En la Casa, Las Antillas/West Indies
West
Indies, en inglés. En castellano
Las Antillas.
Nicolás guillén
MARLENE BARRIOS
Lic. en Historia del Arte. Especialista de la Dirección de Artes
Plásticas de la Casa De las Américas
En algo más de cuatro décadas, la Colección Arte
de Nuestra América Haydee Santamaría de la Casa de las Américas
ha venido nutriéndose con obras de los más prestigiosos artistas
del Continente; unas han sido expuestas más, otras menos; pero
siempre se agradece poder contemplarlas en estrecho ejercicio
interactivo. Por eso Las Antillas/West Indies es de las
exposiciones que todos esperan, por redescubrir zonas del quehacer
plástico de generaciones, tendencias y áreas geográficas de difícil
acceso.
Esta muestra colectiva debió el nombre a un poema
de Nicolás Guillén –a la celebración de cuyo centenario se sumó–
y saludó la Conferencia de la Asociación de Museos del Caribe,
reunida en La Habana entre los días 21 y 27 de octubre.
En consonancia con el área abordada, la curaduría
se caracterizó por la selección desde la óptica etnocultural,
develando propuestas que sintetizan siglos de mestizaje y transculturación;
unas piezas inspiradas en las raíces populares; otras, más imbricadas
en los diálogos del arte universal. Lo mismo ocurrió con la pluralidad
de lenguajes, técnicas y soportes. En cuanto al abordaje temático,
podemos decir que prevalecieron los «clásicos» temas caribeños:
la memoria, los conflictos sociales y de género, la religiosidad
popular y la migración, entremezclados todos.
Aunque en la mayoría de los casos primó el realce
estético, no fue ésta la primicia del ejercicio de curaduría,
que centró su mirada en la profundidad de los planteamientos formulados
en cada obra, para distinguir los matices que configuran la idiosincrasia
del hombre antillano. El presente comentario se guía por dos temas
delineados, y los ilustra con algunas de las obras que más claramente
se insertan en ellos.
Las islas van navegando
El instinto de viajar, de escapar a la adversidad,
a «la maldita circunstancia del agua por todas partes», es una
herencia que han recibido las islas del área luego de vivir en
carne propia la guerra y la esclavitud. El viaje, más que anhelo,
es un mito recurrente en las propuestas de no pocos artistas.
Mossera, de San Martín, aborda con sutileza y a la vez con fuerza
desgarradora ese drama. Mediante la técnica mixta, en Visa
hace confluir signos y símbolos relacionados con la migración
(la Estatua de la Libertad, hojas de pasaportes, cuños que anulan
u otorgan visas, rosarios) y que describen metafóricamente los
pasos por los que transita quien decide emigrar.
Las múltiples consecuencias que se derivan de
la migración, los problemas que genera, específicamente los identitarios,
también son escrutados en la exposición. El puertorriqueño
José Morales hace confluir en su obra el racimo de plátanos de
El pan nuestro de Ramón Frade con la figura de James de
la Vega, joven artista puertorriqueño que vive y trabaja en «El
Barrio». El artista establece una dualidad temporal –el racimo
del pasado y el artista del futuro– para dialogar sobre la realidad
y el destino de su país.
Jorge Pineda y José Castillo, de República Dominicana;
Dennis Mario Rivera y Héctor Méndez Caratini, de Puerto Rico,
trabajan esta misma línea temática. Articulan su discurso a partir
de indagaciones ancladas en la cultura popular tradicional.
Los personajes que pueblan las obras de los dominicanos
tienen mucho que ver con la historia y la memoria de ese país.
Desde la diáspora, Castillo rescata los cuentos infantiles, el
imaginario popular; mitifica desde su propia existencia. Su vida
transcurre Entre magia y realidad. Por su parte, Dennis
Mario trabaja con elementos de la cultura popular, de los mass
media y el kitsch. El gran formato y el expresionismo
abstracto como lenguaje le posibilitan el estallido semántico.
La flor y el devorador denuncia los intentos por minimizar
y anular la diferencia en tiempos de globalización neoliberal.
Las inquietudes del cubano José Manuel Fors son
otras. Recrea al hombre y el ambiente en que vive desde la historia
de su familia contada a través de viejas postales, fotos
y cartas en la obra Atados de memoria. Su estrategia se
basa en asumir desde la historia individual, desde el yo, el problema
de la soledad y de la trascendencia. Sus fotografías son hechas
a partir de otras, utiliza impresiones de diferentes negativos
sobre un mismo papel, y de este modo hace coincidir personajes
e historias. Las nuevas fotografías son viradas al sepia y, en
ocasiones, manipuladas en el proceso de impresión, con lo que
toman apariencia antigua.
No sólo mediante la fotografía perdura la historia
del individuo y de la humanidad: en el interior de cada persona,
en lo más profundo de la mente se albergan los detalles públicos
y privados que conforman el gran relato de la vida. Muchos fenómenos
que ocurren día tras día cambian el normal curso de la existencia
o, al menos, los planes y estrategias trazadas para obtener ciertos
fines; y las guerras truncan sueños y obsesiones. Para América,
la Segunda Guerra Mundial trajo un sinnúmero de consecuencias
en todos los órdenes de la vida, incluido el campo artístico.
Marcó el desplazamiento del centro o la capital del arte de Francia
a los Estados Unidos: lo generó el reordenamiento de las fuerzas
políticas y, como respuesta contra éste, los procesos descolonizadores.
Tal situación trajo como consecuencia el florecimiento de un arte
con compromiso social marcado por cambios de la circunstancialidad;
y también se experimen-taron grandes cambios en los esquemas axiológicos
y morfológicos. La resemantización de los estilos, la importancia
simbólica del material, la estética del deterioro, el diálogo
culturológico con el medio, la poética del reciclaje o la recuperación
de la memoria vinieron a ser las claves operativas de todo el
arte posterior al suceso bélico.
El dominicano Silvano Lora es el artista en quien
con más claridad se verifican los presupuestos citados. Gran parte
de su obra centra el discurso en las relaciones de poder; la alusión
a la cárcel, al hambre, a la guerra se reitera en sus creaciones.
A través de objetos, materias primas y materiales de desecho,
el artista se apropia del medio para denunciarlo. Con el díptico
El Canal, se hace explícito el valor de la superficie y
la materia en su discurso. Dos tanques militares verdes, de cartón,
se insertan sobre la superficie pictórica: la alusión a la guerra,
a la ocupación yanqui del Canal de Panamá es tácita. Ciertamente,
la obra de Lora renuncia al hedonismo; la cualidad sensible que
la sustenta para recibir mensajes táctiles y objetuales provenientes
del mundo real han hecho de él un artista insigne y peculiar,
como señala Yolanda Wood.
Yoruba soy, soy lucumí, / mandinga, congo,
carabalí
Otros prefieren trabajar temas más espirituales.
Las obras que se centran en los cultos y religiones populares
se originan a partir de la experiencia de fe de cada autor, y
son un elocuente ejemplo de la variedad de maneras con que se
trabaja el tema en la región antillana.
La confluencia del catolicismo y religiones de
origen africano ha determinado un ámbito híbrido. En la instalación
Ritual de la bruja negra, Tony Monsanto, de Curazao,
compone un altar de grandes dimensiones, presidido por Oyá, patrona
de los cementerios, representada en una pintura de tonos rojizos
con apariencia fantasmagórica. Al altar lo componen también iconos
religiosos transculturados, cromolitografías de santos, botellitas,
velas, machetes, cuchillos. El impacto visual de la obra sobrecoge
en la medida en que el abigarramiento o el horror al vacío propio
de los altares vodú sorprende a miradas desconocedoras del culto.
La propuesta de Monsanto la complementa un video del carnaval
de Curazao y entrevistas a viejos conocedores de los cultos populares.
Barbara Prézaud, de Haití, también se acercó
al vodú. La excomunión durante más de sesenta años por parte de
la Iglesia Católica después de la Revolución Haitiana marcó el
posterior desarrollo del culto, sistema mágico-religioso extendido
por toda el área de Caribe. En Blanco y negro, el textil
y el hierro forjado definen morfologías específicas del culto.
La expresividad de la obra se acentúa por la fuerte carga simbólica
de los materiales empleados. El hierro en nuestras tierras tiene
una connotación especial: se relaciona con el maltrato, pues ese
metal era usado para marcar a los esclavos, y con él, material
asequible, los esclavos, simbolizaban a sus deidades. Tal es el
caso de Legba o Papa Legba, asociado a la cruz que Prézaud representa.
La cruz sintetiza el momento de la eternidad, donde se cruzan
los caminos. La conjunción de blanco y negro describe al sujeto
caribe.
Belkis Ayón, cubana prematuramente desaparecida,
se basó también en un culto de raigambre popular, con la pretensión
de hurgar en sus raíces étnicas y antropológicas. Su obra se adentra
en el universo mágico del mito de Sikán de los abakuá, llegados
a Cuba desde África. En sus colagrafías Ayón construyó una iconografía
inspirada en iconos bizantinos, en las anaforuanas o firmas del
ritual abakuá y en la presencia de personajes evocados en esta
leyenda (el chivo, el pez, la serpiente). Sikán es representada
con el cuerpo y el rostro de la artista, quien de esta manera
se inserta con Sikán y los espíritus en un espacio prohibido
para el sexo femenino.
Otra voz femenina la aportó a la muestra el lente
de la puertorriqueña Sandra Reus. Las fotografías de su ensayo
Belleza en-carnada rechazan el uso que en los certámenes
de belleza se hace de la mujer: como mercancía, numerada, y silenciada
en la gran masa.
El mismo soporte le sirvió al cubano René Peña
para expresarse. En sus fotografías el dato explícito le da paso
a la composición rebuscada, teatral, que complejiza y enriquece
la lectura. Desde una perspectiva poética, metafórica, este artista
se acerca a un tema tabú, la homosexualidad en el hombre negro.
Un claro, un claro y vivo / son de esperanza
estalla en tierra y océano.
Las últimas décadas del siglo xx transcurrieron bajo una nueva orientación crítica del discurso
del arte. Los cambios axiológicos y morfológicos, antes mencionados,
que acontecieron en el panorama artístico por las consecuencias
del desplazamiento de la capital del arte, determinaron, entre
otras razones, la nueva sensibilidad que se formaba en América.
Los países del área comenzaron a desarrollar, en términos de lenguaje,
una cultura de importación cuyo ritmo estuvo medido por los elementos
que incorporaron de otras culturas.
La abstracción significó la ruptura de un sistema
de identidad, de representación del mundo. Creó una nueva relación
del artista con la obra; la superficie de ésta se convirtió en
sensible, activa, variable, con una poética mucho más libre. Contribuyó
a la liberación de la subjetividad del artista. Sin embargo, su
inserción y su establecimiento en el campo artístico llegó a conformar
un marco polémico porque se interpretó como una enajenación del
arte.
La presencia y el manejo de este lenguaje expresivo
pudo apreciarse a través de las obras de los artistas Hervé Telemaque
y Philippe Dodard, de Haití; Iván Tovar, de República Dominicana;
Louis Lauchez, de Martinica; y Philippe Zamolino, de Curazao.
En Las Antillas/West Indies, tres generaciones
de grabadores de Puerto Rico –Lorenzo Homar (1913), Antonio Martorell
(1939) y Martín García Rivera (1960)– corroboran la calidad y
la tradición del género en esa isla.
En general, ésta fue una muestra bien pensada,
armónica y elegante, que también honró a Wifredo Lam en su centenario
con la exhibición de un dibujo suyo a tinta china y acuarela sobre
papel, hecho en 1957. Las obras expuestas revelaron que el arte
de nuestros días es un pretexto para discurrir sobre problemáticas
comunes que acontecen en la región y la afrontan. Los artistas
devienen arqueólogos, antropólogos, narradores, filósofos, y sus
obras vislumbran agudos estudios conceptuales que dinamizan la
redefinición cultural antillana.