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| Raúl Javier Cabrera - Sin título - s.f |
Arte popular, moderno
y marginal Es muy posible, aunque en extremo difícil de documentar,
que las expresiones de arte naïf y “espontáneo”
surjan como consecuencia de la decadencia o de la
desaparición de las tradiciones manuales del arte
popular y la artesanía (si es que las hubo), es
decir, como una forma positiva de paliar esta ausencia
o de contrarrestar la producción en masa de objetos
industriales “anónimos”. Las creaciones de artistas
brut (en bruto sería la traducción más
acertada, según la calificación de Jean Dubuffet)
suelen darse en condiciones de trastorno psíquico
y de tensión emocional extrema. En ambos casos,
naíf y brut, las expresiones artísticas no están
subordinadas a modas ni estilos impuestos por grupos
de poder e intereses de élites socialmente consagrados.
Su motivación excede las limitantes sociales habituales
a las que el individuo se ve constreñido: de allí
la supuesta “rareza” del acto creativo. No depende
necesariamente de la formación curricular, ni del
acceso a los medios tecnológicos. Sin posibilidad
–o sin interés– por un aprendizaje institucionalizado,
el artista trabaja para su placer o para la mitigación
del dolor como sujeto alienado, generando sus propios
recursos expresivos, y con la esperanza final de
la comunicación, punto que lo diferencia de otras
investigaciones artísticas contemporáneas más centradas
en abordajes filosóficos, antropológicos, intertextuales,
etc., y destinadas a un público entendido. Este
arte se expresa como una forma de auto-conocimiento:
es primariamente, y pese a la naturalidad de sus
formas, una expresión cultural por excelencia. Por
otra parte, es un arte marcado por las condiciones
especiales de producción en un espacio determinado
–en muchos casos las piezas son pensadas para una
casa, jardín o barrio– por lo que se relacionan
con una nueva visualización del patrimonio artístico
a escala local y con la capacidad excepcional de
ciertos individuos de generar estructuras identitarias
en su colectividad, a partir de una iconografía
de carácter popular o arquetípico. En Latinoamérica las tradiciones del arte popular
poseen un antiguo arraigo. Forman parte de procesos
de hibridación y de sincretismo cultural y religioso;
procesos sociales de asimilación y concretización
de lo diverso. La actividad artesanal vehiculiza
y otorga una red comunitaria a dichos procesos:
la cerámica, los tejidos, la metalistería, la orfebrería,
la mueblería, las tallas en madera, las cestería,
el trabajo en guampas y cuero, el tallado de calabazas…
son medios donde se depositan significaciones de
acento comunal para responder a unas demandas locales
concretas (para las cuales el objeto fue creado).
Hay veces que la función del objeto, el deseo que
aplaca y la promesa que cumple, son tan abarcadores
y polisémicos que lo acercan a las obras de arte
contemporáneo (como en el caso de la literatura
de cordel nordestina), pero se distinguen de éstas
por elementos formales y de contenido: estilización
y simplicidad, destacado simbolismo y colorido,
entre otros. Las artesanías generan sus propias tradiciones y
códigos consensuados por el tamiz generacional,
los talleres y las maestranzas: no son piezas aisladas
y de captación limitada como suelen ser las de arte
moderno y las auténticamente naíf y brut, que además persiguen cierta novedad. En este sentido, y en el
de su funcionalidad, las artesanías son muy diferentes,
aunque compartan otros aspectos con el arte marginal
(su inscripción popular, la manualidad). Por otra
parte, existen distinciones sutiles que sólo pueden
señalarse durante el trabajo de campo o el estudio
de caso. Por ejemplo, no alcanza que una persona
realice un cuadro o una escultura sin conocimientos
plásticos previos para ser considerada un artista
ingenuo o marginal, debe existir una trayectoria
creativa en donde esa obra pueda “leerse”. Al mismo
tiempo, esa trayectoria no tiene porqué obedecer
a otros códigos de los que el artista se haya impuesto,
como sucede en la tradición popular y en manifestaciones
urbanas como la pintura callejera.
[1]
Por último, es preciso señalar que no existe una
base puramente objetiva para el estudio de estas
manifestaciones: depende de las valoraciones de
cada equipo de trabajo. Pero las dificultades para
establecer categorías que ayuden a analizar estas
expresiones en su singularidad no deben acotar el
espacio de la percepción y de las consideraciones
teóricas propiamente artísticas. Las fronteras entre
la alta cultura, la cultura popular y el arte marginal
suelen ser inoperantes, en especial cuando parten
de cierta pureza del sujeto. Un artista puede realizar
una obra ingenua, en la manera que representa el
espacio o en las dimensiones que otorga a las figuras,
pero no ser una persona ingenua en absoluto. Si
consideramos la ingenuidad como un atributo del
sujeto creador se corre el riesgo de estigmatizar
y alentar discriminaciones culturales y de clase.
Si se considera la ingenuidad sólo al interior de
la obra de arte, definiéndola por los elementos
formales, se puede incurrir en errores apreciativos
e interpretaciones forzadas (un estudio taxonómico
riguroso de la producción pictórica de Pedro Figari
“resultaría” naíf: dibujo con tendencia infantil,
gran ímpetu cromático, ausencia de perspectiva,
etc.). Una de las cuestiones medulares que nos plantea
el estudio de un arte ajeno a las tradiciones de
la alta cultura y de la cultura popular propiamente
dicha, es, por tanto, la de establecer cuáles son
las motivaciones profundas que mueven a estos artistas
autodidactas, qué los hace distintos y los vincula
entre sí, y de qué manera se puede historiar su
labor en un sentido artístico (y no psicológico,
sociológico, etc.). Si el individuo genera los medios expresivos para
crear una obra y no obedece a referencias plásticas
previas –referencias que desconoce–, se considera
que establece su propia manera de hacer, que concibe
su estilo.
[2]
En ciertos casos, las coincidencias
en una manera de “construcción” similar en las obras
de arte pueden deberse a las limitaciones técnicas
y de materiales escogidos: no es posible construir
una torre de arena de cinco centímetros de diámetro
por cinco metros de alto; las esculturas de cemento
exigen una estructura interna que favorece cierto
tratamiento volumétrico más “grueso” que, por ejemplo,
el mármol; las acuarelas generan un comportamiento
singular de las manchas, etc. Pero dejando de lado
estas convergencias derivadas de las propiedades
naturales del medio, en el modo en que son “resueltas”
las esculturas, las acuarelas, los castillos de
arena, se establecen pautas de estilo propio. Si por cada artista “otro” tenemos pautas de estilo
diferente, entonces la historia de este arte singular
coincidirá con la historia individual de los artistas
así denominados. Esta afirmación plantea algunas
complicaciones metodológicas evidentes, pues estudiar
caso por caso creaciones y artistas y luego vincular
sus obras con experiencias biográficas, supone un
abordaje extremadamente arduo en lo espacial geográfico
y en lo conceptual-vivencial. Ese camino difícil
es, en parte, el que aquí se ha trazado. Empero,
el estilo no es determinante para la selección de
temas (repertorio iconográfico) ni evita ciertas
similitudes formales que no están relacionadas con
la técnica (poéticas convergentes). Un estilo de
arte ortodoxo, una corriente estética madurada en
la alta cultura, una tendencia gráfica tomada de
la publicidad o los medios masivos de comunicación,
pueden oficiar de disparador para la imaginación
del artista espontáneo, naíf y brut.
La apropiación puede darse de manera intencional
y, más frecuentemente, de forma involuntaria. Las
derivaciones no regladas de los estilos artísticos
hegemónicos conducen a nuevos senderos en las artes
visuales. Por razones de conformación étnica, por decisiones
políticas, o por ambas a la vez,
[3]
la historia del otro arte en
Uruguay atraviesa estos fenómenos “apropiacionistas”
en desmedro de otros sistemas de expresión de larga
data, frecuentes en otros países de Latinoamérica.
Los orígenes Es un siglo corto y turbulento, el que contiene
esta historia singular, se debería decir, multiplicadamente
singular, por tratarse del producto artístico de
singularidades heterogéneas. ¿Pero cuándo comienza
exactamente? ¿Se inicia con la llegada de un constructor
catalán a la ciudad de Mercedes en el año 1916?
¿Surge en el entorno apacible de una jovencita de
buena familia que pierde sus horas copiando en grandes
lienzos las románticas postales de principio de
siglo? ¿O ingresa del brazo fuerte de la policía
junto con un pintor español al Hospital Vilardebó,
inadvertido entre las revueltas mayores del año
1904?
[4]
Este arte uruguayo distinto nace
con lo mejor y lo peor del siglo XX, como un correlato
de los discursos racionales, las promesas políticas
y los cimbronazos económicos que acompañan el final
de las guerras civiles y la consolidación de la
unidad del Estado. No atraviesa el mar. Nace aquí.
Se hermana con los sueños de nuestra razón. Y sin
embargo, la idea de que en nuestro país, culto y
moderado (amortiguado, diría Real de Azúa), no tiene
lugar el arte naïf ni el arte bruto, no ha sido
hasta el momento interpelada. En septiembre de 1851, un joven Juan Manuel Blanes
pinta Revista
del Ejército del General Manuel Oribe. El cuadro
representa a las fuerzas sitiadoras del Cerrito
en un momento de distensión. La regularidad con
que el pintor dispone los soldados, la estática
representación –que intenta sugerir movimiento y
volumen– de las frondas de los árboles, los pequeños
rostros del primer plano, todo el conjunto denota
cierta ingenuidad y un regodeo casi infantil en
la entonación cromática. Todavía en 1856, cuando
pinta dos momentos de la Batalla de Caseros en el Palacio de San
José de Entre Ríos, Blanes coloca a la caballería
como en una perspectiva infinita, que parece de
espejos enfrentados, sin lograr el escorzo ni la
ilusión del movimiento en las organizadas tropas
atacantes. Pero el artista está en pleno proceso
de aprendizaje. Su pintura, orientada por las enseñanzas de Antonio
Ciseri en la academia florentina, alcanzará pronto
los logros realistas por él ansiados. Aunque lo
parecen, esos cuadros no son los de un ingenuo sino
los de un joven artista formándose. Don Pedro Figari,
ya mayor, y un joven dibujante, Rafael Barradas,
optarán con conocimiento de causa y sobrado dominio
técnico, por algunos temas y formas expresivas afines
al dibujo infantil. Pero será una opción buscada
entre otras y reconocida primero en el extranjero
por las vanguardias del momento. El arte diferente
no amanece con ellos, los artistas que alcanzaron
en vida cierto renombre (aunque Uruguay suele ser
moroso en los reconocimientos). Toda la historia
del arte uruguayo podría leerse con arreglo a otras
coordenadas que las habitualmente advertibles en
los libros de texto. En efecto, así como podemos reconocer ciertos rasgos
infantiles en la producción de Figari y de Barradas,
también podríamos vislumbrarla en la de Joaquín
Torres García, un excepcional autodidacta, con su
capacidad para idear juguetes transformables o ilustrar
sus libros con dibujos carentes de toda solemnidad
y con un espíritu de gratuidad que nos hace olvidar
sus raíces constructivas. (Ese desenfado lo volveremos
a encontrar en José Gurvich, en ilustraciones de
Amalia Nieto, en las pinturas de Eva Olivetti).
La lista de los artistas uruguayos del siglo XX
que cabría mencionar dado su entronque con una estética
naïf, brut y marginal, es demasiado extensa para
mencionar aquí. Se trata, en todo caso, de un cambio
de expedientes desde los cuales una sociedad elabora
sus relatos históricos. Y lo que cambia no son los
nombres sino la manera en que acontecen los procesos.
Quizás fuera más acertado afirmar que es una antihistoria,
como una serie encadenada de disrupciones, de quiebres,
de fisuras: en primer lugar, como se dijo, una disrupción
respecto al estilo o a los estilos artísticos dominantes
en una contexto histórico dado; en segundo lugar,
un quiebre respecto a la iconografía adoptada por
la cultura oficial que busca “catalizar” nociones
de patria y de nación con carácter cohesivo-identitario;
y por último, pero no menos importante, una hendidura
en el discurso de los medios de comunicación y en
el avance casi omnipresente del mercado. Pioneros Viven al margen de las disputas entre positivistas
y espiritualistas. Pero tienen un pie puesto en
el siglo XIX y otro en el XX y esa inscripción calendárica
ambigua, como de gozne, repercute en sus posteriores
intereses creativos y en el talante demodé de sus obras. Son pioneros, adelantados: no se le podría llamar
antecesores, en el sentido de los que dejan sentado
un precedente, pues ningún artista reparó lo suficiente
en ellos como para continuar la línea de sus investigaciones
plásticas. Estuvieron en vida, como tantos artistas
“otros”, aislados, relativamente en el sentido de
sus vínculos con el arte ortodoxo, pero también,
al menos en dos casos, marginados en las antípodas
de la escala social: Ergasto Monichón, Italia Ritorni
y Francisco Matosas. Los dos primeros con una infrecuente
ascendencia “cultivada”, extremadamente longevos,
sus obras aparecerán sin incidencia sobre el medio
artístico en un par de muestras colectivas en las
que participan ya mayores, por separado, en los
años setenta del siglo pasado. Especialmente visible
es esa sensibilidad decimonónica que denota un tono
romántico en los tres. Poseían una imaginación desbordante,
con una tendencia al erotismo y una moderada inclinación
“tenebrista” (más evidente en Matosas) que es también
como un gajo que se desprende del romanticismo tardío
o de un modernismo arquitectónico interpretado libremente
y en calidad de ornato. Monichón (1891-1987), el cantante de ópera, trabaja
en silencio en los pabellones de la Colonia Etchepare
en la que se interna a los 36 años después de una
crisis. Permanecerá seis décadas en el manicomio,
pero sus imágenes no dejarán nunca de recordarnos
sus orígenes teatrales. Sus dibujos tampoco saldrán
físicamente de los pabellones psiquiátricos hasta
que una exposición organizada por la Galería U,
los coloca junto a los de otros compañeros de la
Colonia Etchepare: Raúl Javiel Cabrera y Oscar Musetti.
Para Italia Ritorni (1888-1986) las postales eran
un medio de ensoñación. Las recreaba y se recreaba
en su práctica. Proveniente de una familia acaudalada
del litoral, pintó desde jovencita, como uno de
esos gustos de las clases pudientes y liberales,
promesa de una vida sin complicaciones. Francisco Matosas (1886-1947) era un albañil, entre
los muchos inmigrantes catalanes que cruzaron el
océano en los albores del siglo XX buscando fortuna
en América. Su capacidad para el trabajo fue tan
potente como fecunda su imaginación, que desató
en variados relieves con rostros de mujeres-diosas,
chivos, vides, rosales y gauchos. Como constructor
llevó a cabo esta reelaboración de motivos dispersos,
con un estilo propio que bordea lo bizarro. Y aunque
la filiación de Matosas a la iconografía masónica
es dudosa, contribuye a una leyenda que se impone
ante los escasos indicios documentales y la fascinación
que ejerce en la actualidad el carácter casi bizarro
de su producción. Las importantes construcciones en la Estancia La
Carolina (paraje Bizcocho, Soriano) incluyen la
“simulación” escultórica de hongos, troncos, enredaderas,
serpientes y la elevación de pequeñas torres y castillos.
Interesa destacar también la vindicación a figuras
populares como el aviador mercedario Luis Tuya,
quien luchara y muriera en la Guerra Civil española
en el bando republicano, y a quien dedica una bella
y alicaída escultura en el frente de su casa.
[5]
Matosas, Ritorni y Monichón, los tres pioneros,
poseen algo más en común: guardan secretos. Matosas
no confía a nadie sus recetas para la mezcla de
pigmentos y material; los secretos mueren con él.
Ritorni se escapa a territorios de ensueño, no vive
para la pintura sino en la pintura. Sólo ella conoce
esa contraseña que le permite entrar al paraíso
intocado de sus telas. Se casa recién a los 70 años,
no deja descendencia. Monichón, que sufría delirios
de grandeza, no quiere proximidad con los desconocidos.
Los talleristas de la Colonia Etchepare no lo recuerdan
(porque no concurría a los talleres) y el galerista
Enrique Gómez, que lo busca para la exposición de
la Galería U del año 1970, no llega a verlo. El
artista apenas consiente en que lleven sus obras.
[6]
Hay un aspecto positivo en esta actitud: denota
el orgullo por su arte. Sobrevivientes de otras
épocas, de otros mundos, hombres y mujeres bisagras,
persisten en el acierto y en el error. Ese orgullo
del aficionado es materia nueva. Implica una relación
y un compromiso diferente con la propia subjetividad.
Es la conquista de un terreno que hasta entonces
la clase intelectual en general y los artistas en
particular veían con recelo: la posibilidad de formarse
a sí mismos y de exhibir sus errores y mañas con
altivez. * El siguiente texto ha sido extraído del libro Otro Arte en Uruguay (Pablo Thiago Rocca, Editorial Linardi y Risso, Montevideo, 2009), uno de los productos finales del proyecto homónimo cuyo principal cometido ha sido relevar artistas y obras en el campo de las artes plásticas uruguayas –pinturas, esculturas, murales, ambientes e intervenciones arquitectónicas– consideradas fuera de los cánones de la alta cultura. A través de este proyecto se ha buscado difundir la creación de artistas autodidactas, espontáneos, excéntricos, brut y naíf, ya sean actuales o históricos, cuya producción discurre en gran medida ajena a los parámetros habituales de valoración artística y a los circuitos institucionales de difusión cultural.
[1]
Pese a ser expresiones
relativamente espontáneas y no regladas, los graffiti no se consideran en este trabajo,
ya que para su confección se suele recurrir a
recursos gráficos y semánticos establecidos internacionalmente,
incluso se puede copiarlos gracias a los medios
de comunicación masiva (matrices para hacer esténcil
que se “bajan” de Internet, escuelas de graffiteros
que trabajan agrupados y difunden su trabajo en
revistas, televisión, etc.). Son manifestaciones
que ya cuentan con una tradición de cierto arraigo,
sin asociarse a los engranajes institucionales,
ni participar de los procesos de transmisión cultural
de larga vida, como en el llamado arte popular. [2] Siguiendo la línea de pensamiento de la etnoarqueóloga Polly Wiessner (“Style and social information in Kalahari San Proyectil points”, American Antiquity, No. 2, Vol. 48,1983), se entiende aquí el estilo en su acepción genérica, es decir, el modo en que se administran al interior de un objeto material (en este caso la obra de arte) las marcas que reflejan identidades sociales relativas. Si las marcas sociales del estilo desaparecen o se ocultan tras las individuales, entonces la tarea de identificación del estilo se transforma en la tarea del descubrimiento de las entidades individuales que lo generan, y su definición parece subsumirse, transitoriamente al menos, en los asuntos biográficos particulares.
[3]
Hay una larga y triste
cadena de sucesos que unen la matanza de los indios
charrúas en Salsipuedes organizada por Fructuoso
Rivera en 1831, con la renuncia de Pedro Figari
en 1917 al cargo de Director General de Enseñanza,
como resultado de presiones políticas. En este
último caso supone la desarticulación del “Plan
General de Organización de la Enseñanza Industrial”,
en el que Figari proponía una mirada sobre la
producción artesanal e industrial nacional basada
en iconografía prehispánica y en materias primas
nacionales. Entre uno y otro extremo temporal,
la tendencia “civilizatoria” ha significado muy
a menudo un verdadero desconocimiento y un prejuicio
de parte de las capas intelectuales de la ciudad
respecto a de la realidades ‘diferentes” del campo
y de las tradiciones rurales e indígenas.
[4]
Se hace referencia a
las circunstancias vitales de Francisco Matosas,
Italia Ritorni y Emilio Más, respectivamente.
[5]
Véase Luis Morales: Matosas, el constructor, Montevideo, Ediciones Cauce, 2007.
[6]
Entrevista con Enrique
Gómez. Montevideo, 25/06/2009.
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