![]() |
![]() |
NAHELA HECHAVARRÍA POUYMIRÓ |
||||||||
| Vista de la Galería Latinoamericana - Exposición Crónicas de México |
Cuando se
piensa en México, pueblan nuestra mente cientos de imágenes.
La impronta de sus pueblos originarios y el devenir del
arte en ese país, desde el colonialismo español hasta
la actualidad, dan fe de una cultura rica en símbolos
e historia. A lo largo del siglo pasado, gran cantidad
de creadores han tratado de apresar la esencia de lo mexicano,
lo que nos ha dejado como legado una galería de imágenes
diversa y polémica. Si desde su
aparición el grabado propició la democratización del arte,
fue luego de incluirse en los periódicos, libros y revistas
que generó una nueva relación del hombre con el entorno
y la realidad sociopolítica de su tiempo.
[1]
Con la voluntad de realizar un periodismo más atractivo y dinámico
–marcado por la inmediatez y el tema a representar–, el
grabado trataba de “ilustrar” los hechos acontecidos.
De esta suerte, a finales del siglo XIX
y principios del XX, la obra de José Guadalupe Posada ayudó a conformar
una imagen de México que desbordó las planas periódicas
para ingresar en el dominio de lo trascendente. Posada, quien
nace en Aguascalientes en 1852, es una figura singular
en la historia del arte mexicano. A los dieciséis años ingresa al Taller de
José Trinidad Pedroza, que consideró su mejor escuela
litográfica y de grabado en madera. La expresividad
y el rigor de sus magníficos trabajos dieron cuenta de
tradiciones y fiestas populares,
[2]
corridas de toros, caricaturas y eventos
políticos, la violencia imperante durante el Porfiriato,
los movimientos de tropas insurgentes y algunos enfrentamientos
en Podría decirse
que Posada anticipa al artista mediático, ese que concibe
los medios de reproducción técnica y comunicación como
el espacio de gestación y promoción de sus piezas, conceptos
e ideales.
[4]
Mostrar al
público cubano la colección de estampas de este maestro
mexicano que Si bien Posada
solo alcanza a referir los primeros años de [1] Papel que la fotografía ocuparía de forma definitiva una vez inserta en la prensa, también por esos años. [2] Se dice que junto al escritor, editor e impresor Antonio Venegas Arroyo, originario de Puebla, lograron arraigar el Día de Muertos como una fiesta mexicana.
[3]
La primera de las calaveras, Posada la realiza en 1889,
motivo que continuó hasta la última, en 1912, que personifica
la imagen de Francisco I. Madero.
[4]
Sus ilustraciones aparecieron en publicaciones
como El Jicote,
Era diciembre de
1970 y Julio Le Parc, el protagonista de una de las muestras
más recordadas y disfrutadas por los jóvenes estudiantes
de la entonces Escuela Nacional de Arte, así como por el
numeroso y diverso público que visitó los salones de La complicidad artista-obra-receptor
cobró aquí un papel inusitado no solo a conveniencia del
primero, pues fue el receptor quien, partícipe del proceso
creativo, condicionó la validez estética de una propuesta
alejada de la tradicional actitud contemplativa. Allí se
incitaba al juego, a la vivencia artística como disfrute,
[1]
a implicarse en la acción
también a través de pruebas y solicitudes del artista, con
encuestas al público en las que se consultaba, por ejemplo,
la elección de un trabajo para que quedara en Cuba de forma
permanente. Estas iniciativas eran herederas de las búsquedas
e intervenciones que el Groupe
de Recherche d´Art Visuel (GRAV) –al que pertenecía
Le Parc– había llevado a cabo en las calles parisinas pocos
años antes, y que tan bien recibidas fueron en su momento.
[2]
Pero lo que más
destacó en esta primera entrega de Le Parc al público cubano
fue el tránsito de los niveles de participación desde la
imagen aparentemente estática que influía en el ojo del
espectador, hasta móviles y luces pulsantes que modelaban
espacios, y creaban ambientes insólitos. Un concepto artístico
fundamentado en el lugar del receptor y su consumo
activo de la obra de arte (abierta, inacabada, en progreso…).
Once años después,
en 1981, Le Parc inaugura en Tras casi tres décadas
de ausencia, el retorno, una vez más, a Le Parc. Lumière cierra un año notable en el que En 1981, Le Parc
apuntaba: Esta actitud de experimentación
continua presupone riesgo a la equivocación pero también
procura la alegría de la aventura, al ir desarrollando algunas
de las múltiples posibilidades de cada vía. En esta actitud de investigación
y en el desarrollo de la experimentación, conviene alejarse
de vez en cuando de las certidumbres, sin dejar de someter
los hallazgos a una voluntad de reflexión y análisis.
[3]
¿Cómo entender si
no la posición de un artista inconforme, en constante conflicto
con lo logrado, inquieto por explorar materiales y recursos
para trascender sus propios límites? Tres son las instalaciones
que propone Le Parc a todo aquel dispuesto a penetrar lo
inefable. Se dice que iluminar espíritus puede ser tarea
difícil, pero a veces basta tan solo proponérselo. Lumière
en vibration, Lumière en mouvement y Lumière visualisée constituyen una prueba
de la fuerza en la composición, la luz que cualifica espacios
y crea estados de ánimo, movimientos insospechados. Un lugar
para salir de uno mismo, con la magia y la belleza de los
primeros momentos.
Para aquellos que
a fines de diciembre de 1970 descubrieron maravillados la
propuesta de un joven aunque ya consagrado artista como
Julio Le Parc, esta nueva entrega podría quedar como un reencuentro lleno de nostalgias
y expectativas.
[4]
Sea pues, el camino
al asombro, la imaginación, la vivencia. Para jóvenes y
no tan jóvenes. Para todos.
[1]
Prueba de ello lo constituyeron los “tiros al blanco”
con pelotas y dardos, pisos en desnivel y asientos con
resortes, por solo citar algunos ejemplos. [2] Un día en la calle (19 de abril de 1966), intervención del GRAV en espacios céntricos de la capital francesa, como La Ópera o Champs Elyseés. [3] Fragmento del texto de Julio Le Parc publicado en el catálogo de su exposición Modulaciones, Galería Latinoamericana, octubre-noviembre de 1981. [4] El hecho de que las obras tenga un arco temporal singular (Lumière en vibration, 1968; Lumière en mouvement, 1962-1999 y Lumière visualisée, 1962-1981) no hace sino reforzar esta idea de continuidad.
Anamaría a flor de piel NAHELA HECHAVARRÍA POUYMIRÓ La
memoria es siempre un ejercicio cuyo trasfondo emotivo
supone una revisión consciente: seleccionamos qué guardar
del pasado, cómo lidiar en la distancia con lo ya acontecido.
Es ahí dónde la fotografía –como uno de los medios de
apresar el presente– deviene instrumento útil frente
al olvido. Fotografiar
significa apropiarse de lo fotografiado, lo que quedará
para el futuro como imagen de eso que somos o fuimos,
una manera de cuestionar el presente desde su circunstancia.
Esa temporalidad intrínseca de la imagen fotográfica,
mágica y poderosa a la vez, hace que Anamaría McCarthy
constantemente recupere, reconstruya en su obra la historia
de su vida. La
mujer como objeto de la fotografía tuvo siempre un espacio
especial. Durante décadas se explotó la gracilidad de
sus formas en el desnudo, usualmente desde la visión
del hombre-fotógrafo. Sin embargo, en los últimos treinta
años, innumerables artistas mujeres han dirigido la
mirada hacia su imagen, para descubrir la inutilidad
de un ideal de belleza en el que la apariencia se convierte
en símbolo sexual, moneda de cambio para el ansiado
reconocimiento social. La perspectiva de género asumidas
por varias fotógrafas –entre ellas Eugenia Vargas (Chile),
Marta María Pérez (Cuba), Karla Solano o Sussy Vargas
(Costa Rica) y Lissie Habbié (Guatemala)– condicionó
una relectura de la representación femenina a través
del cuerpo, fragmentado o no, dentro del discurso sobre
la mujer y su circunstancia específica.
McCarthy
por su parte, aunque comienza en el arte a través de
la pintura, la cerámica y el grabado, será seducida
en 1987 por la fotografía que pasará a ser su exclusivo
medio de expresión. El
retrato, de larga presencia en la historia de la manifestación,*
devino la vía de volver la mirada sobre sí: develarse
ante el mundo para intentar entenderlo. Dejar la piel
al descubierto, fundida a la película fotográfica como
una segunda capa protectora, frágil límite ante lo real
(Vuela el alma, 2001). Sus imágenes son,
entonces, estadios de conocimiento, en tanto el rostro,
el cuerpo, el objeto, refieren experiencias vividas
o escenificadas, quimeras, incertidumbres (Mis sueños tienen tus ojos, 1996; La última escena, 2006). Asimismo,
la fotografía le ha permitido revisitar la historia
familiar e incidir en la construcción de la memoria.
Al apropiarse de fotos de sus antepasados (padre y abuelo
respectivamente) e insertarse por voluntad como parte
de la imagen, funda un nuevo recuerdo, íntimo, personal,
irrepetible (On the road 1935 o La jugadora
1938-39). La tonalidad sepia-siena de muchas de
estas imágenes puede verse como una actitud nostálgica,
una evocación que trasciende hacia lo atemporal, aún
cuando se refieran fechas y lugares. Sin embargo, estas
fotografías son una suerte de desdoblamiento emocional
que pretende recuperar en el “documento” fotográfico, tres generaciones… una vida. El
tema de la herencia, el legado transmitido de padres
a hijos, pasa a ser central también en imágenes donde
la relación con la madre (El
amor en mi memoria, 1994) o la descendencia (Madre
e hija, 2008), magnifican y proyectan el espacio
de la memoria, lo heredado. Anamaría
McCarthy trabaja sobre su cuerpo, sí, y lo vuelve receptáculo,
fuente, vehículo para el tránsito entre la realidad
y la fábula. En Madre
e hija, la gran escala (90 x Sean
pues, piel y memoria, los caminos para conocer a la
artista, la mujer: Anamaría McCarthy. *
La importancia que
adquieren los estudios fotográficos desde mediados
del siglo XIX determina su proliferación en todo el mundo y contribuye
a democratizar la representación en el arte, antes
privativa de las clases pudientes. El retrato fotográfico,
con toda la carga de auto(rre)presentación que comporta,
años más tarde devino práctica habitual junto a las
fotos familiares y de aficionados, en un afán por
apresar momentos de la existencia personal o colectiva.
En nuestro continente ya en el siglo XX,
estos estudios fotográficos han posibilitado el análisis
antropológico-social de regiones y culturas disímiles,
entre ellos destacan los estudios Martínez-Illá (luego
Martínez-Otero, Cuba), Casasola (México) y la obra
de Martín Chambi en Perú.
|
|||||||||
![]() |
![]() |
|||||||||
![]() |
![]() |
|||||||||
![]() |
![]() |
|||||||||
![]() |
![]() |
|||||||||
![]() |
![]() |
|||||||||
![]() |
||||||||||
![]() |
![]() |
|||||||||
![]() |
![]() |
|||||||||
![]() |
![]() |
|||||||||
![]() |
![]() |
|||||||||
![]() |
||||||||||