Más que un atractivo
mapa, perfilado tan sólo desde ciertas coordenadas territoriales
e idiomáticas, el Caribe es una esencia, una cartografía
étnica, social e histórica, que constantemente desdibuja
y recompone sus fronteras desde la trasgresión.
En la coexistencia
de lo onírico y lo real, de lo dramático y lo irreverente,
convivimos en este espacio de encrucijadas, desplazamientos
y múltiples mestizajes. Espejos y máscaras -posesionados
por la ambigüedad- desfilan ante nuestros ojos, en un
recorrido de encuentros y desencuentros, revelándose en
conciliaciones y desafíos, sobre un tablero de constantes
definiciones; en una inquieta espiral de redescubrimientos,
de inventarios y memorias que trazan la arqueología de
nuestro imaginario.
Las culturas caribeñas
se han ido forjando en el tiempo como fruto de pujantes
antagonismos; desde el vicio de las exclusiones, desde
el acto simulador y de camuflaje, desde la violencia y
el poder, desde la fuerza de la resistencia, desde el
sueño y la utopía.
El arte contemporáneo,
se ha colocado precisamente, de manera reflexiva, en
el vórtice mismo de los conflictos que subyacen en nuestras
sociedades; problematizando y deconstruyendo un mundo
escindido en oposiciones debido a la compartimentación
que han generado sistemas colonialistas y neocolonialistas;
cruzando fronteras y parcelaciones diseñadas por procesos
de jerarquización que tuvieron sus orígenes en las sociedades
esclavistas, las irreconciliables diferencias de clases
y las exclusiones de género; redescubriéndonos y compulsándonos
a mirar(nos).
Precisamente, uno
de los desafíos que enfrenta nuestra creación artística,
es la revisión de los procesos de mitificación y desmitificación
que se han generado en y sobre la región, vinculados con
estos conflictos, así como la manera de incidir en la
representación, generalmente desvirtuada, de una subjetividad
caribeña a través de la historia.
Durante siglos hemos
sido escenario de diversas maneras de vernos y construirnos.
El sistema de referencias utilizado; el universo de quien
las construye; el ángulo, status y posición social del
que genera la mirada y la subjetividad del comunicador
han modelado las significaciones.
Nuestro imaginario
social se ha ido perfilando desde la confluencia de contrarios,
desde la imposición y el deseo de realización, desde el
control del poder y el acto irreverente y trasgresor hacia
lo instituido.
Muchos mitos que
nos distinguen se han ido gestando y alimentando a través
del tiempo en nuestros pueblos. Otros, se construyeron
dentro o desde fuera y nos desdibujan; sin embargo, por
repetición los hemos asumido como nuestros y nos identificamos
con ellos, colaborando, sin pretenderlo, a la conformación
de ciertos arquetipos de nosotros mismos.
Los “caníbales”,
pobladores de nuestras islas, descritos así en las crónicas
de los conquistadores llegaron a ser sustituidos por cuatro
“S”(Sun,Sex, Sand and Sea), que suelen registrar
la “autenticidad” de un made in the Caribbean;
mascarada manipuladora de la arqueología de nuestras pertenencias.
La historia del Caribe es más compleja que un poster de turismo y su drama no es ficción.
Lo mítico, ha constituido
un cuerpo conceptual prioritario de los diversos espacios
del arte caribeño actual y, su incidencia mucho ha tenido
que ver con los procesos investigativos e indagatorios
de los artistas en nuestra génesis, los fenómenos de hibridación
y de simbiosis cultural.
La revisión y la
recreación artística de estos cuerpos míticos han operado
vinculados a una serie de procesos como el del multiculturalismo;
la confluencia de la
tradición y la modernidad; la conciencia de una
hibridez cultural y los estudios de género, los cuales
han permitido enriquecer las estrategias locales y las
posibilidades subversivas de nuestras prácticas, profundizando
en las particularidades y distinciones de nuestra cultura
y nuestro ser mestizos.
Asimismo, los patrones
y los valores identitarios caribeños se han fusionado
en nuestros espacios con elementos que provienen de otros
contextos y, a su vez, discursos “minoritarios” nuestros
han abierto fisuras y desplazado modos de recepción, con
su incidencia y circulación en centros hegemónicos, particularmente
en Francia, España y Estados Unidos, donde se concentra
la mayor parte de la diáspora artística caribeña.
La intertextualidad
y la destitución de los marcos tradicionales del arte
han dado paso, con su vocación emancipatoria, a varias
acciones de legitimación y vindicación de prácticas culturales
y discursos simbólicos diversos, incluso a aquellas que
operan fuera de contextos instituidos, dando lugar a la
simbiosis de lo tradicional y lo moderno.
La indagación en
el pasado ancestral desde presupuestos ontológicos e investigaciones
antropológicas; la inclusión de lo vernáculo; la apropiación
de múltiples formas de arte popular; la desacralización
o re-ritualización de prácticas religiosas y sus cuerpos
ceremoniales, han conducido al arte hacia nuevas rutas,
en las cuales la estrategia del disfrute individual ha
dado paso a opciones emergentes de proyección participativa
y de comunicación.
Hoy somos testigos
de un diálogo plástico que aborda un sinnúmero de problemáticas,
comportamientos y preocupaciones comunes a la región:
la recuperación de la memoria, el mestizaje, los desplazamientos y migraciones, la revisión de símbolos y arquetipos
manipulados a lo largo de la historia, la defensa de nuestra
ecología, los enfoques de género y razas, la identidad
nacional. Una mezcla de convergencias que delinean las
coordenadas de nuestra territorialidad.