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| Puesta en escena de Los Macbeth`s - 2009 |
La
cartografía actual del teatro uruguayo se
consolidó, en buena parte, durante los años
noventa cuando se instaló para quedarse un
grupo nutrido de creadores (Roberto Suárez,
Sergio Blanco, María Dodera, Gabriel Peveroni,
Mariana Percovich, Iván Solarich, Marianella
Morena, entre muchos otros) que conjugó la
mayoría de las veces la tarea del autor y
director, considerándolas como un todo orgánico
y construyó sobre los espacios no-convencionales
(o usos poco corrientes de los tradicionales)
el edificio de una estética ya pautada a finales
de la dictadura (1973-1985). La urgencia por
salir de la sala teatral, del corsé arquitectónico,
fue quizá el gesto simbólico más aparatoso
(aunque no el único) que la generación cumplió:
cualquier lugar, un pub, una estación de tren,
un galpón inhóspito o una sinagoga aventajaba
al teatro más confortable de la ciudad. Se
elaboró así la asfixia de los mensajes cifrados,
que la censura dictatorial había impuesto
en poéticas heterogéneas que incluían minimalismo,
antinaturalismo, dramaturgia europea (con
Heiner Müller a la cabeza, o su revisitación
rioplatense por el grupo argentino Periférico
de Objetos), estética post-industrial, cultura
televisiva, rock, kitsch, historieta, humor
popular, cine bizarro. Siglo XXI: tópico, repertorio y gestión Uno
de los cambios más significativos del sistema
teatro uruguayo en la primera década del siglo
XXI, ese momento en que los historiadores
como cirujanos aplican cortes apodándolos
periodizaciones, sucedió en 2004 (¿respuesta
directa o tangencial a la crisis económica
de 2002?). El estreno de Mi
muñequita -la farsa, de Gabriel Calderón
con dirección del mismo y Ramiro Perdomo,
marcó un antes y un después en los modos en
que la generación más joven comenzó a percibirse
en relación al quehacer teatral. “Mi Muñequita -la farsa- [es] el grito generacional,
la desesperación de una generación que ha
nacido muerta, condenada a un solo camino.
La terrible necesidad de la libertad que ha
sido vedada, niños condenados a repetir y
acentuar los errores de sus antecesores.”
[1]
palabras de Calderón que, a seis
años de su estreno, tienen el dejo de ley
y las grietas de su concepción del mundo.
El espectáculo ponía en escena con tonos estridentes
y crueles la historia de una familia disfuncional
en la que una niña y su muñequita parlante
lidiaban con adultos grotescos y violentos
que les imponían relaciones incestuosas y
torturantes, todo sazonado con humor negro
de alto calibre y canciones pegadizas de antaño,
algo que contribuía a una atmósfera detenida
en el tiempo, tozudamente “apolítica” (emblemáticas
sus declaraciones sobre la a-politización
–si ello fuera ontológicamente posible– de
su creación y las de sus pares sintetizada
en “Nuestra generación no ve el núcleo social
en la política, como otras que vivieron la
dictadura.”).
[2]
Sumamente efectivo a nivel espectacular,
innovaban en el contexto uruguayo sus tiempos
ágiles y los diálogos ocurrentes y desbordantes
de comicidad desenvuelta. Así, desde 2004
hasta hoy la última generación teatral declina,
con mayor o menor libertad según el caso,
una amplificación y reformulación del kitsch
concentrado en el microcosmos familiar que
había compendiado tan bien aquella obra, multiplicando
las versiones
de familia corrupta en la cartelera: humorística
y catártica en La redención de Fiorella Rabuffetti, dirigida
también por Ramiro Perdomo; grotesca y sazonada
con buenas cantidades de fervor religioso
en Santa familia Una historia sobre la liviandad del
ser,
de Alejandro Gayvoronsky, apostando a un trabajo actoral que usa y abusa de la rigidez, la
repetición, la mecanicidad y la aceleración;
absurda en Sonámbulos. El estado hipócrita de Luciana Lagisquet con intercambios
nonsense
a máxima velocidad, entre muchas otras. Mi muñequita ofreció,
a muchos nuevos teatristas, el combo ideal:
un ready-made temático y un repertorio de recursos escénicos entre los
que figuraban el uso de la música en clave
almodovariana-kitsch (en Mi muñequita la canción de la famosa película
Cría
cuervos en varias versiones, otras en
las siguientes puestas y textos del propio
Calderón, sobre todo en Uz-
el pueblo de 2006 y Las nenas de Pepe de 2007), de la coreografía
frontal (actores que bailan en fila como grupos
musicales adolescentes) elemento que irrumpe
en la acción casi como un reclamo publicitario,
de la actuación exacerbada, antinaturalista,
alejada de los cánones del “buen decir” todavía
cortejados por mucha producción uruguaya.
El
fenómeno Calderón condensa además en su imagen
joven y dinámica una capacidad de gestión
sin precedentes en las generaciones anteriores:
en pocos años crea una compañía de artes escénicas,
Complot, que aglutina buena parte de los creadores
jóvenes del medio; participa de congresos
y festivales, estrena sus espectáculos en
las salas más importantes del circuito teatral
montevideano; y en especial, con menos de
25 años ocupa el cargo de Coordinador General
de Programas y Proyectos Culturales de la
Dirección Nacional de Cultura del Ministerio
de Educación y Cultura, el cuarto en importancia
tras del Ministro de Educación y Cultura.
Pero
la hegemonía, como sucede siempre, es sólo
parte del cuento. En el populoso mundo de
la producción teatral veinteañera coexisten
formas aisladas de surrealismo remasterizado
(Harold
y Bety de Verónica Perrotta y Pablo Albertoni, El Gallinero, creación colectiva de Los polacos con dirección de Rafael
Bottaro), psicologismo stylish
(Quitamanchas de Sofía Etcheverry), absurdo
revisitado (Cajas
chinas de Jimena Márquez) y teatro de
objetos (El
Azul de Yamandú Fumero y Analía Torres).
Teatro contra la desmemoria En
esta breve cartografía del teatro nacional
actual, los más nuevos ocupan sólo una finca
entre las propuestas que intiman por su mole
al espectador desprevenido el sábado a la
noche.
[3]
Una de las formas de diseñar el
mapa hecho, como todos, de monumentos y espacios
nuevos, zonas intermedias y zonas rojas, pero
esencialmente parcial y con grandes zonas
baldías aún por construir, es posible señalando
algunas de sus tendencias textuales, performativas,
espectaculares. Una de las constantes que
atraviesan sin excepciones el espectro generacional
es la investigación sobre la memoria durante
la dictadura cívico-militar. Luego de 1985
poder decir efectivamente lo que antes sólo se insinuaba –o se ponía en clave– burlando
esa “escena bajo vigilancia”, como la llama
Roger Mirza en su reciente libro dedicado
al tema,
[4]
supuso buscar otros códigos estéticos,
discursivos y expresivos que replantearan
las bases de una comunicación efectiva entre
dramaturgos, directores, actores y espectadores.
El inicio del siglo XXI selló la consolidación
de una agenda
que tenía a la memoria como centro de interés.
Los estrenos de Para abrir la noche (2001) y Memoria para armar (2002)
de Horacio Buscaglia, Las cartas que no llegaron (2003) de
Raquel Diana (sobre la novela de Mauricio
Rosencof), Elena Quinteros, presente (2003) y Resiliencia (2006) de Marianella Morena, La embajada
(2005, estreno 2007) escrita y dirigida por Marina Rodríguez y No digas nada, nena (2007, estreno 2009) de Sandra Massera,
[5]
entre muchísimos otros, dieron cuenta de algunas zonas de ese territorio
inabarcable por definición. Por
esa línea se filtró Pátina
[6]
escrita, dirigida y actuada,
junto a otras dos actrices, por Verónica Mato
que abre otra caja de Pandora, al poner un
último aunque no definitivo eslabón a la cadena:
la experiencia de los hijos de detenidos-desaparecidos.
Rechazando el lenguaje frontal y explícito
para construir un clima más que una denuncia,
Pátina se presentó, ya desde el programa
de mano, como un texto necesariamente trunco:
“¿cómo narrar lo inenarrable, lo que se escapa
al lenguaje? […]En la catástrofe de la identidad,
de la desaparición-forzada, de la apropiación
de las personas sólo hay balbuceo”, pero fundamentalmente
(y este es uno de sus puntos más sugestivos)
se ofreció como una experiencia y una voz
exclusivamente generacionales “de los que
crecimos con estas historias, con estas dudas”.
El espectador se enfrentaba a la historia
de dos hermanas cuya comunicación naufraga,
repetidamente, por la relación de cada una
con la propia memoria: una vive en el pasado,
completando con recuerdos inventados los huecos
de su vida; la otra en un presente perpetuo,
mudando de nombre como de vestimenta (implantando
una noción fluida de género), improvisándose
identidades y espacios nuevos. Pátina instala la duda para prolongar irremediablemente los alcances
de la dictadura hasta el presente, hasta la
última generación (su directora es una de
las jovencísimas de nuestro teatro) sugiriendo,
a contrapelo de muchos pares, que aquellos
que todavía no conocen su verdadero origen
o que no se lo cuestionan siquiera continuarán
siendo víctimas. La reescritura como vuelta al origen La reescritura, el descuartizamiento
y reordenamiento de textos en el teatro contemporáneo
lejos de denotar “vanguardia” se ha convertido
en una práctica rutinaria. El texto dramático,
concebido como un organismo dinámico a disposición
del autor, director, actores y técnicos se
construye sólo a través de una mirada perversa
que le imprime parte de su desvío. En 2009
dos directoras de la generación de los 90
antes mencionadas, Marianella Morena y María
Dodera intervinieron a Shakespeare. Sus apropiaciones
diferentes son, en cierta forma, antitéticas
del bardo: lo utilizaron cuando fue necesario,
abandonándolo después sin empacho ni culpa,
saliendo de una lógica de respeto/no respeto
que tanto afectó y afecta a nuestros países,
y a toda su producción simbólica, desde los
orígenes hasta hoy. Con
una posición desenvueltamente postcolonial
que Edward Said adoraría, Las Julietas, de Morena, aunque multiplicase
en el título el nombre de su personaje más
enamorado e infausto, no reservaba para Shakespeare
la primera fila. El espectáculo funcionaría
sólo en la medida en que el público entendiera
que el centro de interés, el objeto del discurso,
no pasaba por el uso del británico, ni siquiera
por el acto parricida o por una decidida superación
de la angustia de su influencia: desde el
primer parlamento hasta el último los actores
ofrecían un espejo, más o menos grotesco (tanto
como seamos capaz de verlo/nos) del Uruguay
de los últimos sesenta años. La operación
no es nueva en la directora: como sedujo y
abandonó a Molière cuando ya no lo necesitaba
para escribir desde un lugar propio (Don
Juan, el lugar del beso, 2005) y a Florencio
Sánchez para darnos una versión aggiornata de sus restos (Los
últimos Sánchez, 2006), lo mismo hizo
con Shakespeare. A través de cuatro actores
en escena que sugerían algunos “tipos” autóctonos,
Las Julietas mapeaba la identidad nacional (anclada en frases tomadas
de la jerga futbolística “soy celeste” o “uruguayos
campeones”) para descomponerla y rearmarla
luego con una mirada extrañada. El espectáculo
de Morena no acompañaba de la mano al espectador
en su recorrido por el nuevo orden: había
que transitar solo por los parlamentos fragmentados,
por los sentidos fragmentarios, tener ganas
de ese fill
in the blanks obligado para disfrutar
el viaje. Presentada
en la Casa Municipal de la Cultura, Los
Macbeth’s de Dodera
[7]
proyectaba otro tipo de contrato
con el espectador, más inclusivo. Las peripecias
de esa pareja sanguinaria era contada a través
de los ojos curiosos y fetichistas del mayordomo
que llevaba al público, esta vez casi de la
mano, a recorrer la casa señorial elegida
por la directora, anunciando los peligros
y llamando la atención sobre algunos rincones
oscuros (invitándolo incluso a su minúscula
habitación privada –es decir a un espacio
literalmente fuera del drama). El recorrido
por ese infierno mental que propuso Shakespeare
en su tragedia se mutaba en promenade por un espacio concreto donde cada
tanto aparecían la Lady y su marido. La operación
de Dodera pasaba por una variación sobre el
punto de vista: todo estaba filtrado por la
mirada devota del súbdito que desarticulaba
y potenciaba el disfrute del público. En definitiva,
Dodera formulaba una de las pocas miradas
que podemos mantener con propiedad desde la
colonia -para retomar a Said- agregando a
las tantas versiones una nuestra
y por lo tanto excéntrica, es decir, literalmente
fuera del centro. Fernando
Nieto, un joven estudiante de etología, debutó
(texto, dirección y actuación) en 2008 con
Quiroga
con la luz prendida, narración
escénica, basado en la vida trágica
del
escritor uruguayo Horacio Quiroga (1878-1937).
[8]
Texto-caníbal, una vez puesto en escena borraba las distinciones
entre obra y vida, realidad y ficción, pasado
y presente, aludiendo y explorando a la vez
fragmentos vírgenes del mito quiroguiano por
medio de una performance
estratificada. El espectador era colocado
frente a una maqueta o caja escenográfica
en la que Quiroga relataba, era contado por
sus personajes y escuchaba de otras bocas
sus propios cuentos. “La narración escénica”
de Nieto interesa como ejemplo paradigmático
de una práctica dramatúrgica que adhería al
sujeto tratado desde diferentes lugares, pero
además por el grado de sofisticación e inteligencia
incorporada al texto-espectáculo: la precisión
de las actuaciones, de los ritmos dramáticos,
lo esencial y efectivo del espacio escénico
imponían un rigor insólito, abrieron un nuevo
equilibrio. El comediante y su público ante el abismo Cerrar
el panorama con Roberto Suárez, mencionado
al comienzo de estos apuntes conserva algo
del gusto por las simetrías que toda escritura
genera, pero en especial, quiere constatar,
como en el caso de Morena y Dodera, la continuidad
en nuestro medio de ciertas poéticas o figuras
(su espectáculo de exordio fue en 1990 con
Las fuentes del abismo y le siguieron Kapeluz (1994), Rococó Kitsch (1996), El bosque
de Sacha (2000) El
hombre inventado (2005) herederas de una
concepción teatral que espacia entre “E.T.A.
Hoffmann, Tadeus Kantor, Gombrowitcz, la cultura
trash, post-industrial, el realismo fantástico
latinoamericano, una cinemateca ecléctica,
la fiesta profana”, como declaró a propósito
de El
hombre inventado el propio Suárez. Con
un ritmo de producción que en la última década
se ha ido espaciando en el tiempo, algo que
parece garantizar la excelencia, el director
estrenó en 2008 La
estrategia del comediante. Ambientado
en una casa señorial y completamente derruida
del Prado, un barrio patricio de la belle époque, hoy decadente y fuera del circuito teatral, La estrategia del comediante cambiaba las modalidades de acceso típicas del medio: carente
de habilitaciones estatales por la labilidad
de sus instalaciones, la difusión del espectáculo
evitó los medios de comunicación masivos,
activando un “boca a boca” entre los espectadores.
Bastaba la llamada a un celular para reservar
la entrada, rigurosamente gratuita y limitada
a veinte personas por función. Suárez dejaba
afuera con su elección off-
off, al gran público. El conflicto que la obra desplegaba era tan absoluto como el abismo ante la fugacidad del hecho teatral. Sencilla de narrar como todas las tramas, irremediables esqueletos insulsos de la maquinaria espectacular, La estrategia del comediante colocaba al público, en la primera habitación de la casa, frente a una compañía teatral que se disculpaba por la imposibilidad de representar la obra prometida pues esta acababa de bajar de cartel. La buena voluntad de la compañía compensaba la falta con el relato de su puesta en escena y la exhibición de restos de objetos, fotos, vestuario, anécdotas de los actores. Suárez desmontaba en lugar de montar, cedía del espectáculo su cadáver, obligando al público a lidiar con una caducidad irremediable y anunciando al mismo tiempo las posibilidades de transitar simbólica y materialmente esa quimera. Como en las más memorables producciones de Suárez, lo que pasaba en escena se acercaba siempre desafiante al funcionamiento perfecto y mecánico de un reloj o un autómata: actores, objetos, texto y los mismos espectadores habitaban y alteraban una casa que a su vez se modificaba, a lo largo del espectáculo, para ellos (impactante la escena final en que la casa se inundaba realmente ante la mirada extrañada del público). Con su exploración de formas creativas abstractas, La estrategia del comediante va a la esencia de la labor teatral o mejor a esa fugacidad irremediable que constituye del teatro, a un tiempo, el peor vicio y su mejor virtud. [1] Citado en http://www.ciacomplot.com/
[2]
Citado en http://www.espectador.com
[3]
La cartelera anual de Montevideo, la capital, convida con más de
150 espectáculos para una población de alrededor
de un millón y medio de habitantes
[4]
Roger Mirza: La escena bajo
vigilancia. Teatro, dictadura y resistencia.
Un microsistema teatral emergente bajo la
dictadura en el Uruguay, Montevideo,
Banda Oriental, 2007.
[5]
Ganadora del Premio Florencio 2009 como Mejor Texto de Autor Nacional.
El Florencio es el premio que desde 1962
otorga la ACTU (Asociación de Críticos Teatrales
del Uruguay) a la labor teatral.
[6]
Nominada al Premio Florencio 2009 como Mejor Texto de Autor Nacional.
[7]
Nominada al Premio Florencio 2009 como Mejor Dirección.
[8]
Ganadora del Premio Florencio como Mejor Texto de Autor Nacional
en 2008.
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