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Diego Rivera en Cuba: el legado
de un artista paradigmático Dra.
OLGA MARÍA RODRÍGUEZ BOLUFÉ Cuando en junio de 1910, durante su viaje de España a México, el joven Diego Rivera llegó a La Habana, el castillo del Morro, el malecón y los viejos almacenes de la aduana se convertirían en imágenes perdurables en su memoria años más tarde, en que la cubana Loló de la Torriente se empeñaría en rescatar esos recuerdos de la primera estancia del gran muralista en la isla. Es entonces cuando la autora nos conmina a participar de aquellos momentos en los que Diego Eran
tiempos en que se fraguaba para el joven Rivera, una personalidad
ávida de conocimiento, de experiencias, de curiosidades que
se renovaban en cada momento, cuales estímulos que darían riendas
al talento creador. Tras
sus años de formación europea, regresó a México para incorporarse
al llamado de José Vasconcelos, y de inmediato reveló el potencial
que lo distinguiría entre los llamados Tres Grandes como
un artista renovador e intensamente comprometido con la tradición
y los valores culturales de su país. La
repercusión de Diego Rivera como artista paradigmático del arte
latinoamericano en Cuba, tuvo en las revistas modernas uno de
sus escenarios más activos, allí se reflejó de forma casi simultánea
lo que estaba ocurriendo en México, el surgimiento de una intencionalidad
formal con significados enfocados al rescate de la cultura nacional,
tanto por parte de escritores como de artistas mexicanos. Entre las revistas que se conservan
en la Biblioteca Nacional “José Martí” y en la Biblioteca del
Instituto de Literatura y Lingüística de La Habana, de un total
de veinticinco ejemplares con referencias al arte mexicano,
once contenían trabajos sobre Diego Rivera, lo cual resulta
un indicador verificable de la difusión de su trabajo en Cuba.
La
revista iniciadora en estos intercambios fue
Social que en 1922 publicó “Crónicas de México. Diego Rivera: El Fuerte”,
de Jorge Crespo de la Serna. Se enfatizaba a Diego como uno
de los mejores pintores contemporáneos, estableciéndose un estudio
de la obra a la encáustica que el pintor hiciera para la decoración
del gran muro central del Anfiteatro Bolívar de la Escuela Nacional
Preparatoria (ENP) de la Ciudad de México, con el tema de “La
Creación”. Según
Anita Brenner, los primeros contratos para pintar murales se
habían firmado a finales de 1922 y no fue hasta marzo de 1923
que Diego había concluido su obra en el Anfiteatro Bolívar.
De este modo se constata que Crespo de la Serna, cual cronista
de la cotidianidad mexicana de aquel entonces, se encarga de
enviar sus reportes a la mayor brevedad, dada la necesaria actualización
de las noticias que sobre arte, se publicaban en Cuba, por medio
de Social. El número 8 de la revista Social del año 1926, sería un detonante
en la influencia de Rivera en la isla, a
propósito de un viaje que hicieron a México los minoristas Roig
de Leuchsenring, Juan Antiga y Alejo Carpentier. Diego colaboró
en ese número con un trabajo titulado “La pintura revolucionaria
mexicana” donde expresaba: No
creo posible el desarrollo de un arte nuevo dentro de la sociedad
capitalista, porque siendo el arte una manifestación social
–aún en el caso de la aparición de un artista genial– mal puede
un orden viejo producir un arte nuevo. Además, siendo la obra
de arte dentro del orden burgués un producto industrializado
y financiable, sujeto a altas y bajas de precio como cualquier
valor bancario o cualquier acción industrial, cae bajo la ley
de la oferta y la demanda con todas sus consecuencias agravadas
por su calidad de producto mismo mental-sensitivo estando el
productor sujeto a la necesidad de hacer que su obra responda
al gusto de sus consumidores para que ellos la paguen, aunque
a veces el artista haga esto de un modo subconsciente.
[2]
El pintor mexicano polemizaba sobre
la función del arte nuevo -concepto ya empleado por Ortega y
Gasset y que en Cuba, Juan Marinello había dotado de una esencia
revolucionaria- al tiempo que se refería a los valores mercantiles
y al consumo mismo como problemáticas inherentes al proceso
de circulación de la obra, por lo que demandaba para el arte
nuevo una sociedad diferente de la estructura capitalista.
Volvió
Diego a la carga cuando a finales del propio año 26 envió un
trabajo a la revista cubana titulado “Notas sobre los pintores mexicanos”
haciendo referencia a la vida y obra de pintores que compartían
con él aquel fecundo panorama artístico del México de la década
del 20, enfrascados en el proyecto de un arte nacionalista y
moderno, comprometido y revolucionario. El juicio valorativo
de Diego, sus intenciones manifiestas tanto por escrito como
visualmente en las reproducciones que acompañaban sus criterios
y los de otros acerca de él, fueron contribuyendo a estabilizar
y difundir su rol protagónico como parte del nuevo arte mexicano
en Cuba. A esto contribuirían sus exposiciones en la isla y
su amistad con intelectuales y artistas cubanos que visitarían
México en esos años y posteriormente. Desde
sus propias circunstancias históricas, se trataban asuntos que
también interesaban a los cubanos en torno a la búsqueda de
un lenguaje nacional en sus expresiones culturales (incluyendo
los debates políticos y económicos) por aquellos años. Revista de Avance ocupó un lugar altamente significativo en este sistema
de vínculos artísticos. Bajo sus auspicios, se organizó la primera
exposición de obras de Diego Rivera en el Lyceum de La Habana.
Las palabras inaugurales estuvieron a cargo de Alejo Carpentier,
quien había conocido a Diego en su viaje a México en 1926. En
el texto reproducido por la Revista de Avance, el escritor cubano expresaba: Diego
Rivera tuvo una revelación magnífica de su propia fuerza. Y
su arte, ese arte que entraña una ideología tan hermosa como
sus propias realizaciones, surgió maravillosamente lozano, planteando
principios estéticos que habrán de regir por mucho tiempo el
arte de nuestra América.
[3]
Se
trató de una acción iniciadora y de gran impacto, por primera
vez se mostraban las obras de quien era ya conocido y valorado
en alta estima en la isla, como el gran modelo del nuevo artista
latinoamericano. Tanto por sus novedosas propuestas plásticas,
por su excelencia técnica y compositiva, por la personalidad
implícita en las obras, así como por la autenticidad en la búsqueda
y hallazgo de una poética visual plenamente cargada de significados
nacionales y latinoamericanistas, Diego pronto se convirtió
en el gran inspirador de muchos artistas cubanos. Otras
publicaciones como el Suplemento Literario del Diario de la Marina,
publicó varios textos sobre el arte de México y sólo en 1927
se localizaron 5 trabajos dedicados exclusivamente al pintor
mexicano. El publicado por Larín Loya, con el título “Silueta
pintoresca de Diego Rivera” lo calificaba como…”Uno de los más grandes artistas que ha dado
México al mundo y en particular, a América Latina...”,
[4]
mientras José Hernández Cárdenas en sus crónicas
desde México se refería a Diego como “el
creador de obras extraordinarias (...) que constituyen ejemplos
de lo que él llamaba ‘arte revolucionario y proletario’, inspiradas
en la tradición popular y marcadamente étnica de este país americano”.
[5]
Por
su parte, la revista Bohemia publicó en Septiembre de 1927 un
artículo donde se consideraba a Diego “el apóstol máximo del
‘mexicanismo’.
[6]
Y de este modo, las revistas afianzaban un claro
mensaje sobre el artista nuevo en nuestra región: revolucionario,
nacionalista, renovador y dueño de un talento creador que le
permitía asimilar los recursos plásticos de las vanguardias
europeas para enaltecer y legitimar su propuesta visual. Pero
también otros vínculos unieron a Diego Rivera con la realidad
cubana de aquellos años, como su amistad con Julio Antonio Mella,
quien en vísperas de la reelección de Obregón en 1927, contó
con el respaldo del muralista en sus esfuerzos por reorientar
el trabajo de las organizaciones obreras. En opinión de Manuel
López Oliva, se evidenciaron las aproximaciones entre la visión
del cubano y las de los artistas mexicanos que conoció, en el
cuento suyo “Aquí nadie pasa hambre” (publicado en El Machete
con el seudónimo de Cuauhtémoc Zapata) donde se lee: “...Don
Manuel tiene el aspecto común a los burgueses y a los cerdos
que tantas veces han reproducido los pintores y los caricaturistas:
el estómago era todo el cuerpo y la cabeza y los demás órganos
parecían simples adornos del estómago”.
[7]
Se trata de una imagen inspirada en las obras que
tanto Orozco como Rivera legaran con esa visión crítica descarnada
en la representación de la burguesía como grupo social ridiculizado
y decadente. Cuando
el asesinato de Mella en México, una página extra de El Machete
describía el entierro como una manifestación popular de repudio
que recorrió las principales avenidas de la ciudad, hasta el
Panteón de Dolores, donde hizo uso de la palabra Diego Rivera,
a nombre de la Liga Antimperialista, entre otros oradores. Después
de una etapa fructífera en las relaciones entre Cuba y México
durante el gobierno del general Lázaro Cárdenas, siguió un período
en el que México se debatió ante la evaluación crítica y la
calificación como “demagógica” de la pintura mural, donde instituciones
como la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios fueron
enjuiciadas, donde la desconfianza en las instituciones gubernamentales
a cargo de la promoción de las artes plásticas se denunció,
donde la falta de galerías de arte fue preocupante.
El
no. de enero-julio de 1944 de la revista Orto merece
nuestra atención por la inclusión del trabajo titulado “Encuentro
con Diego Rivera. Crítica e interpretación”, de la autoría de
Eva Freijaville. Se refiere a la vida y personalidad del muralista
destacando su cualidad como pintor revolucionario, y enfatizando
en el hecho de que no aceptó ningún dogma, porque para él, “la
pintura es un medio de expresión muy personal y privado y nadie,
fuera del artista, debe intervenir en ella”.
[8]
Resulta muy significativa esta aclaración,
en un momento en que ya el paradigma del muralismo mexicano
comenzaba a ser objeto de polémica en su propio contexto y a
nivel internacional. La eterna disputa entre lo nacional, lo
propio y las asimilaciones foráneas o las propuestas más personales
y menos comprometidas con un proyecto político, comenzaba a
tornarse más aguda. Ni Cuba, ni México escapaban de este proceso
que exigía nuevamente la renovación, la oposición a fórmulas
que ya se habían ido tornando en un discurso retórico, y en
consecuencia, sus figuras paradigmáticas, también eran emplazadas. Al
respecto, Juan Marinello polemizaba con Diego y
reiteró aspectos negativos desde su exigente juicio, derivados
de la aplicación de soluciones plásticas de forma continuada,
cual serie imperturbable, a lo que se sumaba el narcisismo
y la transigencia. Marinello arremetía contra la supervivencia de criterios individualistas en Diego, consideraba
que el mexicano sólo había pintado para el Estado en sus paredes burocráticas y que se mantenía en una posición vacilante
ante la “única ruta” marcada por Siqueiros. Diego prefería guiarse
por sus impulsos, ironizaba y transgredía las orientaciones
emanadas de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios
(LEAR), organización en la que Marinello tuvo un rol muy significativo
como representante en varios eventos, incluso a nivel internacional. Otra
de las figuras esenciales que contribuyó a afianzar la influencia
de Rivera en Cuba fue ya referida Loló de la Torriente, quien en medio
de aquellos debates concluía: “Con
todos los sensacionalismos de Diego, con sus boutades
y majaderías, Diego era Diego, el Maestro: admirable, el creador
de la gran pintura mural mexicana”.
[9]
En 1944, Loló se comprometió con
la elaboración de un libro de memorias de Diego Rivera, luego
que a finales de la década del 30, la escritora argentina Victoria
Ocampo le solicitó que hiciera un estudio sobre Diego para publicarlo
en la revista Sur. El resultado fue un libro de 354 páginas, que se ha convertido
en obligada referencia para los estudiosos de la obra del pintor
mexicano, titulado Memorias
y razón de Diego Rivera. Varios habían sido los intentos
por realizar una biografía del pintor, un personaje entre lo
legendario y lo mítico en pleno siglo XX. Fue entonces cuando
Diego dijo a Loló: “Te
daría todas mis memorias si te dispones a trabajar (...) Sé
que eres la única persona que las trabajaría con honradez y
sinceridad”.
[10]
Diego y Frida la recibieron en
la casa de Coyoacán, e inmediatamente la cubana se comunicó
con la esposa del pintor: “Mi trabajo con Diego ahondó nuestra amistad
(...) viví el drama que era su vida y la muerte trágica que
fue su liberación (...) mi voluntad triunfó sobre aquel fárrago
de dificultades que Frida me ayudó a vencer”.
[11]
Loló escribía completamente identificada
con aquel “personaje novelesco, fantástico” donde unas
veces trabajaba la lógica rigorista y bastante eficaz y otras,
un estado emocional que producía un florecimiento imaginativo
que se imponía a sí mismo como realidad. Decía Loló en el prefacio: Contradictorio y vacilante, veleidoso y profundo, terriblemente desconfiado,
como buen mexicano, era imposible acercarse a él sin sentir
su resplandor (...) Era un romántico, no obstante sus alardes
marxistas que, consecuente con su época, buscó y halló en el
caudal de su pueblo los valores estéticos capaces de constituir
Escuela (...).
[12]
En este libro, Loló consiguió integrar
su inteligencia analítica con la memoria y la frase directa
del pintor mexicano. Se trató de un texto que valoró y situó
a Rivera en su contexto nacional y universal. Refería los métodos
de trabajo del pintor para concluir que “Diego era el
pintor señero dueño de un dibujo que jamás quebraba la forma.
Su colorismo salía de la composición de su paleta que él mezclaba,
suavizaba y vigorizaba dándole permanencia a la obra”.
Pero
también Diego se vinculó directa e indirectamente con los artistas
plásticos cubanos. Uno de los primeros fue Conrado
Walter Massaguer, quien en sus Memorias
incluyó una caricatura a color, de grandes dimensiones, que
le hiciera a Rivera en su viaje a México en 1926: “El ilustre
mexicano, que (...) le ha dado universal prestigio a las artes
pictóricas de su país. Es un gran artista para quien la pintura
mural no tiene secretos”.
[13]
Después de la avanzada plástica
de los años 20, la asfixiante atmósfera cultural de Cuba, entre
otros factores, provocó que muchos de los pintores viajaran
por Europa, México y Estados Unidos para estudiar activamente
los lenguajes de las vanguardias artísticas. Podríamos
citar en este sentido la vinculación de Mariano
Rodríguez al grupo de Rivera encabezado por Pablo O’Higgins
que le ofrecía la alternativa del compromiso político, junto
al aprendizaje técnico que recibía de Manuel Rodríguez Lozano.
Eduardo Abela también reconoció sus preferencias
por Diego y su enorme papel histórico más allá de gustos personales.
En 1937 participó en el proyecto de murales para la escuela
normal de Santa Clara, con el mural al fresco “La Conquista”,
revelando influencia riveriana en el manejo compositivo del
espacio interrumpido por un vano, el colorido, la relación entre
las figuras, adecuando el tema a la historia patria. Durante
su estancia en México en misión diplomática, Eduardo Abela expuso
una muestra de cuadros inspirados en Goya; Diego Rivera, invitado
por Loló, “le sugirió
que guardara aquellas telas y pintara cosas claras y carnales
del contorno en que vivía”.
Relata la escritora que Abela no se enojó con
el dictamen. “Comprendió que, ciertamente, no era de lo mejor
que había hecho y siempre me agradeció la vinculación con el
Maestro muralista al cual admiraba”.
[14]
Entre los referidos murales de la escuela normal de Santa
Clara, intervino también Jorge
Arche, con la obra
“El Huracán”. La rolliza figura indígena sentada de espaldas
que Rivera casi estandarizó en el imaginario colectivo de México,
no escapó a la avidez del cubano. Ahí está, monumental y plena,
ahora personificada como campesina criolla, intentando que esa
imagen pudiera también convertirse en contenedora de significados
identitarios de cubanidad. Todos los personajes sucumben a su
alrededor, sus proporciones se agigantan ante los escuálidos
campesinos que traen al niño moribundo. A
fines de 1945, Arche se estableció en México como parte de una
representación diplomática. Le comentaba a su coterránea Loló
de la Torriente “(...) Aquellos que como el mexicano Diego Rivera
sepan hablarle al pueblo en su propio idioma lograrán hacer
para Cuba una pintura auténtica, nacional (...)”.
[15]
En consecuencia, las obras de Arche de este período
revelan influencias de Rivera en técnicas, lenguajes formales,
y en el tratamiento de escenas y tipos étnicos del país. Por su parte, Arístides Fernández,
considerado uno de los artistas más propositivos
de la vanguardia cubana, también manifestó gran interés por el conocimiento de la técnica del fresco
cuando escribió a Diego: He
intentado por varias veces hacer pruebas de la pintura al fresco
y he fracasado lamentablemente. Me explicaré: he preparado el
mortero a base de cal
y arena, lo he aplicado sobre el trozo de pared en la que esperando
tres o cuatro horas para que se endureciera la amalgama, calcando
el cartón, me he detenido siempre en el momento de pintar, el
retoque no chupa, el color no penetra en la masa, se corre:
he aquí lo que me desespera, lo que me ha hecho perder el sueño
hace 15 días (...) Registré bibliotecas, librerías, en busca
de un tratado que aclarara mis dudas, con resultados negativos.
En toda La Habana no se encuentra el
más insignificante librejo sobre la pintura mural.
[16]
Otra situación
acompañó a Carlos Enríquez a fines de 1943, cuando
viajó a México, después de varios intentos previos, dueño ya
de una personalidad madura como pintor. En su libreta de apuntes
calificó a Diego como “mastodóntico
en genio y figura” y a Frida que...“con atavíos de reina
tehuana y joyas legítimas precolombinas parecía presidir un
ritual en la fabulosa Monte Albán”.
[17]
Su
muestra, patrocinada por la Secretaría de Educación, se inauguró
en enero de 1944 en el Palacio de Bellas Artes. Un texto de
Diego Rivera, escrito especialmente para la ocasión, fue reproducido
en el catálogo. Por su importancia, transcribimos un fragmento: (...) Y la pasta y el color
y la técnica nerviosa de su pintura pertenecen a Carlos Enríquez.
No mira ya Montparnasse a través de una ventana del Vedado y
los colores de América y su personalidad personal, han cambiado
los caballos del circo athenicoide de Chirico por corceles en
libertad que sobreponen sus imágenes como en las cuevas de Altamira
y de Landogne ante el paisaje de la tierra de aquí.
[18]
Otro
de los referentes concretos de la pervivencia del influjo del
mexicano en Cuba se mostró en los murales
de la escuela José Miguel Gómez en la capital, en
1937. El emplazamiento mismo en un centro educacional, comportaba
un primer nivel de empatía con la experiencia mexicana; también
la selección de los temas, evocaba el compromiso con la historia
que habían contraído los muralistas al representar escenas de
la conquista, de las luchas independentistas y de su realidad
actual, a partir del empleo de determinados recursos como la
clara diferenciación entre los personajes positivos y negativos,
tan utilizada por Diego Rivera, en virtud de alcanzar un efecto
comunicativo más directo.
Como
colofón de este recorrido por los principales ejes de relación
entre Diego Rivera y Cuba, valga citar la exposición “Pintura
Cubana Moderna” que se expuso en el Salón Verde del Palacio
de Bellas Artes de México en junio de 1946, donde asistió Diego,
para hacer cordiales declaraciones a las agencias internacionales
de información que paralelamente publicó la prensa cubana. Una
expresión más de los sistemáticos y sólidos vínculos artísticos
entre ambos países como glosa oportuna al legado de ese gran
titán del arte latinoamericano que fue Diego Rivera.
[1]
Loló de la Torriente,
Memoria y razón de Diego Rivera,
México, Edit. Renacimiento, S.A., 1959, p. 333.
[2]
Diego Rivera, “La
pintura revolucionaria mexicana”, Social,
no. 8, año 11, vol. XI, La Habana, agosto de 1926, p. 41.
[3]
Alejo Carpentier, “Diego
Rivera”, Revista de Avance, no. 9, año 1, t-1, La
Habana, agosto de 1927,
pp. 232-235.
[4]
Larín Loya, “Silueta
pintoresca de Diego Rivera”, Suplemento
Literario del Diario de La Marina, no. 260, v. 95, La
Habana, 24 de septiembre de 1927, p. 42.
[5]
José Hernández Cárdenas, “Diego
Rivera. Notas de México”,
Suplemento Literario del Diario de La Marina, no. 309, v. 96, La Habana, 25 de noviembre de 1928, p.
2.
[6]
S/A, “La
feria de la muerte”, Bohemia, no. 36, año 19, vol. XIX, La Habana,
4 de septiembre, 1927, p. 25.
[7]
Ídem.
[8]
Eva Freijaville, “Encuentro
con Diego Rivera. Crítica e interpretación”, Orto,
no. 1-7, vol. 33, Manzanillo, Cuba, enero-julio, 1944, pp.
41.
[9]
Ibíd., pp. 383-384.
[10]
Ibíd., p. 8.
[11]
Loló de la Torriente, Testimonio desde dentro, p. 484.
[12]
Loló de la Torriente, Prefacio a Memoria
y razón de Diego Rivera, p. 14.
[13]
Conrado W. Massaguer, op.cit., p.
10.
[14]
Ibíd., p. 453.
[15]
Loló de la Torriente, “Plática con un pintor cubano”, Carteles, no. 10, La Habana, 7 de marzo, 1948, p. 12.
[16]
José Lezama Lima, Arístides
Fernández, Cuadernos de Arte, Dirección de Cultura, La
Habana, 1950, p. 88.
[17]
Archivo del Museo Nacional de Bellas Artes, La
Habana.
[18]
Ibíd., p. 155. |
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