Yo, sola

El arte de Ana Mendieta

YOLANDA WOOD


Guanaroca- Cueva del Águila, Parque Jaruco - La Habana - 1981

 

La soledad fue una compañía para Ana Mendieta. Se refugió en ella para acompañarla. Anduvo con Ana, nunca la abandonó y se marcharon juntas. Convivieron en íntima relación y habitaron en un lugar común, en el mismo cuerpo con el que la artista entabló su diálogo trascendente entre la vida y el arte. Ambas lo hicieron posible. Desde ese lugar común encontraron a los demás y superaron el aislamiento de la existencia del cuerpo en su mismidad. La trasgresión de ese binomio unitario las sedujo y el reto fue asumido como un signo de fuerza comunicativa. Con su cuerpo y la soledad, la obra de Ana Mendieta  reinventó un modo de existir del sujeto en los imaginarios del lenguaje visual. El proceso fue compensatorio para quienes llevaban consigo, también, otras soledades encubiertas. La obra de Ana, en su trayectoria creativa,  la condujo –definitivamente– a quedarse en las páginas de la historia del arte.

Un relato en cuatro tiempos de la autora cubana Sonia Rivera-Valdés residente en Nueva York, se me reveló imprescindible cuando escribía estas cuartillas. [1] La profunda sensibilidad de la autora, su fabulación y fluidez en la escritura, aportan todos los matices necesarios para distinguir la singular  personalidad de la niña nacida en Cuba que llegó adolescente a los Estados Unidos, donde creció y murió. Ana Mendieta de “conducta tantas veces incomprensible” se construyó un universo de afecciones y emociones que la hicieron profundamente sensible a todos sus recuerdos. “La luna la fascinó tempranamente”, escribe Rivera-Valdés, y con su compañía perdió los temores a dormir sola y su “ansiedad nocturna”,  lo que pareció un  verdadero milagro a sus familiares, quienes nada preguntaron porque “les dio miedo romper el sortilegio con palabras”. Ana tampoco dijo nada y así el silencio cubrió con su velo la aventura que fue toda su vida.  

Lo más importante era sacar a Ana de Cuba. El peligro era inminente 

Ana fue parte de aquel acontecimiento insólito por el cual niños y niñas, solos, fueron enviados por sus familiares a Estados Unidos bajo la creencia de las campañas mediáticas tejidas contra la revolución que triunfó en Cuba en 1959. Se trató de uno de los acontecimientos más traumáticos construidos por la propaganda anticomunista de los años 60: la revolución cubana haría perder a los padres todos los derechos sobre sus hijos y  la patria potestad. Aquella labor de difamación creó a su vez las redes necesarias para organizar la salida de los niños. Aunque parezca  increíble, ese programa para fomentar la separación familiar se llamó Operación Peter Pan. Muchos, con edades entre cuatro y catorce años partieron así. Ana Mendieta llegó a los Estados Unidos con doce años. La esperaba una familia de Iowa que la tomó en adopción.

Mentira, todo mentira, se repetía Ana, muda y con los ojos secos, la noche de la llegada al aeropuerto de Miami. Se lo repitió como una antífona durante todo el viaje a Iowa. Y le parecía tan mentira que su mamá, su papá y su abuela y tía hubieran inventado la historia macabra, la llevaran al aeropuerto y la montaran en un avión sola, para que un hombre alto y un poco viejo la esperara en Miami y le hiciera aquella historia de Rusia , para que una mujer alta y rubia también, que ella nunca había visto , para que una persona a quien ni siquiera entendía lo que hablaba la montara con ella en otro avión y la llevara ...tan irreal era todo...

Ana pensó, “que estaba en el purgatorio”, solo que “no recordaba el juicio. Pero tampoco recordaba haberse muerto... la tranquilizó encontrar un nombre para el lugar del desamparo”.  

Qué suerte que en el purgatorio no te quitan la memoria 

Puede comprenderse la dificultad de Ana en ese momento esencial de la vida que es la adolescencia. Así creció en un medio ajeno al que con el tiempo se añadirían otras nuevas complejidades por mujer, extranjera (latino-cubana además) y emigrada. Relata Sonia Rivera-Valdés que siendo niña, el deseo de lograr lo que no poseía, la había llevado a pedir en su carta a los Reyes Magos una varita mágica. Así podría tener un hermano y amiguitas. Pero la varita que su madre colocó entre sus regalos no funcionaba, pensaba Ana. La negra Domitila le explicaba el acto mágico que significaban convertir harina y azúcar en las galletitas que tanto le gustaban, por ejemplo, o las claras de huevo en merengue. Pero los consejos de la querida cocinera de la casa familiar no convencían a Ana, que tanto creía en todo lo que Domitila decía. Y es que Ana quería, con su magia, hacer personas.

En Iowa, “lo que más la impresionó de la nieve fue el silencio[... ]Y tanto silencio blanco le dio miedo”. Era su primer invierno en los Estados Unidos. En el patio de la casa  salió de sus manos un gran muñeco de nieve, relata Sonia Rivera-Valdés. Con su ancha nariz, los labios gruesos y un tabaco en la boca que se había hecho comprar para sorpresa de los padres de adopción; le colgó a la figura de nieve, su nombre en el cuello: Domitila, y la besó. Ana había hecho la escultura de un recuerdo. La había hecho sola y callada,  “… ella no necesitaba varitas ni invocaciones para crear personas, animales, hasta diosas si se lo proponía. Solo necesitaba sus manos y madera, sus manos y rocas, sus manos y nieve. Ya era maga”.

Ana Mendieta estudió artes plásticas, y se graduó de multimedia y video en la Universidad de Iowa. El arte fue su magia, y con él hizo del acto de creación otra compañía inseparable. Comenzó a elaborar sus estrategias artísticas a partir siempre de su propio cuerpo. Un discurso de género identificó sus obras tempranas, un espíritu de reivindicación  por la manera como exploró el cuerpo a partir de las trasmutaciones y la deformación, eliminando toda versión idealizada de la figura femenina. Un concepto se proyectó en sus obras: Yo sola... mi cuerpo, soporte, y la metamorfosis, elemento esencial del discurso. Contra todos los clichés, Ana estableció como punto de partida de su trabajo artístico, su cuerpo y la desnudez. No había nada que ocultar. Su cuerpo  no estimulaba ninguna sensualidad, nada de “bella mulata latina”. Todo lo contrario. Su voluntad fue de cambio de formas e identidad: ser ella siendo otro y viceversa.  

La magia estaba en sus manos… en  la contemplación de una de sus siluetas, las fijas en tierra, las que flotaron, sus siluetas de llamas… 

Ana procedió artísticamente de una manera muy original desde el inicio. Una vez concebido el performance en el que ella misma actuaba como protagonista, el resultado era  filmado, la acción se testimoniaba visualmente y se documentaba en fotografía o video. La artista era consciente de esa relación entre el concepto y el proceder técnico-artístico, uno y otro se situaban entre ella y la cámara. De esa total complicidad surgía la imagen. La dimensión comunicativa se experimentaba en un doble sentido: de una parte, la exposición del resultado que socializaba el solitario proceso de la acción performática, y de otra, el modo en que Ana provocaba la atención y la reacción del público al colocarlo, a través de sí misma, ante  escenarios inesperados.

En todas esas acciones se implicaba la artista. Ella misma las concebía, construía y de-construía. La muestra visual de los resultados era tan impactante como sorprendente. Asimismo, la noción de límite fue permanentemente violentada como postura crítica y transgresora. El arte era un medio y un fin en sí mismo. Y fue desde esas alternativas que Ana elaboró las esenciales estrategias de su poética al explorar en sus obras no solo la transfiguración del cuerpo sino también la situación del sujeto en situaciones límites.

La larga serie Siluetas, realizada entre los años 1973 a 1980, ofrece la más amplia y completa perspectiva de este trabajo en soledad, de Ana y su cuerpo. La integran resultados fotográficos en blanco-negro y color, realizados en Iowa y México. Experiencias de body-art,  performance y land-art, se combinan en un modo personalísimo de creación para definir lo que Ana denominó earth-body sculptures. Esta nueva etapa de su trabajo da continuidad al fundamento de su trabajo precedente en cuanto a su concepto del cuerpo como portador de mensajes. Pero más que la transfiguración, en Siluetas, Ana trabaja con la huella. Siempre ella sola en la naturaleza. El fuerte contraste entre lo efímero y lo permanente ofrece en esta serie una clave iconográfica que acerca muchas de sus obras a las edades tempranas de la humanidad y a una conciencia de lo mítico y primitivo.

En esa intención, acude al pasado del hombre y de la historia. Ana Mendieta  reinstaló su cuerpo en la tierra y entabló con ella una transferencia de energías. Se enterraba y se envolvía, dejaba sus marcas en la orilla de los ríos y hacía de esas siluetas sobre las arenas húmedas un espacio de confraternidad con los orígenes ancestrales de todo lo viviente. Desde la tierra a la tierra usando su cuerpo como médium, como amuleto y estandarte. El lenguaje del cuerpo y sus marcas hacía fructificar en ella las ansias de un retorno a lo primigenio y genésico.

En hacer de la tierra un espacio de ida y vuelta, de encuentros vivificadores, la obra de Ana Mendieta ha sido paradigmática. De sus numerosas obras, pues vivió su corta trayectoria artística con enorme vigor, Siluetas fue un gesto de  comunión con la tierra. Su cuerpo sobre la hierba o la arena, integraron momentos simbólicos del paisaje. Con sus huellas, Ana entablaba diálogos de poder con la naturaleza. Es muy probable que ella haya entregado mucho más de lo que recibía, pero justamente en ese sentido se forjaba su confianza de estar y ser, en el contacto con las fuerzas telúricas. Quizás por eso Ana no comprendió la tierra como superficie, borde o límite. Ana la penetraba, se internaba en ella, se cubría con plantas y flores. Ana quería ser ella y estar allí. En el acto de penetrabilidad y contacto, el mutuo intercambio nos remitía a los albores del hombre,  a lo fecundo y creador.   

Cuando comenzó Siluetas, la filosofía de su obra y los medios expresivos de Ana Mendieta estaban ya definidos. Ella construyó su contexto artístico personal de manera atípica por el carácter que le impregnó a las obras su postura participante y por los recursos que empleaba tanto artísticos como extra-artísticos: sangre y dinamita, agua y fuego, barro y limo. Como en la evolución histórica del arte, Ana Mendieta reprodujo el proceso de auto-reconocimiento del sujeto, su síntesis identitaria, de sí mismo a su huella, de su cuerpo a su silueta, a partir de configuraciones visuales sintéticas y abstractas. Se trató además de un ciclo de nacimiento, vida, muerte, ¿resurrección? Son marcas de los tiempos del hombre en el paisaje. 

La toma de posesión que significaba el acto creador, comenzaba en ella que era el hilo conductor de su proceso artístico. Tal vez por eso no sólo iba a la tierra, sino que la tierra iba con ella a la manera de algunas doncellas africanas, que al casarse –decía Ana– llevaban siempre una bolsita con la tierra de su lugar de origen. Un talismán y una promesa. Toda su obra fue un gran ritual que hizo de la tierra  y del reencuentro con ella un mito fundador para el retorno espiritual hacia sí misma. 

[] sus diosas de Escaleras de Jaruco 

Ana entabló una relación de poder con la naturaleza poseedora de todos los saberes. Sobre las rocas de una cueva en las afueras de La Habana, en el interior de las Escaleras de Jaruco, Ana talló imágenes en relieve cargadas de la historia ancestral de la cultura taína. Las obras  permanecen allí, en el retiro profundo de la gruta. Una sintaxis peculiar las llena de misterios, por el modo en que la antigüedad de los tiempos primigenios se sintetiza en ellas. Mujer y fertilidad son los signos combinados en la imagen y el título de sus piezas. El pasado de la humanidad, el de la venus paleolítica por su forma, el de los cemíes aruacos por su denominación. Una fuerza antigua las integra. No hay caos en la relación de Ana con las edades de la historia y sus contextos de significación, al parecer solo distantes para el sujeto que interpreta. No hay separación del pasado sino apropiación, y una interacción que en su obra estuvo profundamente cargada de respeto a todas las fuerzas creadoras.

Ana no inventó el mundo sino que prefirió inscribirse en él; y con su obra, hacerse y sentirse parte de ese cosmos donde los mitos revivían en la profunda soledad ritual de su proceso creador.  Ana logró ser península, caverna, bahía y volcán. Su poética artística construyó la paradoja de acompañarse de un proceder efímero de magnitud trascendente por el modo y lugar de sus realizaciones y emplazamientos: los sitiales donde el hombre siente y presiente la permanente renovación de su existencia.

La soledad es un espacio de vacíos y silencios. Ana Mendieta, buscó intensamente ser de un lugar con tronco y raíz, magma y lava, mareas y corrientes. Lo encontró en ese espacio común que pertenece a todos, y ante la tierra se inclinó para dejar con su cuerpo la huella de su presencia y nutrirse de todo lo que ella ofrece. Fue así que logró hacer del acto creador su espacio de libertad. Ella y su soledad. 

El dolor cesó[] Se acercaron al cuerpo, comenzaron a examinar su espacio inmediato, a hacer preguntas, a tomar notas. Mucha gente la rodeaba. Al acercarse los más volvían la cara, incapaces de soportar la visión. A ella no la amedrentaba. El sol recién salido hacía brillar la sangre esparcida. La contempló con calma por primera vez, con percepción de artista cautivada por la apariencia de aquella figura asimétrica que resplandecía cubierta de un rojo brillante. Era tan semejante a sus esculturas.  

Ana Mendieta murió en Nueva York, el 8 de septiembre de 1985, día de la Caridad del Cobre.  

Cojímar, septiembre 2010.



[1] Todas las citas y fragmentos indicados entre comillas y en cursiva, pertenecen al texto de Sonia Rivera-Valdés: “Ana en cuatro tiempos”, Historia de mujeres grandes y chiquitas, Editorial Campana, New York, 2003. Agradezco a la autora el haber tenido la gentileza de poner en mis manos tan imprescindible lectura. Gracias Sonia.

Al leer este artículo, Sonia Rivero-Valdés comentó: “Ana en cuatro tiempos es la huella de lo que fue la totalidad de Ana, de la misma forma que sus siluetas trascienden su vida como ser humano para convertirse en huella de su concepción del mundo y de la vida. Estos cuentos tienen una parte grande de fábula... muchas cosas están creadas por mi imaginación y mi percepción de Ana.”

 


Guanaroca- Cueva del Águila, Parque Jaruco - La Habana - 1981   Guanaroca- Cueva del Águila, Parque Jaruco - La Habana - 1981
     
Sin título - Iwoa - 1977   Sin título - Iwoa - 1978
     
    Sin título - México - 1982