El resultado es una práctica artística compelida a construir la identidad
sobre la base de una negociación imaginaria entre
memoria colectiva, memoria personal y heterotopía
social; una práctica que se presenta bajo el signo
de la vastedad y diversidad propias del espectro
social y etario de sus protagonistas.
Sin embargo, parece posible conjugar algunos ejemplos entre esa diversidad
de artistas, relacionándolos a través de una cualidad
alegórica del lenguaje visual que tiene como eje
la noción de huella, una idea que a su vez se deslinda
en dos formulaciones materiales: la impronta
y la incisión.
Físicamente, la impronta es un contacto, una marca dejada por la
(com)presión de un objeto sobre otro, mientras
la incisión es un tajo, una fisura resultante
de un desplazamiento sobre la superficie. En buena
parte de las obras producidas a lo largo de los
noventa y anunciadas desde la década anterior,
estas dos operaciones alegóricas asumen un fuerte
protagonismo como elementos indiciales, como signos
que definen una visualidad de la huella capaz de interpretar
e interpelar el espacio social de la memoria.
Impronta e incisión son, en definitiva, maneras de “dejar la huella”.
Siguiendo a Benjamin son “manifestaciones de una
cercanía”, por más lejano que esté físicamente
el objeto que deja su huella. Ese espacio de cercanías
virtuales refiere, simbólicamente, al espacio
comprimido, fisurado y conflictivo de la memoria.
Si la impronta es la huella de una presencia, la incisión es la huella
de una acción, de un desplazamiento cortante que
se constituye al mismo tiempo como acto escritural
y como herida abierta al llevarlo a cabo. Esta
relación entre escritura y cesura, entre escritura
y dolor, que atraviesa la historia del nombrar
moderno, adquiere formulaciones específicas en
la obra de algunos artistas uruguayos. Cabría
mencionar como caso paradigmático el de Ernesto
Vila que, formado en la escuela de Torres García,
redefine ese quehacer desde su condición de preso
político en el Uruguay, en la década del setenta.
Durante sus años de reclusión, Vila comienza a trabajar sobre papel,
un material con el cual seguirá especulando a
fines de los años ochenta, pero del que obtiene
resultados plenos recién en la década de los noventa,
operando con una incisión que orada tras el registro
de una instancia fugaz: aquélla en que la imagen
surge en la memoria o, por el contrario, es desplazada
hacia su desaparición. En este caso el artista
emula al cirujano, reinstalando en el orden de
la superficie visual, estrategias de “corte” figurativo
imbuidas de textura poética.
La impronta y la incisión bajo las formas
de monocopia y dibujo (Carlos Capelán), o de fotografía
y pictografía (Nelbia Romero), constituyen por
lo general dos operaciones combinadas sobre el
mismo soporte físico, sobre el mismo territorio
de la imagen.
También otros artistas, en mayor o menor medida, tienden a sustituir
el sujeto metafísico que había sido explorado
en la superficie matérica del informalismo (1955-1965),
por un sujeto mnésico que discute el lugar de
su cuerpo: el cuerpo oculto, el cuerpo nombrado,
la interioridad expuesta, el cuerpo ubicuo, el
cuerpo sin lugar. 2
En ninguno de estos casos hay una tematización estricta de la memoria,
sino una exploración del cuerpo individual y colectivo
en el que no solamente se instalan los duelos
sociales, sino que se procesan las nuevas estrategias
identitarias. De ahí que el fantasma lacaniano
del "cuerpo en pedazos" sobrevuele permanentemente
una producción artística donde se dirimen diversos
registros de identidad.
En la serie De
la Tortura Uruguaya,
fotoserigrafías realizadas por Luis Camnitzer
durante la primera mitad de la década del ochenta,
la operación metonímica de la parte por el todo obedece a la misma
lógica subliminal que, durante la dictadura militar,
transmitía información a través de los vacíos
y los intersticios del discurso oficial.
La presencia del objeto como metáfora –algo
que en la obra de Camnitzer se liga a sus propias
revisiones de Duchamp y de Magritte– abre las
puertas a uno de los más extendidos frentes discursivos
en el arte uruguayo de los noventa: la alegoría
implicada no solamente en el objeto, sino en sus
interrelaciones espaciales dentro de la nueva
escena de la “instalación”. 3
Made in Uruguay, una obra de Mario Sagradini realizada
en 1990, habla de una memoria nacional en estado
crítico valiéndose de sus fragmentos más dispersos.
Cada objeto es un significante específico y el
conjunto asume la lógica del montaje surreal,
marcando el acto fundacional de un tipo de instalación
en el arte uruguayo de los noventa, cuya
sintaxis podría calificarse como “alegoría conceptualista”
–es una solución quizá más tributaria de la alegoría
surrealista que del arte conceptual– y cuyo perfil
epistemológico no radica tanto en una actitud
de tipo arqueológico (la memoria como espacio
a explorar y descubrir), sino en una actitud de
tipo proyectivo: la memoria como constructo del
presente que busca “reinventarse” en esa instancia
fugaz, ubicada entre la crítica del futuro y el
reciclaje irónico del pasado. 4
La acción combinada de las dictaduras del Cono Sur por un lado, y
de una postmodernidad en ancas del capital trasnacional
por el otro, barrió del imaginario uruguayo un
haz de proyectos de futuro que había sido reconocido
como horizonte compartido durante varias décadas.
Por lo tanto, la interpelación a la memoria es
hoy, no solamente la convocatoria del pasado,
sino, sobre todo, la invocación de un antiguo
proyecto de futuro perdido, es decir, la memoria
de ese proyecto trunco que no logra ni siquiera
ser imaginariamente recolocado en el debate actual.
5
Una instalación realizada por el artista
Ricardo Lanzarini en 1995 (Ensalada
Rusa, Montevideo), contenía un cartel iluminado
a la manera de Broadway con una frase de Lenin:
“El comunismo es el socialismo más la electrificación
de la URSS” (la única definición del
comunismo que el artista poseía en plena dictadura
militar), que es tomada en esa obra como cuerpo
autobiográfico de la utopía perdida. Pero lo que
me parece más interesante es que Lanzarini, poco
más tarde, en otra instalación de tono performático,
terminará despedazando ese cartel mediante múltiples
cortaduras, en un acto de incisión radical. Ya
no hay texto, y por lo tanto no hay tampoco espacio
mnésico, solamente un lugar definido por la estrategia
fragmentaria de la incisión. En esa nueva instalación,
cada uno de los pedazos de cartel continúa asimismo
iluminando, en una suerte de reproducción por
parterogénesis.
Lanzarini
recurre a la imagen de una subdivisión, de una
parterogénesis de la “gran utopía”, para describir
el vacío distópico del espacio colectivo actual.
La incisión radical replantea aquí las tensiones
entre escritura y dolor, entre texto utópico y
vaciamiento de sus contenidos por sucesivas fragmentaciones
del soporte social.
Ha habido casos en los que, independientemente del marco de preocupaciones
en el que se inscriben las obras (la utopía social,
el poder político, la femineidad, la interpelación
a la memoria colectiva, etc...), el recurso de
la impronta o de la incisión adquieren el status
de discursos autónomos; es decir, el discurso
se transforma en una exégesis del recurso.
Esta autonomía discursiva que adquiere la retórica de la huella
en algunos artistas uruguayos de los noventa,
afirmaría la hipótesis de que la “impronta” y
la “incisión” al mismo tiempo que pasaron a formar
parte de un "inconsciente artístico"
colectivo como modelos operativos (capaces de
referir situaciones de olvido, de traumatismo
social, de nostalgia pasiva, de recuperación simbólica
de lo perdido, de invención de la identidad, etc...),
pasaron a tener un valor protagónico per se,
como hechos visuales y como pura gesticulación
estéticamente funcional.7 Paralelamente
a esa suerte corrida por los recursos de la huella,
hay una suerte similar corrida por los discursos
de la memoria: “La memoria se ha recompuesto,
desordenado, rearmado tantas veces, que los recuerdos
dejaron de aspirar a la verdad o a la precisión,
incluso a la verosimilitud, y solamente tienen
un valor funcional”.6
Esto último puede constituir un indicio, en el plano del arte, de
cierto “giro cultural” que tiene lugar en el Uruguay
a fines de los noventa: me refiero a la lenta
emergencia de un espacio simbólico colectivo entre
la realidad y la posibilidad que, sin cancelar
el pasado, pone énfasis en la invención y estetización
del presente. La memoria colectiva, como representación
imaginaria del pasado común, tuvo y tiene efectos
autodefensivos frente a las condiciones dinámicas
desestabilizadoras que desencadena la globalización
y es, para las generaciones más jóvenes, un lastre
difícil de vencer, un lastre que les conduce muchas
veces a negar –en vez de intentar desconstruir–
el status histórico y moral de esa memoria social.
Lanzarini fue protagonista de un episodio que
expresa la búsqueda de superar ese lastre de la
memoria para transformarla en materia viva de
una crítica del presente. En 1996 realizó una
intervención sobre el monumento ecuestre al caudillo
rural Aparicio Saravia en Montevideo –por la cual
fue detenido y procesado– que puso en debate la
relectura pública de los símbolos patrios. Esta
intervención dirigida a cuestionar la hipocresía
con que se venera la memoria de los caudillos
del siglo pasado, dio lugar a una extendida e
intensa polémica mediática, pero básicamente,
permitió dar forma política al fantasma lacaniano
del “cuerpo en pedazos”, ahora mediante los miembros
fragmentados y sangrantes de un caballo desollado
en un acto de incisión pública, expuesto como
impronta sobre el fondo metálico, impoluto, de
una figura ecuestre que es parte de una memoria
blindada por la historia oficial.
La pérdida de la interlocución directa del
artista y “su” público, cada vez más mediada por
la intervención del analista-curador en los circuitos
internacionales, permite revalorizar este tipo
de reacciones directas del ciudadano ante hechos
inéditos que traen a cuento el papel del arte
como posible agente crítico de acción local. Esta
-cada vez más olvidada- función "local",
contextual y crítica del arte, es particularmente
sostenible en sociedades como la uruguaya, obligadas
a entrar en el juego desigual de la “deuda externa”
en las relaciones globales, al tiempo que deben
restañar las incisiones sociales y culturales
de una "deuda interna" generada en el
pasado inmediato, pero alimentada a través de
nuevas formas de discriminación social y nuevas
formas de marginalidad, puestas en escena por
la estructura económica y cultural neoliberales.
NOTAS
1.
Adriana Bergero: Memoria
colectiva y políticas de olvido. Argentina y Uruguay
1970-1990, (Bergero y Reati Comp.), Ediciones
Beatriz Viterbo, Rosario, 1997, p. 77.
2.
Esta problematización del lugar
espacial y semántico del cuerpo es característica,
en general, de artistas cuya obra se inserta en
la problemática de lo femenino como categoría
identitaria y cultural: Cecilia Vignolo, Florencia
Flanagan, Alejandra del Castillo, Cristina Casabó,
entre otros.
3.
El recurso de la instalación
entre los artistas uruguayos de la década del
noventa es tributario de varias experiencias,
siempre marcadas por la tradición local del espacio
teatral y literario, dentro de las cuales habría
que recordar la obra del Grupo Axioma, y la performance-instalación
Salsipuedes, que Nelbia Romero realiza
en 1981.
4.
Junto a Made in Uruguay de Mario Sagradini y Lamentos del exilio de Luis Camnitzer,
hay que señalar la existencia de otras dos muestras
de particular importancia dentro de esta preocupación
por las identidades-memorias atravesada por el
legado conceptualista. Me refiero a la instalación
que realiza Rimer Cardillo en Montevideo en 1991,
titulada Charrúas
y Montes Criollos, y la que realiza Carlos
Capelán en la misma ciudad en 1992, ambas con
la curadoría de Alicia Haber.
5.
Esto es lo que Marina Bianca
llama “memoria del futuro”. Ver Marina Pianca
en Memoria colectiva y políticas de olvido. Argentina
y Uruguay 1970-1990. Bergero y Reati Comp.,
Rosario, Ediciones Beatriz Viterbo, 1997, p. 116.
6.
Leonardo Moledo: Tela
de Juicio, Buenos Aires, Cántaro Editores.
1991. Pág. 45.