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La palabra raza tiene muchas acepciones desde tres puntos de vista: biológico,
político y cultural. En lo cultural se confunde erróneamente con el concepto moderno
de cultura, o sea como el
conjunto de medios sociales que tiene un dado grupo humano para luchar
por su vida. En lo político
se trueca peligrosamente con frecuencia por los conceptos y voces de
nación, pueblo,
gente, casta y clase. En lo biológico, raza no es sino
un concepto metodológico de clasificación, inferior a los de especie y género y análogo al de subespecie.
Decir raza humana es una paradoja. La raza, pues, es concepto que se presta a muy peligrosas confusiones
y se impone establecer su único y verdadero concepto, el cual no puede
ser fundado sino en la ciencia. Solamente la ciencia puede destruir
los mitos. Desde un punto de vista científico y biológico la raza no
puede ser sino una gran división de la humanidad definida por cierta
combinación de caracteres inmutables y procedentes de una común descendencia.
Toda clasificación humana que no se ajuste a este concepto básico no
será realmente de razas. Las clasificaciones y denominaciones
de las razas se han hecho generalmente desde puntos de vista los más
diversos y equívocos. Contérminos de color, de anatomía, de fisiología,
de psicología, de geografía, de historia, de lingüística, de religión,
de política, etc. Los seres humanos pueden clasificarse por cualquiera
de sus sendos caracteres somáticos, somático-psíquicos y psíquicos.
Pero cuando se dice que para clasificar las razas se cuenta con tales
o cuales caracteres somáticos, fisiológicos y psicológicos no se significa
en realidad sino que se pueden distinguir grupos humanos entre los cuales
se advierten con mayores promedios tales o cuales rasgos típicos; pero
no que en realidad existan razas. Y si a tales clases de caracteres
con que se pretende distinguir las razas se añaden los sociológicos,
entonces se entra abiertamente en la mitología. Jamás ha podido demostrarse
la existencia de razas caracterizadas por los lenguajes, los matrimonios,
las propiedades, los comercios, las guerras, etc. Por esos elementos
sociales se podrán distinguir pueblos, naciones, castas y clases; pero
razas no. (…) Por solo sus caracteres somáticos los seres humanos han sido clasificados primero por los más ostensibles, como son el color, el cabello, los ojos y los rasgos faciales; y luego por otros anatómicos, menos visibles, particularmente los del cráneo y el cerebro, y por los fisiológicos. No ha habido en el cuerpo humano hueso, órgano, sustancia ni funcionamiento que no haya sido escudriñado, medido y hecho base de una clasificación racial. Desde la nariz al sexo, de la sangre al olor, del metabolismo a las glándulas endocrinas, del temperamento a la enfermedad, son prácticamente incontables lso caracteres somáticos que pueden servir de base antropométrica a una clasificación somatológica. (…) Las variantes que se ofrecen
en cada carácter somático hacen que no se pueda precisar en sus escalas
métricas dónde comienza y acaba una raza y dónde la otra o las otras.
Entre el tipo alto y el bajo hay una serie infinita de grados, así como
ocurre entre los colores, los cabellos, los ángulos faciales, etc. De
un tipo al otro se va pasando insensiblemente. ¿Dónde interrumpir, de
manera que no sea caprichosa, la serie de tipos intermedios para una
dicotomía? Por eso dijo Topinard, que la raza era una noción abstracta,
una noción de continuidad en la discontinuidad, de unidad en la diversidad.
(…) El concepto de la raza se desvanece;
se escapa en el espacio y también en el tiempo, porque todos los caracteres
que se toman como signos de raza son susceptibles de variaciones. Los
caracteres corporales de los seres humanos son variables. Lo son por
herencia, por mutaciones y por adaptaciones circunstanciales. (…) Toda herencia implica una mezcla de caracteres derivados dentrambos progenitores, un positivo mestizaje. Toda criatura es mixtura. Pero la mezcla genética no es necesariamente equimediada, y por lo común padre y madre influyen desigualmente en la determinación de los caracteres de su criatura. La herencia es continua y discontinua; a la vez conserva y cambia. No es repetición de formas sino sucesión, que así conforma como reforma. (…) No existe una jerarquía de razas.
Tomando un carácter cualquiera, podrá intentarse una seriación de categorías
entre las variedades que presente ese carácter en los diferentes seres
y grupos humanos. Si se atiende a la pigmentación cutánea, por ejemplo,
habrá diversos colores, y según el categorismo que se adopte, tal o
cual coloración sería tenida por superior o inferior respecto a otra.
Por ello será totalmente arbitrario, pues el color de la piel no significa
una posición jerárquica biológica. (…) No existen razas puras. La inmensa variedad de los caracteres estructurales del ser humano, su inevitable imbricamiento en los grupos, la esencial binariedad, variabilidad y complejidad de los procesos hereditarios, así como las inconmensurables de las mutaciones y de las circunstancias, hacen imposible la existencia de razas que puedan calificarse de pura. Cada pareja de hombre y mujer es una negación potencial de la raza pura. (…) En realidad, donde falla fundamentalmente toda la estructura conceptual de las teorías racistas no es en la mezcladura ni en la pureza, sino en la raza misma. No se sabrá lo que raza mixta si no se averigua antes lo que raza pura; pero no se podrá conocer lo que es raza pura si precisamente antes no se define científicamente lo que significa raza. Pero, además, ¿puede en verdad considerarse científicamente como raza un agrupamiento humano que, además de no ser puro, cambia constantemente? Sin pureza, que es la fijación de un carácter en el espacio, ni permanencia, que su fijeza en el tiempo, ¿hay realmente razas? (…) En conclusión sea dicho, no hay razas humanas. Pero persiste el empleo del vocablo raza, no obstante su erróneo concepto y su nociva trascendencia social. El mito de la raza es peligroso, como todo otro mito, porque aparta a la humanidad de la senda racional. La peligrosidad del vocablo raza aumenta precisamente por su indefinición. Por un lado, esta vaguedad permite dar a la maldita palabra muy diversas y excesivas acepciones. (…) Usando el vocablo raza, no en el solo sentido que es tolerable,
aún sabiéndolo convencional y relativo, sino en varias otras acepciones
que se confunden o intercambian como sinónimas,s e traslada la carga
emocional propia de ciertos apelativos políticos o sociales a las acepciones
raciales en general, aún sobre las más objetivas
y frías, deformándolas y corrompiéndolas. Precisamente por esa
vaguedad de tal concepto éste se pliega mejor a los impulsos y propósitos
de muchas propagandas político sociales, recubriéndolos so capa de pretensas
verdades biológicas, y dando a los caracteres humanos y a las relaciones
sociales cierto repulsivo concepto de fijeza natural, de heritariedad,
fatalismo y predestinación. (…) De todos modos, el ostracismo del vocablo raza no es cos fácilmente hacedera. Su destierro requerirá una revolución ideológica y la subida al poder de las nuevas ideas antirracistas que ahora comienzan a dejarse sentir con fuerza. La mala palabra está muy enraizada en el habla común así como en el pensamiento general; y son muchos y poderosos los interesados en mantener su vigencia. Las palabras no son sino símbolos y, aunque biológicamente la raza no exista, esto no impedirá que muchos sigan empleando ese vocablo arbitrariamente para expresar encubiertamente sus ideas inconfesables o razonabilizar sus actitudes a favor de sus privilegios de clases o de sus ambiciones de nación. (…) La sociedad humana, que creó
las razas, habrá de suprimirlas. Trabajemos
para que al destruir tales quimeras no tenga ella que experimentar tan
horribles dolores como hizo sufrir por su creación. Todos los seres
humanos, dignamente humanos,
debieran ayudar a la buena faena de ir desvaneciendo esos fantasmas
enemigos que son las razas; doblemente inhumanos, tanto por
irreales como por crueles. Fernando Ortiz |
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