breve en comparación con Signos, que a pesar de la inexistencia de Feijóo, pervive en una nueva época. 

Islas surgió en 1958 como órgano de la Universidad Central de Las Villas (UCLV). Desde sus primeras ediciones se aprecian firmas autorizadas en temas sociales, históricos, filosóficos, literarios, religiosos y artísticos enmarcados en los límites geográficos de una identidad nacional acentuada en los números posteriores al triunfo revolucionario de 1959; pero sin menospreciar por chovinismos las corrientes universales. Artículos de intelectuales cubanos como Cintio Vitier, José Lezama Lima, Alejo Carpentier, Antonio Núñez Jiménez, Marcelo Pogolotti, Roberto Fernández Retamar, Leonel López-Nussa, Jorge Mañach, Juan Marinello; y de asiduos colaboradores internacionales como los artistas Jean Dubuffet y Robert Altmann, prestigiaron sus páginas. 

Los Dibujantes de Las Villas, quienes escasamente expusieron como grupo, encontraron en Islas un medio para la promoción de sus obras, bajo la mirada atenta de su guía. En el número 19 de 1965, fueron presentados con el nombre de Pintores Modernos Cubanos, sin diferenciarlos de Amelia Peláez, Roberto Diago, Cundo Bermúdez, Mariano Rodríguez, Servando Cabrera y demás prestigiosos pintores del país. Pero ya en el número 21 de 1966, son identificados como Dibujantes de Las Villas, incluidos tanto los provenientes de Cienfuegos como los de Santa Clara. En la número 23 de 1966, Feijóo intentó una “Breve historiografía del Movimiento”, en la que solo narra de manera escueta lo sucedido en la ciudad de Cienfuegos pero deja fuera –explica que por razones de espacio y materiales– la gran rama de los artistas populares de Santa Clara, a la que se incorporaron nuevas figuras, promocionadas en el número 28 de 1968. 

La mayoría de las ilustraciones, reproducidas con la técnica del fotograbado, no fueron obras creadas para el formato de la revista, sin embargo, no perdieron la calidad ni el  sentido semántico por tratarse de dibujos realizados a plumilla.

Lo más trascendental de la revista Islas, que contó con la dirección de Feijóo de los primeros treinta números hasta 1968, no solo fue la demostración de su capacidad intelectual y el ensayo editorial como precedente de Signos, sino que significó una apertura cultural revolucionaria, en su heterogeneidad de pensamientos, libres e independientes de esquemas, en la desprejuiciada conjunción de lo culto y lo popular. 

La revista Signos salió a la luz en 1969 financiada por el Consejo Nacional de Cultura y constituyó un nuevo proyecto de total libertad para Feijoó. Si Islas fue el macroensayo desde un medio institucional que frenó los atrevimientos de su director, los precisos antecedentes de Signos son aún menos reconocidos en la labor editorial de Feijóo. Los dos escasos números de Ateje (1947) y las únicas ediciones de  Guámpara y chágara (1963), El caballito del Guabairo (1964) y Bailarín fantoche (1964)  funcionaron como órganos del movimiento artístico dirigido por él, en la búsqueda de un espacio alternativo, de total experimentación, para difundir las obras de los dibujantes de Las Villas. 

Signos aprovechó todos estos referentes y, por supuesto, los mejores amigos y colaboradores de Islas. Constituyó una versión más original y gráfica, como medio exclusivo del arte contemporáneo cubano y extranjero en Cuba.  Fundada sobre la base de la investigación, logró alcanzar una visión acabada y completa del folklore cubano, con números exclusivos al tema, a manera de enciclopedias especializadas en recoger lo inagotable de la sabiduría y fantasía populares.

Fue este el medio para la constante promoción del grupo de Las Villas como única sala expositiva, por lo que algunas de las obras de estos artistas fueron creadas para la revista –diseño, formato, técnica–, sin una palpable evolución morfológica, aunque sí una gran variabilidad temática. Sin embargo, otros se alejaron un poco de Feijóo para crear de manera independiente obras de mayor formato con técnicas mixtas, pero sin perder ninguno el nexo con Signos. 

Los artistas que representan un extenso recorrido por el desarrollo del Movimiento son seis figuras de diferentes profesiones u oficios, procedencia social y aptitudes ante la vida, elegidas por su larga permanencia y aportes a la estética del grupo: Alberto Anido, Ramón Rodríguez, Myriam Dorta, Aida Ida Morales, Adalberto Suárez y Pedro Osés.

Las temáticas son diversas según cada una de las propuestas artísticas, pero la clasificación general de los temas sería lo mítico-fantástico, influenciado por la tradición oral de la región de Las Villas. Dentro de esta amplia variable, lo religioso aparece sugerido, sin intenciones de profundizar en el tema. De la mitología tradicional campesina son tomados algunos de los referentes míticos por su popularidad y disímiles representaciones plásticas como los güijes y las madres de agua, pero otros son de total invención como los caguandriles y las polimitas villareñas. Hay que tener en cuenta que el tema en la mayoría de estos artistas es mero pretexto para lograr la riqueza formal que los caracteriza, la fórmula para mostrar un despliegue de expresiones a través del dibujo y los colores. Es necesario puntualizar que la mayoría de los temas son de origen campesino, pero contaminados con lo urbano, pues todos viven en la ciudad, excepto Pedro Osés que se mantiene en el ambiente rural. 

Algunas de las características fundamentales de este tipo de creación son el dibujo como género por excelencia y la utilización principalmente de la técnica de la tinta negra, aunque no se excluyen las técnicas de la pintura. Además, la mayoría de las obras son de pequeño a mediano formato, en soportes de poca calidad como el papel y la cartulina, lo que denota la ausencia de perdurabilidad. Otro distintivo es la inconstancia en la creación, por lo que algunos no poseen una vasta obra plástica, pues no veían la creación como una profesión sino entretenimiento. En algunos de ellos las revistas fueron la mayor motivación para hacer arte. Todos son figurativos pero existe una tendencia hacia la abstracción a partir de la estilización formal de los dibujos. Estos son algunos de los lineamientos generales para lograr una caracterización abarcadora del trabajo del Movimiento, aunque se debe recordar que cada uno es una individualidad. Más que la lectura de sus obras se debe admirar la fantasía sin límites de sus creaciones con el fin de entender la amplitud del legado folklórico de Samuel Feijóo.  

Según una cronología publicada por el crítico José Luis Rodríguez de Armas en Huella, suplemento cultural del periódico Vanguardia, el primer momento del Movimiento tuvo lugar en la ciudad de Cienfuegos y el segundo, el más floreciente, se desarrolló en los años sesenta con la obra de Alberto Anido y el importante soporte promocional de la revista Islas. Para la década del setenta reservó el tercer momento, valorado por el autor como la contaminación del Movimiento al integrarse Aida Ida Morales, una artista graduada de la Academia de San Alejandro. Así de diverso es este grupo, pese a la singularidad de cada una de sus poéticas.   

La primera exposición colectiva fue 1961 en La Habana, la segunda y última tuvo lugar en Suiza, en 1983 para la promoción del Grupo Signos. Después de esta muestra se perdió el carácter de Movimiento, y su total integración tras el fallecimiento de Feijóo en 1992. Los creadores se aislaron para crear de manera independiente. Las últimas producciones de los que se mantenían activos se daban a conocer gracias a las instituciones provinciales como el Museo de Historia y el Consejo de las Artes Plásticas. A partir de 1990 se sucedieron una serie de exposiciones personales con el interés de promocionar cada una de las figuras que integraron el Movimiento y de sacar a la luz un fenómeno que apenas conocían algunos intelectuales.  

Si pasamos la mirada sobre la creación popular en más de un decenio transcurrido desde la muerte de Feijóo, localizamos sus fuentes en dirección opuesta. Han aparecido otras figuras como Bernabé Aquino, Nivia de Paz y Noel Guzmán Boffil en el primer lustro de los noventa, situados en un eje al Norte de Villa Clara (los municipios de Camajuaní, Remedios y Caibarién); también Pedro Luis Ramírez en el poblado de Cascajal, Santo Domingo; y en Santa Clara, Jorge Luis Sanfiel y Alberto Ruíz Migoya. Los santaclareños de alguna manera orbitaron alrededor de Signos, pues se trata ya de una tradición con más de sesenta años en la antigua provincia de Las Villas. 

Todos poseen obras muy individualizadas donde prácticamente no existen rasgos comunes. Migoya es el más cercano a la estética de los Dibujantes de Las Villas por su especial trabajo en el dibujo, e incluso, algunos dedicados a la obra plástica de Samuel Feijóo. 

A partir de 1995 ya se suman otros nombres como Teresa Hernández Ruíz, Susana Trueba Veitía y Marta Marget Martí, gracias al poder de convocatoria de los Salones Territoriales de Arte Popular. La primera convocatoria fue en marzo de 1995, auspiciado por el Centro de Investigaciones Culturales “Samuel Feijóo” y el Consejo Provincial de las Artes Plásticas de Villa Clara. Con la premisa fundamental de homenajear la figura de Samuel Feijóo como promotor de arte, el Salón abrió un nuevo espacio para los autodidactas de la antigua provincia de Las Villas. Al incluir cienfuegueros, espirituanos y villaclareños se diversificaron las propuestas artísticas.  Además del dibujo se cultivaba la pintura, en tal magnitud, que fue necesario un salón diferente para el reconocimiento de los que no poseían “escuelas”. También el Salón ha sido un nuevo refugio para los integrantes del Grupo-Signos.  

Hoy en las artes plásticas de Villa Clara el espectro se ha ampliado, mucho más que en la época de Feijóo, porque él eludía zonas de lo popular que no se acomodaban a su credo, de ahí la paradoja de que Benito Ortiz no apareciera en su revista. El Movimiento se encerró en determinados códigos que a la larga caracterizaron a una parte del arte popular del centro del país, creando una escuela para las venideras generaciones de artistas. El dibujo, la subordinación del color a la línea y esta como argumento y motivo a un mismo tiempo, la supresión de los tratamientos de los fondos y el predominio de temas extraídos del folklore urbano y campesino, fueron algunas características. Lo afrocubano fue evocado de manera superficial, como temática religiosa. Al faltar Feijóo para decidir, aparecieron otras figuras que han trabajado con los más variados medios, temas y morfologías. Sin embargo, las mencionadas características realmente sirvieron de códigos visuales como rasgos identitarios de la “Escuela de Las Villas”, tratados ahora con mayor libertad creativa.  

A la hora de localizar el arte popular contemporáneo, al menos en Villa Clara, se impone el redimensionamiento de las estrategias que favorecen su promoción y desarrollo desde el núcleo primario hasta las instituciones que salvaguardan la obra. No se trata de mantener a toda costa los valores ortodoxos del arte popular: la contaminación le insufla a todo arte el aire de su época y la voluntad de su tiempo histórico que determina a la larga su trascendencia o no.

Cuando estamos en presencia de una auténtica creación popular nadie pone en duda que lo sea, pese a la ausencia de criterios unánimes relativos a su caracterización, las polémicas y los debates en torno a este fenómeno. Las instituciones de arte tienen, con respecto al arte popular, la misión de salvaguardar su esencia, amén de promoverlo y darlo a conocer. Por supuesto también la de deslindar, sanar, orientar y jerarquizar lo mejor de ese arte. Los salones celebrados cada año en el mes de marzo en Santa Clara, han cumplido con esa función y han permitido descubrir a muchos talentos, no solo de Villa Clara, sino de Sancti Spiritus y Cienfuegos, con el deseo de mantener el espíritu de creación de Las Villas.


[1] La antigua provincia de Las Villas comprendía las actuales provincias centrales de Cienfuegos, Villa Clara y Sancti Spíritus.  

[2] “No me recordéis, no sabréis recordarme; / no me fichéis: jamás seré una ficha; / no me nombréis: mi nombre es sombra”.

[3] Feijóo, Samuel: Mateo Torriente. Consejo Nacional de Cultura. La Habana, 1962, p. 9.

[4] Feijóo, Samuel: La alcancía del artesano. Universidad Central de Las Villas. Santa Clara, 1958.

[5] Feijóo, Samuel: “Un movimiento artístico cubano”; Islas, Vol. VIII, No.4, nov.-dic., 1966, p.216.

[6] Feijóo, Samuel: Fantasía del dibujo popular. Universidad de Las Villas. Santa Clara, 1960, (prólogo).

[7] Pintores Populares de Las Villas. La Habana, 19 de agosto de 1961, s/p. (catálogo)

[8] Ibídem.

[9] Palabras pronunciadas por Fidel Castro en la reunión que sostuvo con los artistas y escritores en junio de 1961, conocida posteriormente como “Palabras a los Intelectuales”.

[10] Ávalos, Roberto: “Alberto Anido, un sueño de papel”, Umbral, Santa Clara, No. 2, 2000, p. 31.

[11] Ávalos, Roberto: “José Seoane Gallo habla de bichos”, Huella, suplemento cultural de Vanguardia, enero-febrero, 1993, s/p.


Revista Islas fundada por Feijóo en 1958   Adalberto Suárez - Polimita - Dibujo
     
Samuel Feijóo   Samuel Feijó - Dibujo de 1984
     
    Samuel Feijóo - La estrella del alba - Dibujo