Cuando se
aborda la obra de Gabriel Orozco se disparan de inmediato, casi
automáticamente, varias nociones indisolubles al trabajo y a la
figura misma de Gabriel Orozco: recolección, viaje, reconocimiento
internacional, caja de zapatos, mesa, residuo, registro; como si
existiera una terminología ready-made que forma parte de un ámbito conceptual adicional, que emana
de la propia trayectoria del artista pero en vínculo con la imagen
y la memoria que los medios han generado.
La obra de
Gabriel Orozco en su conjunto, ha sido como una evocación emocional
involuntaria de aquella obra suya, Piedra
que cede: la historia de susceptibilidad de una unidad corporal
ante los efectos del medio, en este caso mediáticos, un hecho que
genera peso específico adicional, (dinámicas adicionales de concentración
de materia). Pero sería importante ir desarrollando un cuerpo de
reflexiones que se ocupe más de la obra de Gabriel Orozco y sus
estrategias plásticas, redes significantes, vínculos con contextos
y aspectos intrínsecos, más allá del fenómeno mediático implícito.
La obra de Gabriel Orozco es un conjunto complejo, lúdico, diverso,
variante y poético de objetos que se inscriben en implicaciones
igualmente variadas. De hecho, es allí donde reside gran parte de
la polémica que permea su obra: la inhaprehensibilidad.
Gabriel Orozco
nació en Jalapa, Veracruz, en 1962. Al iniciar los ochentas, estudiaba
en la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la Universidad Nacional
Autónoma de México, y fueron años en los que un terremoto cambió
la fisonomía de la conciencia ciudadana y descubrió la gran escisión
que hay entre el profundo, latente sentido de colectividad y las
estructuras políticas que en ese momento simplemente se vieron superadas
por la capacidad emergente de organización de los ciudadanos ante
el sismo. En ese año por cierto, Gabriel Orozco realiza una fotografía
llamada el Héroe del temblor, una obra que sería impresa varios
años después y que da cuenta de la estrategia de Orozco para hacer
coincidir en un acto de registro, un hecho de recolección y un contexto
físico y urbano, mediados ambos por una metáfora conceptual.
En este contexto
inestable y volátil, producto de un régimen pletórico y hambriento
de la construcción de una identidad en el plano internacional como
país posicionado ante los primeros embates mediáticos de la globalización,
Gabriel Orozco opta por alejarse
de la producción figurativa y pictórica, en un ámbito en el que
a partir de 1982 surge un grupo de artistas que retomaron la figuración
como contenedor de una búsqueda identitaria
y conceptual, conocidos como los “neomexicanistas”.
Un momento en que las instituciones políticas y culturales en México,
requerían igualmente aglutinar y abastecerse de expresiones plásticas
que nutrieran la inexpugnable levedad de los planteamientos culturales
de la década.
Este entorno
de producción artística, vibrante de elementos iconográficos que
hacían referencia a elementos de la cultura urbana local, arraigados
a la cultura popular y una nostalgia y susceptibilidad corporal,
daba cuenta de una figuración inmersa en la crisis económica, en
la desconfianza en las instituciones y la búsqueda intimista de
identidad local.
En ese contexto
de producción simbólica, que en muchos casos hablaba de la necesidad
inmediata de construirse o re construirse como un país con propuesta
plástica, irrumpen en la escena nacional, pulsiones, espacios y
estrategias creativas que se apartan de la obsesión de construir
ante la mirada internacional o local, un país moderno y de primer
mundo. La búsqueda de identidades trajo como consecuencia desplazamientos
físicos y creativos de artistas entre los que podemos mencionar
a Ana Mendieta (quien trabajó en Oaxaca,
en los años 70). Por cierto,
Olivier Debroise,
en el texto “Puertos de entrada: el arte mexicano se globaliza 1987-1992”, que forma parte del catálogo de la exposición La era de la discrepancia, habla de la Primera Bienal de la Habana
en 1984, como un detonador de intercambios y confluencias diversas
de artistas y corrientes. A principios de los noventas en México,
varias iniciativas de organismos internacionales y proyectos artísticos
individuales, dieron origen a la interacción del medio artístico
en México y diversos creadores, como Francis Alys
o Melanie Smith, que se incorporan a la búsqueda de la identidad en
el contexto urbano, movidos por circunstancias y planteamientos
personales diversos.
En ese contexto,
al finalizar los ochentas,
Gabriel Orozco ya había estado en el círculo de Bellas Artes en
Madrid España, y estaba de manera contundente alejado de una aproximación
pictórica y figurativa en su trabajo. En Tlalpan,
al sur de la ciudad de México, de 1987 a 1992, dirigió el “Taller
de los viernes” en el se fraguaban propuestas plásticas, estrategias
de creación basadas en ejercicios que nada tenían que ver con los
supuestos nacionalistas del período, sino con una actitud abierta
a la recolección y a la detonación de la personalidad creativa individual.
En el catálogo
de la exposición de Gabriel Orozco en el Museo del Palacio de Bellas
Artes (México, 2006), Ives Alain
Bois habla de él como el artista viajero,
el trotamundos, y hace referencia a la pintura como un hecho sedentario,
que implica por lo menos el estar establecido; en fin, plantea que
en la estancia en Madrid, Gabriel Orozco se perfila como un artista
que se rebela contra la práctica de tener un taller separado del
espacio para vivir. Esta decisión, o mejor dicho convicción de Orozco
por integrar el espacio de producción a los espacios cotidianos,
o de fundir el trabajo y el espacio de habitar, es un punto importante
para entender las características de su trabajo. El azar, la ciudad,
los objetos, están siempre asociados a la producción y generan una
diversidad de recursos con los cuales se puede accionar. La producción
se torna un proceso deambulatorio, trashumante, nómada, e implica
también un desplazamiento y movimientos físicos no rutinarios o
sistematizados, sujetos también a la improvisación y expuestos a
los objetos cotidianos. Es una estrategia de contacto con el tiempo
urbano y la realidad física de un entorno.
Encuentros memoriosos
En 1991,
Gabriel Orozco realiza Mi
mano es la memoria del espacio, una pieza hecha con cucharitas
de madera de dimensiones variables, en las que
el espacio generado por la silueta de la mano del artista
sobre un plano horizontal, determina la forma en la que las pequeñas
cucharas, (ondulaciones de madera), se expanden secuencialmente
en el espacio desde un lugar que fue generado por la presencia física
y que sin embargo ya no la contiene. Las cucharas forman un tejido
que se dilata, se expande y a su vez genera minúsculos espacios
que materializan un tejido orgánico que entra en diálogo con el
vacío generador de la mano.
Gabriel Orozco
se inscribe en una postura en sintonía con la instalación, donde
los materiales locales, el encuentro con objetos de uso diario son
protagonistas de la obra. Dicha aproximación implica la lectura
del contexto como un ejercicio de búsqueda cotidiana.
En 1992, Orozco realiza una fotografía titulada
Gatos y sandías, en donde es legible que las asociaciones visuales
entre las partes de la obra, operan en un nivel poético o metafórico.
Las relaciones fortuitas entre distintos elementos, dan lugar a
convergencias plásticas y a sucesos en los que decisiones de ubicación,
asociaciones de objetos y formas, remiten a narraciones no representativas,
sino de gestación activa de nuevos discursos visuales.
Por otra
parte, descubrimos las resonancias que se establecen en este caso,
entre actitudes o elementos de expresividad inherentes a cada realidad
formal mostrada, que sin embargo no suceden en un nivel formal sino
gestual: en la fotografía hay una serie de sandías agrupadas. Están
contenidas en lo que parece ser una caja de cartón común. El montón
de sandías se apila ensimismado en sus propias formas curvas. Sobre
cada sandía hay una lata que tiene impresa una foto de un gato,
que sin embargo no está completa, sino que parece asomarse a través
del contorno de la lata. Las sandías, al igual que las hemos visto
comunmente, muestran su cáscara rayada en tonalidades amarillas que contrastan con el verde. En segundo
plano, se advierte un contexto anónimo, que puede formar parte de
cualquier supermercado en cualquier lugar del mundo. Todo lo que
vemos integra una nueva realidad: las latas, junto a las sandías,
son un nuevo gesto físico. Ha surgido un conjunto gestual que quebranta
y funde los límites genéricos entre un vegetal y un animal: la representación
se ha diluido y la metáfora cobra un cuerpo físico.
Susceptibilidad y desplazamiento
En Piedra
que cede (1992), Orozco usa una forma esférica hecha con plastilina, que pesa lo que su propio cuerpo, para desplazarla
por las calles de una ciudad. La bola de plastilina,
objeto del movimiento producido por la fuerza física del artista
y por su propio peso, va cediendo ante los residuos y la materia
que se adhiere a su cuerpo. La bola recoge la ciudad, se carga de
testimonio y de materia, mientras que cede a su vez, para poder
incorporar a ella el tiempo y la materia de un entorno urbano. En
este sentido, la estrategia de Piedra que cede se conecta con otros procedimientos testimoniales
que sin embargo no operan en un nivel metafórico sino objetivo,
como por ejemplo la fotografía. En una entrevista con Briony
Fer, Orozco menciona que el hacer la bola de plastilina con un peso equivalente al de su propio cuerpo,
significaba ponerle un límite. Significarla en su materialidad a
través de un parámetro corporal. Sin embargo, comenta que la idea
no era hacer un performance sino un trabajo de registro, y puede
decirse que hay una doble acción de registro: la que realiza la
bola al ser desplazada por la ciudad, y la que realiza el artista
al fotografiarla en un contexto.
Una clave
de lo que Orozco intenta hacer sería la de que un evento no solamente
opera en un solo lugar o en un solo tiempo o espacio. Piedra que cede existe entonces como un hecho físico, que transforma
también el medio físico en el que se mueve, al cooptar las partículas
del mismo, y por otro lado, es el objeto de un registro de la intimidad
generada entre el artista, la obra y la acción que es independiente
de la estatización de la obra en un recinto como el museo.
En las fotografías
de Gabriel Orozco, la acción de registro no queda como algo destinado
a un archivo o una exposición documental sino que contiene un suceso
vivo para ser experimentado por el espectador. En ese sentido, Gabriel
Orozco menciona que la fotografía es un recipiente donde lo principal
es el fenómeno.
Fluidos correspondientes
Las espumas
de Orozco, cuerpos orgánicos hechos de poliuretano fluido, frecuentemente
son asociadas a organismos marinos o vivos, aunque este primer plano
de lectura del espectador, pronto se ve sustituido por la inquietante
posibilidad de que el objeto no representa, sino que narra una acción
nueva sobre un material disponible.
En este sentido,
muchas obras de Gabriel Orozco, materializan y recolectan nuevas
acciones físicas y temporales sobre el material y no solamente reúnen
materia física de deshecho.
En un espacio
de exposición, como el que tuvo lugar en la exposición de Gabriel
Orozco en el Museo del Palacio de Bellas Artes en el 2006, las espumas
fueron colocadas y surgió una connotación nueva para la sala que
ocuparon: el espacio también es un fluido que se moldea a través
de la forma de los objetos que lo intervienen. El espacio entorno
a las espumas, en una suerte de acto mimético, perdió sus aristas
y dimensiones y estableció una correspondencia casi energética con
las piezas.
El proceso
de gestación que subyacía en las espumas, fue transferido más allá
del poliuretano y traducido en consecuencias gestuales nuevas que
tenían que ver con el espacio que rodea la pieza.
Por otra
parte, las espumas operan como unidades materiales que, sin embargo,
son fragmentarias: los distintos residuos formales y energéticos,
producto de la acción de manipular
un fluido industrial, son reunidos en su inmóvil nueva forma. Son
cortados, pegados, reinventados. La nueva forma orgánica es una
adición gestual que contiene una nueva cualidad táctil: superficies
ásperas y lisas, en las que el espacio también se vuelve fluido.
No hay que perder de vista que las formas de las espumas son el
resultado de un procedimiento arraigado en la producción industrial,
pero de una acción corporal de tensiones y movimientos que organizan
el poliuretano.
El acto corporal
que genera una forma, en este caso tiene una consecuencia final
en una forma estructurada bajo un principio de adición dinámica.
Es claro que una metáfora que opera en la región de lo zoomorfo
tiene lugar. Sin embargo ese es solo un primer estrato de lectura
que deja de ser suficiente cuando se advierte la estructura de adiciones
de la espuma: tampoco se trata de un organismo representado sino
de una reunión de testimonios de acciones sobre la materia, además
de un registro de dos regiones matéricas
dinamizadas: un contenedor flexible que se convierte en instrumento
determinante de la forma de la espuma.
Al reunir
en la sala de exposición las espumas, resulta entonces que la escena
se transforma en un contenedor de gestos volátiles, o un documento
que representa materialmente la memoria de una acción física.
Conclusión. En los linderos de la materia
La obra de
Gabriel Orozco contiene estrategias plásticas que expresan una reflexión
tanto sobre la forma que adopta la materia corporizada como acerca
del espacio que se transforma en materia poética. Observamos la
mayoría de las veces, precisamente una puesta en materia, de acciones
corporales individuales o colectivas, en las que distintos materiales
son objeto de fuerzas físicas, conceptuales y del azar, que devienen
testimonio dinámico de un suceso.
Un proceso
tradicional de fabricación, por ejemplo, se ve sacudido y significado
por nuevas maneras de enfrentar sus posibilidades materiales. Al
suceder dicha irrupción creativa en un procedimiento tradicional,
se genera una reflexión que desvincula a la obra de la producción
“tradicional”, y ocurre una detonación de significados nuevos: el
objeto se libera de sus connotaciones en tanto forma narrativa serial
de un proceso. Las formas, ya desprovistas de su carga, son capaces
de atraer nuevas cargas semánticas o de proponer inquietantes búsquedas
y entornos conceptuales.
Sin embargo,
la materia que Gabriel Orozco pone en escena, no evade por completo
el diálogo con la tradición, aunque este diálogo plantea nuevos
cauces y maneras de presentarse. De hecho, lo que sus obras establecen
también, es un diálogo con la tradición perceptual
en torno a los objetos de arte.
Al estar
frente a un trabajo de Gabriel Orozco, afloran lecturas que remiten
a realidades o rastros de formas de producción ya incorporadas a
una construcción social dada. Sus espumas (2003) son el resultado
de una estrategia en la que un material industrial como el poliuretano,
se vierte en un plano flexible y orgánico, determinado por la acción
corporal, que da como resultado formas que, al ser ensambladas,
proponen estructuras orgánicas que abren las posibilidades significativas.
Ciudad de
México, 2007