Los (h)usos de la Historia

CARLOS ARANDA MÁRQUEZ


Vista de las salas del Museo Universitario de Ciencias y Arte (fragmento)

 

I. México en perpetua caída en el abismo  

Pobre México, tan lejos de Dios
y tan cerca de los Estados Unidos
Porfirio Díaz, 1909 

México es uno de los pocos países en guerra con su identidad. Primero, fue la colonia hispanoaamericana más rica de la Corona Española, durante 300 años. Luego sufrió la pérdida de un poco más de la mitad de su territorio en contra de los Estados Unidos en su anhelo expansionista en 1847. Más tarde, las guerras entre liberales y conservadores dejarían la secuela de la invasión francesa y por si fuera poco, luego soportó la tiranía de Porfirio Díaz durante más de 30 años. Entre el comienzo de la independencia mexicana del yugo español en 1810 y la suma de condiciones sociales que desembocaron en la Revolución Mexicana y los posteriores ajustes de cuentas entre las facciones que derrocaron al dictador, México ensayó durante más de 100 años varios modelos de nación sin que ninguno le permitiera crecer como país. Para 1929, cuando se fundó el Partido Nacional Revolucionario y se emprendió el primer esfuerzo por democratizar el país, se había terminado  violentamente el conflicto cristero, una pequeña guerra civil-religiosa, que costó muchas vidas, provocó la beatificación de varios mártires setenta años después y la formación del pensamiento reaccionario moderno mexicano. 

Desde 1810 hasta la actualidad, nuestros más ilustres pensadores han intentado definir la naturaleza de aquello que se ha querido denominar “lo mexicano”. Es lógico entender esta preocupación, cuando se ha sido una colonia cuyos escritores y artistas fueron criollos que se miraron siempre en el espejo de la Madre España durante más de trescientos años. Luego, con el peso y la influencia del federalismo estadounidense y las ideas liberales de la Francia revolucionaria todavía girando en las cabezas de aquellas personas que retomaron el proyecto de nación entre 1821 y 1860, por que los padres de la patria habían muerto en la lucha independista. Entonces, cuando una joven nación ensaya su porvenir frente a tres países fuertes y tres proyectos ya formados en Europa y los primeros Estados Unidos, era entendible el dilema entre malinchismo y xenofobia, entre ser de aquí o aceptar ser como los de allá,  como si esta diferencia fuera una característica metafísica que nos convirtiera en mejores seres humanos o más productivos que otros.  

Las emigraciones de la población económicamente desfavorecida hacia los Estados Unidos desde 1940 hasta nuestros días, los cambios de una economía rural hacia una industrial y el rápido crecimiento de las ciudades mexicanas han provocado una dislocación real en el modo de pensamiento moderno “mexicano”. Hoy, 16 de septiembre del 2007, Día de celebración de la Indepedencia de México, ¿qué significa ser mexicano? Y la segunda pregunta más importante, ¿de qué sirve saberse mexicano? En un mundo que se quiere concebir globalizador, las pequeñas etnias aún luchan por conservar su identidad, prueba de ello es el conflicto zapatista en el estado de Chiapas, la guerra sucia contra la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca o las hipócritas promesas sexenales de justicia y apoyo económico de cada candidato a la presidencia que intentan quedar bien con las más de 45 etnias indígenas que habitan en todos los estados que conforman la república mexicana. No solamente no ha terminado esta disputa entre ser moderno y ser tradicional, ser mexicano o ser internacional, etc., hoy en día, la discusión abarca otras variables.     

II. Historia del Arte, ¿para qué y para quién? 

Los centros especializados para estudiar y preparar una historia colegiada de la Historia del arte en nuestro país, en este caso: el Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, con más de sesenta años de trayectoria, y el Centro Nacional para la Investigación y Análisis de las Artes Plásticas del INBA, de más de treinta y cinco años de inercia, nos hacen creer que es casi imposible escribir una historia del arte contemporáneo en México por un conjunto de razones peculiares. Para empezar, no existe una tradición crítica para escribir una/la historia del arte en/de México en el siglo XX o sobre lenguajes como instalación, performance, video o arte en la red. Existe una bibliografía numerosa sobre Muralismo y la Escuela Mexicana de Pintura; de ahí se van adelgazando los títulos sobre los artistas de la generación de la Ruptura hasta llegar a ausencias graves sobre temas específicos de las últimas tres décadas. Este problema es una consecuencia directa del mundo académico que no otorga validez histórica, ni tiene el menor interés en un proceso que todavía está en efervescencia.  

Para ellos, es mejor ocuparse de los períodos prehispánico (con unas quince importantes culturas estudiables en unos mil años de producción alfarera, joyera y tal vez arte...) y colonial (una rica tradición de artistas que derivaron sus obras a partir de las constantes españolas del barroco católico, que está bien estudiarlo porque hay mucha pintura, artes decorativas valiosas y además quién cuidaría de las joyas de nuestra aristocracia real o ficticia), en mucho menor grado en el siglo XIX (porque aunque lo intentaron, nuestros artistas siguieron siendo derivativos de los europeos y se supone que son el espejo de nuestra historia...) y del siguiente que se ocupen los pocos necios.  

El siguiente problema es la distribución del conocimiento, es decir, en caso de que se publique algún libro sobre temas de artes plásticas, éste deberá padecer dos defectos aceptados por las leyes del mercado editorial: su tiraje escuálido (3,000 ejemplares si tiene suerte, en un país de 110 millones de habitantes) y la nula distribución, a menos que el autor compre todos sus ejemplares y los distribuya personalmente entre los interesados  –que serán unas cien personas– y aquellas bibliotecas especializadas del ramo.  

Ergo, México presume de cosas que no hace: tener una gran cultura (¿Cuál? ¿Popular o aquella mal nombrada alta cultura? ¿quiénes las generan, quiénes las disfrutamos, quiénes las analizamos?); ser culto (la élite que lee, escribe o tal vez que piensa es el 2% si soy optimista, en un país que tiene más cantinas, centros comerciales gigantes, cines y panaderías que librerías) y de tener una historia milenaria, la cual solamente se estudia precariamente hasta 6º de primaria.  

El resto de las personas que continúan interesadas en la historia en / de cualquier disciplina pertenecen a esa élite tan escasa. Todo comienza en el mayor problema: la educación. Hace unos meses terminaron las demostraciones y marchas de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, el sector de maestros de la educación pública que no pertenecen al corrupto Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación. Sus marchas llegaron a paralizar la urbe más grande del mundo. El problema básico es el sueldo de los profesores. Visto en frío, el gobierno gasta más en combatir sotto voce la rebelión zapatista que en apoyar la educación desde el nivel básico hasta el universitario. 

¿Entonces a quién le va a preocupar el estado que guarda el arte contemporáneo producido/exhibido/ coleccionado en México? ¿A quién? Dedicarse a la discusión de estos problemas es una ocupación que ejercen muy pocos y que otros pocos medio comprenden de qué se está hablando, aunque tengan actitudes paternalistas de que el arte es una actividad social “que puede o debe ser disfrutada por toda la población”. Kieslowski, el cineasta polaco, comentó alguna vez que el arte no es algo democrático.  

III. Problemas Básicos 

Hablaré de un caso: desde mediados de la década de los años ochenta del siglo pasado, las galerías comerciales mexicanas más exitosas decidieron apoyar a un grupo de artistas, en cuyos contenidos utilizaban íconos de la historia mexicana y de la cultura popular: cantantes, luchadores y figuras de la religión católica como la Virgen de Guadalupe. Se creyó que se tenía un movimiento artístico en términos formales como lo había sido la Ruptura, aunque sus mezclas narrativas y hallazgos variaran de un artista a otro.  

De esta forma, el Neomexicanismo fue aplaudido y apoyado en medio del surgimiento del posmodernismo en el mundo anglosajón, otro término mal empleo para el banco manirroto de imágenes y teorías que alimentó. Para 1989, el término era mal visto y jamás fue considerado como un verdadero indicador de lo que estaba pasando en las artes plásticas. Ese mismo año murió Rufino Tamayo, quien junto con Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, dominó la escena plástica durante más de cincuenta años.  

Lo cierto es que a ningún investigador del Instituto Nacional de Bellas Artes en su más de media centuria de existencia, ni al Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, recién creado por decreto presidencial a comienzos de 1989, ni  a nadie se le ocurrió escribir una historia del arte de la década de los años ochenta y visto de manera cruda, tampoco de las tres décadas anteriores. Ni siquiera un recuento de lenguajes tradicionales como la pintura, escultura o arquitectura. Aunque diez años después se publicaron recuentos temáticos de la primera mitad del siglo sobre danza, música, fotografía y arquitectura. Es sano escribir sobre obras ya aceptadas por la tradición y de autores muertos o aceptados por los investigadores extranjeros. 

Tenemos una compilación de artículos sobre el neomexicanismo publicado como libro, algunas tesis universitarias escritas una década posterior sobre temas específicos y punto. Volvamos al problema original. No tenemos una o varias historias del arte de lo ocurrido a partir de los años cincuenta, ni por décadas, ni por lenguajes y salvo algunos catálogos decentes no tenemos ninguna otra cosa.  

Decencia no se traduce en rigor histórico o crítico.  

IV. La incomodidad de las clasificaciones 

Un modo simplista de entender la historia del arte producido en este país es reducirla a este conjunto de cajones taxonómicos incompletos, en los cuales vemos ciertas disntinciones temáticas y formales: entre la formación de la dictadura en 1876 y el advenimiento de la revolución mexicana en 1910 se da un periodo de arte académico extraordinariamente derivativo del europeo hasta la aparición de Joaquín Clausell y José María Velasco. Serán éstos verdaderos maestros con un estilo propio, que alguien puede dar en llamar pintura mexicana sin nada que deberle a Europa. A su vez, serán los profesores de la generación que será testigo de los acontecimientos violentos de la revolución como es el caso del Dr. Atl o José Clemente Orozco, o que disfrutará de las becas del gobierno porfirista como Diego Rivera.  

De esta manera, tenemos una generación que pronto sería la vanguardia artística a partir de la década de los años veinte. José Vasconcelos, uno de los primeros ministros de Educación en entender que al pueblo se le podía educar a través del arte, logró convencer al gobierno encabezado por Alvaro Obregón de apoyar el movimiento muralista, del cual Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros serían las cabezas más visibles pero también hubo pintores como Fernando Leal y Rufino Tamayo, quienes deben ser agrupados aquí por su generación.  

Entre 1922 y 1954 se da el período de la llamada Escuela Mexicana de Pintura con sus aberrantes paralelos como la Escuela Mexicana de Escultura, Danza o Arquitectura. No importa que en este saco entren, igualmente, pintores intimistas desde María Izquierdo y Frida Kahlo hasta Manuel Rodríguez Luna o el Corcito.  Durante los turbulentos años de la guerra civil española, México ve el nacimiento del Taller de Gráfica Popular que durante más de cuarenta años alimentará imágenes accesibles sobre la opresión de cualquier cuño. Entre 1910 y 1954 tenemos un arte figurativo pendiente de las necesidades ideológicas del Estado mexicano y la formación de un grupo de coleccionistas, la mayoría de ellos funcionarios de alto rango o nuevos industriales favorecidos con la reciente economía mixta.

 Para mediados de la década de los años cincuenta, la Escuela Mexicana de Pintura era un sambenito incómodo para los artistas jóvenes, quienes deseaban explorar nuevos lenguajes y nuevas actitudes. En Estados Unidos y Europa, el expresionismo abstracto y la pintura informal eran ahora el furor de la galerías y de las novísimas ferias internacionales como Documenta y la Bienal de Sao Paulo.  

En México, se vivía un clima de esplendor económico y para los artistas jóvenes el lenguaje figurativo era algo repetitivo, costumbrista y demasiado “mexicano”. El retorno de Rufino Tamayo, quien residía en Nueva York, y la necesidad de encontrar nuevos lenguajes gestarán un movimiento, que ahora denominamos Ruptura. Su signo vital fue el desenfado al explorar la abstracción y un inédito expresionismo europeo como en el caso de José Luis Cuevas, quien reconoce su mayor influencia en José Clemente Orozco.  

A partir de una cadena de eventos y el uso de los periódicos para llamar la atención, el grupo de artistas conformado por José Luis Cuevas, Fernando García Ponce, Vicente Rojo, Roger Von Gunten y Manuel Félguerez se inscribirán rápidamente en la mira de las nacientes galerías y en la comidilla de los escritores jóvenes. En 1961 se intentó un retorno a la figura, gracias al grupo de pintores que se agruparían en torno a los hermanos Coronel, Arnold Belkin, Francisco Corzas, et. al. cuyo filosofía se embarruntaba de un nuevo humanismo.  

A partir de esta década, se da una explosión de estilos dentro de la pintura, aderezados de los happenings realizados por algunos artistas como Alejandro Jodorowsky, Juan José Gurrola o el propio José Luis Cuevas. Se hace cine y teatro experimentales, entran en pugna los representantes de la vieja Escuela Mexicana de Pintura y los nuevos artistas en torno a los concursos de pintura hasta que se forma el Salón de Independientes en 1966 y al año siguiente, se torna en escándalo el II Salón de Independientes al decidir exponer mejor en el Museo Universitario de Ciencias y Artes, en vez del Palacio Nacional de Bellas Artes.  

1968 fue una fecha emblemática en todo el mundo. Para muchos artistas significó el momento de tomar una conciencia política y el mundo enrarecido del arte se volvió maníqueo: estar a favor del sistema político mexicano o apoyar el movimiento estudiantil. La brutal e innecesaria masacre del 2 de octubre de ese año, en que paradigmáticamente se celebraban los Juegos Olímpicos por primera vez en un país del llamado Tercer Mundo, marcó a toda la sociedad mexicana. La herencia del Taller de Gráfica Popular se haría sentir en las calles durante todo el conflicto.  

El nuevo gobierno quiso partir de una tabla rasa e investigar supuestamente los motivos y a los responsables de la atrocidad ocurrida dos años antes. Por la boca muere el pez y en 1971 habría una nueva represión violenta contra el nuevo movimiento magisterial - estudiantil. Hasta la fecha de hoy, la llamada sociedad civil no sabe con certeza  lo que ocurrió entre 1968 y 1972. Pero los nuevos estudiantes de artes plásticas responderían con la organización de grupos (de hecho, ahora se designa así a este periodo artístico) que tomarían las calles para expresar sus puntos de vista. Adiós al cubo blanco de los museos y las galerías, si podemos tomar los muros y las calles de la capital.  El movimiento sería imitado en ciudades como Gualajara, Jalapa o Monterrey.   

Más de cincuenta artistas trabajaron unos años presentando exposiciones en cualquier lugar donde fueran invitados y si no, siempre se podía tomar la calle. Es el momento del surgimiento del arte conceptual, las raíces sólidas del performance, el arte público y el desperdigamiento del poder que habían ejercido los escritores de la generación anterior para escribir sobre los artistas de su misma edad.  

Ahora todos hacían todo: escritura, neográfica, performances, arte correo y arte objeto, los salones de pintura o las trienales de escultura ya no eran los únicos focos de atención artística. Ciertas personas ejercieron una mayor influencia en todo el período: Helen Escobedo, artista y directora de museos, Arnold Belkin, Tomás Parra, Raquel Tibol y algunos maestros como Juan Acha y Néstor García Canclini, de las respectivas Escuela Nacional de Artes Plásticas (UNAM) y Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado La Esmeralda (SEP), por citar algunos, que apoyaron los nuevos lenguajes y manifestaciones que se estaban dando en sus aulas, mitad experimento, mitad hallazgo.  

V. La suma de los desastres 

En 1982, sobrevendría la suma de los desastres. Un presidente que había robado las arcas de la nación a manos llenas, decretó la nacionalización de la banca. José López Portillo (1977–1982) comenzó su periodo presidencial con el hallazgo de los más ricos pozos petroleros de los que se tuviera noción y el establecimiento de relaciones diplomáticas con España, rotas cuarenta años atrás. Terminó con uno de los mayores escándalos financieros que ha vivido este país.  

Era hora de la renovación moral. Miguel de la Madrid (1982–1988) fue un gobernante mediocre y  megalómano que no supo atender el mayor catástrofe natural del siglo, el terremoto de 1985. Se tardó tres días en ordenar la entrada del ejército, único cuerpo organizado para atender un desastre de esas proporciones, por temor a un golpe de estado. Ergo, la sociedad civil se organizó de una manera inusitada para rescatar a los suyos.  

El año anterior, Arnold Belkin, director del Museo Universitario del Chopo, organizaría con la curadora Emma Cecilia García una exposición que marcaría a los años ochenta: Una Década Emergente en la cual los cincuenta artistas más interesantes (con sus honrosas excepciones) a juicio de los organizadores, presentaron una gama de obras que iba de la gráfica setentera, las formas del futuro neomexicanismo, pintura intimista y escultura formalista. Fue la exposición que definió a una generación que quería escapar de las clasificaciones fáciles de la década anterior. Para incrementar las diferencias, Belkin y García reunieron un conjunto de obras de maestros de la generación para demostrar las afinidades electivas y los puntos de partida de los jóvenes artistas. De esta exposición siempre se dirá que ni estaban todos los que eran, ni tampoco eran todos los que estaban. De todas maneras, demostró el poder de convocatoria que empezarían a tener esos nuevos personajes: los curadores.  

Luego vendrían las galerías emergentes, a excepción de la Galería de Arte Mexicano que ya tenía treinta años de estar exhibiendo, a generar ese raro fenómeno llamado el Neomexicanismo, cuya cúspide y despedida fue el Parallel Project en 1990, a raiz de la magna exposición México, 30 siglos de Esplendor con el cual el nuevo gobierno de Carlos Salinas de Gortari intentaba asegurar a los inversionistas de que el país había vencido ya la crisis económica de la década anterior. Parallel Project fue el esfuerzo de cuatro galerías por mostrar el arte exportable que se producía en un nuevo país llamado México. Se aprovechaba la infraestructura de la gran exposición para intentar cosechar unas ganancias de un grupo de artistas valiosos y cuyas narrativas eran “folclóricas y novedosas”. Obviamente, el Neomexicanismo sólo existió por un periodo muy corto, entre otras razones porque los artistas estaban interesados en muchas otras cosas además de pintar vírgenes de Guadalupe, corazones sangrantes, ídolos populares e históricos. Hasta aquí parecía haber un consenso de cómo se fueron dando las distintas etapas de la historia reciente del arte en nuestro país, ahora veamos cómo se reescribió parte de esta narrativa.  

VI. ¿Por dónde empezar? 

Abordar una historia del arte contemporáneo producido/exhibido/debatido/coleccionado en una entidad política llamada México es un acto de soberbia y un trabajo sucio pero alguien lo tiene que hacer. Comencemos por las dos verdades más difíciles de abordar: NO existe el arte contemporáneo, bastaría ver qué categorías se usaban para hablar de los pintores contemporaneos en la década de los años sesenta y cómo los designamos hoy en día; y luego, para varios historiadores, curadores y artistas tampoco existe el arte mexicano. Ambas categorías son buenos cajones taxonómicos en los cuales agrupamos la producción de los ¿últimos cuántos años: 1, 10, 100? Por otro lado, si en los últimos diez años consideramos artistas mexicanos a un grupo heterógeneo de personas que se formaron en el extranjero o que vienen de muchos países, entonces ni su amplitud (desde pintura hasta arte en la red pasando por todos los híbridos posibles), ni su ambigüedad (los que hacen video son ahora considerados pintores) nos permiten abordar adecuadamente el fenómeno de aquello que consideramos arte. Ahora les llamamos producción plástica o prácticas artísticas o cualquier otra categoría que nos permita abordar (enfrentar, experimentar, disfrutar) un algo, sea idea, objeto o acción, y obtener una emoción estética. Entonces vemos que ambas taxonomías no funcionan para escribir desde un punto de vista universal. 

La década de los años noventa ni siquiera comenzó formalmente (ni por año ni por las investigaciones formales) con la muerte de Tamayo o el desprecio crítico hacia el neomexicanismo. Empezó con una sencilla exposición de artistas aparentemente desconocidos cuyo título mismo emblematizó su misma heterogeneidad: Juventud, Divino Tesoro y reunió, en noviembre de 1987, a una veintena de creadores que exhibieron pintura, dibujo, arte objeto (la clasificación más estúpida del planeta), escultura y, la noche de la inauguración, un performance o evento peculiar.  

Un buen número tenía una incipiente formación plástica pero había también un grupo de artistas autodidactas. El lugar era un sitio contradictorio en la ciudad de México porque se trataba de la Casa de la Cultura de la Universidad Autónoma del Estado de México, la cual en realidad debió haberse situado en la capital de ese estado a unos 70 kms del Distrito Federal y no en el extremo sur de la ciudad de México. Se organizaron dos mesas redondas y la mayor preocupación fue preguntarse si los expositores seguirían trabajando diez años después. 19 años después, casi la mitad de esos artistas han recibido reconocimientos internacionales. El grupo, que no intentaba formar algo homógeneo en cuanto a sus búsquedas ni siquiera en sus amistades, estaba consciente de lo que se producía en la ciudad y lo que exhibían las galerías comerciales pero estaban decididos a no copiar lo que estaban haciendo los artistas un poco mayores que ellos.  

Julio Galán se perfilaba como el gran mentor figurativo de los artistas cinco ó siete años menores que él. En 1988-89 tendría una de sus primeras retrospectivas importantes, que se había presentado primero en el Museo de Monterrey y luego en el Museo de Arte Moderno en la ciudad de México. Su desenfado para tratar la figura, mediante las narrativas autobiográficas, cuyo homoerotismo causarían mucha inquietud entre los coleccionistas y la gente bonita. Otro artista de semejante vuelo era Nahum B. Zenil, quien crearía un alter ego, llamado Nahum H. Zenil, que siempre estaría involucrado en amores consigo mismo. 

Tres circunstancias distintas harán eclosión en los mismos años y demostrarán la necesidad de nuevos códigos sociales y artísticos. En 1986, se celebró el Tercer Salón Experimental en el Museo de Arte Moderno, en el cual resultarían ganadores Mauricio Maillé, Gabriel Orozco y Mauricio Rocha cuya instalación aludía directamente al terremoto del año anterior. Sin embargo, una obra menor provocaría el mayor escándalo de censura que había visto la ciudad de México, cuando Provida, un grupo antiaborcionista de extrema derecha, ocuparía las salas del museo, solicitando la renuncia del director Jorge Alberto Manrique por permitir la exhibición de una Virgen de Guadalupe con los pechos desnudos de Marylin Monroe.  

El hecho produjo una reacción sumamente positiva pues unió a todos los artistas de diferentes medios en un frente común. Ningún acto velado o abierto de censura había logrado la dimisión de un director de un museo y demostraba las herencias de la formación de la “famosa” sociedad civil que surgió con el terremoto de 1985.  

Otro hecho aislado aparentemente sería el surgimiento de La Agencia, en donde dos estudiantes de Historia del Arte y un artista deseaban crear un centro de información de lo que estaba ocurriendo en México pero que terminaría por constituirse realmente como una galería de artistas emergentes en la zona de Polanco, alejados de la mayoría de las galerías comerciales establecidas en la Zona Rosa. Durante dos años operó sola frente al vacío institucional generado por los sucesos del Museo de Arte Moderno. 

Había pocos espacios dirigidos por artistas, uno de ellos era la Galería de Pinto mi Raya, creada por Mónica Mayer y Víctor Lerma como parte de sus proyectos conceptuales como creadores. Al igual que La Agencia, sería un refugio para mujeres artistas y creadores emergentes. Pero sería un promotor llegado de Nueva York, quien catalizaría las energías operantes para abrir el Salón des Aztecas en la zona de la Lagunilla, uno de los barrios comerciales de la clase media baja en pleno centro de la ciudad. Aldo Flores exhibió a todos, sin importar su calidad, su nacionalidad ni su medio de expresión, y aprovechó al máximo que su espacio daba directamente a la calle pues no había sido acondicionado como galería propiamente, y potenciaba el aspecto confrontacional con los vecinos, el público especializado y los expositores. En medio de esta delicada situación, llegarían varios artistas extranjeros  y retornarían artistas mexicanos que darían un nuevo impulso al arte que se producía en la ciudad de México. 

En 1988, en medio de un año electoral, altamente explosivo, la producción artística local e internacional tenía por fin un conjunto de retos: vencer el aislacionismo en que los directores de los diferentes museos habían sumido a la producción artística de las diferentes generaciones de artistas, decidir crear modelos propios de trabajo frente a las diversos lenguajes que se generaban en otros países, vencer las inercias críticas para poder promover los nuevos lenguajes y aquellos que tenían nuevos valores de significación. En una palabra: volverse contemporáneos a la situación actual.  

Nadie sabe con certeza si las elecciones de ese año se inclinaron en favor de Cuauhtémoc Cárdenas, candidato del partido de centro izquierda o no. Lo que sabemos es que el declarado triunfador de los comicios, Carlos Salinas de Gortari, realizó varias maniobras para legitimar su poder: apresar al líder corrupto de Pemex, el sindicato más rico del país; a un banquero prominente, recuperar las joyas robadas del Museo Nacional de Antropología e Historia y crear varios instrumentos para recuperar la confianza de los intelectuales y creadores, es decir, creó el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, así como su brazo financiero, el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes en 1989. Estos organismos cambiarían las relaciones sociales del delicado tejido artístico e intelectual. 

Al mismo tiempo, con los precedentes de las galerías, ahora consideradas alternativas, cundió el ejemplo y surgirían un buen número de espacios por toda la ciudad. Dignos de mencionarse es el trabajo de Rubén Bautista, artista y curador independiente, quien convencería a los gemelos Quiñones de convertir la casa paterna en un centro de experimentación plástica. De esta forma, la Quiñonera albergaría en dos años, cuatro exposiciones en sus jardines, donde la joven generación, así como los extranjeros que habían llegado recientemente, expondrían fotografía, escultura e instalaciones, harían performances como el grupo Semefo y el Sindicato del Terror, videos y happenings creados por artistas de varias generaciones demostraban el cambio de fuerzas al mismo que generaban nuevas condiciones críticas.  

Así surgiría Curare, Espacio Crítico para las Artes fundado por críticos y curadores insatisfechos con lo que el Instituto Nacional de Bellas Artes hacía para promover el arte emergente. Comenzaron publicando un boletín y luego organizaron exposiciones en el extranjero y en su pequeño espacio en la Colonia Roma. Ellos atraerían la atención de curadores foráneos de visita en México y aprovecharían la carencia de una directriz oficial sobre lo que ocurría en el país. 

En 1989, Guillermo Santamarina, otro curador independiente, junto con Flavia González Rosetti, organizarían la exposición emblemática que marcaría inicio de la década de los años noventa: Beuys, un homenaje donde reunieron a doce artistas que trabajarían cada uno una instalación en las aposentos del antiguo Convento del Desierto de los Leones. Joseph Beuys se convirtió, por fin, en un contemporáneo en un país aislado, de acuerdo con José Luis Cuevas, “tras la cortina de nopal”. Y en 1992, el Museo de Arte Carrillo Gil organizaría la primera exposición del maestro alemán. 

El surgimiento constante de nuevos espacios que abrían por seis meses o los eventos que organizaban los curadores independientes, obligó a las galerías y museos de arte de la ciudad a revisar sus políticas de exhibición y comenzar un trabajo de redefinición. Pronto todos los espacios museográficos institucionales contaron con un curador o un equipo de investigación y curaduría acorde con los nuevos tiempos.  

Los programas del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes cooptarían a varias generaciones tras alguna de las becas ofrecidas en los distintos grupos generacionales: Beca de Jóvenes Creadores, Sistema Nacional de Creadores, Programa de Fomento y Coinversión Cultural son tres de los esfuerzos por atraer la atención de todos los artistas. El sistema de corrupción mostraría su mejor rostro cuando éstos quisieron mostrar su solidaridad con los indios masacrados en Acteal, Chiapas y tomaron el Zócalo para mostrar mediante distintas obras su toma de conciencia, varios de los que gozaban de distintos tipos de apoyo fueron conminados a no seguir haciéndolo. El ogro filantrópico mostraba sus fuerzas y sus contradicciones. 

Si algo distinguió a la década de los años noventa fue la zona de mediación en que se convirtió el arte contemporáneo con sus actores y gestores. Por un lado, la pintura y la escultura, en cuanto herederas de la tradición occidental de la alta cultura, sufrirían un ninguneo crítico por diversos promotores, serían el performance, el video, la instalación y la fotografía los nuevos soportes simbólicos para investigar y cuestionar la realidad.  

Ahora cada nuevo espacio alternativo, ya fuera Temístocles 44, abierto en 1992, o La Panadería, fundada dos años más tarde, parecían galerías contemporáneas a sus pares en Nueva York, Londres o París. Pero la ausencia real de un verdadero mercado del arte que les permitiese su independencia a través de la venta de las obras, los obligó tarde o temprano a abocarse tanto a las becas del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, como al apoyo de agentes extranjeros, ya fueran curadores, críticos o galerías. 

La enjundia y la frescura de la primera generación de espacios alternativos se perdió con el peso del dinero prodigado por CONACULTA. Los artistas ya no hablaban de obras o de procesos sino de nuevas estrategias artísticas de supervivencia. Un grupo de artistas; Felipe Erenhberg, Marcos Kurticz, Mónica Mayer por citar algunos, ayudaron a Eloy Tarsicio a generar y abrir un nuevo espacio alternativo y obtuvieron del Instituto Nacional de Bellas Artes el préstamo del inmueble del templo de Ex Teresa La Antigua, en el Centro Histórico, el cual abriría en 1993 con el título de Ex Teresa Arte Alternativo y el cual se destinaría a la presentación de instalación, video y sobre todo, performance. Ahí se celebran desde entonces los Festivales Internacionales de Performance y con el decurso de sus diferentes directores, ha albergado seminarios, tutorías, un festival de arte sonoro e intercambios artísticos con distintos países. 

El otro elemento peculiar de la década es la atención que los curadores internacionales prestaron a México. Ahora este país era el centro de producción artística más importante a explorar sin importar si se reproducían las mismas miopías de otros años, hasta que redescubrieron a China y sus artistas.  Obviamente, el gobierno mexicano sacó provecho de esta circunstancia e impulsó las exposiciones que legitimaban la ancestral cultura mexicana o el último grito de la moda artística. El arte se volvió a convertir en un instrumento diplomático al servicio del estado. 

1994, año electoral, será recordado por tres elementos históricos que representan un posible parteaguas de la historia de ese país que llamamos México: en enero de ese año, un grupo de indígenas chiapanecos se rebelaban contra el gobierno central y de esa manera, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional se tornaba en un interlocutor político en pro de todas las etnias que han estado sojuzgadas por todos los partidos políticos, desde la independencia de México. El 23 de marzo de 1994, Luis Donaldo Colosio, el candidato presidencial del partido gobernante fue asesinado en Tijuana, Baja California Norte, sin que hasta la fecha haya una respuesta satisfactoria de los por qués. En diciembre del mismo año, se provocó una situación financiera que casi colapsa totalmente la economía del país. Al año siguiente, los suicidios de muchas personas de clase media por no poder pagar sus simples deudas con los bancos sembraron las semillas de un descontento que Vicente Fox supo cosechar para ganar la primera presidencia no príista en 71 años de historia. 

VII. Primeras Conclusiones 

Vista en retrospectiva la década de los años noventa, podemos dividir en tres períodos el arte producido en aproximadamente unos quince años (de 1987 al 2002). Un primer período heroico que va de la ruptura con la tradición pictórica occidental y el neomexicanismo narrativo de la década de los años ochenta, al surgimiento de los primeros espacios alternativos emblemáticos como la Agencia, el Salón des Aztecas y la Quiñonera, entre 1987 y 1992. 

El segundo período es un proceso de consolidación de los nuevos lenguajes y su legimitación mediante la Feria de Arte de Guadalajara y su Foro Internacional de Teoría del Arte Contemporáneo, la apertura de Curare y de Ex Teresa Arte Alternativo, y el surgimiento de espacios de artistas como Temístocles 44 o La Panadería con un enfoque en el arte neoconceptual, es decir, el período que va de 1992 a 1997.  

El tercer período es el actual. Los curadores que comenzaron en el margen de las instituciones culturales en 1989, ahora se han convertido en una fuerza poderosa y han creado un canon de arte “contemporáneo”: en el 2000, se creó el Patronato de Arte Contemporáneo, A.C., que se ha convertido en un protagonista central en la promoción del arte, a tal grado que Blanca González, la crítica de arte de Proceso, la revista política más importante, le ha dedicado varios artículos acerbos criticando la influencia del Patronato. Este año, México es otra vez un artículo caliente, con muestras colectivas importantes en PS.1 Art Center en Nueva York, en Berlín y en San Diego, amén de su natural presencia en las Bienales de São Paulo (Brasil), Documenta en Kassel (Alemania) y el resto de las bienales importantes.   

VIII. Los (h)usos de la Historia 

El 2007 será recordado como un annus mirabilis en la historia del arte. Por un ritmo lógico de los relojes culturales, en éste se celebrararon de manera paralela, la Bienal de Venecia, la XII Documenta en Kassel, Alemania, otras diez bienales mayores o menores, el centenario de Frida Kahlo y la lista podría continuar de manera abominable. Pero los verdaderos hechos significativos son las grandes revisiones crítico-históricas que se han presentado en varias ciudades del mundo: Summer of Love en el Museo Whitney de Nueva York, que presenta un fascinante examen de procesos culturales que condujeron en 1967 a un momento lúdico de drogas, sexo y rocanrol, al menos es como algunos sociólogos recuerdan a ese verano de conciertos, exposiciones y el recrudecimiento de la guerra en Vietnam. En Lima, Buenos Aires, Londres también se han dado fenómenos parecidos. En México, pudimos ver La era de la discrepancia en el Museo Universitario de Ciencias y Arte, que será la última actividad de artes visuales en este recinto porque en algún momento del otoño abrirá el nuevo Museo Universitario de Arte Contemporáneo en el Centro Cultural Universitario. 

La era de la discrepancia, arte y cultura visual en México 1968-1997 fue un esfuerzo teotihuacano por presentar de manera crítica e histórica un largo e intenso período de la producción plástica en México. Aquí surgieron ya los primeros problemas: por un lado, la creación de nuevas categorías formales para presentar diferentes grupos de preocupaciones políticas, sociales, culturales y artísticas. Categorías que a veces chocan o se contradicen con aquellas que se introdujeron en el momento en que surgió determinado grupo de artistas. Expondré dos ejemplos molestos. A todos nos irrita el término Neomexicanismo para hablar de un grupo de artistas cuyas inclinaciones personales son manifiestas en sus obras que singularmente tuvieron un rotundo éxito comercial y que el equipo curatorial intenta introducir el término Identidad como utopía.  Para los homosexuales, las artistas feministas, los grupos minoritarios no hay necesidad de una utopía, es un acto de autodeterminación permanente ser quien se es. El tiempo fijará la categoría con temible severidad. El geometrismo, por su parte, es una categoría difusa, pero que permite entender los procesos creativos de una veintena de pintores y escultores y que en la muestra ahora se puede llamar Sistemas.  

Para el equipo curatorial la idea motriz de la exposición es presentar una historia inexistente durante cuarenta años, leyó bien, cuarenta años, porque el sistema cultural gubernamental y el mundo académico del cual la Universidad Nacional Autónoma de México es la madre de todas las academias, jamás le dio importancia al arte contemporáneo en sus más amplias posibilidades. Ahora suenan fanfarrias y se publican libros y coloquios, se organizan foros para demostrar que hubo un sector de artistas que discrepó de las formas de presentar exposiciones, los modos de trabajo, los lenguajes tradicionales, la circulación de las ideas, etc.  

En la ambición de este equipo curatorial caben varios méritos: tomar la difícil decisión de ofrecer un panorama histórico que muestre las conexiones entre artistas muy formales como aquellos que están en las primeras tres secciones (“Salón Independiente”, “Mundo Pánico” –otro grupo de artistas exitosos– y “Sistemas”) y la generación testigo de la masacre de Tlatelolco y el Jueves de Corpus Christi. Dividen esa historia sinuosa en nueve períodos que probablemente se traslapan, se contradicen y se complementan.  

La sección “Salón Independiente” que son aquellos pintores y escultores cansados de los juegos del poder y de las galerías que por tres años exhibieron sus propuestas en este recinto universitario. Tanto la exposición como el libro de recuerdos jamás mencionan que estos artistas serían consentidos por los siguientes regímenes priistas ni tampoco que se convertirían en los nuevos académicos. “Mundo Pánico”, artistas que mezclaron el lenguaje pop, la geometría y el surrealismo en productos muy exquisitos y vendibles, con Alejandro Jodorowosky –padre del performance mexicano-, el cine gore místico y una historieta divertidísima por pacheca –en sí misma es una fábula pánica– que se publicó muchos años en el periódico más derechista del país. Que haya elevado a categoría esta producción habla de una voluntad crítica que las tesis de doctorado deberán sostener. “Sistemas”: nuevo nombre para una vieja preocupación formal. “Márgenes Conceptuales” que rescata valiosamente una producción nuestra hecha desde el extranjero, que allá no se percibía como un margen, sino como una más en medio de otros productos conceptuales.  

“Estrategias Urbanas”, por su parte, cubre un largo período que tal vez debió subdividirse pues las preocupaciones políticas de los años setenta son distintas en sus formas de exhibición. Las calles, los parques, las estaciones del metro, las áreas externas de los museos y galerías fueron zonas de confrontaciones de aquellas de la década posterior en la que la Institución se vio obligada a abrir un salón de espacios alternativos y, tanto museos como galerías, empezaron a entender la necesidad de exhibir esos nuevos lenguajes.  

La siguiente categoría, “Insurgencias”, tiene un pie en el arte y otro en los medios de comunicación. Aquí es donde la preocupación por la cultura visual quizás tenga un correlato con las piezas exhibidas. Otra vez es un período muy largo y hay omisiones muy caras, por ejemplo, las historietas de Rius: Los Supermachos y Los Agachados están ausentes y se nota la ceguera. Agradezco que no incluyan las obras conceptuales que se produjeron paralelamente al levantamiento zapatista, y en cambio, reclamo las obras de Carlos Aguirre que hablan de la cacería de militantes del PRD, que ni siquiera aparecen mencionadas en el Scrap Book que acompaña a la exposición.    

Como mencionamos anteriormente, “La identidad como utopía” reune a los artistas más exitosos del período, su obra fue una cachetada a la homofobia y el miedo a la otredad. Sin embargo, “La expulsión del paraíso” es la categoría más arbitraria porque si bien la presencia de artistas extranjeros energetizó un momento chato en la producción local, la introducción de ciertos artistas como si fueran fundamentales es muy riesgoso. Jimmie Dirham, por ejemplo, fue el secreto mejor guardado en México porque vivía en Cuernavaca pero jamás exhibió obras en sitios visibles, era un artista de culto y su importancia es leída desde afuera. Lo mismo ocurre con Guillermo Gómez Peña, artista de culto entre performanceros que presentó sus primeras piezas en México hasta 1993 y 1994. El video que se muestra es una pieza que se conoció por revistas o por pláticas. La ceguera del equipo al performance es notoria, uno de los lenguajes más contestatarios de estas cuatro décadas. Ya José Manuel Springer en un escrito publicado en Réplica21, reflexiona que en este rubro, la mayoría de los artistas fueron afines a la primera etapa de Curare, una publicación dirigida por Olivier Debroise y en donde colaboraba Cuauhtémoc Medina. Por último, “Intemperie” es la categoría que designa diferentes procesos de apropiación, covers, homenajes y obras de artistas que estaban a punto de disfrutar de reconocimientos de becas, premios y ventas. Hasta aquí la discrepancia. 

Pero –cuando una exposición tiene tantos méritos, un pero echa a perder el buen sabor de boca– la exposición intenta validar una historia ninguneada por el Instituto de Investigaciones Estéticas, perteneciente a la Universidad Nacional Autónoma de México, ahora co-anfitrión de la muestra; intenta demostrar la necesidad de la rebeldía frente la institución, los lenguajes tradicionales, la historia del arte y los poderes institucionales. Pero la exhibición va acompañada de una catálogo caro ya agotado, un folleto que demuestra el uso pedagógico de los colores para seguir un discurso histórico, camisetas, plumas, un concurso para ganar una computadora. Teniendo el sistema cultural que tiene la UNAM, las películas y videos pudieron entrar a los circuitos de proyección que debió llevar más público al MUCA pero no, todo debe quedar bajo el mismo techo. Lo más grave es transformar una historia en una mercancía, en un objeto cultural que se debe adquirir. Por último y lo más grave es que todo el mundo olvidará la exposición tan confusa en su museografía porque el “catálogo”, el Family album, le dará mayor coherencia a esa historia. La era de la discrepancia al igual que sus exposiciones homólogas demuestra que la rebeldía sí vende.  

IX. Siguientes Conclusiones 

A) Se mencionan una y otra vez lo terrible o impositiva que eran las artes plásticas oficiales a lo largo de la exposición y del libro pero nadie ofrece un parámetro de comparación. Es decir, si lo que vemos son las propuestas visuales que los artistas emprendieron en contra de la situación política o en contra de varios lenguajes estratificados, ningún espectador sabe ú observa la diferencia entre los creadores rebeldes y los que aceptaron las reglas de juego del gobierno. Como no existe una o varias historias del arte desde la década de los años sesenta hasta nuestros días tenemos que aceptar que estos artistas congregados son los que debemos considerar como propositivos en lo político y en lo formal, a los otros que el gobierno mexicano les escriba su propia historia.  

B) Si la historia del arte es un tejido, el hueco que dejan las exclusiones dentro de la exposición son una rara demostración de mala leche. Si no quisieron exponer obras de algunos artistas entonces hablamos de un vedetismo inusitado y perjudicial al espectador de la exposición colectiva. Citaré dos ejemplos que aparecen en el libro pero su ausencia es abismal en la exposición. 

     1) Carlos Aguirre aparece mencionado como miembro del colectivo Proceso Pentágono en la exposición y pareciera que ahí se quedó porque no vemos ninguna obra suya posterior y es claro que varias de sus trabajos critican el sistema político mexicano y cuestionan el uso de los diferentes lenguajes alternativos. 

    2) Gabriel Orozco, el divo de Jalapa-Nueva York, creo que ha generado una circunstancia amor-odio con todo el mundo, que tal vez ha provocado esta desaparición de su obra en las salas, sin embargo, aparece más de una treintena de veces en el libro. 

La era de la discrepancia propone nueve calas para abordar una historia sinuosa en donde había material para explorarla tal vez en tres grandes exposiciones, y permitir de esa manera, curar y editar una historia del arte contemporáneo de una manera más generosa y profunda en un país alienígena como el nuestro. Para el espectador promedio que no cuenta con ningún otro instrumento editorial, histórico, crítico o académico, no entiende el grupo de contradicciones y paradojas que nutren al evento. Dicho de otra forma, los frenos y aceleraciones de cómo se va formulando/creando los caminos de acceso a esa historia del arte que antes permaneció ignorada por una de las instituciones encargada de estudiarla, criticarla, comprenderla y que ahora asume la responsabilidad como si hubiera sido siempre suya.  

Algo que el acontecimiento escamotea una y otra vez es cómo los rebeldes de ayer se convirtieron en los artistas consagrados de hoy. Si, por ejemplo, el Salón Independiente pretendió ser un grupo de creadores críticos de su circunstancia, en su desempeño posterior vemos que en realidad estaban generando las condiciones para ser los artistas institucionales en las décadas siguientes y esta paradoja ilumina el sendero hasta Francis Alÿs y Santiago Sierra.  

Nadie recuerda cuándo Gabriel Orozco publicaba en la revista Zurda y no es de extrañar que los artistas más radicales, en realidad buscan insertarse en las cruentas reglas del mercado del arte. Algo que no se menciona ni en el acontecimiento ni en el libro es la sordera y la ceguera de las instituciones académicas para aceptar, rechazar, criticar y/o conservar los documentos en el momento en que fueron ocurriendo los eventos de la historia que se presentan en la muestra. ¿Cuántas veces hemos señalado el juramento chino de críticos, curadores e historiadores cuando no quieren discutir de ciertos temas u hechos culturales? Hay uno que se soslaya o se toca como un acto de gracia en “La identidad como utopía” en donde el mundo gay es tratado con un enorme cuidado y corrección política, cuando en realidad muchos de los artistas extranjeros protagonistas en otras secciones y algunos nacionales de cualquier orientación sexual apoyaron desde la primera emisión la semana cultural lésbica gay. En el libro ni aparece una sola mención. 

Es singular y caótica nuestra lectura de la historia del arte en nuestro país. Desde 1989, venimos insistiendo en la necesidad de estudiar, escribir y publicar una o varias historias del arte moderno, el arte contemporáneo, el arte actual que se produce, se exhibe, se exporta, se reimporta, que se crítica o se cura en México. De pronto, los relojes indican que la UNAM a través de varias de sus instituciones colegiadas asume la tarea ya impostergable de trazar una potencial historia del arte. Tanto el acontecimiento como el libro intentan abordar una historia de la otredad cultural y cómo se tradujo en diferentes estrategias artísticas a cambio de excluir otras otredades y otras historias.  

Un hecho cultural, entre otros que han ocurrido, puede sugerir que cierta miopía como la objetividad histórica no nos sirve a nadie. Nunca se habla de la censura religiosa, política o institucional que se ha ejercido en la ciudad de México y otras ciudades del país como si la invasión de Provida al Museo de Arte Moderno en 1988 fuera solamente un capricho sabatino de católicos airados. No, no entraron a destruir la pieza de Mauricio Maillé, Mauricio Rocha y Gabriel Orozco, entraon a pedir la cabeza del director por “permitir” la exhibición de una Virgen de Guadalupe con pechos de Marylin Monroe. Ni tampoco nadie se quiere acordar de los esfuerzos de una directora del Museo Universitario del Chopo por cancelar la semana cultural lésbico gay, pero no es necesario hablar de esas anécdotas porque le quitan brillo al acontecimiento y al libro. 

Si los artistas siempre han intentado ser rebeldes y propositivos y han explorado nuevos lenguajes para abordar diferentes problemáticas, el marketing de la exposición, el número de patrocinadores, los fetiches del recuerdo demuestran que la rebeldía vende y otorga puntos para cualquier sistema nacional, sea de creadores, sea de investigadores y la delicada escalera de ascenso académico. Este artículo es una prueba de ello.

Tenochtitlán, a 24 de septiembre del 2007


Exposición La era de la discrepancia   La era de la discrepancia - MUCA
     
La era de la discrepancia. Arte y cultura visual en México 1968 - 1997   La fotografía dentro de la exposición La era de la discrepancia
     
Obras presentes en la exposición La era de la discrepancia   Salas del MUCA
  Vista de las salas del Museo Universitario de Ciencias y Arte