Agustín Bejarano -  X Bienal de La Habana

 


Sedimentos fundacionales
Agustín Bejarano en el Convento de Santa Clara de Asís

JORGE RIVAS RODRÍGUEZ

En la cima del vértice hay, muchas veces, sólo un hombre.
El gozo de su contemplación es igualable a su desmedida tristeza interior.
Kandinsky

El tiempo deja su huella en todo lo que nos rodea y sostiene. Esa marca ineludible, atroz o noble, que forma parte de la historia de cada hombre, de cada animal, de cada vegetal, de cada rincón del planeta igualmente la experimentamos en nuestros cuerpos y en nuestra conciencia. Son sedimentos que nos fundan.

Tal es la esencia de la macro-exposición que este lunes inaugura Agustín Bejarano Caballero (1964), la cual precisamente bajo el título de Sedimentos, ocupa gran parte de una edificación emblemática en la memoria de la cultura cubana: el Convento de Santa Clara de Asís, relevante monumento del Siglo XVIII, donde radicó el primer monasterio de La Habana colonial, sede actual del Centro Nacional de Conservación, Restauración y Museología (CENCREM).  

En el claustro y el inmenso jardín interior de esta joya patrimonial de la arquitectura, el maestro desplaza sus esculto-pinturas e instalaciones más recientes, muchas de ellas especialmente concebidas para esta exhibición colateral a la X Bienal de La Habana.

En esta serie el artífice manipula algunos materiales poco comunes en el tradicional quehacer plástico, tales como la resina y la fibra de vidrio, en una suerte de “oxigenación” artística de sus anteriores producciones iconográficos, entre ellas las paradigmáticas Ritos del Silencio e Imágenes en el tiempo, en las que la recurrente metáfora sobre la existencia humana distinguible en toda su creación precedente,ocupa un sentido más conceptual. En ese empeño, esos soportes adquieren especial connotación semántica al imbricarse en expresivos discursos portadores de sentimientos y emociones que igualmente instan al razonamiento del espectador sobre algunos de los problemas más acuciantes de la contemporaneidad en la isla.

Bejarano recrea con sobriedad y hondura el entorno vivido en la convulsa época de entre milenios; en la cual ubica como protagonista de sus historias al hombre insular, es decir, al mismo personaje que en los Ritos del silencio representó la figura de José Martí, para de igual forma encauzarnos hacia la introspección y la revalorización individual y social y el juicio crítico sobre múltiples problemas, entre ellos los relacionados con la segregación, la diáspora, la raza, la religión y las dificultades propias de la sobrevivencia en esta Isla asediada y constantemente amenazada con la extinción de su noble proyecto social.

Este hombrecillo, minúsculo, sencillo y sensible, es un ser mutante que muchas ocasiones aparece sin fisonomía porque es la suma de todos los rostros, comprimido o inmerso en su agitación, unas veces con los brazos abiertos, otras enajenado y pensativo sobre un taburete o en el borde de un alto muro, o sobre la arista de un machete. 

Obra pensaba sobre reales circunstancias existenciales, en concordancia con el mejoramiento humano al que instó Martí. “Cuando pongo un hombre sobre el filo de un cuchillo, estoy dialogando, contraponiendo dos elementos esenciales: la vida y la muerte, o la vida y las desgracias que inevitablemente se ciernen sobre él”, ha dicho Bejarano, quien sustenta las tesis de sus piezas en la premisa de que “la gran belleza de la vida es el hombre y la luz que lo ilumina; pero igual por detrás asecha un gran fondo de oscuridad, de penurias, de incertidumbres”. 

Estas creaciones se insertan dentro de una antroposofía que parte desde el interior del virtuoso pintor, grabador y escultor, para irradiar sentimientos y emociones que embelesan. Sedimentos posee ese profundo interés por la espiritualidad humana, por su conciencia, voluntad que ha motivado al artista a indagar más en lo suprasensible del ser. Según el joven maestro: “La vida del hombre es espíritu, todo lo demás es materia que cambia, se reestructura, se reevalúa, pero el espíritu es una cosa que no sufre variaciones, sino queda, es perpetuo, podemos retroalimentarnos o profundizar en él”.  

En algunas de estas piezas es más tangible la presencia del devenir cultural, histórico y social que nos instituye como nación. Así puede apreciarse, entre otros, en el enigmático trabajo recreado en la perdida primera industria nacional: la azucarera, en cuyos años de mayor esplendor transcurrió la infancia y primera juventud del artista. Mediante la utilización de tallos de cañas reciclados Bejarano remite a un nostálgico pasado reciente.

En las grandes, medianas y pequeñas esferas, así como en otros trabajos cuyos soportes están realizados con resinas y fibras de vidrio, los dibujos adquieren un particular expresionismo logrado mediante la luz proyectada desde la parte de atrás, para despertar disímiles sensaciones que van desde la evocación del pensamiento traslúcido hasta las cíclicas etapas en las que nuestras vidas son luminosas o eclipsables.  

Alegóricas realizaciones que, en su conjunto, constituyen entretejido de un imaginario que se vale tanto de la abstracción figurativa como de la solidez del dibujo; en el cual ha dicho “se sustenta la construcción de todas las ideas. Puede haber dibujo hasta en una mancha de pintura, porque es el que define esa mancha; pero hay que saber hacerlo con esa intensión”.

Es imposible “recuperar” una imagen “estática” del pasado; por tanto, en Sedimentos, más bien hay interés por dar una “forma estética” al tiempo que ya pasó. Con pasión similar a la de los científicos y analistas en el estudio de la memoria del paso del tiempo, Bejarano asume este empeño tal metáforas humanas desde las posibilidades plásticas que le proporcionan sus conocimientos técnicos. Y lo hace con la finalidad de comprender y juzgar mejor nuestro presente e intentar ascenderlo de ahí sus recurrentes escaleras, como el historiador que lleva a las fuentes del conocimiento acumulado durante siglos, las preocupaciones de su propia época. 

Tomado de periódico Trabajadores (26 de marzo de 2009) www.trabajadores.co