PONENCIA
Coloquio Internacional Una cinta que envuelve a una bomba

El lado oscuro del mito

JUAN CARLOS ESPARZA
Licenciado en Ciencias de la Cultura

Tuve la oportunidad de conocer el mundo de Diego y Frida hará unos ocho años, justamente desde el núcleo: el museo popularmente conocido como “La Casa Azul”. Fue aquella una llegada más bien accidentada: un extravío entre las calles del sureño y pintoresco barrio de Coyoacán. El alto muro de color azul cobalto y sus detalles rojo ladrillo con su enorme puerta verde perico me dieron señales de ser ese sitio el pasaje hacia un lugar y una historia –hasta entonces indiferente para mí- con mucho que decir, eso sin sospechar que de simple visitante en breve pasaría a ser funcionario del Museo Frida Kahlo. 

Así pues, esa casa que la cursilería retórica suele llamar “mágica”, fue el portal hacia muchas oportunidades más de laborar en el sector cultural de México. Hoy, que en esta isla se conmemora el centenario del natalicio de Frida y el medio siglo de la muerte de Diego, hay muchas historias que deben salir a la luz. 

La primera impresión sobre el Museo, allá por el año de 1999, era la de ser un espacio, que si bien ofrecía al espectador algo del ambiente de la pareja de pintores, mucho dejaba que desear sobre la información y aprendizaje que el visitante podría llevarse para sí: algunos cuadros en la primera sala, no precisamente los más famosos ni los más impresionantes, y el Diario como pieza central de la sala, reflejo de una vida dolorosa y anhelante. 

Más adelante, las salas se distribuían en  la muestra de objetos personales en los que eran exhibidos austeramente uno de los vestidos típicos de la pintora, algunos dibujos y bocetos, así como agendas y billeteras, mientras que una deslucida y mala réplica en blanco y negro de Las Dos Fridas ocupaba el espacio principal.  Después, seguía la sala que mostraba las obras de Diego en todas sus etapas: Academicista, Española y Cubista, hasta paisajes realizados en sus últimos días. Como se dijo anteriormente, obras de intachable calidad, pero no las más notorias. 

Los artistas nacionales y europeos que tuvieron contacto con la pintoresca pareja mexicana dejaron en La Casa Azul sus testimonios, destacando seguidamente lo mismo el costumbrismo de José María Velasco y Joaquín Clausell, que el surrealismo de Paul Klee y Ives Tanguy. 

El coleccionismo desbocado de Rivera por el arte prehispánico lo llevó adquirir tanto piezas de gran valor arqueológico como cualquier cantidad de baratijas insignificantes de barro falsificadas y mal hechas quizá el día anterior por vivos oportunistas. Es así que, en la sala Prehispánica, se muestra una gran cantidad de diminutas figurillas antropomorfas de la cultura de Tlatilco llamadas por los arqueólogos pretty ladies, así como figuras de barro rojo del occidente mexicano.  

El resto es la ambientación de los espacios íntimos: la famosa cocina, quizá sólo superada por la del convento de Santa Clara en la ciudad de Puebla, el comedor como un muestrario de arte popular, la recámara de Diego, en cuyos muros se encuentra el original de una de las más bellas fotografías a color de Frida, conocida como Retrato con rebozo rojo, tomado por el húngaro Nikolas Muray. 

No se entendería la vida de esta pareja extraordinaria sin el Estudio, fortaleza de piedra volcánica en el que se produjeron las más importantes obras de Frida. El punto de encuentro entre la casa vieja del padre y el espacio de la hija era el cubo de escaleras en el que se exponen tanto pinturas virreinales y del siglo XIX, como medio millar de exvotos religiosos.  

El Estudio recreaba el entorno en el que Frida sublimaba sus dolores por medio de la plástica y, finalmente, los dormitorios. La cama con el espejo arriba, testigo de la agonía y la creación, es un objeto prácticamente de culto para propios y extraños, a lo que sólo puede añadirse la frase acuñada por Carlos Monsiváis: “inútil oponerse a la canonización laica”.  

Tequila Frida Kahlo Nickolas Muray - Frida Kahlo - c.a 1941 Nickolás Muray - Diego y Frida en Tizapán - 1941

Hasta aquí la experiencia del visitante promedio de La Casa Azul, sin embargo, poco o nada dice ese recorrido al neófito y al ignorante –en el sentido literal del término-, así que fue por ello que una de mis primeras encomiendas fue la creación de un guión de visitas guiadas para el personal. Dicho texto fue elaborado mediante la investigación en la bibliografía existente, encabezada por la tesis doctoral de Hayden Herrera, Frida Kahlo: a bioraphy; de Marta Zamora, El pincel de la Angustia; Una vida abierta y Escrituras, de Raquel Tibol; Frida y Diego , de Le Clezio, Frida, de Rauda Jamís y otros más que escapan en este momento a mi memoria. Desconozco si hoy, siete años después, dicho texto se siga utilizando o más aún, si todavía exista.

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Frida y Diego son considerados como los pintores más representativos del arte mexicano del siglo XX, aunque también hay, sobre todo en ella, atribuciones generalizantes que hacen saltar a su genio y figura de un contexto a otro. Influye también un determinado sentimiento nacionalista del mexicano promedio que sólo exhibe y concibe su patrimonio cultural mediante gritos rancheros, camisetas verdes de la selección nacional de fútbol o exaltaciones farisaicas a la Virgen de Guadalupe. Por otra parte, ¿es adecuado ver en Frida y Diego una columna vertebral del patrimonio nacional? Vayamos por partes. 

Frida Kahlo no es patrimonio de la Nación. Magdalena Carmen Frieda Kahlo Calderón es la pintora más cotizada, sólo después del también trágico Vincent van Gogh. Entre la verdad de su dolor y vida y su mito magnificado hay un abismo considerable, llenado muchas veces por la comercialización que se ha hecho de su figura y de su obra. Es curioso cómo una artista comunista es hoy motivo de cualquier tipo de elementos de mercadotecnia, para lo cual existe un término común: la Fridomanía. Al menos hacia el año 2000, los ingresos diarios del museo por concepto de cobro de entradas fluctuaba entre los 500 y 700 dólares de lunes a viernes, duplicándose sábado y domingo, y si a eso agregáramos las ventas de la cafetería y tienda de souvenirs entonces hablaríamos de ingresos diarios entre los 1500 y 3000 dólares, todo ello a beneficio de un fideicomiso creado por el mismo Diego Rivera con el Banco de México y la finada coleccionista Dolores Olmedo Patiño, quien hasta su muerte en 2002, fue directora vitalicia del museo que lleva su nombre, del Diego Rivera Anahuacalli y del propio Frida Kahlo.

La aportación de Olmedo al rescate e integración de la obra de Diego y Frida es innegable, pues es precisamente su museo el que alberga la mayor colección de obras de la pareja, seguida de los otros dos. Obras aisladas existen también en las colecciones de Fomento Cultural Banamex (hoy propiedad del corporativo estadounidense Citygroup), el Museo Mural Diego Rivera, donde se exhibe Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central y algunas obras de caballete realizadas durante su estancia en la Unión Soviética hacia 1956. Por último, se conservan algunos dibujos de Frida en el Museo de Arte de Tlaxcala. Pues bien, a pesar de ello, ha existido y existe una tendencia consumista por parte de las autoridades del fideicomiso.  

Cierta ocasión algún turista argentino reclamaba con señas de profunda indignación que cómo era posible que se vendiera tanto marketing en la casa de una artista comunista, eso sí, tras haber adquirido bastantes de esos endemoniados productos y con una lata de Cocacola en la mano. Paradojas de la vida…  

Por todo lo anterior, Frida y Diego son patrimonio de los mexicanos, pero propiedad de una familia particular, con todas las reservas del caso y, ante todo, con el reconocimiento a la innegable labor de conservación de las obras. 

Frida Kahlo no era comunista. En la misma temática de la valoración del comunismo de la artista queda el hecho de haber mantenido el famoso romance con León Trotsky y que hacia el final de su vida dedicara alguna obra a Stalin en la que se puede apreciar un trazo sumamente burdo, producto del dolor de treinta y dos operaciones de la columna. Es verdad que entre el asunto de Trotsky y esta pintura hay un considerable lapso de tiempo de casi dieciocho años, pero ello sería tiempo suficiente para saber, desde el inicio, lo ocurrido entre estas dos figuras de la historia soviética. Por otra parte, ¿qué auténtico comunista aparece en la portada de Vogue? 

Frida Kahlo no es la diosa madre de jipitecas, chicanas, feministas y lesbianas. Esto a pesar de la constante ostentación de su imagen y su obra como estandarte por parte de estos grupos étnico-socio-culturales. Su iconografía responde única y exclusivamente a su universo inmediato.  

En una primera instancia, la creación del fenómeno de la fridomanía puede situarse entre los años de 1983 y 1984, en ocasión del treinta aniversario de la muerte de la artista, cuando en primer lugar se publicó la tesis doctoral de Hayden Herrera bajo el título: Frida Kahlo: a biography. Al año siguiente, aparece la obra que popularizó masivamente a Frida, el filme Naturaleza Viva, de Paul Leduc, que, aunque lenta en su ritmo y escasa de diálogos, tiene la virtud de estar filmada en las locaciones originales, y de contar con un gran simbolismo y creatividad en composición de los planos. Asimismo, el parecido de la actriz y cantante Ofelia Medina es digno de resaltarse. Sin embargo, este fenómeno, a la vista de otros investigadores y críticos va más allá, con razones menos intelectuales: 

La fridomanía (…) obedece, además, a razones más complejas. En la década de los años ochenta el mercado de arte, con epicentro en Nueva York, elevó las cotizaciones de las obras a precios siderales. Contribuyeron a esta sobreexcitación varios fenómenos. Uno de ellos fue el cambio de una economía de producción por una economía en la que los excedentes de capital financiero produjeron un enorme caudal de liquidez. Surgió además una novedad: el vertiginoso coleccionismo japonés. Otro factor que se sospecha actuante es la creciente "industria" de armas y narcotráfico. Asimismo, el cansancio respecto al arte de los centros y la desigualdad provocada por la globalización abrió un mecanismo que no deja de tener su costado perverso: el interés por el arte periférico. Este contexto y la vida legendaria de Frida Kahlo crearon su mito y su enorme cotización, pero si ella viera ahora sus retratos en cursis cajitas artesanales y en camisetas tipo Versace, Óscar de la Renta o Tepito gritaría de bronca con una de esas furias propias de ella, sin escatimar insultos. A menos que se convirtiera en posmoderna, cosa que dudo. [1]  

Nickolás Muray - Frida pintando Las dos Fridas - c.a 1938 La Casa Azul Diseño de zapatos deportivos con motivos fridianos

Sean cuales fueren las causas reales y precisas de la invención de Frida como bien de consumo, el hecho es que la mercadotecnia generada en torno a su vida y obra poco o nada coincide con la génesis de su pintura: 

El imperialismo que Frida detestó y sus múltiples testimonios y vociferaciones en contra de "ese país tan mula" no la han hecho escapar a la mercantilización de sus heridas (físicas y sentimentales). Han puesto precios a "Unos cuantos piquetitos", a "Operación cesárea", a "Sin esperanzas" y en las exclusivas galerías de Manhattan sus obras alcanzan cifras hasta de dos millones doscientos mil dólares. El mercado iguala a músicos con demagogo, a Frida con historietas... La sociedad de consumo está creando fridomaníacos. [2]  

Frida Kahlo no era surrealista, aunque sí pudiera ser Un listón de seda alrededor de una bomba. Que haya aceptado la invitación de André Breton para exponer en París, responde a un interés personal, pero legítimo de conveniencia artística y económica. Debe recordarse que el surrealismo se basa en la representación de imágenes oníricas y de estados alterados de conciencia, naturales o inducidos. Frida pues, se desvinculaba del movimiento declarando, tras no pocos insultos, que no pintaba sus sueños, sino su propia realidad, además de que dichos estados mentales no obedecían a la experimentación estética sino a tratamientos médicos anteriores a la invención de la anestesia. De los surrealistas, Frida solamente destacará la relación con Marcel Duchamp y su esposa Mary Reynolds, quienes en todo momento la asistieron en sus necesidades de salud durante su estancia en aquel pinchísimo París. A pesar de ello, hay actualmente defensores del surrealismo de Frida, como lo manifiesta el andaluz Gerardo Piña Rosales: 

(…) baste decir que me parece imposible comprender a cabalidad la obra de Frida Kahlo sin los presupuestos del Surrealismo. Los espejos violados de Frida nos devuelven, una y otra vez, la imagen de su cuerpo herido, mutilado, de belleza convulsiva; en esos mismos espejos quebrados se refleja, obsesivamente,  el rostro de Diego Rivera, su pasión y su tormento, su loco amor, su amour fou. ¿Cómo negar el latir surrealista de su misma sensualidad, mórbida, buñuelesca? ¿No traspasan acaso su obra los dardos del horror, de la crueldad? ¿Y sus filias y fobias más acendradas, yacen quizá ocultas en algún desván de su casa de Coyoacán? [3]  

Retórica, al fin y al cabo, pero la realidad es que es común la tendencia a etiquetar el genio latinoamericano con comparaciones del contexto del llamado mundo occidental. 

Frida Kahlo no era folklórica espontánea. Las interpretaciones a su forma de vida, y en especial a su indumentaria son abundantes. No es posible generalizar que la recurrencia de sus vestidos tradicionales, especialmente de la región del Istmo de Tehuantepec, obedezcan única y exclusivamente a un afán mexicanista acorde con el periodo del Nacionalismo Mexicano (1925-1950), en el que por iniciativa oficial, la producción plástica y de ideas se enfocó en la búsqueda y experimentación de los prototipos nacionales para la exaltación oficial de los mismos. 

Su forma de vestir respondía en un principio a lo que puede entenderse como la sublimación de sus defectos físicos por medio de la apariencia externa. A corta edad Frida padeció la poliomielitis, enfermedad que le dejó como secuela una pierna notoriamente más delgada que la otra, eso, aunado a los efectos del accidente y más adelante a la amputación de la pierna derecha, pudo resolverse en el plano estético y afectivo con el atuendo tradicional mexicano, aunque no por ello se disminuía la extravagancia. 

Diseño de zapatos deportivos con motivos de caligrafía fridiana Corsé de La Perla de punto de cruz con cristales de Swarovski - Costo 1500 euros Autorretrato dedicado a Trotsky - 1937

Frida Kahlo no fue madre a causa del accidente, sino por matriz infantil. De las hijas del matrimonio Kahlo Calderón, sólo la menor, Cristina, pudo tener dos hijos, Antonio e Isolda, la cual aún vive. Frida sufrió en total siete abortos: tres terapéuticos y cuatro espontáneos. Su frustrado deseo de maternidad se expresó constantemente tanto en la plástica como en su vida cotidiana, de ahí los animales con los que solía rodearse y retratarse: el xoloizcuintle “Xólotl”, el venado “Granizo” y “Fulang Chang”, el chango.  

Otro signo de maternidad sublimada es precisamente la relación con sus sobrinos y otros niños y la formación del grupo juvenil de artistas conocidos como “Los Fridos”. La asombrosa recuperación del accidente en un tiempo de tres meses es aún objeto de estudio de diversos casos clínicos, como si las palabras plasmadas en su Diario se hicieran eternas: “Árbol de la esperanza, mantente firme”.  

Frida Kahlo no era lesbiana. Este es un lugar común empleado cotidianamente en un sentido peyorativo. Era bisexual: sus amoríos con León Trotsky, Nikolas Muray e Isamu Noguchi, lo confirman, por citar algunos casos. Hayden Herrera consigna el caso de un abuso sexual por parte de una secretaria en la Escuela Nacional Preparatoria, pero el hecho sólo le ocupa una o dos líneas. Muchas otras relaciones sostuvo la pintora con mujeres notables de la época, entre ellas la cantante vernácula Chavela Vargas, comentado por ella misma durante su visita al Museo en el año 2001 para la grabación de un documental de la cadena española Antena 3. 

La situación emocional de Frida, desde el accidente, la ruptura de la relación con Alejandro Gómez Arias, las infidelidades de Diego Rivera, en especial con Cristina, la muerte de la madre y la agonía del padre hicieron de la artista un ser profundamente necesitado de demostraciones de cariño. El amor para ella era más allá que el compartir ciertos momentos: era una entrega total con el otro en un deseo de complementarse y fusionarse hasta el infinito, y eso sólo pudo lograrlo, con sus peculiaridades, Diego Rivera; sin él, cualquier otra relación, masculina y/o femenina, sería efímera. 

Frida Kahlo no se parecía a Salma Hayek ni hablaba inglés. El filme de la directora Julie Taymor, superficialmente basado –según las notas de producción- en la obra de Hayden  Herrera, fue altamente controversial en México y entre los fridomaniacos, principalmente por el lenguaje inglés de la producción mal plagado de mexicanismos colocados más a la fuerza que otra cosa, los cuales sólo reflejan que se trata de uno más de los innumerables productos mexican curios para el consumidor norteamericano. No por ello la obra desmerece en su calidad estética, exceptuando las pseudo adaptaciones de las pinturas originales para mostrar el rostro de la actriz. Resaltan positivamente la ambientación y la fotografía, pero los diálogos resultan falsos; la caracterización de Frida es igualmente forzada, se presenta a un Diego envejecido sólo en los últimos diez minutos, además de que cruciales personajes como Tina Modotti y David Alfaro Siqueiros, no tienen otra misión en el guión que mostrar un beso entre mujeres y beber tequila a grandes tragos. 

Sobre el anecdotario de la producción sólo resta decir que por diferencias financieras con la familia poseedora de los derechos de explotación de Frida, a diferencia de su predecesora de 1984, la filmación se realizó en locaciones de los estados de Puebla y San Luis Potosí para recrear el Centro Histórico de la Ciudad de México y la propia Casa Azul. Es de destacar tanto la recreación de ésta, como el ingenio de la producción para introducir clandestinamente aparatos fotográficos al Museo con el fin de reproducir posteriormente cada detalle en la filmación. 

Finalmente, Frida Kahlo no usaba escolta militar. En la pasada inauguración del Homenaje Nacional en el Palacio de las Bellas Artes de la Capital Mexicana, como ya se ha hecho costumbre, el actual usufructuario del poder ejecutivo hizo su arribo escondido y por la puerta trasera en un operativo planeado por el estado mayor. La llegada se dio en el marco de una protesta masiva en la que, como ya se ha hecho costumbre, le llovieron insultos de toda clase. El evento estuvo prohibido a la prensa y, para culminar, el individuo en cuestión afirmó en su discurso que nadie había hecho más por la cultura que él. Como siempre, los políticos se llenan la boca de frases acomodaticias y complacientes al momento de una inauguración, aunque jamás se les vuelva a ver rondando, ni por error, en un evento cultural. 

Para concluir, es necesario reconocer que a últimas fechas la nueva administración del Museo Frida Kahlo ha logrado inyectarle vida nueva con la renovación de espacios desaprovechados, pero sobre todo con la puesta en exhibición de objetos personales de los artistas que estuvieron ocultos en el baño de la habitación del Estudio por más de cincuenta años por la voluntad de la finada directora vitalicia Dolores Olmedo. Enhorabuena. Que esto sea el inicio de una nueva etapa en la que el legado de los pintores, pero en especial de Frida, pueda gozarse y divulgarse tal como es, no un mito tergiversado, sino por su dolor y vida, como el recuerdo de una pintora por derecho propio.

  Algunos diseños de vestidos típicos mexicanos usados por Frida  

 


[1] Leila Driben: Letras Libres, Septiembre de 2001. http://www.letraslibres.com/index.php?art=6973

[3] Gerardo Piña– Rosales: “Los espejos violados de Frida Kahlo”, en Baquiana. (Revista Literaria), número 17 y 18. http://www.baquiana.com/Numero%20XVII_XVIII/Opini%C3%B3n_III.htm

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