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| Paisaje sígnico - De la serie Huellas-signo - 1992 - Fot. José Pilone |
Nelbia
Romero llega a Montevideo a los 24 años, cuando
recién empieza la década del 60, y tiene el privilegio
de ser testigo, y muy pronto protagonista, de una
de las etapas más vitales y diversas del arte uruguayo.
Joven de clase media acomodada del interior del
país, educada en colegio privado, con un entorno
familiar de propietarios rurales, a la vez abierto
y conservador, trae consigo fuertes vivencias del
campo y de la diversidad en el pequeño mundo de
Durazno, y cierto afán de justicia social. E incluso
la percepción de una cuota de otredad racial en
los rasgos de una bisabuela, extraños para esas
familias de ascendencia española –ese vivir la presencia
indígena desde niña, como cree recordar– y un potencial
de marginalidad o “locura” que ubica en un tío pintor
que no llegó a conocer, y que había cubierto con
extrañas escenas los muros de la casa de una de
sus abuelas. Un padre
con dos hijas mujeres es cómplice de esta primogénita,
le permite acompañarlo en sus paseos por el campo,
le ofrece pautas de contención y al mismo tiempo
le abre la posibilidad de ser autónoma. La súbita
decisión de abandonar el proyecto ya encaminado
de armar una familia tradicional
para venirse a Llega
en 1962, en un buen momento, a Una
carga expresionista y un despojado rigor
formal y conceptual configuran un par que
combinará en proporciones variables a lo largo de
su obra. De acuerdo a esa dualidad de la forma y
el contenido, vigente en las discusiones de la época,
podríamos decir que “la forma” se impone en sus
inicios artísticos, cuando dibuja en el plano con
cierta dosis de alusiones orgánicas, y al mismo
tiempo con un notorio
destaque de las posibilidades expresivas de los
materiales, y de la intención gestual de la mano
que los lleva al papel. La multiplicidad de manejos
gráficos en el plano –donde irá investigando y enriqueciendo
las posibilidades de la impresión– la va llevando
entretanto a pasar del espacio virtual
a las propuestas tridimensionales. Ausencias y violencias
Hace
unos años, a propósito de Hilda López, una pintora
de la generación anterior a la de Nelbia Romero,
escribí acerca de su decisión de ser artista como
opción total de vida.
[1]
Manejaba en ese texto el tema
de la otredad, e incluso de la situación de abuso
que implica el ser artista,
con una entrega prioritaria al hecho creativo.
El trabajo teórico reiterado acerca de (y el consecuente
interés por) la obra de estas dos artistas mujeres
no me había llevado a hacer un paralelismo que recién
ahora se me hace evidente. Ambos procesos tuvieron
que ver en buena medida con espacios técnicos diferentes,
aunque en tiempos coincidentes, a pesar de su diferencia
de edad.
[2]
Nelbia, joven dibujante y artista gráfica; Hilda,
mujer madura cuando decide su entrega total a la
pintura. Ambas realizan un trabajo sostenido y acumulan
un bagaje
expresivo que será fundamental en sus manejos artísticos.
Por otra parte, a través de un proceso de reflexión
que a menudo ponen en palabras, abordan la docencia
como una actividad también prioritaria. Nelbia utiliza
su propio cuerpo para expresarse en el arte, Hilda
pinta su imagen y la de sus amigos.
[3]
Ambas recurren a equipos multidisciplinarios,
ambas tratan temáticas históricas y/o sociales,
ambas se esfuerzan por alcanzar lo que Hilda llamaba
“mi entendimiento con el espacio”.
[4]
Nelbia
Romero es pionera en la concepción de proyectos
artísticos multidisciplinarios, en un entorno expresivo
en que muchos artistas se embarcan en la producción
de objetos, el ejercicio de performances, la realización
de instalaciones, un proceso en buena medida colectivo
que se vivió desde el mismo Club de Grabado, con
la formación del grupo Axioma, integrado por miembros
de esa institución, o el surgimiento de Octaedro,
con algunos artistas del taller de Nelson Ramos,
como primeros agrupamientos que serán seguidos muy
pronto por otros de artistas más jóvenes.
[5]
Esta historia de los últimos
años de la dictadura surge “desde adentro” en un
medio artístico escasamente informado del afuera
, y tiene que ver con un camino que Nelbia Romero
comienza a recorrer antes que otros pero también junto a otros, con su Sal-si-puedes de 1983, previo a la intensa
irrupción del “afuera”, a partir de 1985. Desde
entonces, y por más de veinte años a esta altura,
la fuerza expresiva y al mismo tiempo el rigor conceptual
han caracterizado una producción que ha atendido
motivaciones históricas, de identidad y de género,
desde una mirada en ocasiones autorreferencial,
a través de la cual
ha abordado lo plural. “Todo
mi trabajo tiene que ver con cosas autorreferenciales,
y cosas que son de lo colectivo. Son para mi indisolubles,
y tengo el ojo muy afinado, estoy tomándole el pulso
permanentemente a la realidad”
[6]
En 1998
trabajamos juntas para una exposición que pensaba
hacer en el Museo de Antropología – y que no se
concretó por la enfermedad y muerte de su madre.
En ese papel de posible curadora,
recorrí con ella los espacios previstos para
la instalación, y me sorprendió que ya estuvieran
en su cabeza todos los detalles de un proyecto acerca
de la marginalidad. Uno siente que es un espejo donde uno se mira...
Son las
inseguridades que
causa esta situación actual, en la que día
a día ya no sé si tengo trabajo, por ejemplo. Tengo
contratos ficticios que pueden terminar mañana.
Una cosa es que esto me pasara, como me pasó, en
años más jóvenes, pero cuando llegas a determinada
edad... A veces me pregunto: ¿terminaré de la misma manera?
[7]
Esto la lleva a mirar la realidad de su país con fuertes dosis de humor negro, en una serie iniciada en 1999 con el performance De la vaca inexistente del escudo, a su mesa, y las sábanas estampadas con pulgas y piojos de Ponga un toque de distinción en su casa, y que incluye entre otros, objetos como Soy celeste, celeste soy yo, o 20 lecciones de geografía del año 2003. De su
inquietud por diversos temas vinculados al ser uruguayo
–la presencia y el exterminio de lo indígena, la
negritud, la violencia política y social– se ha
extendido a lo regional en propuestas de la última
década ubicadas dentro de su Proyecto Río de Yo venía
trabajando con el Río de Señala Nelbia a propósito de esta obra que se muestra después en Montevideo, y que ella ubica junto a In memorian como el arranque de un conjunto de proyectos con similar enmarque temático, entre los que se cuenta un retorno al manejo depurado del dibujo, iniciado con sus grafitos de la serie Liberación definitiva. *
Texto del año 2006,
incluido por la curadora en el catálogo que acompañó
una muestra retrospectiva
acerca de la obra de Nelbia Romero, a raíz de
la obtención del Premio Figari
[1]
“La decisión de ser artista incluye como variable
la opción no necesariamente consciente de una
distancia a mantener entre la vida y la obra.
El proceso de Hilda López la fue llevando a confundir
esas dos dimensiones –la del arte y la de la vida–
que alcanzaron a tener en su caso una profunda
y sin duda difícil coherencia.” Olga Larnaudie
en “Acerca de Hilda,
de su ‘pintura
de sí o sí’”, catálogo de la muestra realizada
en el Molino de Pérez, Montevideo, 2002.
[2] Hilda había nacido en 1922, y muere en 1996. [3] “Me utilizaba a mi misma para poder expresar a través de los autorretratos la cara de un mundo en crisis, el hombre es víctima del mundo. Al mismo tiempo también yo me sentí así”. Entrevista de Elisa Roubaud, “Un diálogo coral”, Mundo Color, Montevideo, 27/4/78.
[4]
En “Las voces del silencio”, Jaque, Montevideo, 25/11/83.
[5]
Ver Gabriel Peluffo: “Uruguay posdictadura: poéticas y políticas en el arte
contemporáneo”, 20 años de democracia.
Uruguay 1985-2005: miradas múltiples,
Taurus, Montevideo, 2006. Se refiere
a la performance “Entrevista”, de 1982, y a los
grupos Axioma, Los Otros, Octaedro, Retinas. [6] Entrevista de la autora, 1998. [7] Entrevista de la autora, 1998.
[8]
Presentada en [9] Entrevista de la autora, 2005.
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