Los días que corren
han sido agitados para Latinoamérica: golpistas, militarización, asesinatos, represión. Convulsos los últimos
meses como también ha sucedido en las historias de todos los
pueblos del Continente con el afán de encontrar independencia
y autodeterminación. Pero las más genuinas tradiciones populares,
a pesar de las permanentes intervenciones y los desafíos de
la industrialización y el comercio, han sobrevivido y se han
enriquecido con el paso de varias generaciones.
Con el propósito
de celebrar los días de Independencia de Brasil, Costa Rica,
Nicaragua, El Salvador, Honduras, Guatemala, México, Chile
y Belice, hemos reunido algunas piezas de la Colección Arte de Nuestra América, atesoradas por casi
cincuenta años gracias a las donaciones de personalidades,
estudiosos y amigos de Casa de las Américas. Para la ocasión,
se seleccionaron obras realizadas en barro de algunos de estos
países; la omisión de otros indica que no existe ninguna o
escasa representación del país en la colección.
Sin embargo, sobresale
la presencia de Chile en la belleza artesanal de las gredas
de Quinchamalí, una tradición que se ha mantenido de madre
a hija, en el ejemplo de Práxedes y María Inés Caro. Así se
ha conservado la gracia y la habilidad de muchas mujeres loceras
en el arte de amasar la greda, de lograr una figura sin torno
ni moldes –incluso, miniaturas–
para luego quemar la pieza que acaba en negro perfecto gracias
a la paja de trigo, y decorar las incisiones finalmente con
caolín y pigmentos vegetales. En la representación chilena,
no solo por nutrida sino por el sinfín de vasijas diferentes
cuyas formas no llegan a repetirse, se encuentran las obras
de Sergio San Martín, artesano y estudioso valorado nacionalmente
por el rescate de la cerámica mapuche, en el delicado usode estilos y formas antropomórficas o zoomórficas de los
metawe, challa o kitra de esta interesante “gente de tierra” que dominaban los
secretos de la naturaleza, al decir de su profundo admirador
San Martín.
En el conjunto brasileño se destacan las obras de Antonio Sebastião y Vitalino Pereira do
Santos, ceramistas de Pernambuco, región que se caracteriza
por una sólida tradición alfarera. Al igual que las loceras,
los artistas de Caruaru aún persisten en la sencilla manera de trabajar el
barro en grupos, en talleres con aprendices, continuado por
sus hijos con la idea de perpetuar el oficio como un secreto
de familia que no debe morir. De San Juan de Oriente en Nicaragua
exhibimos una pequeña muestra de piezas de cerámica de autores
desconocidos que rescatan la figuración precolombina y utilizan
esta decoración hasta en un práctico pero original juego de
té.
Dentro de la amplia colección de México fueron seleccionados varios pueblos
y estados, a fin de mostrar cómo técnicas o soluciones formales
y decorativas pueden ser similares en distintas culturas ancestrales
de América. Piezas de autores desconocidos resaltan por su
factura y han conseguido convertirse en una marca identitaria en cada una de sus zonas de origen: la cerámica
negra de Oaxaca y el barro trabajado bajo la fuerte herencia
indígena o española de Tonalá, Guerrero,
Sonora.
El valor de la vasija va más allá de su utilidad, por la irrepetible e inigualable
forma lograda en cada una de las comunidades productoras,
nacidas de manos anónimas.
Valga
esta exposición para homenajear a la gente de pueblo digna
de su independencia, en la reafirmación y conservación de
sus culturas.