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ORLANDO
HERNÁNDEZ Son
libros muy distintos, con estructuras y características muy peculiares,
pero con muchísimas cosas en común, probablemente porque han salido
de las mismas manos, ya que ambos han sido concebidos, ordenados, cuidados
página a página, imagen a imagen, letra a letra, es decir, editados,
curados por la misma persona: la historiadora de arte María Cristina
Vives. Muchos
ya saben –al menos los artistas y los que trabajan en galerías y museos–
en qué consiste la tarea de un curador, pero todavía confundimos el
oficio del editor con el de un corrector, ese personaje –también imprescindible–
que persigue y extermina sin piedad las erratas, las muletillas, los
malos usos del gerundio y trata de mejorar –o eso se espera de ellos–
el estilo a veces irregular o temperamental de los escritores. El editor
es una cosa bien distinta. Es quien decide el qué y el cómo de un libro,
y también el para qué y el a quiénes estará dirigido. Y desde luego,
es el que determina quién o quiénes serán sus autores, sus colaboradores,
sus traductores, sus diseñadores. En el caso del libro de Belkis, por
ejemplo, Cristina tuvo la suerte de contar con un archivista e investigador
impecable para realizar el catálogo razonado, me refiero al maestro
José Veigas, quien como el antiguo archivero Lao Tsé, constituye desde
hace muchos años una figura legendaria, mítica dentro de nuestra cultura
y a quien debemos más homenajes que los que pueden habérsele otorgado.
El diseño de ambos libros también se vio privilegiado por la pericia
de un matrimonio de magníficos diseñadores: Laura Llópiz para el libro
de Belkis y Pepe Menéndez para el libro de Figueroa. Y en ambos casos,
los libros han salido bajo el sello de una editorial también de lujo,
Por
razones obvias, comenzaré por el libro de Belkis, por tratarse de una
mujer, de una artista excepcional y por no hallarse físicamente entre
nosotros. Aunque ya sabemos –los que creemos en esas cosas– que en modo
alguno Belkis podría estar ausente en la presentación de su propio libro.
El libro Nkame: Belkis Ayón
es uno de los más hermosos homenajes que alguien pueda dedicarle a un
artista. Con textos de la propia Cristina Vives, de la profesora Lázara
Menéndez y del crítico de arte David Mateo, entre otros colaboradores,
está hecho con la exigencia, la lucidez y la elegancia que sólo se alcanzan
cuando se utilizan, junto a las sólidas herramientas del conocimiento,
las herramientas de la fidelidad, de la amistad, del amor. Y aquí resulta
obligado decir en dos palabras, pero apretando bien el lápiz para remarcarlo,
que Creo
que más que un “catalogo razonado” el libro de Belkis Ayón es también
un catalogo “apasionado”. Y habría que añadir que apasionante. Es un
libro exhaustivo, enciclopédico, que reúne de manera bien documentada,
minuciosa toda su producción artística, desde las etapas más tempranas
(que algunos disfrutarán quizás por vez primera) hasta sus monumentales
grabados de madurez. Como sabemos, Belkis se dedicó casi de manera exclusiva
a representar en sus obras los personajes, los símbolos, los mitos y
los ritos de El
libro de José Alberto Figueroa es verdaderamente un libro atípico, inusual.
Y ya sabemos el regocijo que provocan los libros inusuales. Creo que
sólo Cristina Vives podía haberlo organizado y escrito de este modo.
Como ha dicho en su prólogo, pudo contar con el privilegio de estar
demasiado cerca, pero también logró situarse suficientemente lejos para
no ver comprometida su objetividad, ya que, como sabemos, Figueroa no
sólo es su esposo sino también, en este caso, su objeto de estudio.
A pesar de que la obra de Figueroa no ha llegado a ser todo lo conocida
y admirada que debiera (y esto quizás no es sólo consecuencia de su
modestia, sino de ciertos prejuicios estéticos y estilísticos que hemos
ido acumulado en los últimos años con respecto a la creación fotográfica),
la decisión de no reunir en su primer libro solamente sus obras más
logradas, más impactantes, sus “mejores fotos”, me parece un gesto sumamente
valiente. Aunque el libro está lleno de excelentes fotos, tal decisión
permitió, sin embargo, una enorme ganancia. Muy pocos se hubieran atrevido
a renunciar a las utilidades de la vanidad artística (tan abundante
en estos tiempos) en beneficio de la veracidad histórica. Porque el
libro narra de forma contundente, fluida y atractiva, a través de las
fotos de Figueroa y la escritura de Cristina –con un ensayo final de
Dannys Montes de Oca– no sólo la vida y la obra de este perspicaz observador
de nuestra realidad y experimentado fotógrafo, sino nada más y nada
menos que la historia de la nación cubana en estas últimas cuatro décadas;
una historia donde aparecen no sólo elegantes y hermosas mujeres, niños
sonrientes, campesinos, soldados, macheteros con el rostro tiznado y
feliz, sino también los personajes y ambientes que revelan nuestras
desgarraduras y dramatismos, entre otras, los dolorosos exilios y las
guerras fuera del territorio, con sus nostalgias, sus soledades y sus
tumbas. Y aparecen también, quizás por vez primera en una iconografía
cubana, fotos de aquellos adolescentes con supuestas “debilidades ideológicas”
que alguna vez fueron considerados “enfermitos” o “elvispreslianos”
e injustamente estigmatizados por el pensamiento oficial por vestir
a la moda, usar sandalias, escuchar rock o tener el pelo un poco
más largo. Todo esto me parece sumamente importante porque la
vida de Figueroa, ya sea como miembro de los Estudios Korda, como foto
reportero, como corresponsal de guerra o simplemente como fotógrafo,
ha estado mezclada, ligada, entretejida a una parte importante de la
vida de nuestro país, de nuestra sociedad, de nuestras familias, aunque
muchas de sus fotos hayan sido tomadas no sólo en el Vedado, en Cojímar
o en Muchas
gracias a los autores y a todos los que han colaborado en la confección
de estos dos magníficos libros. Y gracias a ustedes por escucharme. * Texto leído por el autor a propósito de la presentación,
el pasado 10 de septiembre en el Museo Nacional de Bellas Artes de
La Habana, de los volúmenes
José A. Figueroa. Un autorretrato
cubano y Nkame. Belkis Ayón. |
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