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ILEANA DIÉGUEZ |
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| El Rayo Amarillo de la lucha libre con máscara de ciudadano... (fragmento) |
En un contexto de
repetidas crisis representacionales no es sólo la “gente de teatro”
la que se ha planteado la crisis de la representación. Esta es
una problemática que hace varios años comenzó a desarrollar la
filosofía –como demuestran numerosos ensayos al respecto: Derrida,
Lefebvre, Nancy, Grüner– y que responde a la propia crisis representacional
en todos los órdenes de la existencia: las ideas, la lingüística,
la política, la religión, la economía, la cultura y, como parte
de esta última, el arte. La historia de las
representaciones ha fundado sitios de legitimación donde se duplican
y se pretenden reforzar presencias. Desde los territorios de la
institución política –cualquiera que ella sea– hasta las tribunas
artísticas, la representación en tanto concepto ha sido legitimada
por las relaciones entre verdad y sustitución. En esta encrucijada
se ha ido formando una cadena que remite “de la representación
como idea o realidad, o realidad objetiva de la idea (relación
con el objeto) a la representación como delegación, eventualmente
política, y en consecuencia a la sustitución de sujetos identificables
los unos con los otros y tanto más reemplazables cuanto que son
objetivables”.
[1]
El debate de la representación
como sustitución de “verdad y presencia” debería considerar los
inevitables desplazamientos de la presencia, su diseminación en
la diferencia. La presencia como desocultamiento o aparición,
regreso al origen, a la patria de la legitimidad, también sugiere
“la nostalgia de una presencia oculta bajo la representación”
[2]
y el enlace con las tramas de la autoridad
y los fundamentalismos. Este sería el punto a observar en el anunciado
retorno de la teatralidad hacia los cuerpos de la presencia, teniendo
en cuenta que esta negatividad representacional emerge en el contexto
de una crítica filosófica al logocentrismo discursivo, al imperio
del autor –en cualquiera de sus acepciones– como padre luminoso
fundante de presencias-palabras- conceptos. En estos tiempos salpicados
de borraduras y parricidios dramatúrgicos, cuando se proclama
el regreso a la presencia ¿es el retorno a la presencia del padre/autoridad/director-autor?
No habría que olvidar que el padre vigila siempre la escritura,
cualquiera que ella sea, ni el fácil pasadizo que comunica entre
sí a las figuras del rey, del dios y del padre, como nos recuerda
Derrida.
[3]
A la presencia se han vinculado las figuras
del poder –padre, rey o soberano–, pero también estas figuras
están ligadas a la representación. Más allá de la escena, no puedo
evitar pensar en el juego de las representaciones y las presencias
en los sistemas concentrados o difusos, como diría Debord. La
presencia omnipresente se garantiza en todos los medios de representación,
a la vez que se acotan o cancelan las representaciones de los otros, y que no son sólo presencias, sino exponen, representan
a otros y a sí mismas desatando la representación prohibida,
[4]
las (re)presentaciones (im)posibles que evocan
ausencias y que hacen visible a los (re)presentados. Más que plantear una
relación de exclusión entre presentacionalidad y representacionalidad,
lo que está en juego es el uso de las representaciones –como de
las presencias– al servicio de las hegemonías, pero también al
servicio de una reconstrucción de las representaciones colectivas.
[5]
Problematizar la representación
como espacio de diferencias
–“una diferencia que no sería repatriable” ni reducible a “representaciones
de lo mismo” o “difracciones de un sentido único”, como ha reflexionado
Derrida–
[6]
invita a mirar este dispositivo como desplazamientos
hacia lo otro. Se trata de explorar las funciones de la representación,
de desmontar los corpus que la sostienen, y que pueden producir
un efecto u otro, todo depende de las construcciones específicas,
de las puestas en juego y de las políticas del acto y la mirada:
como velo o como visibilización, como envío o sustitución, como
parricidio o borradura. Me he preguntado qué
presencia es aquella que invocamos o percibimos cuando miramos
las escenas de hoy, las de la calle, las de las performances
art y las de los teatros. En ambos espacios hay dimensión
representacional, hay dispositivos semióticos y simbólicos. Algo
sucede para ser realizado ante otros, somos convocados por alguien
que nos configura en efímeros espectadores y testigos de un hecho
ficcional o real, y que sin embargo busca trascender la instantaneidad.
Las discusiones en
torno a las crisis representacionales tienen que incluir
las crisis de los representados:
¿quiénes son los representados
que los sistemas dominantes no sólo han dejado
de representar sino que incluso han prohibido
representar, evidenciando un vacío
representacional que también ha comenzado a ser llenado por los
otros representables y actuantes? Esos otros que ante las crisis representacionales
se saben no-incluidos y “optan por incluirse en los realia sociales irrepresentables”.
[7]
Siguiendo la reflexión de Grüner: ¿El colapso de las formas de representación
de la economía, de la política, del arte, serán indicadores o
síntomas de un “retorno de lo real” que induzca a un regreso del realismo entendido como un regreso de la materia “representable”,
de un conflicto productivo entre la imagen y el objeto que genere
formas nuevas, creativas y vitales de la relación imposible pero
inevitable entre lo representante y lo representado? Más que preocuparnos
por buscar neologismos deberíamos detenernos a reflexionar sobre
esos acontecimientos, fuera del teatro, que hoy refundan la representación
“como producción colectiva de nuevos […] sentidos para la simbolización
de la polis”.
[8]
En los acontecimientos
desatados en la ciudad de México durante el movimiento de Resistencia
Civil que se opuso al fraude electoral a partir de julio del 2006
–para poner un ejemplo preciso–, en los cacerolazos de las mujeres
que tomaron los medios en Oaxaca o de aquellos hombres y mujeres
que salieron a las calles en diciembre del 2001 en Argentina,
se configuran representaciones
colectivas de los cuerpos subalternos que toman los espacios públicos
y los desbordan de presencias
para representar sus demandas por cuenta y mandato
propio, sin ninguna función delegacional o sustitutiva ellos/ellas
ejercen las políticas de obscenidad que transforman las “disposiciones
escénicas” de los espacios sociales. Los cambios en las
disposiciones escénicas de ciertas épocas marcadas por radicales
acontecimientos sociopolíticos han sido abordados por el teatrista
de origen ruso Nicolás Evreinov, interesado en estudiar “el espectáculo
sin fin” de la existencia humana y los roles sociales.
[9]
Sus ideas son hoy disparadores productivos para entender
la teatralidad que habita en muchos acontecimientos representacionales
de las llamadas “gramáticas de la multitud”.
[10]
Como Artaud, cuando
describió una escena de la calle –una redada policial- como “el
espectáculo total” o “el teatro ideal”,
[11]
Evreinov consideró la teatralidad como una situación
pre-estética determinada por el instinto de transfiguración para
crear un “ambiente” diferente al cotidiano, subvertir y transformar
la vida. Esta concepción de
la teatralidad como percepción de un espectador o “creador rebelde”
[12]
–también denotada por Josette Féral
[13]
como “mirada que postula y crea un espacio
otro”, diferente del cotidiano, y sobre todo como noción extrateatral–,
es la que me ha interesado recuperar para dar cuenta de los escenarios
de Teatralidades de Muchas de las acciones
en las que pienso y a las que me he referido en este texto y otros
[16]
constituyen rituales de la memoria, documentos
vivos, abiertas y procesuales puestas en espacio del deseo. No es sólo
la representación como dispositivo escénico el que se problematiza,
expande o transgrede, sino el corpus
político de todas las formas de representación. La presencia es
más que objetual o corporal, abarca la esfera de los sujetos y
está más allá de un teatro del cuerpo que se agota en la repetición
de formas. No es la fisicalidad o la objetualidad pura la que
aseguraría la salida de las simulaciones, las repeticiones o las
perpetuaciones de una ausencia presentificada (y petrificada)
por representaciones. Es
en el espacio social donde se desmontan las representaciones y
se exponen las presencias. El “malaise dans l’esthétique”
[17]
también planteado por Rancière nos sitúa ante
otra problemática que instala el propio malestar de la representación.
No representar tendría que poner en acción la sentencia de Adorno
contra la estética de la contemplación ¿Será entonces otra “estética” de la participación (¿“utopías
de proximidad”?) la que nos instale en un espacio donde se clausuran
las representaciones? México,
D.F., mayo y agosto de 2007 *
Una versión reducida de esta
ponencia, titulada “El malestar de la representación”, fue presentada
en el Diplomado Reflexiones sobre el gesto teatral contemporáneo
IV. 17 Instituto de Estudios Críticos y Proyecto 3. Facultad
de Arquitectura de [1] Jacques Derrida: “Envío”. La deconstrucción en las fronteras de la filosofía. Paidós, 1989b (edic. en francés de 1987), Barcelona, p. 101. [2] Ibídem, p.103
[3]
Jacques Derrida: La
Diseminación. Madrid: Fundamentos, 1997, p. 112.
[4]
Hago referencia al término presentado por
Jean-Luc Nancy en La representación prohibida, Amorrortu, Buenos Aires, 2006.
[5]
Eduardo Grüner: “De las representaciones,
los espacios y las identidades en conflicto”, en Prácticas
socioestéticas y representaciones en [6] Jacques Derrida: “Envío”. La deconstrucción en las fronteras de la filosofía. Paidós, Barcelona, 1989, p. 114.
[7]
Eduardo Grüner: La
Cosa política o el acecho de lo Real. Paidós, Buenos Aires,
2005, p. 360.
[8]
Eduardo Grüner: “De las representaciones,
los espacios y las identidades en conflicto”, en Prácticas
socioestéticas y representaciones en
[9]
Nicolás Evreinov: El
teatro en la vida, Ercilla, Santiago de Chile, 1963, p.
67. La primera edición fue realizada en París en 1930.
[10]
Me
refiero a la noción de Paolo Virno que da título a su libro
Gramática de la multitud.
Buenos Aires: Colihue, 2003.
[11]
Antonin
Artaud: “Antecedentes: El Teatro Alfred Jarry”, en El
teatro y su doble, Instituto del Libro, colección Teatro
y Danza, La Habana, 1969, p. 5.
[12]
Ibid.
p. 197.
[13]
Jossete Féral “La teatralidad: en busca de la especificidad
del lenguaje teatral”, en Teatro,
teoría y práctica: más allá de las fronteras. Galerna, Buenos Aires, 2004.
[14]
Víctor Turner: “La antropología del performance”, en
Antropología del Ritual (comp. de Ingrid Geist), Instituto
Nacional de Antropología e Historia/Escuela Nacional de Antropología
e Historia, México, 2002, p.107. Este texto de Turner forma
parte de su libro The Anthropology of Performance, New York,
1988.
[15]
Ibídem
[16]
Puede consultarse de Ileana Diéguez: Escenarios
liminales. Teatralidades, performances y políticas, Atuel,
Buenos Aires, 2007. [17] En alusión directa al texto de Jacques Rancière: Malaise dans l’esthétique, Galilée, Paris, 2004. |
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