![]() |
![]() |
|
||||||||
| Víctor Vázquez - El pan nuestro de cada día (fragmento) - 1998 |
I Uno de
los más recientes mitos posmodernistas sugiere el
fin de las identidades nacionales, lo cual puede resultar
tendencioso en una época donde lo posmoderno suele
confundirse con lo “clásico”. En primer
lugar se hace inminente precisar que esta supuesta
crisis de las identidades se debe al fracaso que ha
experimentado el esquema moderno occidental Estado-nación
como forma modélica de organización social, política
y cultural. En segundo lugar, a la vertiginosidad
de los procesos contemporáneos que esterilizan cualquier
interpretación esencial de la cultura. Sabido
es que la constitución de las naciones modernas se
apoyó para su legitimación en las narrativas emergentes
de los nacionalismos y la construcción paralela de
las identidades nacionales, desde la cual resultaron,
por mecanismos de inclusión y exclusión, los rasgos
significativos de Entonces,
¿cómo explicar Puerto
Rico no responde al esquema citado, pero la lucha
por su soberanía y su autodefinición a lo largo del
siglo XX, han edificado una idea de nación y una forma
específica de habitarla. El proceso de formación nacional
en la isla, al igual que en el resto de los países
de la región, se experimentó de manera opuesta. Fue
a partir de la germinación de una cultura nacional
diferente al otro y la lucha por la diferenciación y
la defensa de esos valores propios, que se sedimentaron
los límites físicos y espirituales de De esta
forma, se plantean los imaginarios nacionales como
resultados de tensiones atrapadas en la sujeción colonial
y, al mismo tiempo, derivación sintomática de procesos
de aserción y negación de valores que evidencian la
raíz problémica de las identidades. Si bien durante
la primera mitad del siglo XX predominó un único e
incontaminable criterio sobre lo puertorriqueño, hacia
finales de la centuria aparecen cambios que cuestionan
el discurso hegemónico de la nacionalidad. El análisis
de este proceso de legitimación y resemantización
de lo nacional, perceptible desde la experiencia artística,
constituye el objetivo de este ensayo, que centra
como premisa la idea de José Martín Hurtado Galves,
filósofo sudamericano, de que “la identidad solo puede
entenderse en la medida en que primeramente se des-cubran
las circunstancias y entornos sociales dentro de una
comprensión tanto diacrónica como sincrónica”.
[1]
Más que por un cataclismo, las identidades nacionales,
han sido atravesadas, por procesos de reactualización,
por períodos de desmembramiento de sus narrativas
tradicionales que no conduce necesariamente a la negación
del término. En el
arte y fundamentalmente en la plástica puertorriqueña
se repite un gesto que evidencia la transitoriedad
de esta problemática. A partir del icono creado por
Ramón Frade con su obra El Pan nuestro en 1905, el cual coincide
con el momento de concreción de lo nacional, se han
sucedido una serie de obras a lo largo de la historia
del arte boricua que retoman el tema y la obra de
Frade para discursar sobre ello. La apropiación formal
y simbólica se convierte en el medio hacia la necesaria
y preterida actualización del concepto, siendo entendido
y representado, al visualizar las obras, como un proceso,
no como un resultado único e invariable. El arquetipo de lo nacional (el jíbaro y sus atributos), fijado para La preocupación
incesante por el pasado es síntoma de cierto halo
de ausencia y se basa esencialmente en una actitud
recuperativa de esa temporalidad mutilada y flagelada.
De alguna manera esto explica la mirada retrospectiva
y alegórica que muchas veces se manifiesta en la cultura
puertorriqueña, tanto así que sería posible sostener
la idea de que constituye un rasgo ineludible de todo
intento de entender la nación. II Con
la intervención norteamericana en 1898 y luego de
dos años de ocupación militar opresiva comenzó un
largo periodo de lucha por la autodeterminación que
en el transcurso del tiempo ha oscilado entre los
más diversos reclamos. El
inicio de un periodo de dominación, pronunciado no
solo en la esfera económica y política, sino también
cultural, provocó cierto rechazo en la mayoría de
los puertorriqueños. El temor por la pérdida y el
desarraigo desde la asimilación conllevó a una contracción
de los límites significativos de la cultura. La
defensa de lo autóctono cultivó valores que remitían
estrictamente al pasado hispánico. España era vista
como la madre patria, referencia más inmediata sobre
la cual edificar lo puertorriqueño. Así “el idioma
español, los límites físicos de la isla como único
territorio donde se proyectaba lo nacional, el origen
común basado en el lugar de nacimiento y residencia,
la historia compartida de una herencia hispánica,
de raíces indígenas e influencias africanas, y la
cultura local enfocada hacia el folclore, se convirtieron
en los principales referentes identitarios”.
[2]
Estos aspectos, que luego serían
fijados dentro de la oficialidad discursiva de lo
nacional, fueron legitimados por la élite intelectual
del período reconocida en su momento como Dicha
enunciación de lo propio revela el poder del saber
en este tipo de construcciones sociaculturales. De
esta forma, la “verdad” sobre lo puertorriqueño solo
pudo ser justificada desde una élite amparada por
el reconocimiento académico e intelectual. No estamos
aquí frente al férreo ejercicio de un poder político,
sino más bien en presencia de un poder proyectado
en el plano cultural, cuya fuerza supuso la imposición
pero también consiguió acomodarse voluntariamente
en la conciencia colectiva para trascender luego a
través de la memoria en forma de tradición. En este
sentido se advierte la acción determinante de la cultura
en la construcción alegórica de lo nacional. La
pintura, la literatura y las artes en general afiliadas
a los reclamos políticos independentistas jugaron
un papel decisivo en la formulación del canon nacionalista.
La modernidad artística lejos de significar una ruptura
con el pasado se propuso la exaltación de sus valores.
La estética del jibarismo se proclamó como lo verdaderamente
nuevo y el estilo realista fue acogido en un intento
por captar la veracidad de lo propio. Es un momento
histórico donde “la pintura particularmente, escribe
el artista y periodista José Antonio Torres Martinó,
siente que tiene la responsabilidad de prestarse para
robustecer una conciencia nacional que se ha venido
elaborando por más de medio siglo y que, al sufrir
los embates del enfrentamiento con la nueva metrópoli,
se siente averiada como apuntó Antonio S. Pedreira.
Más que eso se siente en peligro de desaparecer en
una anexión que esquizofrénicamente no rechaza del
todo”.
[3]
Esta aludida “aceptación” de lo
norteamericano encuentra sus bases en los privilegios
que la mayoría de los puertorriqueños le adjudicaron
a la presencia imperial yanqui y que, sin dudas, interviene
en las actuales relaciones políticas de ambas naciones.
[4]
La
imagen del jíbaro, en su vínculo con lo hispano, se
convirtió en modelo cultural de la puertorriqueñidad,
en reclamo de un pasado y una herencia hispánica jerarquizada
como resistencia a la posible contaminación cultural
norteamericana. Si bien supuso serias limitaciones,
por lo que silenció, hay que reconocer que respondía
a una temporalidad histórica determinada que encontró
en el pasado inmediato el principio de su cultura.
Su valoración gravita entre la necesidad de definirse
ante lo otro (lo cual siempre implica desechar algo
en virtud de algo más) y en el entendimiento de esa
necesidad como algo circunstancial, contingente. De
esta manera se impone la mirada hacia las identidades
como fenómenos siempre condicionados por las estructuras
históricas que le determinan. Sobre ello ha insistido
el sociólogo puertorriqueño Ronald Martínez Lahoz
en su estudio de las identidades nacionales en la
isla.
[5]
El
jibarismo comprendió
también la literatura y se hizo evidente en obras
como El jíbaro (1882) de Manuel Alonso
[6]
e Insularismo (1934) de
Antonio S. Pedreira,
[7]
como indicación de una tendencia
expandida a todas las disciplinas artísticas. En el
primero se ofrece una descripción de la cultura y
el sujeto puertorriqueño. El territorio insular adquiere
connotaciones que le confieren cierta especificidad
pero el énfasis mayor descansa sobre el predominio
de los rasgos hispánicos en la configuración de la
identidad. Esta insistencia se percibe con mayor fuerza
en la obra de Pedreira, en la cual se expresan contradicciones
y limitaciones que solo encuentran explicación en
el desorbitado rechazo a la presencia de la cultura
estadounidense en la isla, como fobia frente a la
asimilación y el desarraigo de lo nativo. La plástica cimentó una iconografía basada, fundamentalmente, en los tipos locales, costumbres y paisajes campestres. Ramón Frade logró integrar estos aspectos en su trascendental obra El Pan Nuestro. Con ello el artista inicia la iconografía del discurso nacional, así como el debate sobre la identidad dentro del arte de su país. En
obra, el campesino es representado a escala monumental,
en un válido intento por resaltar la singularidad.
Al igual que el propio Manuel A. Alonso en su obra
literaria El jíbaro, Frade en su pintura
ofrece un retrato fisonómico, moral y espiritual de
la personalidad del puertorriqueño. El trabajo minucioso
en el tratamiento de la figura humana perfecciona
la descripción antropológica de Alonso. El
universo espiritual se conjuga con lo material en
un intento afanoso de rescatar y fijar, parafraseando
al propio Frade, todo aquello que el viento se está
llevando.
[8]
El paisaje bucólico sobre el que se inserta remite estrictamente al campo, a lo agrícola. La palma, la montaña, el pequeño bohío, la llanura sembrada y atravesada por largos y estrechos senderos constituyen referentes emblemáticos de la atmósfera del personaje. La
preocupación de Frade, como condición existencial
del resto de los artistas, denota los estrechos vínculos
con el referente histórico social, texto ineludible
para el complejo acto de la representación humana
individual y colectiva. El pan nuestro deviene una especie de mito
fundacional de la cultura y el arte puertorriqueño,
sobre el cual se va trenzando a lo largo del siglo
una “alegoría nacional” que a la manera de entenderlo
Eduard Gruner en su texto Diseminación,
dice mi nación: la “alegoría nacional” entre La
necesidad de diferenciarse ante el otro
y afirmarse en valores locales, derivó en la representación
de un modelo de lo puertorriqueño que persiste durante
todo el siglo XX. Dicha esencialidad se vio amenazada
por los cambios sociopolíticos y económicos de los
años siguientes. Nuevas preocupaciones se incorporaron
a la subjetividad del creador a causa de la extensión
del dominio extranjero en la isla y de sus posibles
filtraciones culturales. Con
la creación, en 1952, de Puerto Rico como Estado Libre
Asociado (ELA) se institucionalizó
el discurso promovido durante los años precedentes,
con el objetivo de promover un nacionalismo cultural,
el cual escindía la soberanía en términos políticos
y culturales y acomodaba la condición colonial bajo
la aparente libertad de preservar lo autóctono. Como
parte de esta iniciativa las artes se convirtieron
en el medio para la aserción y transitivamente, contribuyeron
a la justificación ideológica del status político
de la isla. Fueron creadas instituciones culturales
para consolidar el proyecto de definición, promoción
y defensa de la identidad nacional. Esto encontró
una actitud de rechazo por parte de los anexionistas
interesados en la integración plena a la cultura norteamericana.
No obstante, la constitución del ELA propició un consenso
entre las fuerzas opositoras de la isla, al proclamar
la dependencia económica en nombre del progreso y
la modernidad y
establecer la soberanía solo en el plano cultural.
El
aumento de los flujos simbólicos norteamericanos estimuló
el sentimiento de
amenaza a lo insular. En estos años aumentó
de manera considerable la migración hacia la metrópoli,
estimulada por el gobierno local. Las estancias temporales
como motivos laborales se convirtieron en largos periodos
de permanencia. Así se fueron formando pequeñas comunidades,
primero en Nueva York y luego en otras ciudades norteamericanas. Ante la
prominencia que ganó el arte vanguardista de la metrópolis,
algunos artistas puertorriqueños sin rechazar del
todo las nuevas corrientes estilísticas que germinaban
manifestaron su compromiso con las problemáticas locales
y como mecanismo de resistencia continuaron realizando
sus aportes desde la figuración. La
obra de Carlos Irizarry
La transculturación del puertorriqueño realizada
en 1975 constituye una prolongación de la herencia
cultural puertorriqueña. Situada dentro del marco
de los límites de la modernidad en El
artista establece el contraste de una nueva figura
con la emblemática imagen del jíbaro de 1905. Cual
una intertextualidad intermedia, en tanto se sitúa
a medio camino entre lo moderno y lo posmoderno, combinando
rasgos de uno y de otro, Irizarry cuestiona las transformaciones
que afectan la esencia puertorriqueña. La cita de
la imagen del jíbaro de El Pan Nuestro le permitió
a Irrizarry insertarse en el debate de lo nacional
a partir de una referencia muy concreta que favorecía
los niveles de interpretación así como las problemáticas
históricas vigentes. El artista coloca al jíbaro junto
a una forma espectral que emblematiza la transfiguración
de la esencia perpetuada por Frade. Un cordón constituye
el elemento de nexo entre ambas figuras, las cuales
se representan como una estructura binaria que asume
la alteridad del mundo interior, a través de la imagen
grotesca del nuevo personaje que no sostiene el racimo
de plátano, síntoma de un desarraigo de las costumbres
y del “pan” que ya no se cultiva, sino que se produce
en las nuevas industrias. Metáfora, a su vez, de los
sucesivos cambios en la economía de la isla. La
imagen de un pasado agrícola es reemplazada por la
modernización y la industrialización del periodo que
puso en práctica el Gobierno. Este tránsito de la
infraestructura local se advierte, también, como metáfora
en el cuento La viuda del manto prieto de Emilio
S. Belaval. Aunque
fue escrito durante la primera mitad del siglo ya
en la historia narrada se perciben los vértigos que
sufren la economía y la imagen de Puerto Rico después
de la intervención norteamericana.
[9]
Los
pies del jíbaro de Irrizarry, apenas insinuados,
carecen de sendero sobre el cual avanzar. Corresponde
este, a un momento de incertidumbre y de pesimismo.
La arbitraria muralla que irrumpe, imponente, en
la parte derecha de la composición, impide la continuidad
del paisaje revisitado y se instala como escenario
de la nueva figura
inmovilizada. Ya no hay cielo azul sino gris,
el paisaje descrito a medias ha perdido su vivacidad,
lo pintoresco se ha esfumado, así como la versión
idílica de Frade. El
éxodo masivo de puertorriqueños hacia la metrópolis
y el establecimiento allí de una comunidad significativa
constituye otro de los factores que, según las definiciones
de la época, atentaba contra los límites nacionales.
Esta realidad que atormentaba al discurso nacionalista
fue impulsada por el propio Gobierno y encuentra
sus razones en factores históricos muy evidentes.
La necesidad de mano de obra barata en el continente
atenuó el desempleo y la superpoblación en Esto
explica la preocupación del artista hacia la posible
transculturación de lo puertorriqueño.
Sin embargo, contrario a lo que propone este
neologismo, la emergente cultura nueva, resultado
de préstamos entre los diferentes componentes en
confrontación, representaba una versión apocalíptica
del proceso. La negativa de incluir a los emigrados
dentro del discurso nacional contrastaba con la
resistencia cultural que mantenían esas comunidades
en los Estados Unidos.
Dentro de ellas se llevaron a cabo una serie
de labores encaminadas a la preservación y la continuidad
de la cultura de Irizarry
y la intelectualidad puertorriqueña de su época
notaron un cambio en la identidad que quebrantaba
los límites legitimados por el jibarismo en los primeros años del siglo XX, por razones circunstanciales. El
cambio fue percibido, no así asumido como evento
histórico. Sin embargo, se hace necesario volver
sobre la especificidad del proceso de formación
nacional en Puerto Rico frente a los acontecimientos
que se suceden al margen y que de igual forma ganan
repercusión local. Hay que tener en cuenta que este
periodo se corresponde con importantes sucesos internacionales
de consolidación de los estados nacionales latinoamericanos
y caribeños, donde las redefiniciones incorporan
y acomodan rasgos inalterables para la colectividad.
Si bien la isla no participa de estos programas
al carecer de límites políticos que lo definan como
un estado independiente, si insiste en delimitar
la nación, al menos desde una perspectiva cultural.
Este
interés en la diferenciación de lo propio y lo ajeno
nos habla de límites precisos que definen, ya desde
la inclusión o exclusión, lo que significa la cultura
nacional. Los bordes son definidos al mismo tiempo
que son violentados, pues hemos hecho referencia
al impulso masivo de la emigración, suceso que alteró
considerablemente las demarcaciones nacionales al
revelar una prolongación, particularizada, pero
al fin prolongación de aquellos aspectos notables
del imaginario colectivo insular. Los
estudios prueban la existencia de un considerable
por ciento demográfico de puertorriqueños en el
continente, los cuales mantienen fuerte vínculos
con la isla. La alternativa del movimiento libre
entre uno y otro espacio permite que los lazos se
consoliden. Tanto
en el territorio insular como en las comunidades
puertorriqueñas de los Estados Unidos, la idea de
nación se ha tenido que pensar bajo preceptos espaciales
y temporales específicos y cambiantes. No obstante
en ambos la autonomía casi siempre se gana en términos
culturales. Para
lo residentes externos la nación sigue estando conectada
con las dimensiones históricas y culturales de la
isla, pero, al mismo tiempo, su proyección e interacción
con el medio metropolitano confiere nuevos formas
a sus identidades. El
viaje continuo entre la metrópolis y la colonia
ha sido reflejado por Luis Rafael Sánchez
en su texto literario La guagua aérea (1994).
En ella el escritor boricua relata las incidencias
de un viaje de San Juan a Nueva York y logra reunir
los diferentes elementos que sostienen el imaginario
de la sociedad puertorriqueña contemporánea. Así,
junto a los turistas norteamericanos y los nuevos
sujetos sociales del presente boricua, se inserta
el personaje del jíbaro con sus asociaciones peculiares
al campo y a lo agrícola. La ambigüedad de un espacio
fijo se realza en la respuesta que ofrece una pasajera
cuando le preguntan su procedencia dentro de la
geografía puertorriqueña y ella contesta que es
de Nueva York.
[12]
Interesante es destacar la emergencia
de este otro espacio, un tanto intermedio, que la
socióloga portorriqueña Emeshe Juhász- Minemberg
determina como neoespacio,
y que sin dudas constituye una forma enigmática
de entender y habitar la nación puertorriqueña contemporánea.
[13]
El
lugar impreciso de los nuevos imaginarios, obligó
a José Morales en la década del noventa a insertar
el jíbaro en un marco sin referencias espaciales.
En un aquí o allá se comienzan a definir el sendero
imperceptible del viaje boricua; solo es ostensible
su voluntad de avance, de continuidad. En camino
(1996) se titula la nueva obra
que apela, igualmente por medio de la apropiación,
a la persistencia de la memoria; al mismo tiempo
que incorpora nuevas lecturas en relación con el
tránsito físico y espiritual de la identidad cultural.
Coinciden en ella la noción de dos viajes diferentes
pero proyectados en tiempos paralelos. Por un lado,
el desplazamiento simbólico hacia el pasado y la
profundidad del ser, evidente en el gesto reiterativo
de la apropiación; y por otro, el viaje factual
de los puertorriqueños entre la isla y el continente. La
figura se representa morfológicamente incompleta;
solo sus pies, como parte de un todo reconocible,
dan fe de su existencia. No hay paisaje, no hay
rostro, ni siquiera en función de una dualidad como
en la obra de Irizarry. Los límites de la identidad
nacional han sido perturbados. La imagen del jíbaro
se articula tanto en la isla como en los barrios
puertorriqueños de la diáspora.
[14]
¿Por
qué el interés de Morales en mantener solo esta
parte del cuerpo en su representación? La presencia
incompleta alude, sin dudas, a una pérdida física,
asociada a la desaparición visual del jíbaro dentro
de la cultura puertorriqueña, como resultado de
un Puerto Rico ahora modernizado e insertado en
las redes globales. Sin embargo, la referencia al
icono de Frade revela el valor de la memoria en
la cultura, no solo como gesto nostálgico sino como
artilugio necesario para comprender y entonces ver
lo que vendrá después. Se desprende en la obra de
Morales esa sensación de utopía no tanto irrealizable
como desgarrada. El referente
metonímico (las piernas) es utilizado en un juego
intencional entre el todo y sus partes, donde una
parte implica el reconocimiento de ese todo (la
huella), el cual en este caso es completado con
la acción de la memoria. Al mismo tiempo es la cita,
la que media precisamente en el cuestionamiento
de la identidad puertorriqueña a través de su imagen
más conocida. Morales equilibra la balanza de la
identidad con el peso del pasado (tradición y memoria)
pero también con el del presente y futuro (actualización
y renovación). La existencia del cambio adquiere
nuevas connotaciones para el artista, donde el pesimismo
comporta al mismo tiempo cierto halo de esperanza.
Este cambio no se percibió como una ruptura, sino
como cambio en sí, como mutación y extensión de
una misma cosa. El artista es conciente de que no
puede representar el jíbaro de la misma forma que
lo hizo Frade o Irizarry pero al mismo tiempo no
puede desprenderse del valor de su trascendencia,
por eso lo sitúa a medias. Como parte de una nación
en movimiento,
[15]
este sujeto puertorriqueño que
se nos muestra, apela a la memoria cultural como
única referente que permite reubicarlo en un nuevo
espacio no atado a la geografía física, mas sí a
un heterotopo que discurre entre lo real y lo imaginativo.
Volviendo
a Gruner nuevamente con otra de las paráfrasis utilizada
en su texto Diseminación, dice mi nación: La “alegoría nacional” entre Puede
resultar a muchos un tanto anacrónica esta cita
al trabajo de Gruner pues su discurso tiene como
referencia el espacio de América Latina y la base
epistémica de los llamados estudios poscoloniales;
pero resulta interesante y sumamente aprovechable
el argumento sobre la invención propia de lo nacional
a partir de lo que precedió a ese punto
de enredo como lo denomina el escritor martiniqués
Eduard Glissant
[17]
y que para el puertorriqueño
de la primera mitad del siglo XX tuvo una carga
semántica determinante. Obviamente este pensador
caribeño se refiere al “encuentro de culturas” a
partir del cual se inició el proceso colonizador
y con ello la obstaculización, tanto para América
como para el Caribe, del desarrollo histórico local
que en el caso de Puerto Rico aún se extiende. El
regreso al origen que propone Glissant, desde su
modelo détour-rétour, no debe ser nostálgico, ni inútilmente reiterativo.
Para el martiniqués es necesario el retorno pero
solo bajo un principio de reversión que implique pensar el pasado
como plataforma ineludible que ayude a comprender
e hilvanar lo que ha sido, lo que es y lo que será. Sobre
esta línea se podría trazar la base teórica inicial
de la acción artística que como hemos visto hasta
ahora ha tomado la composición de la obra original
y especialmente la figura del jíbaro como paradigma
alegórico. Sin embargo el fotógrafo boricua Víctor
Vásquez, en un gesto similar, se apropia del conocido
titulo y del peso semántico que le ofrece de igual
forma el racimo de plátanos pero en una nueva composición.
Por medio del uso de referentes metonímicos, el
artista sacrifica concientemente el todo (la obra
de Frade) por una de sus partes (el racimo de plátanos)
y también el título (El Pan Nuestro). El
archiconocido símbolo es interpelado por otros significados
donde unas manos femeninas le sostienen. Su disposición
entre las piernas del cuerpo desnudo sugiere una
transferencia simbólica del contenido de lo nacional.
La permuta de géneros no obstruye la esencia del
discurso, lo dispara hacia polémicas contemporáneas.
No se manifiesta un interés por resaltar la individualidad
mas bien se propone meditar sobre la base alusiva
de una universalidad desde la óptica feminista.
En El Pan
nuestro (1997) de Vásquez se evidencia una voluntad
transgresiva de desjerarquización genérica que atenúe
la discriminación y la subestimación; un cuestionamiento
del orden sistémico social que en Puerto Rico, a
pesar de la prominencia de una ideología patriarcal
importada, se encuentra determinado por un considerable
número de hogares donde la mujer constituye la figura
dominante y “donde –como bien afirma la profesora
norteamericana Helen Safa– el mito del hombre como
sostén de familia desapareció hace tiempo”.
[18]
Más
que revelar respuestas, Vásquez promueve interrogantes
desde múltiples aristas, a partir de circunstancias
socioculturales específicas. ¿Constituye
la prostitución femenina un mecanismo de supervivencia
importante en la sociedad puertorriqueña donde existe
un bajo índice de participación laboral de las mujeres,
o es la identidad nacional lo prostituible, lo negociable
a partir de lo que el profesor Carlos Pabón denomina
nacionalismo
consensual? ¿Estamos
en presencia de una crisis, desarraigo de lo nacional
o en la afirmación de lo que significa ser puertorriqueño
en la contemporaneidad? Interrogante que se sitúa
en el epicentro de los debates culturales en la
isla y de la cual no podemos precisar un juicio
definitivo. La polarización que supone encontrar
en la isla representantes como el propio Pabón,
quien considera la afirmación de la identidad nacional
hiperbolizada, por tanto desacralizada. La define
como una manifestación consensual de rasgos culturales
legitimados desde un nacionalismo cultural, bajo
la forma contemporánea de un neonacionalismo
que entorpece la construcción de identidades que
el denomina “válidas”.
[19]
Contraria a esta postura se sitúa
la tesis del antropólogo Jorge Duany al considerar
este periodo de finales del siglo como un momento
de pretensiones lúcidas en la definición nacional.
[20]
Tanto la obra de José Morales como la de Víctor
Vásquez responden a un periodo de polémicas y enfrentamientos
nacionalistas que denotan la heterogeneidad y complejidad
del tema. Ambas se inscriben en el interludio de
dos plebiscitos influyentes en las (in)determinaciones
de lo nacional dentro de ese margen histórico. Este
trabajo de Vásquez se sitúa, así, entre ambas polaridades
interpretativas en un juego de dualidades y ambigüedades
que se proyectan desde la confusa realidad hacia
la obra y el pensamiento académico. Las pluralidades narrativas y fácticas, pocas
veces coincidentes, paralizan la total renovación
y mantienen espacio en un estado de impasse, donde
las acciones se tornan menos creíbles y los caminos
cada vez más quiméricos. Sin embargo, el atolladero
conceptual de La
reiterada apropiación de la obra El
Pan Nuestro (1905) de Ramón Frade por nuevos
artistas demuestra la fuerza con que se ha asentado
la visión iniciática de la cultura y cómo a través
del desarrollo histórico ha experimentado reclusiones
y prolongaciones. Más que una solución estética,
ingenua o experimental frente al contexto epocal,
constituye un acto de sublimación del valor circunstancial
y transhistórico de la subjetividad puertorriqueña.
Metafóricamente se revela como un viaje hacia el
patrimonio colectivo de lo que sostiene a Ha
sido probado cómo lo nacional se ha ido acomodando
en la subjetividad del creador a través del tiempo,
de acuerdo a sus preocupaciones eventuales y sus
nexos precedentes. En Frade es perceptible la importancia
de perpetuar lo autóctono para evitar su desvanecimiento.
Dicha esencialidad, Irrizarry la inserta dentro
de un cataclismo, a partir del augurio de un desgaste
físico y espiritual y a su vez este fatalismo contrasta
con los signos optimistas que trabaja Morales, donde
lo utópico se posiciona como único espacio desde
el cual se imaginan y reconstruyen las nuevas formas
en que el artista y el sujeto puertorriqueño se
proyectan. Mientras que Víctor Vásquez eclosiona
rancias formas de entendimiento, motivado por nuevos
fenómenos y nuevas preocupaciones, como es el caso
de la posición social de la mujer dentro de la sociedad
y la representación visual de lo nacional puertorriqueño. Las
obras permiten distinguir y evaluar la identidad
nacional como un constructo que precisa ser redefinido en
sus aspectos estables y variables. Tras una voluntad
enfática gravita cierta fijeza, que funciona como una especie de núcleo constitutivo de gran presión
sobre el cual giran, conectadas el resto de las
partes; fijeza que para el crítico e investigador cubano Rufo Caballero representa
un eslabón imprescindible de la existencia humana,
fruto inmediato de la memoria,
síntesis, a su vez, de la huella.
[21]
De
este modo, contingencia y memoria, pasado y presente
se cruzan en la búsqueda
enigmática del futuro a partir de tejidos
de continuidad que impiden el extravío y la dispersión
dentro de la versión caótica y apocalíptica de lo
nacional, en un gesto que, sin dudas, exige interpretar
la cultura no solo como sitio de resistencia sino
también como acción renovadora.
* Licenciada en Historia del Arte.
[1]
Hurtado Galves, José Martín. “La identidad”, www.serbal.pntic.mec.es/~cmunoz11/hurtado28.pdf [2] Jorge Duany: Puerto Rican nation on the move. Identities on the island and in the United States. University of North Carolina Press, 2002, p. 21.
[3]
Puerto Rico. Arte e identidad. Hermandad de Artistas Gráficos de Puerto
Rico y Editorial de [4] Ver José Luis González: El país de los cuatro pisos (Notas para una definición de la cultura puertorriqueña) S/E, 1980. (versión digital) y Puerto Rico. Arte e identidad, ob.cit, pp. 55-58. [5] Ronald Martínez Lahoz: La identidad nacional como problema: el caso de Puerto Rico. Universidad Complutense de Madrid, 2005, pp. 28-32. [6] Manuel A. Alonso: El jíbaro. Editorial Cultural Río Piedras, Puerto Rico, p. 127. [7] En ella el autor denota la presencia de un sentir puertorriqueño fuertemente imbuido por la herencia española. Este documento revela una tesis que se extiende hasta después de la segunda mitad del siglo, y radica en el reconocimiento, aunque solo en el plano retórico, de los elementos fundacionales de la cultura puertorriqueña. Pedreira reconoce la presencia de diversos rasgos (africanos, indígenas, hispánicos) en la composición de su cultura e incluso intenta acercarse a la idea de una fusión capaz de originar algo nuevo pero se pierde en el privilegio que acentúa lo hispano como el más importante y relevante de los caracteres. Antonio S. Pedreira. Insularismo, Editorial Edil, INC, Río Piedras, 1992. [8] Puerto Rico. Arte e identidad, Ob.cit, p. 77.
[9]
La viuda representa metafóricamente
el pasado colonial hispano, encarnado en la memoria
del esposo fallecido y en los cañaverales,
sembradíos de caña que enfatizan el tipo de economía
(plantación) promovida por [10] Departamento creado en 1951 por el gobierno puertorriqueño con el objetivo de promover y controlar la migración. [11] Ver Jorge Duany. Ob cit, pp. 166-184. [12] Luis Rafael Sánchez: La guagua aérea, Editorial Cultural, II Edición, San Juan, 1994. [13] Juház-Minemberg, Emeshe. “Construyendo la puertorriqueñidad: ¿aquí y/o allá? Ciudadanía, cultura, nación y las fronteras de la identidad nacional en tiempos de globalización”. Disponible en www.geocities.com/global_cult_polit/DoctCyP2002.doc
[14]
Ver Jorge Duany. Ob.cit, p. 198. [15] Ibidem. [16] Eduardo Gruner. Ob.cit. p 15. [17] Juan Flores: “El colonialismo ¨lite¨ diversiones de un discurso puertorriqueño”, Nueva Época, No. 7, 1999. [18] Helen Safa: “La familia matrifocal y la ideología patriarcal en Cuba y el Caribe”, Temas, Nro 52, julio-septiembre 2007, pp. 21-33. [19] Carlos Pabón: Nación Postmortem. Ensayos sobre los tiempos de insoportable ambigüedad, Ediciones Callejón, San Juan, 2003, p. 42. [20] Jorge Duany: “Para reimaginarse la nación puertorriqueña”, Nueva Época, No. 2, 1997, pp. 10-24. [21] Rufo Caballero: América clásica, un paisaje con otro sentido. Ediciones Unión, La Habana, 2000, p. 11. |
|||||||||
![]() |
![]() |
|||||||||
![]() |
||||||||||