La Casa de las Américas desde su fundación, estableció vínculos significativos con un gran número de los más importantes artistas contemporáneos que, a escala internacional, fueron marcando pautas en el desarrollo de las artes visuales de la región. De esta manera las galerías de la Casa han recibido muestras transitorias que han incluído diferentes géneros, expresiones y técnicas de varias generaciones de artistas de América Latina y el Caribe fundamentalmente. Muchas de esas obras, --expuestas inicialmente en nuestras salas, premiadas en los concursos que ha lanzado la institución o donadas por sus autores-- han pasado a formar parte de la Colección Arte de Nuestra América que hoy alberga la Casa de las Américas, y que constituyen un patrimonio artístico excepcional.

Con motivo de la celebración de la Conferencia de Asociación de Museos  del Caribe, la galería Haydee Santamaría exhibió la muestra Las Antillas/West Indies, exposición que puso a disposición del público una selección de los fondos de la Colección Arte de Nuestra América. Esta muestra ilustró los diferentes componentes culturales que han hecho posible un arte en el que coinciden expresiones de raíz popular, numerosas influencias así como tradiciones heredadas de complejos procesos históricos vividos.



En la Casa, Las Antillas/West Indies

West Indies, en inglés. En castellano
Las Antillas.
Nicolás guillén

MARLENE BARRIOS
Lic. en Historia del Arte. Especialista de la Dirección de Artes Plásticas de la Casa De las Américas 

En algo más de cuatro décadas, la Colección Arte de Nuestra América Haydee Santamaría de la Casa de las Américas ha venido nutriéndose con obras de los más prestigiosos artistas del Continente; unas han sido expuestas más, otras menos; pero siempre se agradece poder contemplarlas en estrecho ejercicio interactivo. Por eso Las Antillas/West Indies es de las exposiciones que todos esperan, por redescubrir zonas del quehacer plástico de generaciones, tendencias y áreas geográficas de difícil acceso.

Esta muestra colectiva debió el nombre a un poema de Nicolás Guillén –a la celebración de cuyo centenario se sumó– y saludó la Conferencia de la Asociación de Museos del Caribe, reunida en La Habana entre los días 21 y 27 de octubre.

En consonancia con el área abordada, la curaduría se caracterizó por la selección desde la óptica etnocultural, develando propuestas que sintetizan siglos de mestizaje y transculturación; unas piezas inspiradas en las raíces populares; otras, más imbricadas en los diálogos del arte universal. Lo mismo ocurrió con la pluralidad de lenguajes, técnicas y soportes. En cuanto al abordaje temático, podemos decir que prevalecieron los «clásicos» temas caribeños: la memoria, los conflictos sociales y de género, la religiosidad popular y la migración, entremezclados todos.

Aunque en la mayoría de los casos primó el realce estético, no fue ésta la primicia del ejercicio de curaduría, que centró su mirada en la profundidad de los planteamientos formulados en cada obra, para distinguir los matices que configuran la idiosincrasia del hombre antillano. El presente comentario se guía por dos temas delineados, y los ilustra con algunas de las obras que más claramente se insertan en ellos.

Las islas van navegando

El instinto de viajar, de escapar a la adversidad, a «la maldita circunstancia del agua por todas partes», es una herencia que han recibido las islas del área luego de vivir en carne propia la guerra y la esclavitud. El viaje, más que anhelo, es un mito recurrente en las propuestas de no pocos artistas. Mossera, de San Martín, aborda con sutileza y a la vez con fuerza desgarradora ese drama. Mediante la técnica mixta, en Visa hace confluir signos y símbolos relacionados con la migración (la Estatua de la Libertad, hojas de pasaportes, cuños que anulan u otorgan visas, rosarios) y que describen metafóricamente los pasos por los que transita quien decide emigrar.

Las múltiples consecuencias que se derivan de la migración, los problemas que genera, específicamente los identitarios, también son escrutados en la exposición. El puertorriqueño José Morales hace confluir en su obra el racimo de plátanos de El pan nuestro de Ramón Frade con la figura de James de la Vega, joven artista puertorriqueño que vive y trabaja en «El Barrio». El artista establece una dualidad temporal –el racimo del pasado y el artista del futuro– para dialogar sobre la realidad y el destino de su país.

Jorge Pineda y José Castillo, de República Dominicana; Dennis Mario Rivera y Héctor Méndez Caratini, de Puerto Rico, trabajan esta misma línea temática. Articulan su discurso a partir de indagaciones ancladas en la cultura popular tradicional.

Los personajes que pueblan las obras de los dominicanos tienen mucho que ver con la historia y la memoria de ese país. Desde la diáspora, Castillo rescata los cuentos infantiles, el imaginario popular; mitifica desde su propia existencia. Su vida transcurre Entre magia y realidad. Por su parte, Dennis Mario trabaja con elementos de la cultura popular, de los mass media y el kitsch. El gran formato y el expresionismo abstracto como lenguaje le posibilitan el estallido semántico. La flor y el devorador denuncia los intentos por minimizar y anular la diferencia en tiempos de globalización neoliberal.

Las inquietudes del cubano José Manuel Fors son otras. Recrea al hombre y el ambiente en que vive desde la historia de su familia contada a través de viejas postales, fotos y cartas en la obra Atados de memoria. Su estrategia se basa en asumir desde la historia individual, desde el yo, el problema de la soledad y de la trascendencia. Sus fotografías son hechas a partir de otras, utiliza impresiones de diferentes negativos sobre un mismo papel, y de este modo hace coincidir personajes e historias. Las nuevas fotografías son viradas al sepia y, en ocasiones, manipuladas en el proceso de impresión, con lo que toman apariencia antigua.

No sólo mediante la fotografía perdura la historia del individuo y de la humanidad: en el interior de cada persona, en lo más profundo de la mente se albergan los detalles públicos y privados que conforman el gran relato de la vida. Muchos fenómenos que ocurren día tras día cambian el normal curso de la existencia o, al menos, los planes y estrategias trazadas para obtener ciertos fines; y las guerras truncan sueños y obsesiones. Para América, la Segunda Guerra Mundial trajo un sinnúmero de consecuencias en todos los órdenes de la vida, incluido el campo artístico. Marcó el desplazamiento del centro o la capital del arte de Francia a los Estados Unidos: lo generó el reordenamiento de las fuerzas políticas y, como respuesta contra éste, los procesos descolonizadores. Tal situación trajo como consecuencia el florecimiento de un arte con compromiso social marcado por cambios de la circunstancialidad; y también se experimen-taron grandes cambios en los esquemas axiológicos y morfológicos. La resemantización de los estilos, la importancia simbólica del material, la estética del deterioro, el diálogo culturológico con el medio, la poética del reciclaje o la recuperación de la memoria vinieron a ser las claves operativas de todo el arte posterior al suceso bélico.

El dominicano Silvano Lora es el artista en quien con más claridad se verifican los presupuestos citados. Gran parte de su obra centra el discurso en las relaciones de poder; la alusión a la cárcel, al hambre, a la guerra se reitera en sus creaciones. A través de objetos, materias primas y materiales de desecho, el artista se apropia del medio para denunciarlo. Con el díptico El Canal, se hace explícito el valor de la superficie y la materia en su discurso. Dos tanques militares verdes, de cartón, se insertan sobre la superficie pictórica: la alusión a la guerra, a la ocupación yanqui del Canal de Panamá es tácita. Ciertamente, la obra de Lora renuncia al hedonismo; la cualidad sensible que la sustenta para recibir mensajes táctiles y objetuales provenientes del mundo real han hecho de él un artista insigne y peculiar, como señala Yolanda Wood.

Yoruba soy, soy lucumí, / mandinga, congo, carabalí

Otros prefieren trabajar temas más espirituales. Las obras que se centran en los cultos y religiones populares se originan a partir de la experiencia de fe de cada autor, y son un elocuente ejemplo de la variedad de maneras con que se trabaja el tema en la región antillana.

La confluencia del catolicismo y religiones de origen africano ha determinado un ámbito híbrido. En la instalación Ritual de la bruja negra, Tony Monsanto, de Curazao, compone un altar de grandes dimensiones, presidido por Oyá, patrona de los cementerios, representada en una pintura de tonos rojizos con apariencia fantasmagórica. Al altar lo componen también iconos religiosos transculturados, cromolitografías de santos, botellitas, velas, machetes, cuchillos. El impacto visual de la obra sobrecoge en la medida en que el abigarramiento o el horror al vacío propio de los altares vodú sorprende a miradas desconocedoras del culto. La propuesta de Monsanto la complementa un video del carnaval de Curazao y entrevistas a viejos conocedores de los cultos populares.

Barbara Prézaud, de Haití, también se acercó al vodú. La excomunión durante más de sesenta años por parte de la Iglesia Católica después de la Revolución Haitiana marcó el posterior desarrollo del culto, sistema mágico-religioso extendido por toda el área de Caribe. En Blanco y negro, el textil y el hierro forjado definen morfologías específicas del culto. La expresividad de la obra se acentúa por la fuerte carga simbólica de los materiales empleados. El hierro en nuestras tierras tiene una connotación especial: se relaciona con el maltrato, pues ese metal era usado para marcar a los esclavos, y con él, material asequible, los esclavos, simbolizaban a sus deidades. Tal es el caso de Legba o Papa Legba, asociado a la cruz que Prézaud representa. La cruz sintetiza el momento de la eternidad, donde se cruzan los caminos. La conjunción de blanco y negro describe al sujeto caribe.

Belkis Ayón, cubana prematuramente desaparecida, se basó también en un culto de raigambre popular, con la pretensión de hurgar en sus raíces étnicas y antropológicas. Su obra se adentra en el universo mágico del mito de Sikán de los abakuá, llegados a Cuba desde África. En sus colagrafías Ayón construyó una iconografía inspirada en iconos bizantinos, en las anaforuanas o firmas del ritual abakuá y en la presencia de personajes evocados en esta leyenda (el chivo, el pez, la serpiente). Sikán es representada con el cuerpo y el rostro de la artista, quien de esta manera se inserta con Sikán y los espíritus en un espacio prohibido para el sexo femenino.

Otra voz femenina la aportó a la muestra el lente de la puertorriqueña Sandra Reus. Las fotografías de su ensayo Belleza en-carnada rechazan el uso que en los certámenes de belleza se hace de la mujer: como mercancía, numerada, y silenciada en la gran masa.

El mismo soporte le sirvió al cubano René Peña para expresarse. En sus fotografías el dato explícito le da paso a la composición rebuscada, teatral, que complejiza y enriquece la lectura. Desde una perspectiva poética, metafórica, este artista se acerca a un tema tabú, la homosexualidad en el hombre negro.

Un claro, un claro y vivo / son de esperanza estalla en tierra y océano.

Las últimas décadas del siglo xx transcurrieron bajo una nueva orientación crítica del discurso del arte. Los cambios axiológicos y morfológicos, antes mencionados, que acontecieron en el panorama artístico por las consecuencias del desplazamiento de la capital del arte, determinaron, entre otras razones, la nueva sensibilidad que se formaba en América. Los países del área comenzaron a desarrollar, en términos de lenguaje, una cultura de importación cuyo ritmo estuvo medido por los elementos que incorporaron de otras culturas.

La abstracción significó la ruptura de un sistema de identidad, de representación del mundo. Creó una nueva relación del artista con la obra; la superficie de ésta se convirtió en sensible, activa, variable, con una poética mucho más libre. Contribuyó a la liberación de la subjetividad del artista. Sin embargo, su inserción y su establecimiento en el campo artístico llegó a conformar un marco polémico porque se interpretó como una enajenación del arte.

La presencia y el manejo de este lenguaje expresivo pudo apreciarse a través de las obras de los artistas Hervé Telemaque y Philippe Dodard, de Haití; Iván Tovar, de República Dominicana; Louis Lauchez, de Martinica; y Philippe Zamolino, de Curazao.

En Las Antillas/West Indies, tres generaciones de grabadores de Puerto Rico –Lorenzo Homar (1913), Antonio Martorell (1939) y Martín García Rivera (1960)– corroboran la calidad y la tradición del género en esa isla.

En general, ésta fue una muestra bien pensada, armónica y elegante, que también honró a Wifredo Lam en su centenario con la exhibición de un dibujo suyo a tinta china y acuarela sobre papel, hecho en 1957. Las obras expuestas revelaron que el arte de nuestros días es un pretexto para discurrir sobre problemáticas comunes que acontecen en la región y la afrontan. Los artistas devienen arqueólogos, antropólogos, narradores, filósofos, y sus obras vislumbran agudos estudios conceptuales que dinamizan la redefinición cultural antillana.

 

Mosera

 
  Jorge Castillo
  Dodart Fors
  Hipolite Mons
    José Morales   Mosera
         
    Jorge Pineda   Prefete
         
    Radamés Mejías   Santiago
         
    Telemac   Arnold Toulon
         
        Iván Tovar