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| Marcos Kurtycz - La serpiente del metro (fragmento) - 1995 |
Empecemos por el principio. Cuando
los artistas empezaron a realizar acciones o eventos estéticos como
parte de su quehacer artístico recurrieron diversos términos para
designar dichas piezas. Cuando la palabra performance apareció
para denominar este tipo de prácticas, muchos artistas se mostraron
renuentes a utilizar un vocablo extranjero, por parecerles pretencioso
y hasta ridículo. Sin embargo, poco a poco, los artistas se fueron
familiarizando con el término y se dieron cuenta de la amplitud
de sus alcances, así como de su potencial para la problematización,
dada su flexibilidad conceptual. En el contexto mexicano, el performance es una disciplina que tiene su origen en las artes visuales
más que en las escénicas; consecuentemente, tanto la gente del teatro
como la del performance
ha puesto especial interés en mantener clara la línea divisoria
entre sus disciplinas. Felipe Ehrenberg, por ejemplo, lo clarifica
al decir: “A diferencia del teatro, la intención de un performance
no es interpretativa y por lo tanto, no admite intermediarios. El
performador es todo a la vez (autor, director, actor...)”.
[1]
En cuanto
a su historia, el arte del performance en México tiene un largo camino
recorrido. Podemos remontarnos a la época de las vanguardias de
principios del siglo XX, cuando el grupo de los Estridentistas (1922-1927),
encabezado por el poeta Manuel Maples Arce (1898-1981), retomaba
las ideas futuristas de Marinetti respecto al amor a la máquina,
al dinamismo, a la velocidad, a lo urbano; tiñendo su producción
artística, mayormente literaria, con un acento incendiario, provocador
y de ruptura. Para
la década de los sesenta, cuando en Europa Yves Klein llevaba a
cabo sus famosas Antropometrías (1960), utilizando bellas
modelos como pinceles sobre el lienzo, y Piero Manzoni repartía
certificados de autenticidad a aquellas personas que consentían
en convertirse en sus Esculturas Vivientes (1961), en México
artistas como Mathias Goeritz, con su manifiesto Estoy Harto
(1961), Alejandro Jodorowsky y su teatro pánico o José Luis Cuevas
y su Mural Efímero (1967), hacían lo propio para ensanchar
las fronteras de lo artístico. Incluso, ya en 1952 Goeritz había fundado el museo experimental
El Eco, con la intención de activar “un espacio abierto y transformable: museo experimental,
galería de arte, teatro, espacio de danza, restaurante-bar, o cualquier
otra ocurrencia que, bajo su techo, integraría artes, artistas,
visitantes, obra.”
[2]
A partir
de los setentas, como consecuencia de los movimientos sociales y
políticos, especialmente el movimiento estudiantil del 68, el performance,
como arte y como acción social, se convirtió en un acto propicio
para la articulación de identidades minoritarias, disidentes o subalternas.
Se transformó en un importante espacio de resistencia al poder hegemónico
(de Estado, patriarcal, institucional, etc.) valiéndose de elementos
irónicos, paródicos y carnavalescos para transmitir sus ideas. Asimismo,
articuló y creó nuevas epistemologías identitarias: a través de
sus acciones los artistas se replantearon las relaciones entre el
cuerpo y su entorno natural, social y político.
[3]
Surgió
entonces el fenómeno de los grupos, colectivos artísticos
que se abrieron a la vanguardia internacional conceptual y estética
pero con una sensibilidad correspondiente a su propio entorno sociopolítico.
Pintores, escultores, grabadores, fotógrafos, teóricos, historiadores
del arte, diseñadores, promotores culturales, estudiantes y escritores
fundaron diversos grupos, entre los que destacaron: Taller de Investigación Plástica (TIP),
Proceso Pentágono, Tepito Arte-Acá, Peyote y la Compañía, Grupo
Suma y el No-Grupo. Todos ellos de carácter interactivo e interdisciplinario,
en busca de la apertura de nuevos medios y espacios de expresión,
con un fuerte compromiso social que los llevó a promover la toma
de conciencia política entre el público de las colonias populares
de la capital mexicana.
[4]
Para
estos grupos, la ciudad fue el escenario, sostén e imaginario principal
en su obra. Las acciones performáticas callejeras resultaron una
estrategia muy efectiva para satisfacer sus intenciones de comunicación,
dadas sus cualidades de elasticidad para el manejo de los símbolos
pero, sobre todo, por el contacto directo con el público. No obstante,
para la década de los ochenta, el movimiento de los grupos empezó
a desgastarse; las causas políticas y sociales que tuvieron tanta
fuerza en los años anteriores, fueron soslayadas ante la inserción
de muchos artistas en el mercado del arte. El performance entonces,
abandonó la calle y empezó a realizarse sobre todo en galerías,
museos y en los diversos espacios alternativos que fueron surgiendo
a lo largo de la década, tales como La Agencia, fundada por Adolfo
Patiño en 1987, El Salón des Aztecas, La Última Carcajada de la
Cumbancha, El Observatorio y La Quiñonera, entre otros. Este
fenómeno se incrementó después del terrible temblor de 1985, cuando
algunas colonias que resultaron dañadas empezaron a renovarse, como
la Condesa o la Roma y el mismo Centro Histórico, y se abrieron
nuevos espacios para el arte y el entretenimiento. Una de las prácticas que se hicieron populares en esta época fueron las tomas de edificios por artistas de diversas disciplinas, como La toma del Balmori (Colonia Roma) en 1990 o La toma del Rulle (Eje Central) al año siguiente, dando como resultado interesantes eventos en donde convivían una gran cantidad de formas de expresión, como el performance, la instalación, la música, las artes plásticas y todo tipo de fusiones. [5] Es en
este contexto en el que se inserta Ex Teresa, fundado dentro del
marco de la proliferación de galerías y centros culturales de finales
de los años ochenta y principios de los noventa. Este fenómeno se
explica, en parte, por la presencia de un movimiento en donde la
sociedad civil –que empezó a organizarse ante la tragedia del temblor
de 1985 y el fraude electoral de 1988– toma conciencia de su fuerza
como colectividad y empieza a promover el desarrollo de estos espacios,
llamados alternativos, por oposición a los círculos del arte tradicional.
[6]
El proyecto, procedente de un grupo de artistas encabezados
por Eloy Tarcisio, encontró
resonancia en el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA). ¿Por
qué? Probablemente, porque les pareció útil como una especie de
ventana que se abría a un ámbito en el que aún no tenían incidencia
alguna. Lo importante es que a partir de ese momento surgió un espacio
dedicado a albergar esas “nuevas”
disciplinas artísticas, que en realidad no tenían nada de nuevas,
pero que se salían del contexto del museo tradicional; respondiendo
a una necesidad que venía manifestándose en nuestro país desde la
década de los setenta, cuando los grupos tomaban las calles
en busca de un espacio de expresión. Incluso, podría decirse, que
con el proyecto Ex Teresa, Eloy Tarcisio pretendió cristalizar las
búsquedas de los artistas de la generación de los grupos en un
mismo recinto. Maris
Bustamante recuerda como comenzó todo: El museo fue
el resultado de lo que los artistas de los setenta habíamos hecho
no sólo artísticamente desde que las artes no objetuales
fueron aceptadas, sino por la divulgación amplia que todos hicimos
tratando de atraer no sólo a los que eran o querían ser artistas,
sino incluso a los aficionados a las artes contemporáneas. Concretamente
fue Eloy Tarsicio el que hizo la propuesta y la presentó a las autoridades
del INBA y Conaculta, para que se hiciera este Museo que es el único
que inició sus actividades para la promoción de lo no objetual.
[7]
Podría
decirse que con la apertura de Ex Teresa, el INBA buscó dar el paso
de la propuesta del museo-templo –santuario o lugar cerrado
donde se conservan bienes preciados, sacralizados–, al museo-centro
cultural, que ofrece actividades múltiples a un público heterogéneo,
con la intención de que la institución sea vista como un espacio
accesible y cotidiano. Es así
como Ex Teresa se inserta en el paisaje museístico mexicano no como
un museo clásico, ya que no cumple con los requisitos básicos de
poseer y conservar una colección de objetos, pero sí como un centro
cultural planteado desde un punto de vista posmoderno; es decir,
como un espacio público, real o virtual, de comunicación, con vocación
de permanencia y dotado de un proyecto de educación no formal. Durante
sus cerca de 15 años de vida, Ex Teresa ha cambiado de director
en cuatro ocasiones: Eloy Tarcisio (1993-1994 y 1996-1998), Lorena
Wolffer (1994-1996), Guillermo Santamarina (1998-2000) y Carlos
Jaurena (2000 a la fecha). Cada uno, con una visión particular,
ha buscado la manera de dirigir al centro hacia una mayor difusión
de las disciplinas no tradicionales. Una tarea nada sencilla. En
este caminar, su oferta se ha visto modificada en algunos aspectos
de acuerdo con las preocupaciones de sus distintas directivas y,
por supuesto, con los factores culturales, sociales, políticos y
económicos que han afectado al país. Estos cambios, así como los
vaivenes del presupuesto con el cual dispone, han contribuido a
una falta de continuidad de sus proyectos; mal que parece aquejar
a todas las instituciones de nuestro país. No obstante, los objetivos
fundacionales de la institución han conseguido permanecer.
Uno de los aspectos que ha sido motivo de discusión desde
que Ex Teresa iniciara funciones, es el hecho de que sea una institución
que depende directamente del Estado. Esta circunstancia desató una
serie de polémicas por parte de la comunidad artística, a causa
de lo contradictorio que resulta que las “artes alternativas” –como se les llamaba
en un principio–, cuya naturaleza debe ser, supuestamente, revolucionaria,
contestataria y provocadora, sean exhibidas por instancia del propio
aparato gubernamental al que cuestionan y critican. ¿Qué tipo de
performance se presentaría ahí? Ante
esta situación se ha dado una escisión entre la comunidad performancera:
por un lado, un sector que busca el sustento de una organización
más formal, con eventos sistematizados, centros de documentación,
becas, así como el apoyo y participación de las instituciones; y
por el otro, un grupo al que la propuesta de Ex Teresa no le parece
coherente y se muestra renuente y desconfiado. Si volvemos
a los planteamientos del performance desde sus orígenes, encontramos
que ha sido una práctica que esencialmente busca transgredir: romper
con los canales tradicionales del arte, cuestionar, criticar, señalar,
provocar, burlar, rebasar los límites establecidos. Por su condición
efímera busca ser inasible, imposible de encasillar, de encerrar
en un espacio determinado, de medir o de comerciar. ¿Puede una práctica
artística como ésta insertarse en una institución como Ex Teresa?
Probablemente no, pero hay que tomar en cuenta que el
contexto ha cambiado desde aquellos años a nuestros días. El performance evolucionó, o simplemente,
se “adaptó”
para terminar siendo asimilado, hasta cierto grado, por todos aquellos
a los que desconcertó en un principio (el mercado del arte, las
instituciones oficiales, la industria cultural). La resistencia
sustituyó a la transgresión. No obstante, esto no debería significar
que el performance ha
renunciado a sus fundamentos: para que pueda subsistir es primordial
que se sigan lanzando propuestas críticas y provocadoras, incluso
tanto que no puedan ser realizadas desde el marco de una institución
como ésta, así como también debe existir la crítica desde dentro.
La pluralidad de propuestas y puntos de vista es lo único que puede
mantener el arte en movimiento. Las artes necesitan para su óptimo desarrollo y expresión,
contar con espacios adecuados y apoyos económicos, al igual que
foros para la discusión y el debate. ¿Cuál debe ser el papel de
la institución cultural entonces? Ya no será, exclusivamente, el
de articular una "colección" o una "exposición"
de “obras de arte”,
sino el de proporcionar recursos que faciliten la producción, distribución
y difusión. Olivier Debroise y Cuauhtémoc Medina consideran que el
Estado debe proveer económicamente y colaborar con una saludable
distancia de por medio: “solícito, gris, tolerante y hasta, si se
quiere, escéptico”.
[8]
Esto es lo que, en teoría, se pretende en Ex Teresa:
una independencia y una separación de intereses, que lamentablemente
en la práctica no siempre ha sido posible obtener. Independientemente de la polémica inicial, poco a poco,
muchos artistas empezaron a sentirse como en casa al encontrar en
Ex Teresa un espacio que apoyaba sus propuestas brindándoles difusión
y medios para la producción de sus performances.
Carlos Jaurena, actual director del centro, recuerda lo que significaba
para él contar con un espacio que lo respaldara como performancero:
“Para mi en especial, las veces que me presenté en Ex Teresa, sí
pude llegar a un público mucho mayor, a un público ya muy interesado
en ese tipo de manifestaciones, entonces yo creo que sí fue de gran
ayuda el que Ex Teresa se abriera como el espacio único para ese
tipo de manifestaciones.” (Octubre, 2005) Desde
un principio, el performance fue la disciplina que recibió mayor atención por parte
del centro; de hecho, su primera exposición titulada Manifiesta (mayo,
1993) constó de tres obras: una instalación acompañada de un performance
de Felipe Ehrenberg, una instalación de Helen Escobedo y un performance de Marcos Kurtycz
[9]
– un adelanto de lo que vendría a ser la oferta del
centro y, más específicamente, la propuesta de Eloy Tarcisio. Por otra parte, a partir de su creación, Ex Teresa se
convirtió en sede del Festival Internacional de Performance, cuya
primera edición se había llevado a cabo en 1992 en el Museo del
Chopo, con la organización de Hortensia Ramírez, Gustavo Prado y
el mismo Eloy Tarcisio. Este festival –que con el paso del tiempo
se convertiría en la Muestra Internacional de Performance– proyectaba
ser una iniciativa anual que funcionara como espacio de encuentro
para las nuevas propuestas, foro de confrontación de ideas y percepciones,
así como plataforma de lanzamiento para los artistas nuevos. ¿Se han
cumplido estos objetivos? Sin duda,
el festival de performance ha sido un espacio de enorme trascendencia
para la comunidad del performance en México. Hasta la fecha, se
han llevado a cabo doce ediciones de dicha muestra, en las cuales,
a pesar de los altibajos en las propuestas teóricas y estéticas
de cada una de ellas, la diversidad de planteamientos de los participantes
ha sido enriquecedora. Seamos
más concretos. En primer
lugar, a través de los festivales de performance, los artistas tuvieron
la oportunidad de conocer
y participar de las ideas y planteamientos de otros artistas, tanto
experimentados como emergentes, nacionales y extranjeros. Estos
se convirtieron en un espacio de intercambio y proyección de gran
impacto, sobre todo para los artistas que asistieron, ya sea como
performers o como espectadores, pero también para el público en
general, que se enfrentaba por primera vez (o no) a estos festivales.
Un ejemplo
fue, la acción del italiano afincado en Londres, Franko B, la cual
tuvo un enorme impacto en la Séptima Muestra Internacional de Performance
de 1998. La pieza, titulada Aktion 398, consistió en que
él mismo se presentó ante el público como la obra. El artista fue
recibiendo, uno por uno, a todos los asistentes, alargando su performance
aproximadamente cinco horas, en lo que todos entraron. Otros ejemplos, fueron las acciones de artistas como
el perfomancero chicano Guillermo Gómez Peña, quien ha trabajado
durante años en torno a la identidad híbrida fronteriza, tratando
en su obra temas como la extraterritorialidad, la homosexualidad,
el rechazo a los discursos oficiales y a las “buenas costumbres”. En su Mexterminator Project, por citar alguna
de sus acciones más famosas, se presentaba como un pastiche entre
la figura del pandillero y el “Terminator” hollywodense, todo ensangrentado y limpiando su pistola con la bandera
de Estados Unidos, aludiendo a la cultura del miedo, particularmente
enfocada en las comunidades latinas de clase trabajadora en el país
del norte. Uno de los artistas cuya obra se caracteriza por sus
contenidos políticos y de denuncia social, entre otras cosas, es
César Martínez, quien en 1999 presentó su acción Las verdades
históricas son injusticias sociales ahora en el marco
de la 7° Muestra Internacional de Performance. Martínez se colocó
en medio de un laberinto traslúcido con la forma del mapa mexicano,
con el cuerpo vendado y sin más indumentaria que unos calzoncillos
estampados con la bandera norteamericana, mientras eran soltados
50 ratones blancos por el lado de la frontera norte cuya meta sería
el manojo de maíz que los esperaba a la altura de Chiapas. De esta
forma, el artista hacía referencia a la violencia en Chiapas y a
la situación política de nuestro país con respecto al conflicto
migratorio con Estados Unidos.
También
han tenido lugar en Ex Teresa acciones de connotados artistas a
nivel internacional, como el colombiano Rosemberg Sandoval (2000),
el norteamericano Ron Athey (1995), la cubana Tania Bruguera (1999),
por mencionar algunos. Este
intercambio derivó en un invaluable aprendizaje para los artistas,
además de otorgarles la oportunidad de viajar a otros países presentando
sus piezas. Por otra parte, presentó al público piezas que poseen
una factura y una carga ideológica muy distinta a las que se realizan
en nuestro país. A través
de estos festivales también se ha dado un cambio perceptible en
cuanto a la actitud del público: de las masas que abarrotaban las
salas en las primeras ediciones del festival, movidas por la curiosidad
ante la novedad y el morbo, se ha llegado a formar un público de performance menos numeroso, pero más familiarizado con esta práctica
artística, el cual asiste asiduamente a las acciones y, que a fuerza
de ver y vivir el performance, sabe discernir entre los artistas
que más le interesan. Muchos
artistas recuerdan cómo en las primeras ediciones del festival acudían
tremendas masas a experimentar esa extraña cosa que llamaban performance.
Martín Rentería evoca los inicios de Ex Teresa como un lugar de
pluralidad e intercambio: Los tumultos no faltaban. Era increíble, verdaderos tumultos, empujones,
hasta pisoteados hubo ahí. Estamos hablando de 1000 a 2000 personas.
Era una cosa impresionante. Entonces empieza a haber una convocatoria:
los artistas que en ese momento estábamos medio haciendo o haciendo
performance y la gente que ya tenía una trayectoria: ahora sí que
entra toda la gente que tiene una relación directa, indirecta, buena,
mala o lo que sea, con el performance y se convierte en un foro
que abarca lo mejor y lo peor del performance mexicano. Era un foro
bastante completo.
[10]
Por otra parte, el festival tuvo otra función que provocó
una transformación en la manera de hacer y producir performance
en México. Janice Alba, performancera, promotora y curadora, se
refiere a este evento como una
profesionalización del performance, ya que antes de la
aparición de Ex Teresa los performanceros estaban acostumbrados
al trabajo en las calles y en espacios emergentes cuya vida era
fugaz. Con respecto al Tercer Festival de Performance, en el que
participó al lado de Lorena Wolffer comenta: Fue
una gran empresa y nos empezamos a profesionalizar sobre la marcha,
en cuanto a la manera de cómo hacer performance porque nadie nos
dijo como; los mismos artistas tampoco porque era la primera vez
que tenían un espacio, la primera vez que podían insertarse en
la estructura formal de la difusión y promoción del arte.
[11]
Es
así cómo el Festival de Performance no sólo fue la principal herramienta
de Ex Teresa para atraer al público hacia manifestaciones artísticas
como el performance, también fungió como una especie de práctica
profesional, tanto para los artistas participantes como para los
propios organizadores del evento, quienes tuvieron que aprender
a producir y curar un performance sobre la marcha. A través de
esta aventura se inició el proceso de profesionalización de los
performanceros mexicanos. Ex
Teresa se ha constituido como un espacio de encuentro para la
gente que se interesa por el performance, ya sea como creadores
o como espectadores, principalmente a través de sus muestras anuales
de performance pero también por medio de diversas actividades
que llevan a cabo a lo largo del año, como son talleres, mesas
de conferencias, presentación de libros, exposiciones y performance. Por
otra parte, también se han realizado otros eventos a lo largo
de estos catorce años, tales como las dos ediciones de Manifiesta,
organizadas por Eloy Tarcisio, en donde los artistas de más trayectoria
presentaron performance e instalaciones al lado de otros artistas
menos experimentados; así como los concursos de instalación organizados
por Lorena Wolffer y las Jornadas de Nivelación de Oxígeno propuestas
por Guillermo Santamarina, que pretendían ocupar el lugar del
concurso de performance que anteriormente se efectuaba durante
los festivales anuales; entre muchas otras propuestas que, lamentablemente,
no tuvieron seguimiento una vez que la administración cambiaba. Un
evento muy interesante realizado durante la administración de
Carlos Jaurena fue el de Emanaciones Performativas, Exploratorios
Críticos, el cual pretendía abordar el performance más allá del
formato en el que, de alguna manera, había ido cayendo debido
a las limitaciones de tiempo y espacio para manejarlo con más
facilidad. En palabras de Janice Alba: Veo que se ha
trascendido el concepto de performance. No solamente es el formato
sino es la posibilidad del cuerpo, cómo juega con otras disciplinas,
cómo bordea y por qué lo circunscribe siempre al cuerpo o no y
por qué parte de un espacio determinado. Entonces, esta plataforma
se llama así porque es justamente una libertad de expresión que
detona, que explota y es una emanación performativa
pero siempre bajo el cuidado crítico y la plataforma estética
por eso es un exploratorio, pero crítico.
[12]
Desafortunadamente
este proyecto tuvo que abandonarse ante el recorte presupuestal
que hizo casi imposible la tarea de producir y difundir algo de
calidad para atraer al público cada viernes por la noche. No
obstante, el centro ha permanecido activo y ha realizado una serie
de performances y exposiciones, al tiempo que busca la participación
del público interesado en el performance. Todas
estas acciones, ya sea de manera aislada o en el marco del Festival
de Performance, han ido forjando la propuesta de Ex Teresa Arte
Actual, en su constante búsqueda por ganar un lugar para esta
práctica artística en la vida cultural del país. Pese a los obstáculos
y las inconsistencias que como institución pueda haber padecido,
su existencia a lo largo de estos casi quince años indica que
ha logrado mantener su primordial objetivo fundacional: constituirse
como en espacio más importante en la difusión y el apoyo de las
artes no convencionales, principalmente del performance. [1] Felipe Ehrenberg: “¡Per! ¡Form! ¡Ma!”, Con el Cuerpo por delante 47882 minutos de performance, INBA, México, 2001, p. 21. [2] Dulce María Alvarado Chaparro: Performance en México, Tesis ENAP, UNAM, México, 2000, p. 30. (Inédito). Este espacio conceptual era un antecedente directo de los actuales centros de arte contemporáneo. [3] Antonio Prieto: En torno a los Estudios del Performance, la Teatralidad y Más, en línea, Internet 15 de abril de 2005, [4] Alma Sánchez: La intervención artística de la ciudad de México. Instituto de Cultura de Morelos-CONACULTA, México, 2003, p. 32. [5] Últimamente, por ejemplo, se han retomado este tipo de acciones en las instalaciones en la Plaza de las Vizcaínas (Eje Central). [6] José Luis Barrios, “Los descentramientos del arte contemporáneo: de los espacios alternativos a las nuevas capitales”: Hacia otra historia del arte en México, Tomo IV, Disolvencias, Arte e Imagen-CONACULTA, México, 2001, pp. 143-144. [7] Entrevista de la autora a Maris Bustamante en noviembre de 2005 en la Ciudad de México. [8] Olivier Debroise y Cuauhtémoc Medina, “Alto protocolo, Táctica equivocada”, Reforma, 7 de junio de 2001, México, Sec. El Ángel, p. 6. [9] Manifiesta 2 Cábula Situacionista. Catálogo de la exposición en Ex Teresa Arte Alternativo, INBA, México, 1997, p. 9. [10] Entrevista de la autora a Martín Rentería en noviembre de 2005 en la Ciudad de México. [11] Entrevista de la Lorena Woffler en septiembre de 2005 en la Ciudad de México. [12] Entrevista realizada por la autora a Janice Alba en septiembre de 2005 en la Ciudad de México. |
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