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FERNANDO ANTONIO ROJO BETANCUR |
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| Marta Palau - Naualli y centinelas (fragmento) - México - 1993 |
Marta
se inspira en los motivos y las interpretaciones del arte rupestre
mexicano
[1]
y emprende una búsqueda espiritual que intenta
recuperar, a través de una producción plástica, la memoria de
un tiempo primigenio. Con el fin de acceder a una verdad mítica
que escape a la superficialidad conceptual de muchas de las manifestaciones
artísticas propias de nuestros días, esta artista se remite a
las reminiscencias de otros tiempos y logra re-significar la idea
de lo ancestral para convertirla en parte de su obra.
[2]
Las instalaciones Mano poderosa 1, 2 y 3 fueron montadas en
un espacio el cual Marta compartió con la artista Helen Escobedo.
[3]
Marta Palau presentó, como piezas principales
de la muestra, dos manos enormes y una impresión de la mano de
la artista en un muro de la Galería. En
estas instalaciones Marta elaboró nueve objetos (número cabalístico),
a base de ocho manos y un escudo de Naualli,
[4]
que hizo las veces de autorretrato de la artista.
[5]
A través de la mano que concibe como un fragmento-fetiche
de su propia identidad, Marta expresa la suma ontológica de su
ser. A la entrada del recinto había una
escalera por la que se accedía a La mano de Marta, al igual que las
manos de los hombres rupestres, es la evidencia tangible y material
de una apropiación no sólo física, sino también metafísica del
espacio, ya que opera aún estando ausente el individuo que la
plasma. Esta Mano poderosa 2 se nos presenta como una enorme mano-signo. Permite
la apropiación de un espacio por parte de la artista. En la palma de Cada dedo es un camino que conduce
a otra mano pequeña, que la indica, que se ramifica nueva e infinitamente,
creando mundos desde la conjura que opera la mano matriz. Esto
les permite tanto a la artista como al espectador vislumbrar innumerables
destinos, caminos y posibilidades. Según la propia artista, cada
una de las pequeñas manos que se desprenden de las puntas de los
dedos, refuerza el poder creador de la mano que las genera. La
transformación de una mano primigenia en varias manos nos remite
a una metamorfosis de la mano como personaje, como autorretrato
y como proyección de la artista. Hay un misticismo que nos penetra
y que deviene del contacto con la obra: la imagen poética de la
misma congela el tiempo y lo revitaliza cíclicamente a través
de los dedos vibrantes de las manos sucesivas que se desprenden
de la enorme mano genérica. Dicho misticismo nos convoca simultáneamente
a la contemplación, al silencio y al dinamismo. Como mano-útero, La mano tiene una atávica trascendencia
y un influjo que ha permanecido a lo largo de los tiempos; es
una imagen cuyo poder surge del inconsciente colectivo, de nuestra
memoria ancestral, es una imagen que pervive en la cultura visual
de cualquier tradición o contexto histórico.
[7]
Ya sea que Siguiendo el trayecto de la instalación
nos encontramos con un escudo hecho en papel amatl
[9]
seguido por otra mano
monumental (Mano poderosa
1). Ambos objetos están elaborados en materiales naturales
como ramas, cabuya y pigmentos. Tienen formas ovales, que nos
remiten al concepto de huevo que, a su vez, contiene las referencias
al nacimiento, al alma que pasa de un estado a otro, a las aves
y a toda la simbología celeste. El centro de esta Mano poderosa 1 tiene una estructura oval
que coincide con el lugar que ocupa la abertura en Mano poderosa 2. Esta estructura oval enfatiza la noción de volumen
y su tridimensionalidad permite que el espectador tenga la impresión
de que se trata de un umbral diferente al de Mano
Poderosa 2. Aquí se
refuerza, más que el concepto de fertilidad, las nociones de entrada
y salida relacionadas con el parto. Los materiales de la instalación:
tierra, madera y papel amatl
principalmente, simbolizan la intención explícita de restaurar
el ritmo natural del globo terrestre, de restablecer la armonía
perdida, de comulgar con el Origen, con la tradición y la memoria.
Las instalaciones de Marta son metáforas orgánicas que buscan
una conciliación humana con La armazón de palos y madera define
la estructura y forma de La
experimentación con materiales naturales orgánicos le permite
a Marta Palau generar un lenguaje artístico que deviene de un
sentido atávico, que reinventa de muchas maneras las posibilidades
de fusionar lo primitivo con lo contemporáneo. Le permite también
poner en tela de juicio los valores estéticos establecidos por
la tradición occidental, y por los imperios coloniales decimonónicos. Los
materiales que usa Marta en sus instalaciones presentan características
de fetiche porque tienen un valor semántico y un valor simbólico
derivados de sus usos tradicionales. Esto ocurre, por ejemplo,
con el papel amatl, que también adquiere el valor de reliquia. En este caso el
arte, además de emparentar con el concepto de fetiche, se torna
también reliquia. El papel amatl
que Marta usa en sus instalaciones tiene un valor sagrado
y ancestral significativo para Mesoamérica.
[11]
El papel amatl
está condicionado por la simbología que tuvo durante la época
precolombina y sobrevivió a la conquista. Marta utiliza este papel
no en su forma tradicional sino que le confiere valores semánticos
contemporáneos que no cancelan pero si ligan al material con los
sentidos y significados que tenía en un principio. Palau exalta
su condición sagrada y su pertenencia a un ámbito altamente espiritual.
A
través de una dramaturgia compositiva, Marta genera ámbitos espirituales
en donde los escenarios artificiales sirven de telón a un sinnúmero
de acontecimientos y situaciones. Tanto en el mundo prehistórico
de lo rupestre como en las instalaciones de Marta se promueve
una experiencia ritual que implica una apertura al mundo como
cifra de lo divino o de lo sobrenatural. Mediante sus instalaciones
Palau quiere suscitar en el espectador una sinestesia proyectiva
y perceptiva. Procura proponer un arte que se conciba como un
legado aleccionador de vida y de muerte. El hombre rupestre y Marta Palau logran acceder a lo sobrenatural
mediante la conjura de diseños rituales en el espacio, y mediante
objetos rituales fetichizados que fungen como habitáculos de aquello
que rebasa a la materia. Marta le da a sus espacios y objetos
rituales un valor equiparable a las conjuras y a la magia propiciatoria
que devienen del mundo del hechicero y del chamán. Aunque estemos
inmersos en un mundo globalizado existe un universo espiritual
que conforma nuestra psique y nuestra alma; éste sigue tan vigente
y tan activo como desde los primeros tiempos de la humanidad.
El ideal de Marta Palau consiste en recuperar esos valores originarios
que no deberían ser simplemente un legado ancestral, sino una
realidad basada en la experiencia fenomenológica que va más allá
de una simple conexión mística con las fuerzas sobrenaturales
del cosmos y la materia. Nauallis: magia, poder, eros y pulsión de muerte Marta,
a través de su obra, instaura un juego de sustituciones, analogías
e imaginarios primigenios en el ámbito creativo del arte. Nos
remite a una imagen del nomadismo como antecedente de las obligadas
inmigraciones actuales, re-significa el sentido escatológico de
la vida y la muerte, hace alusión a las secuelas de las invasiones
geográficas o culturales, al influjo del poder político, de la
guerra y de la territorialidad, en un contexto ancestral o contemporáneo.
En este caso, no se sustituyen los tiempos históricos, sólo se
establece un juego semántico con sus significantes, coincidencias
e implicaciones sociales, ontológicas y estéticas.
[12]
El
fetichismo en la obra de Marta Palau puede interpretarse desde
el punto de vista psicoanalítico como una auto-satisfacción pulsional
y una perversión que en este caso trasciende el vínculo con lo
sexual (o con el deseo), y se adhiere al Origen y al Espíritu.
Las Nauallis guerreras
alteran el rol femenino convencional y afectan con ello al eros
encausándolo hacia una actividad bélica tradicionalmente atribuida
a la condición de lo masculino. Con ello se observa una des-erotización
parcial canalizada hacia la violencia que alude a la parte destructiva
de la condición humana en cuanto a su sentido andrógino. La inclusión
de lo masculino sacraliza a las Nauallis
desde una perspectiva distinta y las convierte en una especie
de amazonas posmodernas. Las
Nauallis fungen no sólo como presencia
de una sexualidad variable y fragmentada, sino que se nos presentan
como fetiches relacionados con una pulsión tanática, inversa al
proceso creador que, sin embargo, se vuelca hacia una escatología
que nuevamente la rescata como potencial innovador. La reversión
del potencial erótico, expresado en la violencia, nutre la condición
mágica de las instalaciones de Marta, pues las convierte en conjuros
místicos que sirven como continentes del “ser” y del “crear”.
Considero que la artista utiliza el poder fetichista de sus Nauallis para sublimar, a través de la
estética y del lenguaje plástico, sus ideas políticas. La
dualidad sexual de las Nauallis
y sus roles bélicos son un sistema auto-erótico de perversión
o recuperación de una energía narcisista vinculada con la propia
artista. Las Nauallis sirven como continentes proyectivos de la intencionalidad
ontológica y creadora, pues a través de ellas Marta ritualiza todo el potencial generador del universo femenino.
Su
obra confluye en una dialéctica de conceptos opuestos y disímiles:
el gesto bélico, el Origen, el erotismo, el tánathos,
la violencia, el territorio (las invasiones), la frontera, el
nomadismo, las migraciones, el ámbito social, la postura política
y el pensamiento mágico. Todos estos elementos contrastan y originan
un lenguaje heterogéneo y un sentido para la obra de Marta Palau.
En este caso, el fetichismo se refiere también a la permanencia
de lo rupestre como gran fetiche primigenio.
[1]
Marta Palau es una apasionada por explorar
el concepto de pensamiento mágico como referente iconográfico y conceptual de su
expresión plástica, y también por indagar sus raíces en diferentes
culturas primitivas. El arte rupestre de Baja California guarda
una continuidad ancestral que se conserva viva en el arte prehispánico,
y que tiene su influjo en el arte contemporáneo. Marta ha aprovechado
el potencial expresivo de éstas pinturas rupestres mexicanas
(que le han aportado un gran repertorio de imágenes, formas
y contenidos), y de este modo, también manifiesta un sentido
de pertenencia hacia este sitio con el cual tiene un estrecho
vínculo afectivo por residir cerca de allí, en Tijuana, gran
parte del año, cuando no está en
[2]
Marta no sólo se remite al pasado ancestral mexicano,
también concentra su interés en otras culturas y civilizaciones
antiguas instaurando una mirada universal a los ecos de sus
vestigios, y de cualquier lugar del mundo. Su trabajo plástico
ha sido un importante referente conceptual e iconográfico para
artistas latinoamericanos muy diversos. Es importante mencionar
que la artista desarrolló un taller experimental en la ciudad
de
[3]
Helen Escobedo es una artista plástica amiga
y compañera de Marta Palau. Mediante sus respectivas instalaciones
ambas festejaron sus setenta años de vida, por lo que esta exposición
se llamó: Exposición
140 de Marta Palau y Helen Escobedo, en [4] Las Nauallis son sacerdotisas, guerreras, hechiceras, hierberas, curanderas y magas; son deidades míticas creadas por Marta Palau, que enriquecen de muchas maneras su repertorio iconográfico.
[5]
[6] Sigfried Giedion, hace alusión a la importancia de las manos en el arte Rupestre: “En las culturas más dispares de las cuatro partes del mundo aparecen manos provistas de significado simbólico […] La mano –el miembro del cuerpo humano que llega más lejos- da forma a esas cosas que confieren al hombre un poder muy superior a su fuerza innata: herramientas, armas, todos aquellos artefactos, en fin, que distinguen su vida de la mera existencia animal. Parece casi obvio que la representación de la mano, el miembro capaz de mayor destreza formativa, exprese simultáneamente fuerza especial y significación mágica. […] Las manos, unas veces aparecen aisladas, otras en conjunción con símbolos indescifrables, a menudo en conjunción con animales, y entonces su posición evidencia un poder de posesión simbólica sobre éstos.” (Giedion, Sigfried. El presente eterno: Los comienzos del arte, Alianza forma, Madrid, 1981, pp. 122-125). [7] “La mano es realmente un pantaculum, un ‘pequeño todo’ que sintetiza las más destacadas características psíquicas y espirituales del ser humano. Y esto es así desde los primeros testimonios visuales de la prehistoria, que todavía ostentan nítidas e inquietantes huellas de manos, que se recortan luminosas sobre fondo negro o irradian energía sobre fondo rojo. Éste último color evocaba la idea de la sangre como símbolo de las energías vitales y psíquicas […]. La quiromancia es en efecto una ciencia tradicional difundida entre todas las culturas de Eurasia, aunque con muchas variantes significativas. La posibilidad de ‘leer’ la mano, llena de articulaciones y pliegues en la palma, la convertirá sobre todo en un natural, y afortunado, soporte mnemotécnico para el aprendizaje y la memorización de números y alfabetos, así como también de las más complejas convenciones de anotación musical.” (Grossato, Alessandro. El libro de los Símbolos. Metamorfosis de lo humano entre oriente y occidente. (La mano y su huella). Prefacio de Elémire Zolla. Traducción: María Ángels Cabré, Editorial Grijalbo Mondadori, artes gráficas Toledo, Barcelona, 2000, pp. 22-25). [8] Para las culturas prehispánicas sudamericanas, la mano, o las manos, también han tenido gran importancia, ya que son expresión de la inteligencia y portadoras de habilidades prácticas como tejer, cazar, labrar la tierra, elaborar objetos como herramientas, entre muchas otras funciones: “La mano es un ‘organon’, una herramienta, un órgano de aprehensión, capaz de tener todo y agarrarlo todo’. […] Todos vieron la mano como expresión de la inteligencia y no como condición de ésta. La mano es entonces, un órgano inteligente. […] Los precolombinos han rendido un verdadero culto a las manos humanas: La cultura Paracas (1000–100 a. C.) en su cerámica, confeccionó manos para sus momias con el deseo de devolver al muerto el órgano indispensable perdido. Los Mochicas (100 d. C.– 800 d. C.) no perdieron la costumbre y de manera casi ritual pusieron en la tumba una mano con la típica posición del ‘ñeque’ dando al difunto la posibilidad de recordar y utilizar en el más allá, la técnica de sacar la mayor fuerza de su mano ‘virtual’, podríamos decir.” (Scobry Leacey, Dominique. Simbología Andina en el Arte Precolombino y Colonial. Editor: Manuel A. De Bernardi Cámpora, Especial Impresores Ltda., CMC Amtex, Lima, La paz, Perú y Bolivia, 1999, pp. 40-44). [9] Amate: (Náhuatl: amatl) Papel hecho de la corteza del árbol de higo. Este papel fue utilizado por los indígenas antes y después de la conquista española para la elaboración de códices, manuscritos y otros documentos. [10] El hombre de las cavernas se inmortalizó mediante el arte rupestre utilizando como pincel la mano pigmentada con la que dejó huella y testimonio de su eternidad, de su psique y de su espíritu, sobre la roca. Dibujando mediante sus caligrafías e ideogramas el ritmo natural del cielo, de las estrellas y del entorno natural, el hombre rupestre orquestó un compendio de su imaginario, y accedió a los estados superiores de conciencia mediante la apropiación, conjura, manipulación y sometimiento del poderoso maná de diversos seres espirituales. (“Mana: fuerza mágica misteriosa, autónoma e inherente a objetos tabú, a personas o a entidades espirituales: animales o vegetales, que habitan en la naturaleza”. (Freud, Sigmund. Tótem y Tabú. Capítulo 2: ‘El tabú y la ambivalencia de los sentimientos’, Alianza Editorial, Madrid, 1972, p. 29). [11] Aún cuando “reliquia” sea un concepto occidental, creo que es válido y aplica a esta re-significación semántica en el arte contemporáneo. [12] En la obra artística de Marta Palau se da gran importancia al sentido y valor del Origen, de la identidad, del ritual y del pensamiento mágico. La artista nos refiere, también, una posición ideológica que resalta el valor de lo ancestral y que en alguna medida se resiste a las políticas culturales o gubernamentales establecidas y hegemónicas, al peso histórico de la ilustración de occidente, a la vigencia de muchos de sus conceptos positivistas que no siempre respetan una cosmovisión ancestral que pervive como memoria en gran parte del arte latinoamericano de las ultimas décadas. Se contrapone a una restringida visión del arte centro y sudamericano, basada en criterios europeos, con las herramientas críticas de éstos últimos, que algunas veces limitan las posibles lecturas y la apertura a una polisemia propia de un arte como el arte de Marta Palau que mira al pasado y lo re-configura. |
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