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| Salas de exposición del Museo de Arte Popular - 2006 |
Un anuncio de Volkswagen, publicado recientemente
en la revista Artes de México, destaca la transformación
de las artesanías en objetos de veneración museológica y consumo
de lujo, resaltando el hecho que el uso del término “popular”
en conjunto con el de “arte” es un arma de dos filos que facilita
procesos de apropiación elitistas. En el mismo número,
en una inserción de Fundación Cultural Bancomer,
el “artista popular”, significativamente descabezado y anónimo,
recibe un tratamiento similar. Y en un número de la revista M
(Museos de México y el Mundo) se dirige nuestra atención en
la contraportada a la exposición de Banamex
de “grandes maestros” del arte popular, representada por tres
figuras de cerámica, idénticas en sus caras y variando solamente
en su vestimenta, todas alusivas a la “gran maestra” Frida Kahlo,
subrayando la repetición de patrones o modelos con variaciones,
y una asociación del llamado “arte popular” con lo femenino y
lo decorativo. El esfuerzo de parte de los dos bancos principales de México, de fomentar
y promover la artesanía, por medio de programas de apoyo y premios
que buscan preservar técnicas y productores “en peligro de extinción”,
es la culminación de un proceso tanto simbólico como comercial
de resignificación de una constelación de objetos que desde inicios
del siglo XX fueron agrupados bajo el término “arte popular”.
Este proceso se inició precisamente en el momento cuando la industrialización
y la modernización empezaron
a transformar la cultura visual en maneras que inevitablemente
desplazaron una economía basada en artesanos y artesanía. En este
contexto, su preservación como producción simbólica o “arte” –vinculada
a un discurso nacionalista que los definía como una manifestación
de la esencia de la cultura mexicana– se convirtió en la alternativa
más viable para su sobreviviencia. II La homogeneidad de la construcción de esta concepción del
arte popular en la cultura mexicana moderna y contemporánea, coincide
en el tiempo y se enlaza estrechamente con la construcción del
mito de la homogeneidad del arte posrevolucionario, así como con
la tendencia homogeneizante de la política social vigente con respecto
a las “clases populares” –un término que incluye de manera vaga
y abarcadora a indios, campesinos y obreros urbanos, una vez más
con una falta de especificidad deliberada característica del pensamiento
mítico.
[1]
En México, a partir de 1910, diversos factores políticos
y estéticos propician un cambio en la percepción de lo que antes
se denominaban “industrias manuales”
o “industrias étnicas”, que otorga a estas manifestaciones plásticas
la categoría de “arte popular” y las vincula de manera integral
con las conceptuaciones de la cultura nacional que se formulan
en los años de la lucha armada y el periodo de consolidación posrevolucionaria.
Desde el siglo XIX, la estética liberal incluyó en la iconografía
nacionalista imágenes de costumbres y tipos populares, pero los
objetos utilizados en la vida cotidiana de las clases populares
no recibieron una valoración correspondiente. Esta transición
será resultado, en parte, del surgimiento, a principios del siglo
XX, de un concepto antropológico y relativista de la cultura,
que la concebía como una manifestación del modo de vida particular
de cada grupo social y no como la acumulación progresiva de elementos
“civilizadores”. Responde también a las nuevas teorías estéticas vigentes en el campo de las
artes plásticas a inicios del siglo XX en Europa, que descubren
el arte no-occidental y no-académico como fuente para el arte
contemporáneo, revalorando su uso de formas sintéticas y abstractas
con una libertad absoluta respecto de los cánones renacentistas
de representación. La presencia de la decoración geométrica en
un sarape del Paisaje zapatista,
pintado por Diego Rivera en 1915 en el contexto del cubismo francés,
es un ejemplo de la compatibilidad de la estética del arte popular
con los modos de representación de las vanguardias europeas. El
factor decisivo, sin embargo, para que el “arte popular” en México
alcanzara un nuevo relieve, fue la asociación de estas ideas con
los intereses políticos de los artistas e intelectuales mexicanos
de principios del siglo XX, quienes relacionaron la integración
de los valores estéticos de diversos grupos sociales en un concepto
de arte nacional con el proyecto más amplio de consolidación política
y social de la nación. Ejemplo de ello es el planteamiento de Manuel Gamio
en su libro Forjando Patria (Pro Nacionalismo), donde enuncia: (…) debe sistematizarse –hasta donde son posibles método y sistema en materia de arte– la producción artística del indio y del individuo de la clase media. Hay que acercar el criterio estético del primero hacia el arte de aspecto europeo e impulsar al segundo hacia el arte indígena. (…) Cuando la clase media y la indígena tengan un mismo criterio en materia de arte, estaremos culturalmente redimidos, existirá el arte nacional, que una de las grandes bases del nacionalismo. [2] El
fundamento del programa adoptado –que se originó bajo el régimen
de Venustiano Carranza y adquirió un
carácter definitivo en el periodo presidencial de Álvaro Obregón–
fue la homogeneización de la población rural y la vinculación
de su identidad simbólica con la del gobierno federal. Es en este contexto que la idea romántica de
que la cultura popular incorpora una esencia de lo nacional y
se relaciona con los valores de autenticidad, pureza, espontaneidad,
primitivismo y comunalidad,
[3]
fue retomada por los intelectuales del periodo
como un vehículo simbólico y como un área de intervención y manipulación
real de economías locales y formas de vida, y de su relación con
estructuras nacionales. Los
artistas plásticos activos entre los años de 1910 y 1930 propusieron
diversas estrategias para vincular el llamado “arte culto” en
el recién bautizado “arte popular”, cada uno según sus propios
intereses estéticos, filosóficos e ideológicos.
Algunas vertientes de esta reflexión sobre lo popular y lo nacional,
se incorporaron al discurso nacionalista del Estado, quedando
a tal punto integrados al mismo, que hoy es ya un lugar común
la asociación del arte popular con la esencia de “lo mexicano”.
En las obras
producidas durante la década de 1910, se expresa claramente un
intento consciente por definir la mexicanidad
en términos de mestizaje, o sea, la mezcla racial entre personas
de sangre indígena y europea, trasladado al plano de lo cultural.
[4]
La pintura Tehuana (1918) de Germán Gedovius
sirve como ejemplo de esta revaloración nacionalista de la artesanía,
junto con objetos y ambientes de la Colonia, como evidencia de
la mezcla cultural que propició.
La madre representada, de facciones mestizas, lleva un
huipil mientras su bebé está vestido a la moda europea.
La silla y el rosario evocan un ambiente virreinal; la taza, típica
de la cerámica vidriada del Bajío mexicano, y la sonaja, un guaje
laqueado de Olinalá, Guerrero, refuerzan
el papel simbólico de la artesanía de diferentes regiones de México
en el discurso nacionalista de este periodo, subrayando así su
carácter homogéneo. La luz suave y la representación individualizada,
naturalista, del interior, sirven para unificar este eclecticismo
iconográfico. El interés en el “arte popular” como depositario de las diversas tradiciones
étnicas que confirman la mexicanidad
toma otro giro en la teoría y práctica pictórica de Adolfo Best
Maugard, merced a su proposición de
un vocabulario y una gramática visuales para la creación de un
arte nacional. Su método se basa, supuestamente, en elementos
prehispánicos y sus perduraciones, los cuales se habían combinado
con recursos europeos y orientales, dando como resultado las características
“esencialmente mexicanos” del arte popular. Entre 1917 y 1919, Best
Maugard desarrolla pictóricamente este
concepto en obras como Tehuana (1919) que combinan un refinamiento
orientalista con elementos decorativos del arte e indumentaria
populares, suavizando la introducción de este nuevo elemento estético
ante el gusto burgués.
[5]
A raíz de
estos ensayos en un arte “de carácter mexicano”, concibe un método
de enseñanza del dibujo que recoge los motivos decorativos, la
composición plana, y la viveza cromática característicos
de la cerámica y las lacas de los estados de Michoacán, Jalisco
y Guerrero. Best
Maugard considera que, al proporcionar
al niño mexicano (todavía no corrompido por valores estéticos
ajenos), estos elementos que le son propios, producirá “espontáneamente”
un arte que encarna la esencia de “lo mexicano”.
[6]
En su Autorretrato
de 1923, Best Maugard
aplica el mismo método. La
cortina que enmarca el cuadro, convirtiéndolo en una especie de
escenario, es típica de los productos de su sistema, y resalta
su carácter decorativo, mientras que el espacio comprimido, la
manera de estilizar los elementos del paisaje y los colores recuerdan
el diseño de los baúles de Olinalá del
siglo XIX y la cerámica de Tonalá. Cabe
subrayar, sin embargo, que el reconocimiento del arte popular
como símbolo nacional no corresponde en este caso a una reivindicación
de los estilos de vida tradicionales de los campesinos y los artesanos.
Lo que se propone es rescatar los aspectos puramente estéticos
de la producción artesanal y “perfeccionar” el proceso de creación
y la vida de los artesanos, en función de los conocimientos tecnológicos
modernos. La presencia
de un avión y líneas telefónicas en el Autorretrato de
Best puede aludir a esta combinación aparentemente contradictoria
de modernidad y primitivismo en las políticas culturales de los
años veinte. De hecho, desde 1919 se organiza una sección en el
Departamento de Etnografía del Museo Nacional de Arqueología,
Historia y Etnología, con el propósito de enviar artistas a zonas
de producción artesanal, para promover el mejoramiento de sus
recursos técnicos y estéticos. Se trata,
pues, de un proceso de modernización técnica y política en lo
que se refiere al contexto rural y de un proceso paralelo de modernización
estética de la clase media urbana. La apertura en 1934 de un Museo
Nacional de Arte Popular, con motivo de la inauguración del Palacio
de Bellas Artes, y cuyo acervo había sido formado por Roberto
Montenegro, representa una culminación de esta política, la cual
perdura con variaciones hasta la actualidad, como se demuestra
en el recién inaugurado Museo de Arte Popular en la ciudad de
México.
[7]
Los
propios artistas generaron también una variedad de propuestas
para integrar elementos de la cultura popular al proyecto nacionalista. Diego Rivera, por ejemplo, encontró en el
arte popular una prueba de las cualidades creativas innatas del
mexicano, y una cultura visual libre de la corrupción burguesa.
Este credo neorromántico buscaba resolver la dicotomía entre las
bellas artes y el trabajo artesanal, celebrando el valor estético
de este último (como puede apreciarse en los murales que pintó
Rivera en la Secretaría de Educación Pública), y exaltaba las
obras de artistas sin educación formal, como Ramón Cano Manilla
y Mardonio Magaña, quienes representaban escenas y personajes
de la vida campesina. El grupo de pintores asociado con los Contemporáneos, encabezado por Manuel
Rodríguez Lozano, también buscaba “lo mexicano”, pero más que
en la temática en sí, se inspiraba en la actitud del pintor popular
ante su temática, basándose sobre todo en los exvotos religiosos,
que agradecen el cumplimiento de alguna petición. La pervivencia
de este diálogo con la estructura formal y conceptual de la pintura
popular es manifiesta en la serie Santa Ana que pinta Rodríguez
Lozano entre 1932 y 1933, en la estilización de colores y formas
y en el dramatismo sobrio, contenido que infunde a estas obras. Un tercer enfoque de lo popular resalta la riqueza formal y espiritual de
la artesanía, y propone su rescate como medio de resistencia a
la mecanización y el imperialismo cultural, que tiende hacia la
uniformidad de la cultura material. Esta lucha se hace patente
en la labor de Gabriel Fernández Ledesma; en los textos que escribe
e ilustra, Juguetes mexicanos y Calzado mexicano: cactlis
y huaraches, procura registrar la riqueza formal y material
que se encierra en la producción de estos objetos cotidianos.
[8]
La fotografía constituyó otro medio de transformación del modo de ver el arte
popular y de asociación de la misma con el discurso nacionalista. En la obra de Edward
Weston, Tina Modotti
y Manuel Álvarez Bravo, por ejemplo, se logra una identificación
de los juguetes y figurillas con la realidad animada que representan.
Su ubicación en un espacio ilusionista, gracias al eficaz manejo
de luz, sombra y encuadre, establece entre ellos una relación
de diálogo o actividad semejante a la realidad cotidiana, acentuando
al mismo tiempo su carácter estilizado, fantástico y artesanal.
Paralelo a este fenómeno de aceptación estética
y resignificación del arte popular en el ámbito artístico nacional,
se dio un proceso de comercialización internacional del mismo. El uso del arte popular como parte de la política
cultural y artística respecto a las clases populares estuvo relacionado,
entonces, en muchos casos, con su tratamiento como una fuente
de integración económica, por medio de la reorganización de la
producción local y su proyección nacional e internacional. Tal
iniciativa forma parte de un intento, por un lado, de promover
la industria turística como fuente de ingresos del país y, por
otro, de proyectar la imagen de un México moderno, estable y autónomo,
para contrarrestar la impresión de caos e inestabilidad –particularmente
referida a zonas rurales– provocada por el periodo de la lucha
armada. Estos procesos contribuyeron a la transformación definitiva
de los medios de producción del arte popular, su papel en la economía
rural y urbana, y también de sus características materiales y
visuales. En este proceso de vinculación entre las proposiciones estéticas de los llamados “arte culto” y “arte popular”, su formulación discursiva en términos visuales y verbales, y la articulación de sus implicaciones políticas, los artistas del periodo posrevolucionario asumieron un papel fundamental, definiendo sus posturas no sólo como creadores visuales, sino como promotores de políticas culturales y sociales. Al mismo tiempo, las diferencias entre las maneras con que manipularon en términos prácticos y discursivos aquella entidad amorfa conocida como “arte popular” revelan la compleja y dinámica matriz política en la cual debemos situar el arte del periodo posrevolucionario. Finalmente, como hemos visto, el resultado de este diálogo no fue el borramiento de las líneas entre el arte culto y el arte popular, sino la consolidación del papel de lo que habían sido objetos utilitarios como símbolos decorativos de un nacionalismo esencialista, para el consumo –principalmente– de las élites y el turismo. III Aunque
durante la mayoría de la segunda mitad del siglo veinte, el “arte
popular” en su definición nacionalista posrevolucionaria dejó
de ser un interés primordial y motivo recurrente de representación
para los artistas mexicanos, en años recientes, algunos artistas
contemporáneos han reintroducido elementos referidos a este discurso
en su producción. Desde una perspectiva crítica y conceptual que
interviene y trasgrede las formaciones
discursivas previas, subrayan la violencia implícita que subyace
en las superficies decorativas que construye. En muchos casos,
además, no sólo los objetos decorativos sino los objetos cotidianos
de la cultura popular contemporánea toman su lugar en estas obras,
introduciendo nuevas preocupaciones estéticas; su significación
en estas obras no se construye en relación con una intención colectiva
homogeneizante, sino con referencia
a intenciones específicas individuales y subjetivas, que introducen
asuntos como género, las contradicciones entre el mundo del arte
culto y el arte popular, y las inquietantes implicaciones políticas
y sociales que surgen por medio de la resignificación consciente
de fragmentos aislados de la cultura popular. Claudia
Fernández, en su instalación Alimentos de 1996, extiende
la superficie decorativa de los implementos de cocina esmaltadas
comunes, para cubrir con ella una variedad de formas y objetos
cotidianos, incluyendo su propio cuerpo. Así, desconstruye
(en una operación que recuerda a Alicia en el País de las Maravillas)
la barrera “racional” entre sujeto y objeto, y la esperada relación
proporcional entre el cuerpo y los utensilios de cocina, para
comentar la imbricación de la identidad femenina en las labores
y artefactos del hogar. Betsabeé Romero crea una yuxtaposición inesperada entre exvotos, milagritos y las superficies de pedazos de automóviles recuperados del deshuesadero, estableciendo una inquietante relación metafórica entre las representaciones narrativas de accidentes automovilísticas, las representaciones simbólicas de fragmentos de cuerpos humanos que sirven como talismanes religiosos y los deshechos creados por la violencia implícita de nuestra cultura de consumo. Al mismo tiempo, la estética “femenina” decorativa de las superficies pintadas de Milagro en ala y Milagro en puerta, ambas de 1997, contrasta con las connotaciones masculinas de la pedacería automovilística, y nuestra conciencia de la superficie oxidada que seguramente subyace su apariencia seductora. Silvia
Gruner hace aún más explícitas las implicaciones emocionales
y genéricas y la violencia implícita en los objetos ordinarios
y su uso social en Destierro de 1992, la serie Reliquias
de1994 y Azote-a de 1994.
En How to
look at Mexican
art (ca. 1995-1996) ironiza
el discurso folclórico referido a utensilios cotidianos mexicanos,
reinsertando la presencia y relación integral del cuerpo con estos
objetos, y así subrayando la manera en que había sido suprimida
o distanciada por el tratamiento estetizante
y folclórico del periodo posrevolucionario, y sus consecuencias
en las exposiciones y la mercadotecnia del “arte popular”. La
obra reciente del argentino Máximo González hace explícito el
movimiento arbitrario entre el objeto artístico y lo cotidiano,
así como sus implicaciones económicas y políticas, en varias obras
de 2004 tales como Sala de espera, Manifestación,
y Changarito. En Manifestación,
por ejemplo, subvierte el valor de cambio de billetes con sus
intervenciones en papel picado, recordando los cambios repentinos
de valor monetario que comparten el dinero en efectivo, los objetos
y las obras de arte. De
manera parecida, la artista palestina
Mona Hatoum, en una exposición de 2002 en el Laboratorio de Arte
Alameda en México, D.F., registró en
video su encuentro con El pájaro de
la suerte, y luego construyó en una sala adyacente La
jaula mexicana, ampliando y extendiendo, en una imponente
metáfora visual y espacial, las implicaciones coercitivas de esta
modalidad de entretenimiento callejero aparentemente inocente. Los discursos contemporáneos sobre el arte y la cultura popular, en obras de arte y publicidad, entonces, subrayan un campo expandido de contradicción y tensión social, cuya articulación e intervención aparente por las estrategias artísticas y políticas posrevolucionarias, se revela ahora en un nuevo estado de complejidad, persistencia y atrincheramiento. IV El
día 28 de febrero 2006, se inaugura en el centro de la ciudad
de México, en el edificio art deco de 1928 que
originalmente se había destinado a los cuerpos de policías y bomberos,
un nuevo Museo de Arte Popular, producto de un debate museológico
e ideológico tortuoso entre iniciativas privadas y académicas,
y un prolongado proceso de recaudación de fondos. Es notable que,
para inicios del siglo XXI, el guión de este recinto reivindica
el discurso homogeneizante construido
en las primeras décadas del siglo XX y se apropia desde una perspectiva
acrítica del diálogo del arte contemporáneo con este discurso
y con la producción artesanal. En una sala inicial dedicada a
“los albores del siglo XXI”, entremezcla productos de proyectos
de revitalización de la producción artesanal en diversas zonas
rurales, con obra de artistas connotados integrados al sistema
de “bellas artes” que trabajan con elementos artesanales, aparentemente
otorgando un valor estético y social equivalente a todos. Podría
tratarse de un discurso revolucionario, si no fuera por la falta
de articulación de las contradicciones históricas, borradas por
el modo de exposición y el cedulario, que las hacen invisibles
para el público general. La
museografía espectacular, con sus escaparates elegantes, y la
blancura y linealidad del contexto arquitectónico modernista que
enmarca la diversidad de texturas, colores, formas y funciones
de la obra expuesta, invita a una apreciación estética y consumista,
más que analítica, que encuentra su remate en la elegante tienda
y “barra de cafeina” que inician y terminan
el recorrido. Sin duda, esta nueva configuración de la identidad posmoderna del “arte popular” refleja la institucionalización museológica de las posturas implícitas en los anuncios con las que iniciamos este análisis, indicando la persistencia del carácter problemático que sigue manteniendo el término “arte popular” y las contradicciones que la acompañan en su invención y reinvención en el contexto nacional mexicano. [1] Sobre el concepto de pensamiento mítico manejado aquí, véase Roland Barthes, Mitologías, México, Siglo XXI, 1991, y Francisco Reyes Palma, “Dispositivos míticos en las visiones del arte mexicano del siglo XX”, en Curare, 2ª. época, núm. 9, sección “Revisiones”. [2] Manuel Gamio. Forjando Patria (Pro Nacionalismo). México, Librería Porrúa Hermanos, 1916, págs. 63-71. [3] Sobre estos términos y para ubicar su relación con conceptos europeos de cultura popular desde el siglo XVIII, véase Peter Burke, “El ‘descubrimiento’ de la cultura popular”, en Raphael Samuel (ed.), Historia popular y teoría socialista, Barcelona, Crítica, 1984, págs. 79-81. [4] Para un análisis crítico del término “mestizaje” y sus usos con referencia a fenómenos culturales, véase George Kubler, “Indianismo, mestizaje e indigenismo como tradiciones clásicas, medievales y modernas en América Latina”, en Boletín del Centro de Investigaciones Históricas y Estéticas, Caracas, IV, 1966, págs. 51-61. [5] Sobre el uso de la figura de la tehuana como estereotipo en este periodo, se puede consultar el catálogo Del Istmo y sus mujeres: tehuanas en el arte mexicano (México, Museo Nacional de Arte, 1992), sobre todo los ensayos de Aída Sierra y Olivier Debroise. [6] Para un estudio más detallado de este fenómeno, se puede consultar mi texto “Para volver su inocencia a la nación (apuntes sobre el origen y el desarrollo del Método Best Maugard)” en el catálogo de la exposición Abraham Ángel y su tiempo, México, Museo de San Carlos, 1985, págs. 9-21. [7] Para un estudio más detallado sobre este Museo de Arte Popular, junto con un análisis de los catálogos de arte popular de Atl y sus variaciones, véase mi artículo “Fuentes para una historia social del ‘arte popular’ mexicano: 1920-1950” en Memoria, México, Museo Nacional de Arte, núm. 2, 1990, págs. 31-55. [8] Un análisis más detallado de esta tendencia se encuentra en mi artículo “Desconstruyendo la ‘escuela nacional’: diversas formas de abordar el arte popular en el arte mexicano posrevolucionario” en XVII Coloquio Internacional de Historia del Arte. Arte, historia e identidad en América: visiones comparativas. México, Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM, 1994, págs. 637-646. |
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