Una rápida mirada a la historia del arte de la región latinoamericana y a
las diversas expresiones de su cultura, originaria o fruto del encuentro
de varias tradiciones y saberes, confirma la riqueza visual y temática
que nos caracteriza.
El largo proceso de (con)formación y asiento de la historia de nuestros pueblos
desemboca en la voz del criollo que se eleva para dar una visión
de su circunstancia más centrada en los problemas internos de cada
nación. Entre los tópicos recurrentes en el arte latinoamericano
del pasado siglo XX, que atraviesa por supuesto el tema de la identidad,
destacan el estudio de las raíces culturales y el aporte que tanto
negros, indígenas, asiáticos y blancos europeos representó para
la cultura de la región.
No es sorprendente que los textos fundadores y las imágenes sobre América
Latina que han circulado a lo largo de sus cinco siglos de historia
tras su redescubrimiento en 1492, se enunciaran baja el propósito
descriptivo, clasificador, segregativo que supuso para el hombre
blanco nombrar “lo nuevo”, “lo desconocido”. La condición de otredad
fue sin dudas una coartada que sirvió para entronizar un discurso
colonizador impositivo y así someter a muchos al rigor y poderío
de unos pocos.
Tras las guerras de independencia y con los procesos nacionalistas llevados
a cabo en cada uno de los países del área sobrevino una concientización
sobre el valor de lo autóctono y su devenir vistos a través del
prisma de lo que Fernando Ortiz calificara como transculturación.
El hombre y su representación constituyeron el punto de partida
para el análisis acerca del origen, la historia y tradiciones ancestrales
de cada etnia o región cultural. Tan es así que la obra de innumerables
artistas rindió homenaje a sus abuelos, a su cultura y religión
heredada, pero también a la pertenencia a una raza, una sociedad
o un país.
En las imágenes del fotógrafo estadounidense Kerry Stuart Coppin evidenciamos
el viaje, la prueba de que la emigración forzosa de población negra
debido a la importación de mano de obra esclava al Nuevo Mundo,
reconfiguró el sistema de valores del hombre negro en el nuevo espacio.
La diáspora africana desde entonces ha continuado su crecimiento
llegando a conformar grandes grupos sociales en casi todos los países
del continente americano. Esta raíz común permite establecer paralelismos
en el aspecto cultural y social entre los afro-descendientes en
la América toda y los actuales
habitantes de África. De igual forma, estas imágenes hacen puentes
invisibles con otras piezas presentes también en la Colección Arte de Nuestra América
de artistas como Francisco Santos de República Dominicana, Gertrudis
Rivalta de Cuba o Gontran Guanaes Netto de Brasil. Incluso destacan
otras en las que el pasado remite al componente indígena de fuerte
presencia en todo el continente como en la obra de Luis González
Palma; o aquellas en las que se hace alusión al trasfondo religioso
como en los trabajos de Jean Camille Nasson (Iwa,
1999), Burton Chenet de Haití, o Belkis Ayón de Cuba.
La mirada socio-cultural de estos artistas se concentra en el hombre contemporáneo,
sus coordenadas identitarias específicas, condiciones de vida e
historia, y pretende generar un espacio de confluencia en medio
de tanta diversidad, de integración y autorreconocimiento.