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| Miguel Luciano - Platano Pride (detalle) - 2006.jpg |
La proyección internacional del arte del Caribe constituye una de las problemáticas más recientes dentro de la historia del arte de la región. Este proceso intensificado en la década del noventa del pasado siglo le permitió una mayor visibilidad dentro del ámbito insular y también fuera de él. [1] Al mismo tiempo, emergieron limitaciones relacionadas con la manera de entender el universo caribeño. De manera que las megaexposiciones que tuvieron lugar en este periodo no solo giraron la mirada hacia un espacio geográfico apenas explorado en materia artística, sino que situaron nuevas inquietudes e interrogantes. Si bien los proyectos expositivos que inauguran los primeros diez años del nuevo milenio procuran repensar, desde sus distintos perfiles, la complejidad de nuestros procesos socio-culturales, reinciden en la desconexión de los distintas áreas lingüísticas. Un proyecto como Latitudes. Tierras del mundo, en su edición del 2002, supuso una mirada al Caribe francófono quedando fuera el resto de los espacios. De esta manera resultaba inconcluso cualquier intento de problematización sobre el arte y la cultura caribeña en su totalidad. No es hasta Infinite Island, una exposición realizada en el Museo de Brooklyn de Nueva York en el 2008, donde se logra armar una noción más amplia del universo que nos ocupa, aún cuando es perceptible el predominio de artistas anglófonos e hispanos. [2] Pareciera repetirse el episodio de Caribbean Visions (Miami, 1996), su único y más directo antecedente en el mapa cultural estadounidense. Pero en este caso Infinite Island tuvo la peculiaridad de agrupar artistas que, mayoritariamente, se encontraban residiendo y trabajando en el Caribe. [3] Dicha supremacía del espacio geográfico caribeño como emisor fundamental de sus discursos artísticos contemporáneos mostró que aún sigue siendo el núcleo central frente al ensanchamiento continuo de los bordes culturales tradicionales. Sin dudas, Infinite Island se propuso abarcar los diversos conflictos sociales y culturales que devienen en temáticas fundamentales del arte caribeño. El discurso racial, las encrucijadas identitarias asociadas en algunos casos al tema de la insularidad, la migración y el vasto universo de la religiosidad hilvanan las líneas conceptuales básicas de la muestra. En ella se supera la intención primaria de visibilizar nuestra producción artística y se propone una visión reflexiva del arte caribeño y sus problemáticas. La preocupación por los conflictos humanos trasciende el marco de lo local para colocarse en la órbita de un lenguaje más universal. Ello cobra sentido en la localización fragmentada del arte de la región, no así dispersa y desconectada. En este caso Nueva York emerge no solo como uno de los centros artísticos de mayor legitimidad en el escenario contemporáneo sino también como una de las más decisivas extensiones de la cultura caribeña actual. Uno de esos “enclaves” que el sociólogo boricua Juan Flores describe como prolongación de la experiencia múltiple de lo caribeño. [4] Dentro de las multifacéticas miradas al Caribe de los últimos años cabría preguntarse si Infinite Island propuso nuevos paradigmas para los estudios culturales de la región. En primer lugar, considero necesario analizar las bases conceptuales
sobre las que se concibió el proyecto, apuntando
como referencia el artículo publicado por
su curador en el catálogo. En segundo lugar,
valorar los datos cuantitativos que ofrece
la exposición (a través de su catálogo),
en vistas a identificar aquellos valores
o cualidades que permitan justificar los
criterios de selección, así como enunciar
los principales problemas que atraviesa
el discurso y la producción artística. Coordenadas conceptuales Es harto conocido que los estudios sobre el Caribe suscitan el conocimiento y la sistematización de determinadas nociones. Sin que resulte una interpretación manida, cada análisis remite a la agencia de dos variables fundamentales: la historia y la geografía, [5] lo cual podría entenderse, como expresa Tumelo Mosaka en sus palabras al catálogo de la exposición, en términos de tiempo, espacio y lugar. [6] Sin embargo, dicha fórmula ha moldeado los comportamientos y discursos humanos desde antaño. De manera que cabría preguntarse cuáles son los rasgos que denotan su especificidad en la experiencia del Caribe que supera su primaria dimensión ontológica. La contradictoria y tempestiva naturaleza caribeña supone valores que escapan de asiduas definiciones. El viaje, uno de los grandes mitos y realidades de la región, compone cada una de estas variables. Al mismo tiempo constituye una práctica habitual en otras culturas del mundo. Según Benítez Rojo –refiriéndose a la cualidad poética del viaje–, “lo que sí es característico de los caribeños es que, en lo fundamental, su experiencia estética ocurre en el marco de rituales y representaciones de carácter colectivo, histórico e improvisatorio”. [7] Llama la atención como en el Caribe esta paradoja cobra fuerza de manera multiplicada. La isla que se repite no es más que la revelación poética del movimiento, de la prolongación infinita que incita el carácter itinerante de la cultura. La repetición es entendida desde el ritmo incontenido, desde el flujo continuo de fuerzas centrípetas y centrífugas que se manifiestan, como el propio Benítez Rojo advierte, dentro de un caos. Para la exposición, Tumelo Mosaka define el espacio insular y el
lugar insular como zonas que no coinciden
necesariamente. El Caribe como lugar es para el curador, la zona geográfica que abarca
los territorios insulares situados en el
mar Caribe y aquellos territorios continentales
que comparten un mismo pasado histórico
de colonización.
El Caribe como espacio se manifiesta como ese meta archipiélago cultural que define Benítez Rojo sin centro y sin límites.
[11]
Marcado por los continuos
flujos y transferencias
de personas y también de prácticas culturales.
[12]
En este sentido el borde
se entiende como un indicador provisional
y desde esta perspectiva lo transterritorial
no solo se nos muestra como fundamento iniciático,
sino como experiencia diaria,
hasta como una suerte de teleología
insular. Nueva York, otra isla dentro de ese archipiélago interminable… En una de sus más recientes publicaciones, el catedrático puertorriqueño Juan Flores, sostiene que el momento que nos ocupa exige rejerarquizar las viejas preguntas sobre la identidad. Es así como reconoce el imperativo del dónde como interrogante que precede al qué y al cómo somos. [13] Flores, al igual que otros importantes sociólogos del área, nos sitúa sobre la problemática de enfrentar el estudio de la cultura caribeña desde una noción ampliada a partir de los vínculos entre los lugares de origen y las nuevas áreas de emplazamiento. [14] Pero esos lugares de origen no solo se inscriben al marco de la cuenca caribeña sino que incluye a los nacidos fuera del área pero que mantienen vínculos estrechos con la cultura de la región. Uno de los datos de mayor interés dentro de la exposición es la presencia notable de artistas no nacidos en el Caribe pero que, sin dudas, realizan una obra conectada con las problemáticas locales desde sus experiencias individuales (como emigrantes o descendientes de caribeños). Es el caso de la artista Deborah Jack, que nació en Holanda, creció en San Martín y en la actualidad se encuentra residiendo y trabajando en los Estados Unidos. Su trabajo fotográfico titulado T/Here refleja el conflicto del aquí y el allá que atraviesa la mayoría de los que habitan las islas. Dos espacios, el que se habita físicamente y el que se evoca desde la memoria. Así son los planos que la artista nos muestra. El interior de un apartamento (en Nueva Jersey, Paris, Londres…) y el paisaje exterior del espacio de ensueño. En el medio de ambos se sitúa un agujero, límite de experiencias que solo se cruzan desde el deseo y la necesidad de contemplación. ¿Es el orificio ese aleph sobre el cual la artista cree observar su ambiguo universo? Esta relatividad de las áreas de origen y los lugares de emplazamiento nos muestran la imposibilidad de emitir determinaciones categóricas. Estas problemáticas constituyen el escenario desde el cuál se articulan y sobre el cual operan los discursos artísticos más recientes. La producción simbólica, como el ser caribeño, se encuentran sujetos a nuevas formas de creolización y transculturación. En la obra de Miguel Luciano Plátano Pride (2006) se exponen los nuevos patrones de la puertorriqueñidad. El plátano, como icono simbólico, se exhibe con orgullo pero esta vez no en calidad de sustento. En este caso deviene en accesorio acorde con los nuevos modelos de proyección social. El artista puertorriqueño, quien reside en los Estados Unidos, llama la atención sobre las formas en que se visibilizan las identidades contemporáneas. Lo complejo de las recientes formas de hibridación que le atraviesan es que no se instituyen, únicamente, desde los intercambios entre los territorios de origen y los nuevos sitios de asentamiento, sino que se dan dentro las redes que se trazan entre distintas comunidades diaspóricas. [15] De esta manera las dinámicas y los vínculos culturales entre los caribeños, latinos y otros grupos de inmigrantes complejizan el mapa cultural de los territorios insulares y de la propia metrópolis. [16] La comunidad caribeña en Nueva York es en su gran mayoría del Caribe hispano. Boricuas, dominicanos, cubanos dibujan el universo latinocaribeño de la gran ciudad. Este dato no resulta novedoso si conocemos los históricos vínculos existentes entre ambas zonas. [17] De los artistas participantes que se encuentran trabajando y residiendo fuera del área del Caribe, la mayoría se localiza en Estados Unidos, lo cual se explica no solo en su hegemonía dentro del circuito artístico internacional, sino en su condición de receptor de comunidades transnacionales, en este caso caribeñas. [18] Es bien claro que una cartografía de la cultura y el arte caribeño trasciende el marco geográfico. Redimensiona, como en ningún otro momento, la necesidad de estudiar nuestras problemáticas dentro de las coordenadas de un sistema-mundo, es decir, dentro de una red de enlaces no solo locales sino globales. Citando nuevamente a Flores: “Paris, Londres, Toronto, Ámsterdam, Nueva York y una vastedad de lejanos centros urbanos son ahora, de cierta manera, islas caribeñas, o de hecho, nuevos polos de intersección entre diversas experiencias y tradiciones culturales caribeñas y no caribeñas.” La movilidad como fundamento constitutivo del ser caribeño tiene
la particularidad de multiplicar, de repetir
su centro infinitamente. Es la memoria y
no el olvido quien impide que el hilo del
aquí y el allá se quiebre. Infinite Island propone más puentes que
separadores; incita a la conexión cultural
por encima de las barreras políticas, jurídicas,
lingüísticas. En este sentido, exige reorientar
los discursos nacionalistas tradicionales
y la formas de localización geográfica y
cultural del sujeto y el arte caribeño.
Y algo muy importante para la historia del
Caribe: la descolonización como proyecto
histórico para el siglo XXI y como motivación
que orienta el pensamiento y la creación
caribeña, debe asumirse desde los retos
que plantea la translocalización. * Profesora deL Instituto Superior
de Arte (ISA) de
[1]
Ver Yolanda Wood: “Arte
del Caribe. El decenio que terminó el
siglo XX”, Arte por Exelencias, No. 1, 2009, pp. 13-18.
[2]
Países que participan según el lugar de origen de los artistas:
Cuba (10), Jamaica (6), República
Dominicana (5) Puerto
Rico (4), Haití (3), Trinidad y Tobago
(3), Martinica (1), Nevis (1), Monserrate
(1), Barbados (3), Curazao (1) y Suriname
(2). Los seis artistas restantes se inscriben
dentro de la categoría de nacidos fuera
del área geográfica del Caribe.
[3]
De los cuarenta y cinco
artistas participantes, veintiséis trabajan
y residen en el Caribe; dieciséis lo hacen
fuera; y solo tres combinan ambos
espacios.
[4]
Juan Flores: Bugalú y otros
guisos. Premio Casa de las Americas,
La Habana, 2009.
[5]
Ver Gordon K. Lewis: The Contemporary
[6]
[7]
Antonio Benítez Rojo. La isla
que se repite,
(Fotocopia), p. xxviii.
[8]
Ibídem, p. xxxii.
[9]
Margarita Mateo Palmer y Luis Álvarez Álvarez: El Caribe en su discurso literario. Edit.
Oriente, Santiago de Cuba, 2005, p. 96.
[10]
Gaston Bachelard: La poética
del espacio. Fondo de Cultura Económica,
Buenos Aires, 2000, p. 192.
[11]
Antonio Benítez Rojo: La isla
que se repite. Op. Cit., n. 7.
[12]
Juan Flores: Bugalú y otros
guisos. Premio Casa de las Américas,
La Habana, 2009.
[13]
Juan Flores: Bugalú y otros
guisos. Premio Casa de las Américas,
La Habana, 2009.
[14]
Jorge Duany: Puerto Rican nation on the move.
Identities
on the island and in the United States.
[15]
Ver Juan Flores. Ob. Cit., p. 124.
[16]
Ver Ramón Grosfoguel y Nelson Maldonado-Torres: “Los latinos, los
migrantes y la descolonización del imperio
estadounidense en el siglo XXI”, Tabula
Rasa, No 9, julio-diciembre
2008.
[17]
Un estudio de
las áreas lingüísticas representadas en
la exposición así lo confirma.: el 49
% de los artistas involucrados provienen
del Caribe Hispano, le sigue en un 33
% el Caribe Anglófono,
el área francófona (10%) y la holandesa
(8%).
[18]
De los dieciséis artistas que residen y trabajan fuera del Caribe,
diez lo hacen en los Estados Unidos.
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