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IVONNE MUÑIZ |
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| Mallica Reynolds - Jamaica Hill Village (fragmento) - 1972 |
Investigadores
de la cultura popular en la región han reflexionado sobre sus
claves definitorias, pero no se cuenta aún con un sólido cuerpo
teórico, que la precise y enfoque desde las categorías de análisis
que demanda su especificidad. ¿Cómo
se han distinguido las producciones populares en el Caribe? Es
cierto que no existen objetos en sí mismo artísticos, son las
convenciones culturales derivadas del contexto, la formación estética
y las circunstancias del individuo y la sociedad, las que inciden
en su configuración. En los territorios caribeños, estas convenciones
han permanecido marcadas e influenciadas por arquetipos de una
receptividad occidental que tienden a desdibujarlas por ser otra
su zona de emisión. Tradicionalmente, las coordenadas, las fronteras
y la línea demarcatoria entre “arte popular” y “arte culto” se
han establecido, salvo excepciones, en dependencia de préstamos
culturales que no pueden evaluar a profundidad los registros de
las fuentes locales. Los procesos de sobrevaloración de la producción popular, al postularla como
paradigmática del arte
caribeño, o de devaluación, al referirla como una creación de
inferior nivel artístico, han incidido sin dudas en los significados,
caracterización y el papel que se le ha atribuido. La conciencia simbólica, la jerarquización local de los materiales, la creatividad sin temor al status de lo
efímero, las maneras de apropiación del universo más inmediato,
los sentidos de pertenencia a una comunidad, la tradición cultural,
entre otros, serían rasgos a tener en cuenta al abordar el término
popular. Haití y Jamaica, iconos de la pintura “primitiva” Jamaica
y Haití han sido los dos países del Caribe donde la práctica popular quedó fijada como rasgo determinante de sus
procesos culturales. En el resto del Caribe su significación es
limitada. El
hecho mismo de que ésta manifestación ocupe un espacio relevante
dentro del sistema y cuerpo iconográfico representativo de la
subjetividad en éstos países ha conllevado a que en el ámbito
internacional se sitúe como el identificador sígnico totalitario de sus expresiones artísticas, aunque
otras variantes conformen el panorama plástico. Para una zona
del consumo del arte, interesada en nuestra región, es extraño
pensar a Haití o Jamaica, lejos de otra estética que no sea la
“primitiva” o la “intuitiva”.
Ciertos espacios de la historiografía sobre la cultura caribeña
y fundamentalmente el mercado y sus diversas estrategias, han
nutrido tal apreciación, al
promoverlas como “genuinamente caribeñas”. Cuando
hablamos de arte haitiano llama la atención cómo muchas personas
piensan inmediatamente en las imágenes folcloristas y exóticas
que saturan las tiendas de aeropuertos: imágenes de mujeres portando
cestas repletas de frutas o escenas de laboriosa alegría campestre
y congestionados mercados tropicales; la consumación de pequeños
paraísos terrenales que, a través de la brecha evasiva, desdibujan
la compleja realidad de esa nación. Se trata de una visión reduccionista
que tiene sus orígenes en la propia dinámica del proceso cultural
haitiano, en particular, en la desmedida promoción de una estética
nacional, identificada exclusivamente con expresiones “primitivas”
o populares que, exceptuando a sus portadores auténticos, con
el decursar del tiempo y, atrapadas
por los engranajes del mercado, han llegado a serializarse
desde el estereotipo y la distorsión. Tanto
en Jamaica, país que cuenta con una vasta producción intuitiva,
[1]
como en Haití, el arte popular adquiere un
status superior
al de las islas hispano parlantes. Su expansión, alejada de la
visualidad paradigmática que emana de los centros metropolitanos,
no se precisa solo por el virtuosismo y la magia creativa de sus
exponentes sino que, en los otros territorios, no constituyó un
corpus textual protagónico
ni tampoco sus expresiones fueron identificadoras
y significativas en la praxis artística. El ciclo histórico-genético
del arte se orientó en función de legitimar el desarrollo de una
academia nacional que fijó los iconos de sus visualidades. (...) Los precursores partieron de una visualidad
implantada desde los centros emisores, que entonces coincidían
con los centros metropolitanos. Las condiciones coloniales de
dominación fueron legitimadoras de un paradigma, que en lo artístico,
remitía a los modelos de autoridad histórica. Estos textos canónicos
hacían impenetrable la entrada de otros textos visuales, que por
el propio modo de estratificación social establecido por la colonia
eran considerados primitivos, y por lo mismo, invalidados del
reconocimiento de sus valores originales y participacionales
en el sistema de la cultura.
[2]
El
hecho mismo de que el arte popular ocupe un espacio prioritario
en el sistema y cuerpo iconográficos representativos de la subjetividad
en Haití –tanto la vida material como espiritual del país han
estado relacionadas con el desenvolvimiento de sus manifestaciones,
las que han satisfecho a distintos niveles (individual, doméstico,
comunitario) innumerables necesidades sociales–, ha conllevado
que se le valore internacionalmente como el único identificador
sígnico, aunque otras variantes expresivas
también conformen el panorama plástico. Quizás esta realidad haya
estimulado a aquel sector de la historiografía de las artes de
Haití que toma la creación del Centro de Arte de Puerto Príncipe,
en mayo de 1944, como punto de referencia para sus reflexiones
sobre las artes visuales, aunque, indudablemente, no fuese este
el acontecimiento que sembrara la semilla o marcara la génesis
del proceso creativo nacional. Si
bien las primeras manifestaciones del arte popular en la isla
de Saint Domingue corresponden a la población
aborigen, hay que tener en cuenta el potencial plástico que portaron
los esclavos africanos, el cual se reveló a través del sincretismo
y el camuflaje de la práctica religiosa vodú, sus diversos ritos
(rada, petro y congo) y sus cultos respectivos, los que se practican en la actualidad,
enriquecidos por los aportes que le han suministrado sus creyentes
en el transcurso de los siglos. Hoy pueden visualizarse ejemplos
en la decoración de los templos o hounfor; la confección de objetos ceremoniales como los impresionantes
estandartes y banderas con que se saluda a los dioses y a los
altos dignatarios del culto; las piezas escultóricas donde el
misterio puede llegar al paroxismo; los trajes de “los mayores”
del rará, los houngan y las mambo; las botellas
forradas con perlas, mostacillas y lentejuelas en las que se guardan
las bebidas y libaciones sagradas y el trazado, a manera de filigrana,
de los vèvès (dibujos rituales
geométricos realizados en el suelo con harina de maíz, polvo de
café y arcilla para invocar a los loas).
[3]
La
mayor parte de los llamados “primitivos”, protagonistas de la
práctica religiosa voduista, creaba una pintura narrativa de fuerte
raíz ancestral en la cual representaban idílicamente sus vivencias
más inmediatas. En ellos, la evocación del viaje ganaría terreno.
Unos, soñando con el retorno a la tierra de sus ancestros y a
la que les dio vida a sus loas, representaban idílicamente su
flora y su fauna: elefantes, tigres, cebras y leones en medio
de exuberantes selvas que mucho tenían que ver con la arqueología
de la imaginación africana. Otros, los que evadían la frustración
y miraban al país desde espacios deseados de felicidad, recrearon
paisajes ficticios donde el tiempo navegaba sobre las coordenadas
de la fuga. El houngan Héctor Hyppolite,
Philomé Obin,
Rigaud Benoit, Castera Bazile y Wilson Bigaud se erigieron en clásicos de un género que se siguió
alimentando con maestros como Préfète
Duffaut, Robert Saint-Brice, Felix Lafortune, André Pierre, entre otros.
[4]
En 1953, también es “descubierta” la tradicional
técnica de esculturas en metal, precisamente la producción de
Georges Liataud, quien forjaba cruces
de hierro para los cementerios inspirándose en los trazos vèvès y creaba figuras tridimensionales
atornilladas que representaban loas,
hasta que decide trabajar en el cincelado de los bidones, para
lo cual establece una herrería en Croix
des Bouquets, alrededor de la cual se nuclearon
artesanos procedentes de los sectores más humildes, que llegaron
incluso a crear escuelas con variantes estilísticas como las de
Serge Jolimeau
y Gabriel Bien-Aimé, quienes alimentan
esta tradición en la actualidad.
[5]
Antes
de ser “descubiertos” y reconocidos con el término de “pintores primitivos”, mucho habían expresado visualmente
los creadores haitianos. Lo humano y lo divino ya estaba representado,
con la urgencia de lo decorativo, en las paredes de las viviendas,
locales públicos y los
recintos religiosos; algunos sacerdotes voduístas
como Hector Hyppolite
pintaban para sus loas
y decoraban sus houmforts.
Para ellos, lo popular no era una búsqueda ni una intención sino
una esencia. Procedían casi en su mayoría de las zonas rurales
y sus obras eran portadoras de sus auténticas tradiciones y su
entorno; recreaban las ceremonias y el panteón vodú, personajes
y hechos históricos, ciudades imaginarias, la flora y la fauna
soñada y la de su tierra, pobladores vendiendo en el mercado,
un aquelarre de colores planos y detalles que se desbordaban de
los formatos de las obras. La
política del Centro de Arte,
[6]
creado en mayo de 1944, en Puerto Príncipe,
favoreció esta orientación estilística y la legitimó como la “más
auténtica” y la “más típicamente haitiana”. Los artistas convocados se convertirían en los clásicos
del género: Philomé Obin,
Hector Hyppolite,
Rigaud Benoît, Castera Bazile, Wilson Bigaud, Préfete Duffaut, entre otros. Una deslumbrante explosión de obras
con lenguajes y temas intencionalmente diversos ocuparon galerías
y espacios expositivos. Nacían y se reproducían numerosas escuelas
y talleres e infinidad de estilos (desde entonces hasta la fecha).
Quedaba marginada y rechazada cualquier otra forma de expresión
y aún más si tenía influencias de escuelas modernas. Al fijarse
esta escala de valores, el arte haitiano sería solamente identificado
con la ausencia de formación académica y la presencia de un lenguaje
evaluado con términos como “espontáneo”, “ingenuo”, “fantástico”,
“salvaje” y “onírico”. La
falta de cambios e incentivos, la brutal represión política, la
desgarradora crisis económica y social que vivía el país sumado
a las insistentes demandas del mercado condujeron a éstos creadores,
al terreno de la mímesis, la repetición
temática y la serialización; sus obras
quedaban convertidas en mercancía y medio de subsistencia. El
arte se volvió una industria de imágenes portadoras de la armonía
y la abundancia; la verdadera realidad no tenía por qué aparecer
en los lienzos, sólo la exaltación de la fantasía o el ensueño. La
contradicción orientada hacia la fijación de un modelo cultural
parecía resuelta con la ruptura del Centro de Arte, en 1950. Sin
embargo para los ojos foráneos no sucedió así; continuaba –todavía
hoy continúa con algunos consumidores– el reclamo de “pequeños
paraísos”, la enajenación de una realidad, la evasión total. Al
referirnos a Jamaica tenemos que apuntar que entre los años treinta
y cuarenta del siglo XX se produce en el país un fuerte
proceso de democratización; una etapa de rescate y afianzamiento
de la conciencia anticolonialista. Alrededor de la escultora y
promotora cultural, Edna Manley, se nucleó un movimiento de vanguardia artística cuyos integrantes
fomentaron y desarrollaron un arte vinculado a la realidad política
y social que tuvo sólidas bases en las tradiciones e historia
del país. En este período tuvieron lugar tres acontecimientos
de especial trascendencia: la creación de la Escuela de Artes
Plásticas y Artesanía, la fundación de la Colección Nacional y
la aparición de la primera revista literaria Focus. Paralelo
a las formas vanguardistas académicas, estremecidas con la efervescencia
nacionalista, se manifestaron expresiones de artistas autodidactas,
denominados “intuitivos”o “primitivos”. Los primeros reconocidos
fueron Jonh Dunkley,
autor de fantásticos paisajes y los Miller, padre e hijo, famosos por sus impactantes esculturas
de ébano, en las que exploraban con gran realismo la fisonomía
del negro. En
1962 Jamaica obtiene su independencia, hecho trascendental que
coincidió en las artes visuales con el inicio de una nueva fase,
en la cual se adaptaron y reelaboraron corrientes internacionales
como la neofiguración y el expresionismo abstracto. Al mismo tiempo,
desde el soporte visual, “intuitivos” fortalecían el patrimonio
cultural de la nación, aportándole un misticismo visionario. En
1979, la Galería Nacional de Jamaica, organiza con ellos la muestra
“El Ojo Intuitivo”, espacio en el que por vez primera, exponían
en grupo y en un contexto coherente. En esta orientación estilística, enunciada por
algunos críticos como “últimos intuitivos” se destacaron artistas
de gran talla como el sacerdote revivalista, Mallica Reynolds (Kapo), quien expresó intensamente
en pinturas y esculturas sus convicciones religiosas y Everald Brown, cuyas obras denotan
una vasta simbología esotérica inspirada en su credo rastafari. En
el arte jamaicano más reciente fluyen con menos rangos diferenciadores
pero distintivos, expresiones artísticas varias: el instalacionismo,
el video arte, la fotografía conceptualista,
autores autodidactas de distintas orientaciones temáticas.
Generaciones de artistas, desde múltiples visiones, desafían las
definiciones convencionales. (...) la noción de una escuela jamaicana unida se ha tornado hoy mucho
más tenue, tras el surgimiento de una nueva generación de artistas
cuyas interrogantes son más individualistas y abiertas. Pese a
que la nacionalidad, la raza y la clase social, siguen siendo
preocupaciones importantes, muchos jóvenes artistas se han alejado
de la visión afirmativa de construcción de una nación que mostraban
las generaciones pioneras, y su obra desafía implícita o explícitamente
los criterios sólidamente arraigados de “relevancia cultural”.
Se ha dicho que esto supone un cambio de rumbo con respecto al
arte jamaicano “verdadero”, incluso una traición (....) sin embargo,
la obra de estos artistas plantea la cuestión de qué ha llegado
a significar la “jamaicanidad” a finales
del siglo XX para el individuo y la sociedad.
[7]
[1]
El término se generalizó en 1979 a raíz de la muestra The Intuitive Eye en la Galería Nacional de Jamaica curada por el artista
y crítico David Boxer. Paralelamente
a las formas académicas, marcadas por una conciencia nacionalista
y anticolonialista que se desarrolla en el país a partir de
las décadas del treinta y cuarenta de la pasada centuria, se
manifestaron expresiones artísticas de autodidactas, denominadas intuitivas o primitivas,
que fortalecían el patrimonio cultural de la nación con el aporte
de un misticismo visionario. En esta orientación estilística,
se destacaron artistas de gran talla como el sacerdote revivalista Mallica Reynolds (Kapo) y Everald Brown, cuyas obras denotan
una vasta simbología esotérica inspirada en su credo rastafari. Ver:
Ivonne Muñiz “De(s) bordes y entrecruzamientos: algunas coordenadas
para un debate sobre la pintura popular en el Caribe”, Revolución y Cultura, La Habana, no. 2/2000, pp. 39‑42.
[2]
Yolanda Wood. “Pintura,
religiosidad popular y transculturación en el Caribe contemporáneo”,
Anales del Caribe no. 14-15, La Habana la Habana, 1995,
p. 56.
[3]
“(…) el vodú ha nutrido la imaginación colectiva
y abierto las puertas de un realismo maravilloso que impregna
la vida diaria y deviene una de las primeras fuentes de la creación
(…)”. Michel‑Phillipe Lerebours.
Haití: anges & démons,
París, Éditions Hoëbeke/La Halle Saint‑Pierre, 2000, p.
17.
[4]
Ivonne Muñiz, “Haití:
pase a bordo”, Casa de
las Américas, no.231, La Habana, octubre-diciembre, 2003.
[5]
Ivonne Muñiz, “El
bòs metal: huellas de una tradición”, Anales del Caribe, La Habana,
Casa de las Américas, no. 11/1991, p. 217-220.
[6]
Fundado por el acuarelista De Witt Peters; se concibió en sus inicios como un centro de enseñanza
artística (dibujo y técnica del óleo) y galería de arte.
[7]
Veerle Poupeye,
“Entre lo político
y lo autobiográfico; arte jamaicano contemporáneo” en
Exclusión, fragmentación y paraíso: Caribe insular, Casa de América
de Madrid y Museo Extremeño e Iberoamericano de Arte Contemporáneo,
1998, p.251.
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