Orlando Hernández y Moraima Clavijo. Directora del Museo Nacional de Bellas Artes

Orlando Hernández durante la presentación

Katia Ayón y José A. Figueroa

Portadas de libros


Una solapa para dos libros: Belkis y Figueroa

ORLANDO HERNÁNDEZ

Este texto va a ser muy breve. Y muy simple. Exactamente como los que aparecen en las solapas de los libros. Y voy a leerlo con la misma rapidez con que todos leemos las solapas, para no perder mucho tiempo y poder disfrutar cuanto antes del contenido de los libros. Pero debo confesar que me gustaría que mi texto tuviera al menos el tamaño de un prólogo, de una introducción, de un ensayo, pues creo que tengo bastantes cosas que decir (todas buenas) sobre estas dos magníficas publicaciones, ambas recién salidas del horno: una dedicada a la obra de la inolvidable grabadora Belkis Ayón y otra a la de un veterano de la fotografía cubana, José Alberto Figueroa. Por el momento voy a controlar mis deseos de hablar sobre estos dos artistas y sobre sus obras, porque entonces tendría necesidad de utilizar varias solapas. Y ya podrán disfrutar de las obras y leer mucho más cuando tengan los  libros en casa.   

Son libros muy distintos, con estructuras y características muy peculiares, pero con muchísimas cosas en común, probablemente porque han salido de las mismas manos, ya que ambos han sido concebidos, ordenados, cuidados página a página, imagen a imagen, letra a letra, es decir, editados, curados por la misma persona: la historiadora de arte María Cristina Vives.  

Muchos ya saben –al menos los artistas y los que trabajan en galerías y museos– en qué consiste la tarea de un curador, pero todavía confundimos el oficio del editor con el de un corrector, ese personaje –también imprescindible– que persigue y extermina sin piedad las erratas, las muletillas, los malos usos del gerundio y trata de mejorar –o eso se espera de ellos– el estilo a veces irregular o temperamental de los escritores. El editor es una cosa bien distinta. Es quien decide el qué y el cómo de un libro, y también el para qué y el a quiénes estará dirigido. Y desde luego, es el que determina quién o quiénes serán sus autores, sus colaboradores, sus traductores, sus diseñadores. En el caso del libro de Belkis, por ejemplo, Cristina tuvo la suerte de contar con un archivista e investigador impecable para realizar el catálogo razonado, me refiero al maestro José Veigas, quien como el antiguo archivero Lao Tsé, constituye desde hace muchos años una figura legendaria, mítica dentro de nuestra cultura y a quien debemos más homenajes que los que pueden habérsele otorgado. El diseño de ambos libros también se vio privilegiado por la pericia de un matrimonio de magníficos diseñadores: Laura Llópiz para el libro de Belkis y Pepe Menéndez para el libro de Figueroa. Y en ambos casos, los libros han salido bajo el sello de una editorial también de lujo, la Editorial Turner de Madrid. De manera que un editor tiene que usar la lupa, desde luego, pero sobre todo necesita de los telescopios, de los radares, de los GPS, porque debe tratar de buscar y alcanzar –y hacernos alcanzar, descubrir– horizontes lejanos, visiones más amplias, panorámicas, y también rincones ocultos,  desconocidos, para que el libro no constituya un rutinario y previsible amasijo de textos e imágenes que nos haga encogernos de hombros a pesar de la importancia del tema o el nombre del autor. El editor es propiamente un creador, un autor, aunque a menudo no aparezcan sus textos en el libro. Y aquí no puedo dejar de mencionar que Cristina Vives tiene el envidiable average de haber editado cinco grandes libros de arte en cuatro años y ha sido autora o coautora de todos ellos, incluido el que hoy se presenta, el de su esposo José Alberto Figueroa. Tal productividad y la altísima calidad que acompaña su creación editorial, basada en la gestión individual, independiente, no institucional, debiera avergonzar o cuando menos sacar los colores a la cara a más de una editorial con plantillas mucho más numerosas. La producción editorial independiente, sobre todo en materia de libros de arte, ha alcanzado en Cuba en los últimos años un nivel envidiable, y Cristina Vives ha sido, sin lugar a dudas, una de las pioneras en ese monumental esfuerzo. Al parecer, todo consiste en proponerse empecinadamente en realizar las cosas a pesar de las carencias, de las dificultades, de la apatía ambiente, y en hacerlas bien, que es como único deben hacerse. 

Por razones obvias, comenzaré por el libro de Belkis, por tratarse de una mujer, de una artista excepcional y por no hallarse físicamente entre nosotros. Aunque ya sabemos –los que creemos en esas cosas– que en modo alguno Belkis podría estar ausente en la presentación de su propio libro. El libro Nkame: Belkis Ayón es uno de los más hermosos homenajes que alguien pueda dedicarle a un artista. Con textos de la propia Cristina Vives, de la profesora Lázara Menéndez y del crítico de arte David Mateo, entre otros colaboradores, está hecho con la exigencia, la lucidez y la elegancia que sólo se alcanzan cuando se utilizan, junto a las sólidas herramientas del conocimiento, las herramientas de la fidelidad, de la amistad, del amor. Y aquí resulta obligado decir en dos palabras, pero apretando bien el lápiz para remarcarlo, que la Doctora Katia Ayón, la hermana de Belkis, ha venido contagiando a todos a su alrededor con la necesidad de usar esas herramientas. Y definitivamente lo ha logrado. A Katia habrá que agradecer, como a Cristina por su libro, que la imponente obra de Belkis Ayón haya podido continuar su ciclo vital entre nosotros. Muchos artistas cubanos a los que la marea ha llevado hacia otros territorios no han tenido esa suerte y siguen resultando invisibles, desconocidos para las actuales generaciones, de manera que nuestra historia del arte siempre está coja, incompleta, y da la impresión de que siempre comienza desde cero, o desde hace sólo un par de años. Y esto es algo que de alguna manera logran remediar las exposiciones y los libros de arte. 

Creo que más que un “catalogo razonado” el libro de Belkis Ayón es también un catalogo “apasionado”. Y habría que añadir que apasionante. Es un libro exhaustivo, enciclopédico, que reúne de manera bien documentada, minuciosa toda su producción artística, desde las etapas más tempranas (que algunos disfrutarán quizás por vez primera) hasta sus monumentales grabados de madurez. Como sabemos, Belkis se dedicó casi de manera exclusiva a representar en sus obras los personajes, los símbolos, los mitos y los ritos de la Sociedad Secreta Abakuá, de ahí que el título de su libro utilice con total propiedad la palabra nkame, que en la lengua de los abakuá quiere decir, relato, discurso, oración, elogio. Su libro posee toda la información disponible sobre su corta e intensa vida, muchas imágenes y un amplísimo número de textos críticos y autobiográficos y de fotografías personales de la artista. Y como si las páginas del libro no fueran suficientes, se ha incluido un CD con mucha más información. La cultura cubana puede enorgullecerse y dar un salto de alegría, como todos nosotros, por contar con una publicación como ésta. Gracias Cristina. Gracias Katia. Y muchas felicidades, Belkis. 

El libro de José Alberto Figueroa es verdaderamente un libro atípico, inusual. Y ya sabemos el regocijo que provocan los libros inusuales. Creo que sólo Cristina Vives podía haberlo organizado y escrito de este modo. Como ha dicho en su prólogo, pudo contar con el privilegio de estar demasiado cerca, pero también logró situarse suficientemente lejos para no ver comprometida su objetividad, ya que, como sabemos, Figueroa no sólo es su esposo sino también, en este caso, su objeto de estudio. A pesar de que la obra de Figueroa no ha llegado a ser todo lo conocida y admirada que debiera (y esto quizás no es sólo consecuencia de su modestia, sino de ciertos prejuicios estéticos y estilísticos que hemos ido acumulado en los últimos años con respecto a la creación fotográfica), la decisión de no reunir en su primer libro solamente sus obras más logradas, más impactantes, sus “mejores fotos”, me parece un gesto sumamente valiente. Aunque el libro está lleno de excelentes fotos, tal decisión permitió, sin embargo, una enorme ganancia. Muy pocos se hubieran atrevido a renunciar a las utilidades de la vanidad artística (tan abundante en estos tiempos) en beneficio de la veracidad histórica. Porque el libro narra de forma contundente, fluida y atractiva, a través de las fotos de Figueroa y la escritura de Cristina –con un ensayo final de Dannys Montes de Oca– no sólo la vida y la obra de este perspicaz observador de nuestra realidad y experimentado fotógrafo, sino nada más y nada menos que la historia de la nación cubana en estas últimas cuatro décadas; una historia donde aparecen no sólo elegantes y hermosas mujeres, niños sonrientes, campesinos, soldados, macheteros con el rostro tiznado y feliz, sino también los personajes y ambientes que revelan nuestras desgarraduras y dramatismos, entre otras, los dolorosos exilios y las guerras fuera del territorio, con sus nostalgias, sus soledades y sus tumbas. Y aparecen también, quizás por vez primera en una iconografía cubana, fotos de aquellos adolescentes con supuestas “debilidades ideológicas” que alguna vez fueron considerados “enfermitos” o “elvispreslianos” e injustamente estigmatizados por el pensamiento oficial por vestir a la moda, usar sandalias, escuchar rock o tener el pelo un poco  más largo. Todo esto me parece sumamente importante porque la vida de Figueroa, ya sea como miembro de los Estudios Korda, como foto reportero, como corresponsal de guerra o simplemente como fotógrafo, ha estado mezclada, ligada, entretejida a una parte importante de la vida de nuestro país, de nuestra sociedad, de nuestras familias, aunque muchas de sus fotos hayan sido tomadas no sólo en el Vedado, en Cojímar o en la Sierra Maestra sino también en la Florida, en Nueva York, en Berlín o en Angola. No es entonces sólo un libro de arte, de fotografía artística, sino uno de los más interesantes estudios biográficos, antropológicos, sociológicos, políticos sobre Cuba y los cubanos que yo haya conocido. Un estudio realizado con la fotografía y desde la fotografía, y donde la imagen fotográfica y la escritura –como los matrimonios bien llevados– se complementan de forma excepcional. Y donde el Figo es a la vez el que retrata y el que a la larga resulta siempre retratado, autorretratado. De ahí también lo impecable del título: Jose Alberto Figueroa: un autorretrato cubano.  

Muchas gracias a los autores y a todos los que han colaborado en la confección de estos dos magníficos libros. Y gracias a ustedes por escucharme.       



* Texto leído por el autor a propósito de la presentación, el pasado 10 de septiembre en el Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana, de los volúmenes José A. Figueroa. Un autorretrato cubano y Nkame. Belkis Ayón.