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| Luis Tomasello - Objeto plástico No 713 - 1992 |
La leyenda
del artista quiere que a los cuatro años Luis Tomasello
prefiriera a los dibujos infantiles la construcción de
objetos con pedacitos de madera. De joven, para ganarse
la vida, se dedicó a dibujar en la esfera de la arquitectura;
mas tarde, en su actividad creativa ocuparán mucho espacio
las integraciones arquitectónicas y no faltaran los proyectos
de edificios, enteros. En 1991 declara a Alain Macaire
en una entrevista: Je suis avant tout plasticien,
Tomasello artesano de la forma. Las obras
expuestas, reunidas por primera vez para representar toda
la trayectoria de su producción, confirman plenamente
esa aserción. Pero si su vocación de trabajar en las tres
dimensiones, de construir en el espacio, es un dato evidente,
nos será muy útil comprender de qué manera esa tendencia
natural se modulo con el correr de los años en un itinerario
rico y variado de experiencias y búsquedas, de ensayos
y nuevas adquisiciones. Los dibujos
juveniles, del No. 47 al 61, cubren un periodo que va
de 1935 a 1951, el año del primer viaje a Europa, y en
parte fueron realizados durante sus cursos en la Academia.
Tanto en la representación de los árboles como en los
desnudos se observa el desinterés del artista por los
detalles minuciosos: lo que le importa son los elementos
estructurales de la vegetación, la solidez del cuerpo
humano, a veces esculpido como en madera. La sobriedad
un poco académica de los desnudos, no nos impide descubrir,
de manera implícita, la espontaneidad de una relación
equilibrada, no traumática con la realidad. Los primeros
oleos figurativos, en sintonía con los dibujos, muestran
una notable disposición a solidificar la forma, de clara
influencia cezanniana o precubista. El cuerpo humano revela
un alto peso específico, mientras que los elementos de
la naturaleza se simplifican en amplios volúmenes. Se
acentúa la tendencia alas formas geométricas, favorecida
por la estructura urbana, en las dos obras realizadas
en la capital francesa al final de la primera estadía
europea: Calles de Paris y Techos de Paris. Pero otra
novedad presente en estas primeras obras es un comienzo
de investigación sobre la luz, tal como puede observarse,
por ejemplo, en la Naturaleza muerta de 1951. Luz y color: es el comienzo de un estudio apasionado que, partiendo de la sugestión del impresionismo, lograra poco después resultados originalísimos. Estamos aún en la prehistoria del arte de Tomasello, pero ya aparecen, aunque tímidamente, los dos componentes que en él llegarán a ser dominantes: el espacio en versión geométrica a y la luz. De vuelta a la Argentina, en los pocos años que permaneció en el país (1953-56), trato de aprovechar los estímulos recibidos en Europa. Es el periodo fundamental del pasaje del arte figurativo al abstracto. Se siente preparado para ese pasaje, pero los modelos en que se inspira son diversos y opuestos: Kandinsky, Klee, Malévitch, Balla, Mondrian... Es natural, pues, que haya una oscilación provisoria entre la abstracción expresionista y la geométrica. En nuestra exposición la primera tendencia aparece en una Composición de 1953, un óleo sobre papel denso de colores que busca una euritmia libre, mientras que la segunda se refleja en dos oleos de 1956, de igual titulo: Figuras geométricas (No 11 y 12). La tendencia geométrica esta destinada a imponerse rápidamente. Tal vez influyo la frecuentación de Emilio Pettoruti, el gran pintor cubista italo-argentino, pero la razón principal debe buscarse en el surgimiento, después de una fase de decantación interior, de una marcada inclinación personal cuyas premisas ya aparecían en el momento figurativo de Tomasello. En 1957 se establece definitivamente en Paris. La capital francesa, que durante mucho tiempo había conservado la hegemonía de las artes figurativas, en la postguerra va cediendo la supremacía a Nueva York, que se convierte rápidamente en la capital de las búsquedas artísticas más avanzadas, que se desarrollan y se consumen con un ritmo realmente frenético, exasperado. En Paris, el artista argentino halla el ambiente ideal para su temperamento sereno y reflexivo, un ambiente rico de tensiones pero sin los excesos norteamericanos. En dos años, 1957 y 1953, logra ver claro dentro de si y tomar el que seguirá siendo su camino principal. Dos de los máximos exponentes de principios de siglo, Malévitch y Mondrian, son ahora sus guías espirituales. Ambos movidos por profundas motivaciones éticas y religiosas, y ansiosos por captar con su arte la pura esencia de la realidad. Por otra parte, la novedad que Tomasello halla en la capital francesa es el arte cinético; pronto pasará a formar parte del grupo de artistas cinéticos que se reúne en la Galeria de Denise René: Vasarely, Soto, Schoffer, Tinguely y otros. Tales son los elementos indispensables para comprender el nacimiento y los primeros resultados del verdadero arte de Tomasello. De los dos grandes maestros, Mondrian quedara más tiempo cerca de él, en un dialogo ideal; Malévitch permanecerá en el trasfondo como numen tutelar. A Tomasello le fascina la revolución realizada por Mondrian. El neoplasticisrno del artista holandés propone una nueva representación de la realidad, de la que ya no va a captar lo efímero, el fenómeno, sino la esencia, el noúmeno. Tomasello también siente esa vocación irresistible. Pero al mismo tiempo, corno en nuevo arte cinético, ansia expresar uno de los aspectos fundamentales de los tiempos menos: el dinamismo, el movimiento. ¿Cómo conciliar ambas cosas? Descubre asimismo que el propio Mondrian había pasado de una fase estática a una fase dinámica, aunque no precisamente cinética, cuando en 1940 se hallaba en los Estados Unidos. Broadway boogie-woogie, de 1943, y Victory boogie-woogie, de 1944, documentan ese pasaje marcado por una ruptura de las coordenadas negras que en la fase estática bloqueaban el espacio y los colores. El negro mismo ha desaparecido y los colores liberan toda su carga dinámica. Pero la armonización entre la "”esencia” y el movimiento es bastante difícil, y no cabe duda de que Mondrian renunció aparentemente al ser en beneficio del devenir. El ritmo sincopado de la vida norteamericana lo ha capturado. Tomasello quiere intentar la difícil empresa. En 1957-58 realiza algunas obras cinéticas que constituyen un logro notable en el camino que ha elegido. Con una utilización sumamente sabia del color, evitando los contrastes entre colores calidos y fríos, se ingenia para que la imagen permanezca rigurosamente en el plano geométrico, tal coma lo quería el neoplasticismo estático de Mondrian. El empleo de módulos geométricos (fragmentos de líneas, minúsculos cuadrados) repetidos hasta el infinito, crea una sensación inmediata de extrema esencialidad atemporal. Pero inmediatamente después, el ojo del espectador atento se pone en acción, dando vida a una especie de movimiento perpetuo obligado por el hecho de que, dentro de la imagen el artista ha diseminado uniformemente variaciones mínimas en las relaciones reciprocas entre los módulos geométricos, mediante pequeñas dislocaciones de los cuadrados o una inclinación diversa en el corte de las líneas. A partir de la esencia inmóvil se desarrolla el movimiento, virtual dentro del cuadro pero real para nuestro ojo. En este momento de su búsqueda, Tomasello se enfrenta con una nueva dificultad: el problema de la “plástica”, es decir, el de la tercera dimensión. Tanto Malévitch como Mondrian, para llegar a la esencia, habían eliminado la tercera dimensión, y Tomasello hizo lo mismo en sus primeros ensayos cinéticos. Pero nunca se aleja de la innata vocación de manipular las formas en el espacio. Para mantenerse fiel a la esencia ¿deberá renunciar tal vez a la tercera dimensión? También está el hecho de que Mondrian había llamado neoplasticismo a su manera de pintar. ¿Qué significa el plasticismo en una pintura donde un telar de líneas ortogonales negras obliga a los colores a permanecer encerrados sobre la superficie puramente bidimensional? Tomasello aclara el problema par media de un análisiss mas profundo de las teorías de Mondrian. Según el artista holandés, el neoplasticismo desemboca naturalmente en la arquitectura, que él llama “neoplastica arquitectonica” empleando un término que Tomasello retomara para sus “atmósferas cromoplásticas”. Más aun, la pintura y la arquitectura se identifican en el sentido de que la segunda no es sino el exacto desarrollo estereométrico de la primera, tal como lo demuestra la hermosísima Casa Schroder, en Utrecht, de, Thomas Rietveld. Sobre esta base se dibuja la utopía de Mondrian. La pintura neoplástica es el germen de la casa ideal, que a su vez es una célula de la ciudad ideal, hecha de medida para el hombre nuevo, que vivirá según la razón, libre ya del sentimiento de lo trágico. Y la pintura es a la vez expresión del equilibrio y de las cualidades morales positivas de la humanidad renovada. También Tomasello tiende a la eliminación de lo trágico, también el tiene su porcentaje de utopía si pensamos en su simpatía por la causa sandinista y en el proyecto de un Museo de la Solidaridad en Nicaragua, que puede interpretarse igualmente como el desarrollo geométrico de un Objeto plástico de su creación. Pero no debe subestimarse el hecho de que las integraciones arquitectónicas de Tomasello tienen un precedente en Bart van der Leck, uno de los fundadores del neoplasticismo. Retomemos el núcleo de la cuestión. La pintura neoplastica es una verdadera pintura rigurosamente bidimensional, pero también es un proyecto plástico virtual, es decir, tridimensional. Mondrian sostenía
que la plástica estaba “interiorizada” en su pintura.
Tomasello, que quiere seguir su propia vocación natural,
realiza una pequeña revolución copernicana: inserta el
relieve real en la obra que, sin embargo, conserva una
bidimensionalidad virtual. La regularidad, la uniformidad
de la disposición de los relieves puede, en efecto, crear
la ilusión del plano geométrico. Es un homenaje a Mondrian,
pero también una voluntad precisa de no alejarse de la
búsqueda de lo esencial. Tal vez lo
que mas cuenta es que TomaseIlo, con la introducción de
los relieves, demuestra haber hallado su verdadero camino.
Se siente a gusto. Feliz como cuando niño construía objetos
uniendo pedacitos de madera, ahora construye otros “objetos”,
pero el método para comunicar a los hombres su visión
serena y viril de la vida sigue siendo el mismo. Después
de las primeras obras en relieve que prolongan la posición
cinética precedente, ha descubierto con bastante rapidez
la luz reflejada. Ha conseguido, pues, su instrumento
de expresión más feliz, el que le permitirá, de una manera
realmente nueva y original, una síntesis neoplatónica
entre ser y devenir, y del seno de la tercera dimensión
hará brotar la cuarta, la temporal. Mondrian y
Malévitch siguen siendo sus maestros predilectos, pero
Tomasello no lo puede seguir en su radicalidad. Mondrian
pensaba que el arte era un medio provisorio, útil, mientras
no se realizara el sueño de una humanidad renovada, expresado
por el momento a través de su pintura; cuando las líneas
ortogonales, los colores primarios del neoplasticismo no tuvieran razón
de ser y la pintura, como en Malévitch, hubiera coincidido
con el blanco absoluto, se produciría la muerte del arte. Tomasello
no piensa en la muerte del arte; continua viviendo el
arte como una brújula que guiará también al hombre en
el futuro por camino tortuoso y difícil de la historia.
El descubrimiento de la luz reflejada inaugura la etapa
mas madura de su producción. El color-transparencia crea
delicadas atmósferas en sutiles vibraciones. Los colores
son distintos en las caras ocultas de los relieves vecinos
y produce una auténtica fusión de reflejos coloridos. Durante más
de veinte años Tomasello trabaja en esta dirección. Mientras
tanto, a partir de los años setenta, y luego durante todos
los años ochenta, realiza una serie importante de integraciones
arquitectónicas, desde México hasta Noruega, pero sobre
todo en Francia. Traduce así en forma concreta y a su
manera, el sueño, que ya había sido de Mondrian, de fusionar
la pintura con la arquitectura. En 1981 añade al tema
de la luz reflejada una nueva experiencia: la búsqueda
sobre el negro, que demuestra la coherencia con que se
va desarrollando su trabajo de artista. Las tablas negras,
marcadas por incisiones, constituyen el negativo exacto
de las tablas blancas que producen, gracias a los relieves,
la luz reflejada. Así como la cara más externa del relieve
blanco es más blanca que las demás, el fondo negro del
contrarrelieve es más negro que el resto de tabla. Positivo
y negativo. Por una parte, el espacio-tiempo atravesado
por la luz, la dimensión de nuestra existencia; por la
otra, su vuelco total, el “agujero negro” donde el espacio
se agota, y la luz, englutida, desaparece. Las tablas
negras de Tomasello, surcadas por hendiduras aún más negras,
ya no pueden ofrecernos la luz reflejada. Con suma discreción
el artista argentino nos transmite una emoción intelectual
que es también emoción intelectual, en una comunión total. Queda por aclarar la relación entre la obra de Tomasello y el arte cinético. Este arte, en su expresión más coherente, partía de precisas premisas teóricas. En polémica con los contenidos culturales de la sociedad contemporánea y con el individualismo del artista, acusados de complicidad con el sistema de producción y de consumo imperantes, el arte cinético propone un análisis, sobre bases técnico-científicas, de los procesos psicofísicos que originan la percepción visual. La obra cinética debe ser la visualización concreta de esos procesos. El cometido pedagógico es reeducar la visión del espectador, y liberarlo del exceso de condicionamientos de que es victima, incluidos los de las estéticas y valores tradicionales, con el propósito de lograr instaurar una nueva relación entre el individuo y el medio ambiente. El arte cinético suele presentarse como el fruto de un laboratorio científico aséptico donde trabajan especialistas unidos por un proyecto común. Las obras de Tomasello a menudo se presentaron en exposiciones colectivas de artistas cinéticos; durante muchos años él mismo formó parte en Paris del grupo que se reunía en la Galeria de Denise René, y muestra una indudable afinidad con algunos de esos artistas, mas con Vasarely, por ejemplo, que con Solo. Hay un trasfondo de experiencias comunes, pero no se puede encerrar a Tomasello en la definición de “artista cinético”. Siempre defendió la autonomía de su búsqueda, siempre considero el rigor matemático-geométrico, el análisis de los fenómenos ópticos como instrumentos para llegar a otra cosa, fiel a las enseñanzas de Malévitch, para quien la obra debe expresar sobre todo la sensibilidad del artista. Al riesgo de lo casual, previsto por el arte programado, Tomasello prefirió siempre el riesgo de la poesía.
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