Una imagen con pasamontañas. El Muralismo zapatista en Chiapas*

LUIS ADRIÁN VARGAS SANTIAGO
Licenciado en Historia del Arte


Mural interior de la Escuela 1ero de Enero (fragmento)

 

El trabajo del historiador es recordar los llamados de la memoria
Andrés Aubry
Por tu lucha, compromiso e inspiración 

De frente a ella. Oventik, Altos de Chiapas, septiembre 16 de 2005 

Un par de ojos morenos miran por encima de un libro de texto. Ella, la adolescente de cavidades grandes y rasgadas, me espía y habla a la vez. Pareciera que tras estar leyendo el libro, a una altura muy cercana al rostro, dejó por un momento su lectura para mirarme y fue ese, quiero decir este, el instante en que fue plasmada. Esta acción transitiva debo intuirla en los ojos mismos, en el acto de dejar las letras, subir la mirada y ver –acaso espiarme– a través del horizonte de las páginas. Su mirada frontal, abierta y cálida me descubre del todo. Lo único asible para mi visión es lo que ella quiere mostrarme: manos, largo cabello y la parte superior del rostro. El resto ha sido cubierto por un antifaz, el libro es artilugio del ocultamiento. La visión, la mirada, entendida como ventana, es presencia enfática en el enmascaramiento del rostro. Un rostro indígena ocultado por un libro que semeja un velo, un paliacate o un pasamontañas. El rostro que tengo delante es indígena, pero no el de cualquiera, sino el de una indígena zapatista.  

Posar la visión. Ciudad de México, septiembre 16 de 2007 

Dos años han pasado desde que contemplé la imagen mural de la adolescente de mirada elocuente y cabellera azul ultramarino en Oventik. A la distancia he observado, una y otra vez, las fotografías que de esa y otras tantas pinturas murales capturé en aquella comunidad zapatista [1] de los Altos de Chiapas en 2005, así como otras imágenes que colegas y amigos me han facilitado. A través de observaciones y lecturas, esporádicas a ratos y metódicas cuando de escribir se trata, he rescatado información, construido algunas reflexiones y aprendido a descolocar la mirada occidental para intentar acercarme a un modo de ver más cercano al de los indígenas de Oventik.  

Me detendré, a partir de un ejemplo concreto, a explicar algunas de las características formales de este muralismo contemporáneo, la mayoría de las veces de autoría no indígena, así como a bosquejar, hasta donde me es posible, algunas de las connotaciones que la representación mural tiene para los indígenas zapatistas. Mi acercamiento a este fenómeno de recepción está fundado en entrevistas y trabajo de campo realizados en la comunidad. De antemano pido una disculpa a los lectores por no detenerme en las particularidades del movimiento indígena chiapaneco y del muralismo zapatista en general. [2]  

Emplazado en la “Secundaria 1º de Enero” en Oventik, San Andrés Sakamchem de los Pobres, desde 2003, el Caracol Céntrico de los Zapatistas delante del Mundo [3] abarca en su totalidad el muro posterior de una de las aulas del segundo nivel del plantel. La obra se presume de autor colectivo, en tanto la mayor parte del conjunto pictórico escolar fue signado por el grupo artístico, no indígena, Laboratorio de Integración Plástica La Gárgola. [4] No obstante, la monumentalidad de la representación, así como la pincelada libre y paleta colorida delatan la mano del artista y activista rebelde Gustavo Chávez Pavón, mejor conocido como “Guchepe”, fundador y dirigente del colectivo La Gárgola. La fecha de elaboración es incierta, aunque es probable que haya sido entre 2002 y 2003, años en los que el citado colectivo elaboró diferentes conjuntos en escuelas y oficinas indígenas de Oventik y otras comunidades aledañas.  

El dibujo de la obra es marcado y preciso, basado en un boceto con carbón del que aún pueden hallarse restos de los trazos, sobre todo en los contornos nerviosos de las manos, el libro y los maíces. Las líneas son en su mayoría sinuosas e imprimen cierta cadencia a la representación, aparentemente estática, que bien podría concebirse como parte del género retratístico –aunque en este caso el personaje sea más bien alegórico–. Así, la curvatura de las páginas, las franjas onduladas del cabello y las caprichosas y serpentinas grafías de los tallos verdes y amarillos de la milpa de maíz conviven con el instante meditativo que sugiere la mirada detenida de la niña u adolescente.  

Los colores vivos guardan una coherencia estilística con el resto de los murales, tanto de la escuela secundaria como del Caracol en general. El discurso cromático se supone es el de la naturaleza: el azul del agua, el verde de la montaña, el amarillo del sol y el café de la tierra. Existe un equilibrio en las paletas, pues, en lo que pareciera un predominio de las tonalidades cálidas, los cabellos azules de la niña establecen un efecto de contrapunto y demarcan tres territorios visuales o planos: el primero, ocupado por las pesadas manos y el libro; los suceden el rostro y el cabello en un plano medio; y el fondo amarillo formado por varias plantas de maíz. 

La intensidad y plasticidad de los colores se debe en buena medida a la técnica empleada, acrílico y pintura vinílica comercial en sus más intensas gamas. Debido al empleo de materiales no profesionales y dadas las condiciones de alta humedad y lluvias que todo el año prevalecen en Oventik, los murales son susceptibles de presentar constantes daños. La obra que aquí se analiza no ha sido retocada hasta donde tengo noticia, pues, como ya se ha dicho, fue pintada en un muro interior. Esporádicamente, la comunidad ejecuta tareas de retoque en muchos de los murales, lo cual añade al discurso visual interesantes variables, pues en la mayoría de los casos el programa inicial es alterado en su gama cromática y formas; en algunos casos, otras imágenes son superpuestas o se opta por elaborar un nuevo mural. La intervención-conservación de los murales atiende a intereses particulares de la comunidad difíciles de desentrañar. Una de las hipótesis en proceso, a las que me ha llevado el trabajo de campo realizado, es que el valor jerárquico que se le da a unos conjuntos sobre otros, atiende a la eficiencia visual que algunas obras poseen en tanto receptáculo de significaciones sociales para los habitantes. 

La representación que he descrito en términos formalistas no es más que el pretexto (es decir, antes del texto) o rudimento disciplinar que me permitirá trazar algunas líneas de interpretación para un mural en el que un libro y los ojos de un rostro están condensando buena parte del discurso muralístico y social zapatista. En este punto vale recordar que todo muralismo, con su carácter de permanencia, está íntimamente relacionado con el lugar de emplazamiento y con el contexto en el que opera como parte de una estructura social más amplia. [5]  

Representar lo representado o del pasado para un futuro 

Supongo que se trata de un libro de texto, probablemente de uno de historia y no de cualquier otro libro, porque este mural se emplaza en una escuela secundaria. La indígena por tanto, puede ser una estudiante zapatista. Si se trata entonces de un libro de historia, como creo que es el caso, la estudiante está leyendo un texto de historia mexicana. Contraportada y portada presentan subversivas imágenes de carácter nacionalista, vistas desde la ideología del zapatismo contemporáneo. En la primera, un caballero águila mexica de perfil y medio cuerpo hunde su lanza, victorioso y con la mirada puesta en el cielo, sobre un montón de cráneos. A su espalda, las llamas voraces lo cubren casi todo, apenas avistamos una pirámide maya, en el extremo derecho, muy semejante al Templo de las Inscripciones en Palenque, Chiapas. A diferencia de lo que pudiera suponerse, en Oventik, comunidad mayense, abundan las representaciones mesoamericanas provenientes del Altiplano Central, quizá por la mayor circulación que éstas tienen en el contexto mexicano y por el deseo manifiesto de hacer del zapatismo un movimiento indígena capaz de trascender las fronteras chiapanecas.  

Por otro lado, la portada exhibe a una multitud. Son campesinos, son revolucionarios y son indígenas que levantan el brazo izquierdo y sus machetes en pos de la lucha. Se trata de la Revolución Mexicana y de los zapatistas históricos. Uno de ellos, en la primera fila del lado izquierdo, porta un pasamontañas. Es un zapatista de los mismos que hay en Oventik.  

Ambas imágenes, dentro del gran panorama que es el mural, son homenajes al trabajo de David Alfaro Siqueiros, específicamente de los murales La nueva democracia, 1944-45, Monumento a Cuauhtémoc: el tormento, 1951 y Del porfirismo a la Revolución, 1957-1966. En otros murales de Oventik, sobre todo en los elaborados por La Gárgola y “Guchepe”, las citas a Siqueiros, Diego Rivera y a la Escuela Mexicana en general son una constante. En esta línea de genealogías artísticas, las manos que sostienen el libro del texto podrían relacionarse con las monumentales manos de María Conesa, personaje central del mural de Diego Rivera, Historia del Teatro en México, 1953, montado en el Teatro de los Insurgentes en la ciudad de México. [6]  

Las representaciones del libro son imágenes de la historia sobre la historia misma –mesoamericana y revolucionaria– para una historia presente con anhelos de futuro. La noción de historia es esencialista, en tanto la importancia del conocimiento histórico se basa en los cimientos de un mejor mañana. Todo programa iconográfico de los murales es aprobado, antes de su ejecución, por las autoridades indígenas. En este sentido, los zapatistas aseguran la construcción de un discurso visual desde lo que ellos suponen tiene más veracidad, dando lugar, como en el caso de éste y muchos otros murales, a la representación de un indigenismo que se presume de larga duración. Se subraya su condición indígena como parte de una cadena o genealogía que tiene su eslabón más glorioso en las civilizaciones mesoamericanas, al igual que el papel del zapatismo de principios del siglo XX como el alfa y el omega de la lucha revolucionaria. Se rescata a Emiliano Zapata y a su movimiento indígena y campesino en términos fundacionales para ser los zapatistas de Chiapas, que se levantaron en armas el 1 de enero de 1994 y cuya revolución, esperan, ha de saldar cuentas con aquellos responsables de haber escrito la historia oficial. Así, el pasado es legitimador del presente y el muralismo, como ha ocurrido en México desde el proyecto vasconcelista de la tercera década del siglo XX, es el espacio idóneo para consignar en imágenes la historia de la posteridad. El EZLN y sus comunidades, como forma de gobierno alterno, forma de gobierno otra, justifica sus acciones en la búsqueda de regulaciones desde los términos y necesidades locales, echando mano de este mismo recurso artístico para escribir y sobre todo reescribir (retóricamente) lo que para su ideología fue, es y debe ser, en teoría, la historia. Al tratarse de un discurso artístico se alude a representaciones alegóricas y expresiones plenas del espíritu ideológico y estructurado que da aliento al zapatismo contemporáneo. El mural es para los zapatistas tribuna política, vehículo de expresión y vaso comunicante para la historia que se construye a diario en Oventik y que tiene en la educación uno de sus medios más eficaces de difusión.  

Esta obra se halla en el muro posterior de un salón de clases. Si bien uno puede pararse frente a ella y contemplarla largamente como fue mi caso, su disposición supone una funcionalidad específica, implica que los estudiantes de la “Secundaria Primero de Enero” le den la espalda, que el profesor sea el más susceptible de mirarla constantemente, quizá como discurso inspirador para su vocación pedagógica, y que los alumnos sean réplica de la adolescente que lee el libro de la historia zapatista, extensiones de una conciencia social y una militancia política asumida desde el ser estudiantes.  

En el exterior de otro de los edificios de la Secundaria 1 de Enero, al igual que en los otros dos planteles escolares de Oventik, las primarias “Romero Zanchetta” y “Lucio Cabañas”, la representación de la adolescente de cabellos azules que lee el libro de historia se repite. No se trata de copias idénticas sino de la representación del mismo diseño, con la diferencia que la ubicación de estos murales es en muros exteriores. Así, la presencia del mismo discurso iconográfico en las tres escuelas del Sistema de Educación Rebelde Autónomo Zapatista en la comunidad supone que esta imagen posee un carácter institucional más acentuado que el de otros murales, y semejante al de la representación de símbolos claramente establecidos como el caracol.  

La efigie de la adolescente y el libro funcionan como emblema de la educación zapatista, pero se trata de un símbolo más abierto que el del caracol o la bandera zapatista, pues puede albergar mayor densidad semántica, como queda tipificado en las cuatro variantes presentes en Oventik. En el mural de la Primaria Romero Zanchetta, por ejemplo, el libro no posee ninguna representación visual, en su lugar se ha escrito: “La Educación Autónoma Construye Mundos Diferentes Donde Quepan Muchos Mundos Verdaderos Con Verdades”. Como en el caso de la emblemática, el lema declara la pintura y aunque esta imagen no es un emblema en el estricto sentido del concepto, la relación que guardan el texto y la imagen sí enfatiza el papel de la educación como edificadora del mañana zapatista, haciendo de la niña y su libro de texto uno de los más significativos símbolos dentro de la localidad. Aludiendo de nuevo a la funcionalidad de los murales, es necesario comentar que esta última obra se localiza en los márgenes de la carretera federal que cruza por Oventik, por lo cual el lema de la pintura explicita al espectador no zapatista que transita por esta vía lo que la sola imagen comunicaría a los pobladores. 

Tras el rostro oculto la mirada habla 

Valdría la pena preguntarse el porqué elegir a una mujer detrás de un libro como el símbolo de la educación zapatista. ¿Cuál es la otra parte, la otra mitad de la moneda, que nos hace falta para completar el symbolon? ¿Por qué no recurrir a una representación más convencional y tipificada como esencialmente zapatista? ¿Por qué no un rostro enfundado en un pasamontañas o en un paliacate? ¿Por qué no el caracol o el sup Marcos (sic)? ¿Por qué una mujer y no un hombre adolescente? Todos estos porqués nos llevan a preguntarnos por las implicaciones sociales y culturales de esta imagen. Basándome en la literatura y discursos zapatistas, pero, sobre todo, en entrevista realizadas a los pobladores de Oventik, podría suponer que se trata de una adolescente para destacar lo importante que son para el zapatismo los niños, los jóvenes, las nuevas generaciones. En esta idea de futuro, que planteé antes en relación con la historia, son los niños y jóvenes quienes detentan el porvenir del movimiento. La imagen de esta lectora infantil puede incluso recordar a los niños a los que el Subcomandante Marcos dedicaba los cuentos de Durito. [7] La elección del género femenino puede deberse a que para los zapatistas, las zapatistas tienen los mismos derechos que los varones. Este movimiento promovió un quiebre en las ancestrales relaciones de género indígena, al erigir a sus mujeres como agentes sociales y políticos de vital importancia para sus comunidades. Las comandantas Ramona, Esther y Elisa, o los colectivos de artesanas y productoras campesinas apuntan a la importante feminización del movimiento, por lo menos en su nivel discursivo y estructural. 

Ahora, analicemos de nuevo el rostro de nuestra protagonista y sobre todo lo que podemos y no podemos ver. Comencemos por esto último. La parte inferior de la faz permanece oculta. Si los ojos, como tradicionalmente se supone, son lo más importante de la cara, los labios le seguirían en esta jerarquía facial. Aquí la boca, el lugar de enunciación, está borrada. El libro la cubre de la misma manera que un pasamontañas o un paliacate lo haría. El rostro zapatista, pero más enfáticamente, los labios zapatistas se “muestran” siempre encubiertos, pero esto no significa un silencio “mudo”. El enmascaramiento es un dispositivo para decir. Los labios se transfiguran, desaparecen y se diversifican en las escenas del libro. Lo que se enuncia es la identidad, el sentido de pertenencia al movimiento indígena, las esperanzas depositadas en los estudiantes zapatistas. La individualidad es aparentemente subsumida por el anonimato de la máscara, no obstante, creo que se trata más bien de un diálogo con la personalidad colectiva a la que el personaje se adscribe y que lo conforma étnica y socialmente. Los encapuchados nos dicen “todos somos Marcos”, “todas somos Ramona”… todos somos zapatistas. El libro, que esconde el rostro de la adolescente, es el elemento que desdibuja la especificidad de la retratada para aportarle una carácter, si bien no universal, sí colectivo: el del zapatismo. Esta colectividad se hace aun más patente en las milpas del fondo, que enmarcan la representación y la arraigan a la tierra y a la identidad rural e indígena. En ella, tres mazorcas han dado fruto. Cada uno de los granos es un rostro con pasamontañas. El maíz, con todas sus connotaciones sagradas, culturales y alimenticias para los pueblos indígenas, es recuperado aquí para reiterar nuevamente el sentido de colectividad y uniformidad dentro del zapatismo, así como la vinculación directa, casi inmanente, a la tierra, a la naturaleza. [8]  

Lo que sí vemos en el mural es la mirada zapatista, la misma que se esconde detrás de un pedazo de tela. Estos ojos que miran de frente y fijamente toman el lugar de los labios para discurrir, según los zapatistas, sobre resistencia, dignidad y lucha. En este sentido, no se trata de una mirada dudosa, insegura, temerosa o furtiva. En cada pupila de la adolescente una vírgula de la palabra de color azul contrasta con los iris morenos. La mirada es la que conversa, la que se exhibe con madurez, entereza y certeza. Los ojos que antes leían, en este momento están hablando, quizá reinterpretando la historia, enunciando el relato del futuro. Para las tradiciones indígenas el glifo de la palabra es también movimiento y su forma es muy similar a la del caracol. En tzotzil caracol se dice puy y pájaro mut. En algunas de las representaciones murales de Oventik las colas de los pájaros emulan el movimiento del viento y las formas del caracol. [9] Los pájaros son símbolo de profecía. Así, el puy para los tzotziles es lugar de la palabra, el sitio donde confluyen el que habla y el que escucha, pero también el lugar del futuro como recuerdo del movimiento de las aves.  

El azul con el que esta niña nos habla es el mismo ultramarino de su constelación capilar. En las franjas onduladas del cabello otras representaciones, un tanto ideográficas, se enmarañan. Como dibujos infantiles, barcos, peces, flores, lunas, estrellas, notas musicales, mariposas, sirenas, glifos de la palabra y un cocodrilo escurren por los caudales de los ríos de esta cabellera. Podrían ser ideas, sueños, canciones, crónicas de la naturaleza en Oventik. Son, en suma, otros relatos que se añaden al ya de por sí complejo discurso visual y que invitan, de acuerdo al zapatismo, a pensar en las ideas como constructoras de posibilidades para mejores realidades. 

Y es que, para la mirada zapatista, no hacen falta los labios de la pequeña para atender a lo que se narra. Son éstas, como dijera el recientemente fallecido Mtro. Andrés Aubry, [10] “textualidades encubiertas por pasamontañas” que llaman a escuchar. Ante una imagen un tzotzil nos diría: jama chikin, que quiere decir, “abre los oídos”. Abramos los oídos y escuchemos lo que la mirada quiera contar.  


* Este trabajo es parte de la investigación sobre el muralismo zapatista en Oventik, Chiapas (1995-2007), que realizo como proyecto de tesis de la maestría en Historia del Arte en la Universidad Nacional Autónoma de México, así como también es producto de la estancia de investigación que realicé de junio a agosto de 2007, en el Departamento de Historia y Teoría del Arte de la Universidad de Essex, en Reino Unido. Todas las imágenes de los murales fueron fotografiadas por el autor en 2005. Agradezco los comentarios puntuales, críticos y esclarecedores que mis maestros, Deborah Dorotinsky, Jaime Cuadriello, Marisa Belausteguigoitia, Dawn Ades y Valerie Fraser, además de mis compañeras, Eugenia Macías y Cecilia Absalón, tuvieron a bien hacer a este texto.

[1] Se nombra zapatismo o neozapatismo al movimiento indígena e insurgente promovido por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en Chiapas y que estallara como guerrilla el 1ero de enero 1994. Este movimiento retoma los ideales campesinos e indígenas del ejército del sur comandado por el caudillo de la Revolución Mexicana de principios de siglo XX, Emiliano Zapata, como bandera de lucha para los conflictos indígenas contemporáneos. El término zapatismo fue acuñado como una suerte de historicismo o revival del otrora movimiento caudillista. El prefijo “neo” se ha empleado, esencialmente en ámbitos académicos, para dar mayor especificidad al objeto de estudio. El EZLN en sus comunicados ha tratado con ironía este calificativo (Vg. Sexta Declaratoria de la Selva Lacandona).

[2] Remito al lector a consultar la escasa bibliografía que sobre el muralismo zapatista se ha publicado a la fecha: Petra Binková, The Zapatista Murals in Chiapas: In-Depth Analysis and Iconographical Assessment Within the Framework of Post-Revolutionary Visual Discourses in Mexico, Tesis de Doctorado en Estudios Iberoamericanos, Facultad de Filosofía y Artes, Centro para Estudios Iberoamericanos, Charles University, Praga, República Checa, 2004.; Bruce Campbell, Mexican Murals in Times of Crisis, The University of Arizona Press, Tucson, 2003; Gustavo Chávez Pavón, “En la pintura mural mexicana, una experiencia en do mayor”, Crónicas, El Muralismo, producto de la Revolución Mexicana, en América. “Influencias del muralismo mexicano en otras latitudes”, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Estéticas, núm. 12, México, octubre de 2006, pp. 159-176; LaDuke, Betty, “The Hearth of Liberty: Mexico’s tradition of revolutionary murals continues in Chiapas”, Sojournes, septiembre-octubre, 2003; Julián Stallabras, “The Dead, Our Dead, Murals and Banners of the Zapatistas”, Third Text, núm. 38, primavera de 1997, pp.55-64; y de mi autoría, “Discurso y militancia en imágenes: los murales zapatistas en Chiapas”, Crónicas, El Muralismo, producto de la Revolución Mexicana, en América. “Influencias del muralismo mexicano en otras latitudes”, Ibídem, pp. 19-34.

[3] Los Caracoles son el órgano político desde el cual se coordinan los trabajos de los municipios autónomos zapatistas; además de Oventik existen cuatro más (La Realidad, Morelia, La Garrucha y Roberto Barrios) y desde ellos se atienden las cinco regiones zapatistas. Sustituyeron en el 2003 a Los Aguascalientes y junto con las Juntas de Buen Gobierno de cada municipio se han encargado de regir a los pueblos en resistencia. El Caracol de Oventik se localiza en el municipio de San Andrés La Raínzar, en los Altos de Chiapas, a una hora y media de San Cristóbal de las Casas. Su jurisdicción comprende las comunidades autónomas de los Altos y otras regiones aledañas. Desde los Acuerdos de San Andrés el Caracol de Oventik ha jugado un papel esencial en las negociaciones y comunicados del movimiento.

[4] La labor del Laboratorio de Integración Plástica La Gárgola se inscribe dentro la militancia cultural desarrollada en México en las últimas tres décadas en apoyo a diversos movimientos sociales. Desde 1995 han impulsado la creación de talleres comunitarios de pintura mural en territorios zapatistas. La mayor parte de los conjuntos murales en Oventik han sido elaborados por esta agrupación.

[5] En torno a esta relación contexto-mural Bruce Campbell, Mexican Murals in Times of Crisis, Op. cit., construye un texto esencial para comprender la función del muralismo contemporáneo en las resistencias culturales y políticas de las cuatro últimas décadas en los contextos urbanos marginales.

[6] Para abundar en esta línea de análisis comparativo, véase Petra Binková, The Zapatista Murals in Chiapas: In-Depth Analysis and Iconographical Assessment Within the Framework of Post-Revolutionary Visual Discourses in Mexico, Op. cit.

[7] Durito es el escarabajo protagonista y alter ego de los relatos del sup Marcos (sic). Algunos lectores y especialistas han comparado a esta mancuerna literaria con la del Quijote y Sancho Panza. Se recomienda consultar la compilación de escritos del Subcomandante Insurgente Marcos, El correo de la selva. Cartas y documentos del EZLN durante el año 2000, Asociación Cultural Votan A.C., México, 2001; y la serie EZLN. Documentos y comunicados, Tomos I-IV, Prólogo de Antonio García de León, Crónicas de Carlos Monsivais y Elena Poniatowska, Colección Problemas México, Ediciones Era, México, varias ediciones.

[8] En este apartado es válido preguntarnos si en eso no radica el peligro de disolución y autoritarismo de todo el movimiento, por más dignas y nobles que puedan ser sus causas. ¿Desde dónde se integran a él los individuos?, ¿es posible que los movimientos sociales escapen de manipulaciones?, ¿es posible que la igualdad no sea autoritaria?, ¿que la igualdad al incluir, no excluya, no restrinja? La historia de los movimientos sociales y la evolución misma del zapatismo y del desenvolvimiento en fechas recientes de su vocero, el Subcomandante Marcos, no son muy alentadores al respecto. El riesgo de un movimiento como éste radica en caer en dogmatismos y en la generación de discursos apologistas, que bien podría ser otra de las posibles lecturas al muralismo. En esta línea de interpretación, véanse los capítulos finales de Petra Binková, The Zapatista Murals in Chiapas: In-Depth Analysis and Iconographical Assessment Within the Framework of Post-Revolutionary Visual Discourses in Mexico, Op. cit.

[9] En el muro lateral de la “Clínica La Guadalupana” se localiza uno de estas pájaros multicolores, cuya cola es similar a la de un caracol. Cfr. Petra Binková, Ibídem, p. 157.

[10] Andrés Aubry, “Memoria Indígena en los Retablos Jesuitas del siglo XVIII”, Encuentro Internacional Imágenes, Memorias e Identidades Amerindias, Facultad de Ciencias Sociales (FCS-UNACH), el Centro de Estudios Superiores de México y Centroamérica (CESMECA-UNICACH) y el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS-Sureste), San Cristóbal de las Casas, Chiapas del 25 al 27 de octubre de 2006 (inédito).


Mural exterior de la cooperativa artesanal Xulum Chon (fragmento)   Escuela Primaria Romero Zanchetta
     
Mazorca zapatista (fragmento)   Fachada de un auditorio
     
Escuela Primaria Lucio Cabañas   Mural exterior de la Cooperativa campesina Zpojel Ixim (fragmento)
Mural interior de la Escuela 1ero de Enero (fragmento)