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Arturo
García Bustos recuerda a Frida Kahlo
[*]
Fue durante los primeros
días de la Revolución Cubana que mi condición de joven, identificado
con las luchas sociales de nuestra América, me trajeron a estas hermosas
y cálidas tierras cubanas. Pasé momentos de gran intensidad que acentuaron
en mí la convicción y esperanza de un mundo más justo. Vengo ahora a
compartir con ustedes mi reconocimiento a este gran pueblo que permanece
firme, a pesar de las adversidades y del cruel bloqueo que impuso el
imperio yanqui. Antes, en 1954, había
estado en la República de Guatemala que realizaba una incipiente Reforma
Agraria, allí hacía carteles y enseñaba las técnicas del grabado para
que los guatemaltecos expresaran sus demandas en carteles y estampas.
Fue en esos días que tuve la fortuna de estrechar la mano de un joven
de ideas firmes y valiente decisión, él era
Ernesto “Che” Guevara. La vida me ha dado
la dicha de haber estado con hombres y mujeres, cuyo paso por la tierra,
pensamientos y creatividad, han trascendido en el tiempo. En la ciencia,
en la política, en el colectivo, ha estado latente el sueño de un mundo
nuevo, más fraterno, en el que cada uno despertará la conciencia de
los valores humanos; sueño que viene de muy atrás y que día con día
se renueva con la esperanza de que habrá de llegar. Entre esos grandes
hombres y mujeres se encuentran los maestros que me formaron y me brindaron
su cariño y su amistad: Diego Rivera y Frida Kahlo. Recuerdo aún la mañana
aquella del 13 de julio de 1954, bastante temprano para mi costumbre,
que me encontraba en el local del Partido Comunista Mexicano, a esa
hora solamente estábamos Dionisio Encinas, el dirigente campesino de
La Laguna, que era el Secretario General, y yo; aún no llegaba nadie
ni se escuchaba el ruido y las voces que siempre se oían. Dionisio me
informó: ya se murió tu maestra Frida, el gobierno le va a rendir un
homenaje en el palacio de Bellas Artes. La noticia me consternó, pero
casi era de esperarse pues el estado físico de la maestra era ya muy
deplorable, muy distinto a aquél que yo había conocido años atrás. Tomé la bandera del
partido comunista mexicano, el partido de Frida y me fui a Bellas Artes.
El homenaje que se le rendía era emocionante, respetuoso y se sentía
la gran tristeza en el numeroso grupo que acudió al funeral. Con esta ceremonia
llegaba a su fin una vida creativa llena de gracia y poesía, la adolescente
del grupo de los cachuchas, en la preparatoria, que organizaba travesuras
para el pintor del anfiteatro Bolívar y que años después se desarrollara
como la gran pintora. Había llegado a su fin y empezaba entonces el
fantástico mito que hoy conmueve a las nuevas generaciones en muchas
latitudes de la tierra, renacía el ser que seguirá creciendo y viviendo
en sus obras, embelleciendo el mundo con su genio y ejemplo de entereza
y amor a la vida. Artista auténtica que expresó con palabras sencillas,
con colores y formas, el mundo que sentía y que la rodeaba.
Porque Frida Kahlo
es una gran pintora, verdadero héroe de nuestro tiempo, como dijera
Romain Roland en el prólogo de sus vidas ejemplares: “no llamo héroes
a los que triunfaron por el pensamiento o por la fuerza, llamo héroes
a los grandes de corazón.” Porque Frida Kahlo fue uno de estos, sea
que un trágico destino quisiera forjar su alma en el yunque de dolor
físico; que con su genio de artista plástico logró expresar el dolor
humano y los profundos pesares de mujer que no logró engendrar un hijo,
la que con su conciencia social soñó y luchó por construir un mundo
nuevo de paz más armonioso y justo. Porque es el artista
el que sabe oír los murmullos que otros no ven y no escuchan, el que
transforma en música, poesía y pintura, el que con su entusiasmo y su
pasión, utilizando una estructura geométrica, va creando ritmos y encontrando
la armonía de las formas, de las proporciones, de los espacios, “el
endiosador de las cosas, el que dialoga con su propio corazón” y con
su trabajo, va puliendo su creación para encontrar la perfección formal
redondeando su obra. Frida fue una gran artista comprometida con su
pueblo, con sus tradiciones y con la historia de
su tiempo. La juventud de Frida
se desarrolla en momentos de la post-revolución en México y de otras
revoluciones en el mundo. Los escritores, los filósofos, los poetas
y los pintores empiezan a buscar en sus propias raíces y rechazan el
afrancesamiento heredado del porfirismo, en el campo se empieza a romper
el latifundio y se sueña en crear un México nuevo. Alguna vez escuché
a Baltazar Dromundo hablar de la generación del 29 en la preparatoria
a la que perteneció la maestra Frida Kahlo, decía: “Todos eran genios;
los cachuchas, su oficina eran los escalones del Generalito, en el antiguo
edificio de San Ildefonso, ahí discutían, ahí despachaban; en la sala
funcionaba la tribuna libre. Un día Frida intervino, se había aprendido
su discurso de memoria y Adelina Zendejas que estaba a su lado siguiendo
el texto renglón por renglón, cuando algo se olvidaba le pateaba con
la rodilla; llegó un momento en que se le olvidó el texto y entonces
dijo al público con gracia “ya se me olvido”, entre carcajadas y aplausos. Adelina le decía a
Frida “cómo le haces en los exámenes que siempre sacas 10 cuando no
traes ni cuadernos, sólo unas pequeñas libretitas y eso sí, libros alemanes
de lo más nuevo de la literatura y otros de filosofía.” Y decía Frida:
“es que de mi papá no heredé coco señalándose la frente sino que heredé
raíces y la savia de las plantas...” Frida Kahlo nació
y murió en Coyoacán, en la casa de la esquina de las calles de Londres
y Allende. Sus padres fueron Guillermo Kahlo, artista fotógrafo de profesión,
de origen húngaro alemán, y Matilde Calderón, mexicana de Oaxaca. En
uno de sus cuadros que ustedes pueden ver en la casa azul, nos pinta
ella misma su genealogía, en un paisaje imaginario de montañas y mar
pinta los retratos de sus padres y abuelos. La niña Frida sostiene un
listón que los une y que bien pudiera ser un cordón umbilical para hablarnos
de su origen. Unos que vienen del otro lado del mar de grandes bigotes
rubios al estilo del emperador Guillermo III, al lado de la guapa abuela
paterna; por el otro lado, el amable rostro indígena y la fuerte expresión
de la abuela materna, se percibe el Coyoacán de su infancia, casas de
adobe, nopaleras, milpas y el río, el pedregal. En 1926 sufrió el
infausto accidente cuando viajaba a Coyoacán, el tranvía en que viajaba
fue embestido por un autobús y su cuerpo arrojado hacia un poste, dicen
que su cuerpo herido quedó cubierto de polvo de oro que algún pasajero
perdió durante el suceso. El tiempo que pasa en el hospital y su convalecencia
la hacen encontrar alegría y alivio en la pintura, ya que las artes
son una actividad positiva y vital para quien la ejecuta. En 1929 se casa con
Diego Rivera quien será su gran amor y pasión durante toda su vida,
aprende de la inmensa sabiduría de este genio y ella, por su parte,
le aporta su enorme originalidad. Entre ambos se crea el mito de una
vida llena de poesía y de pasión por México,
mientras en Europa surgía el fascismo amenazador. Cuando empecé a tener
conciencia del mundo, era el México de Lázaro Cárdenas, en la escuela
primaria cantábamos la internacional y en las calles mirábamos manifestaciones
antifascistas y encuentros a pedradas entre los sindicatos y los grupos
sinarquistas. En la mesa de mi casa durante las comidas escuchaba acaloradas
discusiones de mi padre y mis hermanos mayores acerca de los acontecimientos
políticos que no les eran ajenos. Ingresé a la Academia
de San Carlos al mismo tiempo que estudiaba la preparatoria nocturna,
en el trayecto de la escuela a mi casa encontraba la imponente figura
de Diego Rivera pintando en el Palacio Nacional revelándonos la historia
viva del pueblo mexicano, su visión de Anáhuac, los volcanes deslumbrantes
y el murmullo del mercado de Tenochtitlan, la pirámide del templo de
Huitzilopochtli con su escalinata escurriendo en sangre. También encontraba
en mi trayecto a José Clemente Orozco pintando los frescos de la Iglesia
de Jesús, pronto me hice amigo del hermano de Orozco que era el encargado
de preparar los muros, lo que me permitió estar presente durante la
realización de esas maravillosas pinturas y verlo desarrollar su
visión del Apocalipsis; en rudimentarios andamios de madera con pinceles
amarrados a un palo para aumentar su longitud, los colores molidos con
agua de cal colocados en vasos de vidrio, el maestro ya viejo pintaba
con intensidad de genio desbordado. Estuve en el andamio
cuando pintó al diablo amarrado y después al diablo suelto en el coro
y en la nave del templo y donde no había nada, en pocos meses apareció
el drama humano, la furia, las pasiones, el dolor, un ángel cruel armado
con su espada a las puertas del cielo. Después de estar un
año en la Escuela de San Carlos ingresé a la recién creada escuela La
Esmeralda, escuela de pintura y escultura que era en lo que se había
transformado la anterior escuela de talla directa.
El cuerpo de profesores era de lo más atractivo, dirigidos por
Antonio Ruiz “El Corzo”; los maestros eran: Agustín Lazo, Jesús Guerrero
Galván, Alfredo Zalce, Raúl Anguiano, María Izquierdo, Carlos Orozco
Romero, Feliciano Peña, Frida Kahlo y Diego Rivera.
Todos ellos dieron su aportación al arte de nuestro tiempo. Tuve la fortuna que
llegara la joven maestra de la Escuela de Bellas Artes, Frida Kahlo,
radiante de mexicanidad, envuelta en un halo de poesía, franqueza y
sabiduría. Yo primero era alumno de Agustín Lazo, pero como la escuela
era tan pequeña, en un mismo salón trabajábamos los alumnos de Frida
y de Lazo, así que en muy corto
tiempo yo ya era alumno de Frida más que del maestro Agustín Lazo. Como dije, tenía poco
tiempo de fundada la Escuela de Pintura y Escultura la Esmeralda y “El Corzo”, quien era el director, había reunido
allí a los más brillantes exponentes de la pintura mexicana que ya nombré
y a algunos extranjeros que habían venido a refugiarse a México en los
años de la Segunda Guerra Mundial; el poeta surrealista Benjamín Peret,
por ejemplo, nos daba la clase de francés; la doctora Milagros Miró,
maestra de Historia del Arte, igual materia la impartía Salvador Toscano,
ese estudioso de las raíces del arte mexicano.
En ese tiempo, por
influencia de mis hermanos mayores y de todo el ambiente político que
imperaba en el país, yo ya era un militante de la lucha socialista.
Esta condición hizo que la maestra me distinguiera, que fijara
su atención en mi, pues ella y el maestro Rivera deseaban volver a participar
en las luchas y actividades del Partido Comunista Mexicano. Fuimos los precursores
de la pasión que hoy recorre el mundo, pasión por Frida, nosotros sus
discípulos, entonces jóvenes inquietos deseosos de ser pintores nos
volvimos sus acompañantes y sus fieles admiradores.
Adoradores de Diego y de todo lo que significara la línea que
ellos habían trazado, fue así como de pronto cuando llegábamos a la
escuela, los compañeros cuchicheaban: “allí vienen los fridos”. Eramos Guillermo Monroy, Arturo Estrada, Fanny
Rabel y yo. De la clase de Agustín
Lazo pasé a la de Frida Kahlo, quien a los pocos meses de asistir a
la Escuela recayó una vez más por su salud quebrantada y ya no le fue
posible atender nuestra clase, por lo que nos invitó a que hiciéramos
del jardín de su casa de Coyoacán, nuestro lugar de trabajo.
Este cambio fue fantástico
para nosotros pues del salón cerrado en que pintábamos, pasamos a un
ambiente mucho más abierto, paseándonos por el mercado de fábula de
Coyoacán, o por el impresionante paisaje del Pedregal,
teniendo el consejo y orientación del maestro Diego Rivera que
muchas veces también observaba nuestros trabajos. Esta situación propició
que estuviéramos más cerca del estudio de la maestra, quien nos permitía
ver sus cuadros en proceso, los cuales con toda modestia comentaba con
nosotros. Nos permitió ver también el ambiente artístico de la casa
azul. Quiero contarles que
la Casa Azul de Coyoacán era una casa mexicana llena de vida; profusamente
poblada, en ella vivían, además de los maestros Diego y Frida, el maestro
carpintero Liborito y doña Cruz, su esposa; Chucho y Lala, los sirvientes
con Irene Estrella, su hijita. Lupe y Toña la cocinera. La recamarera
con sus hijos: Carmela, Germán y Toña; el chofer Sixto a quien el maestro
Diego Rivera llamaba “El General” porque había estado en
la Revolución de 1910 y Diego le dio ese grado. Manuel Martínez Sánchez,
fiel ayudante vivía con su mamá María y su hermana Carmencita. Manuel
era el ayudante indispensable que preparaba las telas para la pintura;
siempre pendiente para ayudar al maestro en sus intensas jornadas de
trabajo, servir la paleta, lavar los pinceles, colocarle papel, alcanzarle
las acuarelas y estar al tanto de lo que se le ofrecía al maestro. Infinidad de visitantes
y amigos acudían atraídos por su encanto: los poetas Pita Amor, Nazario
Chacón Pineda y Carlos Pellicer; los pintores Juan O’Gorman, Francisco
Díaz de León, Javier Guerrero y muchos más; los artistas del cine nacional,
María Félix, Jorge Negrete, Cantinflas, Silvia Pinal y tantos otros
eran los visitantes frecuentes de la casa de los maestros. Además de los políticos y revolucionarios de
todo el mundo que pasaban a saludar a Diego y a Frida, a desearle salud
y a recibir de ellos esos rayos de vida que irradiaban. El Jardín era un espacio
bellísimo y exuberante, de árboles viejos en que una magnolia perfumaba
el ambiente, cactáceas y carrizales, un jardín poblado por toda clase
de animales y objetos artísticos, esculturas
prehispánicas y populares de Mardonio Magaña.
Había loros, guacamayas, venados, monos araña; tortugas, sapos
y ranas en un estanque cubierto de chichicaste, y sobre el piso vibraba
el amarillo de los mastuerzos y otras flores; una pirámide con techo
de paja en que estaban colocadas numerosas piezas de barro y piedra
de las culturas mesoamericanas. La predilección por
la maestra Frida Kahlo no fue difícil, pero hay que decirlo, ella
también correspondía la predilección por nosotros, tal vez vio
algunas cualidades en el trabajo de sus cuatro alumnos. Pasados algunos años,
ya después de la muerte de los maestros Frida y Diego, el recuerdo de
Frida empezaba a decaer, entonces decidimos Rina y yo, con la aprobación
de Lolita Olmedo, realizar una exposición de Frida Kahlo y sus discípulos
en las Galerías de la ciudad de México, que se encontraban en las pérgolas
de la Alameda Central. Además de nuestros cuadros, se presentaron algunos
de la maestra Frida Kahlo y se organizó una conferencia al respecto,
era el año 1967. Contrario a la idea
extendida de que Frida diera una imagen de dolor por la enfermedad que
la golpeó a lo largo de su vida, la maestra para nosotros siempre reflejaba
optimismo, alegría, vida; aun en los momentos más dramáticos de su existencia
siempre satirizaba y se burlaba del dolor y de la muerte, aunque teniéndola
presente, siempre llenó su vida con alegría, con color. Creó la poesía
y la belleza no sólo en sus cuadros, sino en todo el ambiente que la
envolvía. Se vistió con los trajes indígenas y se adornó el cabello
con listones y flores. La forma de enseñanza
como nosotros trabajábamos bajo su dirección, fue de lo más libre, no
con un horario burocrático, sino en todo momento. Era todo lo contrario
de los métodos que se aplican en las escuelas académicas. Ella nos fue
enseñando en las cosas, por ejemplo en una máscara teotihuacana nos
mostraba las proporciones, las líneas y los ejes. Algunas veces trabajábamos
en el jardín, otras nos mandaba a pintar al campo, principalmente al
Pedregal donde teníamos otro refugio que era el Anahuacalli, entonces
en construcción. Y así, entre árboles de zapote blanco, plantíos de
coles, nopaleras, talladores de canteras y albañiles iniciamos nuestros
estudios con un entusiasmo increíble. Con los maestros Diego
y Frida fuimos muchas veces a las fiestas populares, ellos nos enseñaron
a comprender y a amar la expresión artística popular, lo mismo cuando
fue danza, música popular, corrido o cuando fue retablo. La libertad de las
formas nos la enseñó en las figuritas de Mezcala y en todo el arte prehispánico,
no en Picasso ni en Henry Moore. Era un momento de
profunda afirmación del nacionalismo en todos los ámbitos, político
y cultural, y la fama de los maestros muralistas llenaba el ambiente
de la vida de México. Con Frida fuimos a
visitar los entonces recién descubiertos frescos de Tepantitla y recuerdo
la extraordinaria emoción con que nos hizo ver las manos de Tlaloc que,
trazadas con una línea, flotan en el espacio regando el agua vivificadora
al mundo. Nos hizo sentir el espacio cósmico presente en la Plaza de
Quetzalcóatl, no con palabras pedantes que nunca fueron las de Frida,
sino con la sabiduría de la joven maestra que había descubierto la armonía
entre el sol, la luna, la tierra y los hombres. Bajo su dirección
pintamos unos murales al temple en la Casa de la Madre Soltera, lavaderos
públicos de Coyoacán, y aunque ella no pintó murales nos orientó y entusiasmó
para que nosotros lo hiciéramos.
En dos ocasiones pintamos
al fresco la pulquería “La Rosita”, situada a una calle de la casa de
la maestra, en la esquina de Londres y Centenario, para la primera ocasión
Frida redactó una invitación para el sábado 19 de junio de 1943 a las
11 de la mañana: Grandioso estreno de las pinturas decorativas de la Gran Pulquería
La Rosita. Las pinturas que adornan esta casa fueron ejecutadas por
Fanny Ravinovich, Lilia Huerta, María de los Angeles Ramos, Tomás Cabrera,
Arturo Estrada, Ramón Victoria, Erasmo Vazquez Landechi y Guillermo
Monroy, bajo la dirección de Frida Kahlo, profesora de la Escuela de
Pintura y Escultura de la Secretaría de Educación Pública. Actuarán
como padrinos e invitados de honor Don Antonio Ruiz y Doña Concha Michel,
quienes ofrecen a toda la distinguida clientela de esta casa, un exquisito
almuerzo consistente en exquisita barbacoa importada directamente de
Texcoco, sin faltar su compañera inseparable la salsa borracha, la cual
rociarán con los supremos pulques de las mejores haciendas productoras
del rico néctar nacional; amenizarán este festival una banda de Mariachis
con lo mejor de sus cantadores del Bajío, cohetes, bombas, truenos,
globos invisibles, paracaidistas en pencas de maguey, y el que quiera
ser torero que se tire al ruedo el sábado en la tarde que también habrá
toritos para los aficionados. Exquisitos curados, lujosos premios, bonitos
regalos, calidad superior, atención esmerada. La invitación de formato
largo, como los programas de circo, los repartimos profusamente por
las calles del barrio. Frida preparó garnachas y sopes que se obsequiaron
a los invitados y se escucharon corridos agrarios en la voz de Concha
Michel y del maestro Díaz de León. Todos
bebimos pulque en esa fiesta inolvidable. Cuando las pinturas
se deterioraron por la intemperie, volvimos a decorarla y fue motivo
para otra fiesta un 8 de diciembre para celebrar el cumpleaños del maestro
Diego Rivera con la asistencia de María Félix, Arcady Boytler, amistades de los maestros y los parroquianos
del barrio. La vida en la Casa
Azul para nosotros los alumnos, para los vecinos y los amigos era siempre
una fiesta. A pesar de su alegría
y su entusiasmo su salud a veces empeoraba cuando tenía que sufrir alguna
de las muchas intervenciones quirúrgicas que padeció a lo largo de su
vida. Unas acertadas y otras con fallas y hasta con
errores. Ver a Frida vestida de negro, mirarla bajar dificultosamente
las gradas de su jardín ayudada con un bastón, con su rostro joven de
extraordinaria inteligencia y belleza me causaba tanta emoción como
estar presente ante esas hechiceras mágicas de la leyenda indígena. Ella nos consiguió
que trabajáramos en el Anahuacalii, con el maestro Diego Rivera. En
esa obra de arquitectura inigualable que crece en el bello paisaje del
Pedregal como una enorme cactácea que mira al Ajusco, sobria y elegante,
fuerte y fina, antigua y perenne –como dijo Frida– gritó con voces de siglos
y de días, desde sus entrañas de piedra volcánica: ¡México está vivo!
como la Coatlicue, contiene la vida y la muerte; como el terreno magnífico
en que está erigida se abraza a la tierra con la firmeza de una planta
viva. Y allí pasamos trabajando
largas jornadas, dibujando los plafones bajo la dirección del maestro
Diego Rivera. Cuando entraba la noche en los muros de piedra en penumbra,
empezaban a aparecer como fantasmas las figuras de Ehecatl, Tlaloc,
Tezcatlipoca, dioses del viento, de la lluvia, de la noche. Esos eran
los momentos más felices para nosotros y para el maestro Diego, quien
entonces los invocaba y les decía: “Hemos construido su casa, ahora
vengan a poblarla”. Una de las obras cuya
creación me tocó presenciar y que pasado el tiempo más se acrecienta
su importancia fue La columna rota. A Frida los doctores le
habían impuesto un corsé de yeso desde hacía unos meses y ella ironizando
sus dolores lo había decorado con alegres colores y calcomanías que
comprábamos en las tienditas de Coyoacán y le llevábamos a regalar con
gran gusto. Con óleos y pinceles también los había pintado con símbolos
del comunismo: la estrella roja, la hoz y el martillo y alguna vez se pintó con una columna rota, donde seguramente
imaginó la extraordinaria obra que después realizó. Cuando los doctores le cambiaron el corsé de
yeso por esos cinchos metálicos que abrazaban su cuerpo y lo atormentaban,
ella pintó en el paisaje del pedregal que también frecuentábamos bastante,
su imagen en ese mar de piedra. Durante
el proceso de esta obra, Frida se había pintado totalmente desnuda y
posteriormente le agregó un paño en la parte del pubis, al ver el cambio
le dije: “ay maestra, ¿porqué lo tapó?, – y ella me respondió: “no lo
tapé por moral, ni por nada por el estilo, lo tapé para dar más fuerza
a la columna rota, ponerle una base y que nada pudiera distraer”. En esos días nos preocupaba
el fortalecimiento del Movimiento Mundial por la Paz y en este autorretrato el brillo de sus ojos
lacrimosos, tomaron la forma de paloma de la paz. Los pequeños clavitos y tachuelas que atormentan
su ser completan esta obra genial. Frida Kahlo, era una
mujer que gustaba de las alegrías del pueblo. En un paseo que hicimos
al Estado de México, íbamos por
la carretera que va a Toluca cantando alegremente la Internacional y
canciones revolucionarias de México y de la guerra española, a bordo
de un Volks Wagen azul que manejaba Cristina, la hermana menor de la
maestra Frida Kahlo. Llegamos al fantástico mercado de Toluca donde
gozábamos ver los inmensos cargamentos de flores y verduras frescas, tortillas, chorizos, longanizas y los famosos
dulces de Toluca llenos de colorido, calaveritas de azúcar con sus ojos
de papel plateado, camotes y otras golosinas que hacían nuestra delicia. Allí la joven maestra compraba servilletas,
manteles y colchas bordadas, que habían elaborado con su talento artístico
las indígenas mazahuas; todo
esto nos llenaba de felicidad y optimismo, que muchas veces se transformaba
en cuadros pintados de todo lo
que observábamos. Ese día continuamos nuestro viaje y visitamos un templo
franciscano en donde admiramos una imagen de San Francisco de Asís recostado
sobre el dintel de una puerta. Era un fresco de la época colonial. Poco después vi que
la maestra había pintado en un cuadro horizontal su figura recostada
en el Pedregal y recordé que seguramente el San Francisco que habíamos
visto sería el antecedente artístico que inspiró esta composición, pero
ella le había agregado el toque genial de unas plantas que atraviesan
su cuerpo cuyas venas entre vegetales y sanguíneas se extienden buscando
el suelo y se meten hasta las hendiduras de las rocas. Cuando se realizó
el Congreso de los Pueblos por la Paz, entusiasmé a la maestra Frida
de que hiciera un saludo a esta reunión que presidía Frederic Joliot
Curie, y en México fue publicado su pequeño cuadro saludo en la revista
Paz que editaba el movimiento mexicano y que presidía el poeta Efraín
Huerta. Frida pintó el saludo
y yo realicé un cartel con este grabado para el mismo congreso. En mi grabado aparece el campeón olímpico Checo
Zatopec, el General Jara, Joliot Curie, Paul Robson y el pueblo avanzando
en Lucha por la Paz. Cuando la postguerra
y al inicio de la guerra fría, el mundo vivió la amenaza del nuevo uso
de las armas nucleares, entonces se creó el movimiento mundial por la
Paz, que presidía el sabio francés Joliot Curie, se hizo una inmensa
campaña mundial de firmas para prohibir el uso de esas armas y considerar
criminal de guerra al gobierno que las usara. Frida fue una de las más
entusiastas participantes, y cuando en el año de 1949 se realizó en
México el Congreso Continental Americano por la Paz logramos la adhesión
de populares personajes de la época, que eran amigos de la casa, como
María Félix, Pita Amor y Jorge Negrete. Cuando vi por primera vez el cuadro Mi nodriza fue una impresión grandísima.
Fue esa noche mágica que Frida hizo su única exposición en México, en
la Galería de Lola Álvarez Bravo, exhibición para la que la maestra
había hecho a mano en cartoncillo verde una graciosa invitación en verso
recomendando no faltar. La pequeña galería
se encontraba repleta y la gente, los amigos, esperaban en la banqueta
de la calle Varsovia, número 12 casi esquina con Reforma. Cuando se
oyó el sonar de la sirena de ambulancia que trajo a Frida y que bajaron
entre varios camilleros y la colocaron en la sala de exposición e inmediatamente
fue rodeada por los numerosos amigos que se alegraban con su presencia. Frida, postrada, pero
adornada con rebozo mazahua llena de colorido y flores en la cabeza
recibió los saludos del doctor Atl, de Andrés Henestrosa, de Chavela
Vilaseñor, Concha Michel y Pancho
Díaz de León, que cantaron esa noche, y de todos los que la esperábamos.
Decía yo del cuadro
Mi nodriza cuya grandeza descubrí esa noche.
Grises de una lluvia misteriosa que cae lentamente. La figura de Frida
niña con rostro de adulta, los brazos amorosos de la nodriza con rostro
de piedra, el seno diseccionado que la amamanta donde se observan las
ramificaciones de donde fluye la leche vivificadora. En los muros colgaban
otros autorretratos y todos los asistentes mirábamos detalladamente
la muestra emocionados. A esta, su única exposición
asistió también el ingeniero José Domingo Lavín con su esposa yucateca
que preparaba comida regional de maravilla, ellos le habían encargado a Frida el cuadro
Moisés basado en el libro de Sigmond Freud
del mismo nombre, que ella interpretó con toda libertad. Les comento que para
esta pintura yo le llevé a Frida Kahlo unos libros de historia universal
con imágenes de algunos de los personajes que aparecen en esta obra:
Martín Lutero, Carlos Marx, Mahatma Gandhi, Confusio, Buda. En ese año de 1954,
una incipiente democracia surgía en Guatemala, tierra acostumbrada a
crueles dictaduras, donde la soberanía había sido casi siempre punto
muerto. El pueblo hermano
vivía un momento nuevo de su historia,
y se realizaba una experiencia democrática, se habían afectado
los intereses de la compañía frutera que durante muchos años había dominado
el área interviniendo en la política local y se había decretado una
tímida reforma agraria. El país defendía su soberanía, se iniciaron
algunos cambios en la vida social de Guatemala y esto preocupó al Departamento
de Estado de los Estados Unidos de Norte América que armó a un ejército
mercenario al mando de Castillo Armas para derrocar al gobierno de la
Revolución, que presidía el coronel Jacobo Arbenz. Y en junio de 1954
se produjo la intervención, este hecho movilizó numerosas protestas
en América Latina, este suceso conmovió también a Frida que aún estando
delicada de salud, salió a las calles de México a manifestar su protesta
por la intervención norteamericana y por el respeto a la soberanía de
esa nación. En ese tiempo yo había
sido invitado por el brillante intelectual Luis Cardoza y Aragón y por
el grupo de escritores y artistas Saker ti (amanecer) y la escuela de Bellas Artes para fundar el Taller
de Grabado de la Universidad de San Carlos de Guatemala que me tocó
reconstruir y en el que hicimos junto con los alumnos carteles alusivos
a la reforma agraria, a la defensa de la dignidad y la soberanía de
Guatemala. Frida estaba muy exaltada
y conmovida por esta agresión que le causó gran dolor. Muy pocos días después, el 13 de julio de 1954
dejó de existir. El digno intelectual Andrés Iduarte, entonces director
del Instituto Nacional de Bellas Artes, le rindió un homenaje póstumo
en el vestíbulo del Palacio de Bellas Artes y a mi me tocó colocar la
bandera del partido comunista sobre su féretro. Un numeroso grupo de
mexicanos la acompañamos al panteón
de Dolores, entre ellos Diego Rivera, el Gral. Lázaro Cárdenas, el poeta
Carlos Pellicer, Juan O´Gorman, sus
alumnos y muchos otros. Murió Frida, murió
Diego, han pasado 50 años de estos sucesos que tanto nos conmovieron,
en aquel tiempo lo llamaban peligro del comunismo, hoy lo llaman lucha
antiterrorista y realizan agresiones como la de Irak en donde no encontraron
las armas de destrucción masiva que buscaban y si el petróleo que tanto
anhelan. Lo más dramático de
la historia de nuestros pueblos es saber que hoy, cada día, se cometen
iguales y aún peores atropellos a la soberanía de las naciones. Ahora
con los avances de la tecnología nos muestran en vivo y a todo color
en la pantalla de nuestro televisor los bombardeos y la destrucción
de las ciudades como Bagdad, mezclados con el fútbol para endurecer nuestros corazones y que el atropello sea una noticia
más. En Afganistán, en
Irak, en Palestina, países lejanos, o en nuestra América Latina, en
pueblos hermanos de nuestra misma cultura como Haití, y en nombre de
la democracia, se realizan intervenciones burdas secuestrando al gobernante
y desterrándolo a África. En Venezuela armaron
y derrocaron a Hugo Chávez por un momento porque el pueblo de Venezuela
se lanzó a las calles a demostrar su apoyo y su rechazo al golpe militar
que sólo duró 48 horas. Los imperialistas no quitan la mira en Cuba,
a la que han mantenido bloqueada durante más de cuarenta y cinco años
y que con su heroísmo ha demostrado que son un pueblo digno. Nos bombardean a través
de la televisión para destruir nuestras culturas e imponernos su mundo
de violencia, sexo y drogas que envenenan a nuestra juventud. Los fabricantes de
armamento, capitalistas defensores de la economía de mercado que se
frotan las manos haciendo grandes negocios, son los que por ahora dominan
la escena, pero no sabemos por cuanto tiempo y seguramente los pueblos
van a despertar y abrazarán nuevas utopías que humanicen el presente.
Apropiados de los avances de la ciencia y la tecnología vuelvan a pensar
en la construcción de un mundo mejor con el que soñaron nuestros maestros
y nuestros héroes, con el que soñó Frida Kahlo, Diego Rivera, Hidalgo,
Bolívar, Juárez y tantos otros. Muchas gracias [*] Palabras pronunciadas por el autor en el panel en el que compartió memorias con Rina Lazo y Arturo Estrada. Sala Manuel Galich, Casa de las Américas, 14 de septiembre de 2007.
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