“… el planteo
curatorial invierte los criterios geográfico-curatoriales prevalecientes
a la hora de organizar muestras sobre la región (…) Tales eventos,
espacios y circuitos –sean
caribeños, latinoamericanos, tercermundistas o no occidentales-
aunque contribuyen a la difusión internacional de los artistas,
funcionan al final como guettos que marcan una taxonomía de exclusión
con respecto a un arte sin apellidos”
Gerardo
Mosquera
El capo del arte despliega sus alas
en distintos espacios sociales y en diferentes ambientes artísticos.
A los museos, las galerías, las bienales o las ferias de arte, los
unen las maneras disímiles de acoger el hecho artístico. La figura
del curador aparece entre ellos como el Mesías o el diablo, un adelantado
que puede convertir la suerte del arte en un destino bienhechor,
o en una fatal circunstancia.
Se ha dicho que el curador se identifica por el concepto con el que acompaña
sus exposiciones. Este protagonismo ha generado tal cantidad de
inquietudes, debates y reflexiones estético-sociológicas que en
la actualidad uno de los problemas más complejos que enfrenta la
institución arte y la teoría estética se relaciona son el papel
que debe desempeñar con el papel del curador dada su natural inclinación
como gestor y promotor del arte y de la política artística.
En el mundo del arte él es un agente
que se desplaza entre los valores formales y las conductas estéticas,
por ello siempre se le exige en su labor que posea no solo erudición
y una fina sensibilidad, sino también un agudo ingenio para calar
en las circunstancias y adelantarse a la propia distinción artística.
Las experiencias de su trabajo se presentan
en escalas diferentes, que abarcan desde una mega curaduría, como
la Bienal de la Habana, exposiciones colectivas o individuales organizadas
por diferentes instituciones, hasta el caso de los curadores independientes.
Tomándolas como puntos de referencia, ¿ha ayudado el curador para
que el arte refleje los cambios estilísticos, las preocupaciones
conceptuales o las indagaciones antropológicas muy recurrentes en
el imaginario discursivo de hoy? ¿Le ha sido posible, con su capacidad
de mediador, remover el inmovilismo de los museos, escapar de las
tentaciones del mercado o de las presiones estético-ideológicas
que siempre se ejercen sobre el arte?
Las respuestas a estas interrogantes
han de tener en cuenta una circunstancia particular. Nunca antes
las prácticas artísticas habían asumido de forma tan cercana las
relaciones entre los procesos socioculturales y el proceso artístico
en sí mismo, entre las investigaciones de las ciencias sociales
y las ciencias del arte, entre la teoría y la crítica de arte, interpolándose
sus mutuas formas de discursar, hasta el punto de que en ocasiones
es difícil comprender quién toma y quién presta un concepto, una
categoría o una ley.
A la vez, su status actual nos sitúa frente a productos de dudosa y compleja procedencia
para designar qué es o qué no es arte, e incluso para saber si esa
pregunta sigue siendo posible en el presente. Esta situación se
evidencia en las variaciones morfológicas que este presenta, la
desmaterialización del propio producto artístico, el desmontaje
de sus estructuras tradicionales, la forma en que se esfuma la autoría
de la obra de arte, además del lenguaje postmoderno que, como diría
Hal Foster,
forjó su discurso en la frontal crítica a la representación, incorporándose a la línea evolutiva del arte
en la medida en que logra no ser un simple estilo epocal, sino una
apertura de recursos expresivos de gran variedad formal: instalaciones,
video y video instalaciones, murales, disporamas, intervenciones,
acciones y performances.
La rápida circulación y el voraz consumo
que le permiten al proceso artístico el uso del disco MP3 parece
ser el final o la metamorfosis de una manera de metaforizar el mundo.
Si lanzamos la mirada al ambiente sociocultural,
junto a las circunstancias estéticas expuestas, el arte vive un
intenso protagonismo cultural. El quiebre del discurso hegemónico
de la modernidad hizo posible que emergieran espacios ocultos, con
un amplio imaginario, con conflictos que se entretejen en la trama
interna de las matrices culturales. Las urgencias de género y de
sexo, las comunidades marginales con su desfile de sombras intangibles:
drogadictos, prostitutas, carcelarios y carceleros.
Las transferencias culturales ocurren
bajo los dictámenes del multiculturalismo, de los desplazamientos
que crean nuevas fronteras culturales. Ambivalencias para las identidades
o las desindentidades que legalizan o identifican una permanencia.
Las memorias, compartidas o incorporadas, rearticulan las definiciones
postmodernas con relación a la tradición cultural y estética. Los
hábitos, las costumbres y las creencias transforman la base etnocultural
del arte trasladándola al nuevo escenario massmediático, en el que
hasta las fronteras que limitan los tipos de cultura se hibridan, dando por resultado sujetos biculturales, experiencias
que dicen de circunstancias compartidas del sexo, el género o el
espacio social, como esa obra de Abigail González en la que aparece
un rostro dividido en dos partes y que es hombre y mujer simultáneamente.
Paradigmas
curatoriales y políticas curatoriales.
No existe una teoría sobre el trabajo
del curador. Es tan cambiante su circunstancia, son tan diversas
las referencias a considerar en cada uno de sus proyectos, que las
regularidades de su labor suelen remitirse a aspectos generales
sobre la utilización del espacio en el que va a realizarse la exposición,
tomando en cuenta su historia y su significado, las relaciones de
las obras entre sí dado el ambiente en que sean situadas, de las
dimensiones que el propio concepto curatorial adquiera ajustándose
al tema elegido y de las condiciones financieras que acompañan a
cada proyecto.
Entre los curadores que más han influido
en la renovación del discurso curatorial deben destacarse entre
otros Rosa Martínez y Gerardo Mosquera, no porque hayan marcado
la mainstream de los grandes centros promocionales
del arte, sino porque a contrapelo de esos centros han logrado crear
proyectos que penetran en la médula misma de los procesos
socioestéticos, y han dado una visión más certera de los
derroteros futuros del arte.
Rosa Martínez, por ejemplo, expresa
que es en la periferia donde se están produciendo los discursos
más renovadores del arte. Creo entender con esta afirmación que
ello es posible a pesar de las desventajas que enfrenta la periferia
para legitimar sus horizontes estéticos, porque las fuerzas de la
cultura encuentran un intenso reflejo en el arte, y no solo en su
sentido étnico y antropológico, sino incluso en los microespacios
de la vida cotidiana en la que se tejen esos sentidos bajo el influjo
de la vida en la ciudad.
En la ponencia que presentó en el evento
teórico de la VII Bienal de la Habana señala lo siguiente: “… La
obra de arte ya no es ese sujeto autónomo y separado de lo real
que nos habla de una belleza etérea y universal. Esta belleza etérea
y universal estaba representada hasta hace poco por la abstracción,
pero hoy, desde una perspectiva post colonial podemos leer la abstracción
y el minimalismo como imposiciones ideológicas de los paradigmas
estético occidentales. El arte está perdiendo su lugar sagrado tradicional
y se ve animado a tender puentes que lo contaminen con lo social,
con lo político, con lo sexual, con
lo étnico y así reformula y reinventa estas nociones.”
Desde esta perspectiva el curador es
dotado de un encargo especial. No se trata simplemente de movilizar
paradigmas estéticos, catapultar un movimiento, validar una tendencia,
ya que esto de una u otra forma lo realizan tanto el curador más
tradicional –aquel que hace
descansar su trabajo en la selección de obras de un artista- como
el curador contemporáneo, que cumple un papel renovador con relación
al lenguaje del arte, los paradigmas estéticos en cuestión o el
propio concepto que acompaña el proyecto curatorial. La cuestión
está en renovar las bases culturales
desde las que se proyectan sus propuestas.
Se avanza más hacia el interior del
campo artístico, transformando las narraciones, las miradas y los
discursos del arte, ya que en su conjunto las zonas ignoradas por
el discurso moderno necesitan,
para sintonizarse con el proceso estético, desprenderse del folclorismo
y de la preeminencia de los modelos míticos a la hora de establecer
estereotipos y figuras representativas de una identidad que es más
un proceso que un conjunto de cualidades fijas, establecidas siglo
a siglo por las narraciones europeas.
La teoría del arte necesita sopesar
cómo la figura del curador es
capaz de generar esas narraciones que nos acerquen a espacios donde
los sujetos biculturales nos cuentan de lo cambiante de su identidad,
de la riqueza de sus matrices culturales,
del poder para hacerlas camuflajearse ante la modernidad
o ante la celestina postmodernidad, teniendo
en cuenta, además, el supuesto de que el arte es una esfera autónoma,
un agenciamiento de enunciación. Imbuir su destino de algo más que
sus determinantes estéticas significa encauzar los derroteros artísticos
con interés hacia sustratos culturales dados.
En la actualidad el discurso cultural
latinoamericano y el emergente discurso postcolonial son un auxilio
extraordinario para comprender el costado más beneficioso del arte.
Cuando Jesús Martín Barbero elabora la teoría de la mediación, Nelly
Richard nos habla de intersticio y Nestor García Canclini de la hibridación,
estamos descubriendo otra lógica cultural.
Sin embargo, la circunstancia del presente
artístico a la que hacíamos alusión al inicio de este texto, en
relación con los nexos entre los procesos socioculturales y los
del arte, han influido considerablemente para potenciar la importancia
del curador. Si los estudios culturales dan un golpe de gracia a
la teoría autónoma del arte, es este comisario el encargado de convertir
el discurso artístico en evidenciar
la densidad de lo autónomo bajo las intensas coberturas de
ese otro arte que es lo popular, de esos diferentes discursos que
reflejan como un calidoscopio la sociedad contemporánea.
Proyectos
curatoriales cubanos: regularidades aparentes.
Las características tradicionales que
identifican a un curador son insuficientes para entender en qué
sentidos y bajo qué resultados puede ser juzgada la labor de curaduría
dentro del proyecto de las artes visuales cubanas. Las formas históricas
que los definen como marchands valoradores, aquellos que se interesan
por los artistas a partir de su valor estético, o los llamados marchands
innovadores, que unen la valoración artística con la obtención de
ganancias económicas, son solo un punto de referencia para entender
las peculiaridades de su trabajo en nuestro contexto.
Están por ser historiadas las alzadas
y bajas vividas por el Nuevo Arte Cubano desde la perspectiva y
la mirada del curador, la forma en que su arrogancia e intrepidez
han favorecido la efervescencia y el bullir de ese arte, y a su
vez las diferentes posibilidades, limitaciones e impresiones que
caracterizan a un sujeto tan ambiguo como ha sido el curador en
el mundo del arte cubano.
Tanto el curador “institucional” como
“independiente” se enfrentan a una gran cantidad de disyuntivas
por las imprecisiones de la propia política artística, y son además
muy escasos los espacios para confrontar las experiencias acumuladas,
en la búsqueda de soluciones estéticas concretas.
Los experimentos formales que desde
principios de la década de los 80 removieron el panorama plástico
sacaron a la luz un rasgo decisivo del Nuevo Arte Cubano: sus “…
afanes emancipadores (…) que se consolidaron (…) como estrategia
artística emprendiendo un proceso de autoconciencia del arte con
el fin de optimizar sus roles sociales. Este afán sirvió de estímulo para que muchos
artistas fungieran como curadores de sus propias obras, como gestores
de sus proyectos personales.
Los riesgos vividos en esos años, el
carácter crítico y reflexivo que definió al movimiento, dejó su
huella en el trabajo curatorial, que fue espejo de las estrategias
adoptadas por los artistas ante las exigencias del mundo del arte
y las contingencias sociales.
La presencia constante de una utopía,
la actitud cínica, la reflexión social, la tendencia antropológica,
la preeminencia del oficio, del paradigma estético, la potenciación
de lo popular, el artista como portador de su cultura, la metáfora
instruida, la obra como documento o crónica social, son cualidades
que se superponen en el tiempo hablando de la densidad estética
e ideológica del Nuevo Arte Cubano.
Las artes plásticas han abordado con
una mirada crítica los problemas internos de la vida cubana y del
propio mundo del arte; han deslizado los procedimientos
expresivos del arte internacional hacia un entorno particularizado
por el humor, el rumor popular y la experiencia religiosa; el propio
proceso artístico se dinamiza al crear un puente entre su tradicional
autonomía y la estética de lo cotidiano. La iconografía utilizada
por muchos artistas entremezclaba matrices religiosas, estereotipos
populares, problemáticas diversa de la realidad social y del propio
mundo del arte, con procedimientos expresivos de diferentes corrientes
y tendencias estéticas, logrando que los proyectos más arriesgados
emprendidos desde la exposición Pintura Fresca, (1979), el paradigma
que significó Volumen I (1981), hasta
El Objeto Esculturado (1990), mantuvieran vivo un espíritu
curatorial experimental. A falta de una política curatorial coherente,
ante la ausencia de un campo artístico dinamizado por el mercado
del arte, la solución fue, como decíamos, asumir roles que convertían
al artista en un promotor de su obra.
Exposiciones y acciones plásticas realizadas
por colectivo de artistas como la exposición 4X4 (1982), el grupo
Hexágono (1983), Puré (1986), Arte Calle (1986-90) y otros, marcaron
un sentido social del trabajo artístico que le dio gran relevancia
a la época. El artista se deslizaba entre un interés moderno de
proyección social y apropiaciones y reconstrucciones que lo acercaban
a la naturaleza estética postmoderna.
En general, el trabajo curatorial de
los 80 se distinguió por ese espíritu grupal
en el que las posturas antiestéticas tuvieron preeminencia.
No había un interés especial en la durabilidad de las obras, y muchas
exposiciones fueron el resultado de la discusión, de la labor de
taller de los artistas que participaban en los proyectos. El proceso
artístico empezaba en el taller, a veces sin una clara conciencia
de la actitud de transformador social propia del artista de vanguardia
con la pasión y el apego por aquello que implicaba una conquista
colectiva.
Arte en la fábrica, arte en la carretera,
Telarte, fueron algunos de los proyectos que estimulados por la
institución movieron a una gran cantidad de artistas, y fueron una
experiencia curatorial de las más valiosas realizadas en Cuba en
los últimos veinte años.
En un texto escrito por Garaicoa para
el proyecto Las metáforas del templo (1993), proyecto
en que participó también el artista
Estereo Segura, se esbozan tres caminos del trabajo curatorial
que sintetizan las diversas formas que adoptó este durante los años
80.
El primero lo simboliza con el trabajo
curatorial de Feliz Suazo, A. Aguilera y Alexis Somoza,
“…actuando desde el principio de Asistencia a la Institución, asumiendo
desde dentro el papel de puente donde han de dialogar arte-institución,
poder-saber, ejemplos de sus trabajos son el proyecto Castillo de
la Fuerza, el proyecto El Objeto Esculturado o el conocido
Nacido en Cuba expuesto en Venezuela…”
El segundo camino expresa otro ángulo
de las relaciones entre institución y artista-curador, ejemplificado
con los proyectos emprendidos por el cuarteto de José Angel
Toirac, Tanya Angulo, Juan Pablo
Ballester e Ileana Villazón, “…acciones curadoras (…) con las que pretendían
actuar en las propias contradicciones institucionales sacándolas
a la luz…” Tales fueron
Homenaje a Hans Haacke y Nosotros (exposición antológica
de Raúl Martínez), ambas en 1989, y la dedicada a la obra de Humberto
Peña.
Y un tercero acometido por Mosquera
“…buscando el diálogo desde la periferia con otros centros de poder
y ubicando nuestro proyecto cultural en un plano institucional de
importancia.” Este camino se identifica con las exposiciones
Los hijos de Guillermo Tell y Ante América.
Es decir, el curador fue, como veníamos
señalando, un artista del arte devenido del propio sujeto artístico,
así como de sus principales críticos y teóricos, de algunos espacios
oficiales de gran importancia promocional y estética, como las Bienales
de La Habana, o el trabajo realizado en el Museo Nacional con relación
al coleccionismo del arte cubano, en el que ha cumplido un papel
encomiable la curadora Corina Matamoros.
Este modelo de Garaicoa toma como punto
de partida para darles entrada a las ideas que desarrolló en Las
Metáforas…, tiene el valor de reunir dos características de la labor
curatorial de esos años: los intentos de los artistas de los 80
por actuar hacia el interior mismo de la institución arte, y las
diversas formas que bajo la cobertura de lo curatorial adquirieron
proyectos reflexivos de alto valor estético, como fue el renombrado
Homenaje a Hans Haacke (1989).
Es sugestivo poder apreciar que los
promotores de este proyecto, Angulo, Ballester,
Toirac y Villazón,
encabezan el catálogo de la exposición con una cita de Raimond
Williams, uno de los inspiradores ingleses
de los Estudios Culturales. En esta cita, Williams resalta el carácter selectivo que se ejerce sobre
la tradición, “…se eligen ciertos significados y prácticas para
enfatizarlos, mientras que otros significados y prácticas quedan
excluidos.”
La cuestión parecía situarse en un juego
mutuo entre los artistas y las instancias del poder artístico, en
las fuerzas electivas que demarcan las posibilidades de arraigo
de las prácticas artísticas en la memoria cultural.
Para “dialogar” con la Institución Arte
van a utilizar el emblema de Hans Haacke, un artista cuya estética
descansa en la crítica a esa institución. Al homenajearlo buscan
instrumentar la reflexión del estatus ideológico del arte
a través de la perspectiva establecida por él, cuestionar
los mecanismos del mundo del arte, según las formas que adquieren
la divulgación, la selección y la organización institucional que
rodean las prácticas artísticas. En un ardid de simbologías, simulacros
y apropiaciones que ponen al descubierto las complejas relaciones
entre ideología y política artística. Tal y como expresan los curadores
en el catálogo: “Como Haacke, la relectura que hacemos de nuestra
historia no es ni nostálgica ni reconciliadora, sino que se centra
en hechos que no alertan sobre el presente.” El énfasis en la tradición, siguiendo el concepto
de Williams de tradición selectiva, les
permitió enfatizar en las zonas de la memoria que el arte va forjando,
relacionadas con la crítica periódica o los documentos que cada
proyecto sea capaz de generar.
Realmente la institución arte, a pesar
de los esfuerzos del Consejo de las Artes Plásticas, en ese momento
bajo la dirección de Marcia Leiseca, no consideró la originalidad estética de este proyecto
ni su importancia para estimular zonas reflexivas que se destacaban
por el riesgo curatorial. Pocos proyectos en la historia del Nuevo
Arte Cubano tuvieron y tienen el sesgo autocrítico que él alcanzó.
Véanse las palabras finales del catálogo, un forcejeo entre partes que terminan siendo
las imágenes del arte mismo. Estos artistas aprendieron bien la
lección de Hans Haacke, una metáfora sobre la ideología es siempre
una metáfora que lleva al arte a un terreno peligroso que no se
desea traspasar.
Las coyunturas de los 90 situaron al
arte en un plano de incertidumbre que Garaicoa resume con mucho
tino en su texto a la exposición Las Metáforas…
A pesar de que el arte enfrentó en estos
últimos 10 años un panorama tan complejo, no por ello dejaron de
producirse muy diversas propuestas curatoriales.
Proyectos como el de la Galería Habana avanzan entre promover el
arte joven que se evidencia con mayor solidez estética y la gestión
comercial, El proyecto pedagógico de René Francisco y Ponjuán,
y la labor del primero al frente de la galería DUPP, el grupo Doboch,
la galería Aglutinador, entre otros.
En sentido macro se realizan los Salones
de Arte Cubano Contemporáneo. Debemos recordar que el Primer Salón
(1995) reunió un total de 209 artistas, cifra que expresa no solo
un enorme esfuerzo curatorial, sino que también permitió ofrecer
un panorama general de lo mejor de la creación plástica que se realiza
en la Isla. A su vez se organizan las Bienales con un colectivo
de especialistas que se han formado en una experiencia curatorial
muy particular en nuestro contexto.
Este evento se ha convertido en un espacio
muy controvertido. Si bien es cierto que debe respaldarse su permanencia,
tengo serias dudas sobre sus posibilidades para desprenderse del
turismo cultural y lograr que prevalezcan los intereses y valores
artísticos. Aquí más que ningún otro espacio para las artes plásticas
están en juego estas dos fuerzas, y obviamente solo una curaduría
muy inteligente puede sortear esta circunstancia…
Eventos de la importancia de la Huella
Múltiple o el premio de curaduría entregado en el 1er Salón de Arte
Cubano Contemporáneo a Dannys Montes de Oca por su proyecto El oficio del arte, exposiciones
colectivas del Instituto Superior de Arte dentro de la Bienal, y
la consolidación de la Fundación Ludwig
de Cuba, que desarrolla un amplio programa cultural
con relación a las artes visuales, constituyen el conjunto
más sobresaliente de la labor curatorial de estos años. El lado
opuesto a este despliegue tiene que ver con un aumento de las exposiciones
internacionales de arte cubano.
De ser estudiadas cuidadosamente estas
dos vertientes, nos darían una amplia visión de la figura del curador
que muchas veces queda velada en las experiencias artísticas por
razones diversas, aunque también él sienta la presión del mercado
internacional del arte, que va marcando de manera ascendente los
tonos de desarrollo de las artes plásticas.
Curadores independientes, subastas benéficas,
son síntomas de cambios. Se han
simultanead en este empeño los artistas, los críticos, los
teóricos del arte o los especialistas de las galerías. Cambiando
sus roles como en un carnaval en el que se asume lo que no se es
con gran regocijo.
Entre 1990 y el 1999 se produjeron alrededor
de una veintena de exposiciones colectivas en diferentes países.
Con algún que otro antecedente (Made
in Havana, Australia, 1989), la exposición
Cuba OK, Dusseldorf, 1990
abrió un panorama que descansará en el interés de ciertas instituciones
por adelantarse, proyectando internacionalmente nuestro arte, así
como un coleccionismo no siempre beneficioso para él. A pesar de
esto, el llamado boom de la proyección
del arte cubano fuera de sus fronteras ha dinamizado extraordinariamente
la calidad estética de las obras, el cuidado por el oficio, un auge
del instalacionismo, el performance y
el enviroment.
De la reciente presencia del arte cubano
en la escena internacional se deben destacar algunos aspectos. Por
ejemplo, Eugenio Valdés organizó entre otras, dos exposiciones bajo
el título: Territorios Utópicos. Arte Contemporáneo de Cuba, Vancouver, 1997,
y La Dirección de la Mirada.
Arte Cubano Contemporáneo, Suiza, 1998. En ellas se logró un
espíritu colectivo de trabajo entre los artistas participantes,
una unidad que de alguna forma rememoró la manera de trabajar propia
de la década de los 80. En esto influyó lógicamente la aguda visión
que como curador posee Valdés. La coherencia temática que se aprecia
en estas exposiciones, la actitud de búsqueda estética y contenidista
de los artistas participantes, hizo posible algo imprescindible
en el trabajo de un curador. Que el tema elegido, la carga expresiva
de la sobras, no queden en su postulación programática, sino que
se constate realmente en el espacio expositivo, en ese danzar de
las piezas unas con otras.
En la exposición Arte Contemporáneo
de Cuba. Ironía y sobrevivencia en la Isla Utópica, Arizona, 1998,
la curadora Marilyn A. Zeitlin se propuso que
el proyecto reflejara la condición especial de ser Isla, la inventiva
y la retórica de la historia. Para ello seleccionó un total de diecisiete
artistas, entre los que se encontraban, Pedro Álvarez, Sandra Ramos,
A. E. Tonel, Kcho, Fernando Rodríguez y Carlos Estévez. Las obras expuestas
son en su mayoría conocidas en la Isla. El sentido de lo insular
y la historia que esa condición genera es algo que estos artistas
reflejan en sus poéticas particulares, sintetizadas en balsas, peceras,
maletas, mapas…
La armonía
de este proyecto descansó en su agudeza para penetrar las
metáforas que recrearan la ideología artística cubana.
En las palabras al catálogo ella señala: “Apócrifa o no,
la historia es realista. Su fusión de mar y fiesta, creatividad y subterfugio,
forma parte del modus vivendi cubano que se extiende a la imaginería y al método de trabajo de algunos artistas cubanos
contemporáneos…” La apreciación del arte cubano se relaciona con
estas visiones en la medida que la carga expresiva neovanguardista
y postmoderna se condensa en sus formas estéticas, se particulariza
en el tejido cultural del hábitat, las costumbres y las creencias
populares.
En los últimos años la gran mayoría
de esos proyectos ha debido explicitar que se trata de una muestra
de arte cubano contemporáneo, lo que se convierte en una limitación
para emprender otros que particularicen zonas fuertes del arte,
como puede ser el tema femenino o religioso. Sin embargo, la participación
de figuras paradigmáticas del pensamiento visual cubano, en la propia
concepción de los mismos o escribiendo palabras para los catálogos,
como es el caso de Gerardo Mosquera, Antonio E. Tonel, Antonio Molina,
Lupe Álvarez o Eugenio Valdés, ha sido decisiva para orientar a
los curadores internacionales en
los matices culturales de la creación plástica cubana.
Cuando Iván de la Nuez organizó en Barcelona
la exposición La Cuba Posible, 1995, su interés específico
fue que el arte se convirtiera en un espacio de confluencias, por
ello reunió a artistas de muy diversas generaciones, lugares de
permanencia y posturas estéticas. A su vez, Cuba
Siglo XX. Modernidad y Sincretismo, en Gran Canaria, 1996, aglutinó
obras de pintores claves del arte cubano, desde sus orígenes en
el siglo XIX hasta hoy.
Hay espacios que privilegian el arte
cubano por condiciones históricas y culturales obvias, como es el
caso de España. En ese país se realizó en 1996 la exposición Joven
Plástica Cubana. Mundo Soñado, bajo el auspicio de la Fundación
Ludwig de Cuba. Proyecto muy coherente por la calidad de selección
de las obras, la presencia de un conjunto de artistas que marcan
poéticas sólidas tanto en el sentido estético como por la forma
en que se evidencia el proceso sociocultural cubano. La propia pieza
de Tonel que da nombre a
la exposición es una síntesis deslumbrante de la subjetividad social
volcada en la utopía, el desborde o la arrogancia. Nos duplicamos
por el mundo con la imagen de la isla a cuestas.
También en ese país se expusieron los
proyectos La imagen y el laberinto. 10 artistas cubanos de los 90
(1998) y Arte cubano más allá del papel (1999), así como la diversa
y compacta exposición curada por Kevin Power, 98’ Cien años
después (1998) , en la que la visión histórica de un acontecimiento sirve de cobertura para la mirada hacia el presente cubano.
Así andan las cosas. El tan precario
mercado nacional define sus encargos, el mercado internacional se
cuela por extraños insterticios, y los artistas arman sus poéticas
como pueden. En medio de tan particular panorama, los curadores
intentan aparecer como una figura individual dentro del sistema
institucional del arte, se las tiene que ver a diario entre artistas,
demandas ideológicas, dificultades económicas y exigencias internacionales.
Se puede escuchar a Varela cuando dice:
“la política no cabe en la azucarera”, porque siempre les va
a ser difícil a los curadores complacer tantas peticiones.
Tomado de la Revista Arte Cubano Nro
1 2001