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Lic. MEYRA MARRERO. Curadora y crtítica de arte |
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La Curaduría o lo que detrás del arte yace (ilustración digital) |
Desde mi punto de vista, la curaduría es la estructura interna
que le da coherencia a una exposición; coger todo los elementos
y ponerlos en función de una idea. Mi metodología ante un trabajo
curatorial es como la etapa del por
qué en los niños; todo exige de un por qué y hasta lo más insignificante
cobra sentido. Esto me permite comenzar el trabajo cuestionándome
los esquemas preconcebidos de la idea y también ponerme en los zapatos
del espectador. Pienso que el curador no debe presuponer que el
receptor sea una persona avisada del proceso del arte,
sino que debe desandar el camino de la creación artística
con el de su mano. En otras palabras, es solamente ponerse en la
posición de aquel hacia quien va dirigida la creación. Lo anterior no desconoce que la labor curatorial
es una actividad esencialmente manipuladora. De algún modo artistas
y obras significan para el
curador lo que para los artistas son los materiales con los que
elaborará sus piezas. En la medida en que esto se asuma como un
proceso de naturaleza colaborativa, el resultado será mucho más
enriquecedor para todos los implicados. Esta es la razón por la
que muchos de mis trabajos de curaduría sean producidos en equipo
y de que le foco de mi interés curatorial esté puesto sobre los
procesos de interacción cultural como modelos más efectivos que
la dominación para la adquisición de conocimientos. En diciembre de 1997 curé con Jesé Ángel Toirac,
artista plástico, el proyecto, Juntos pero no revueltos, patrocinado por
la Fundación Ludwig de Cuba, el Centro Cultural de España y BNV
Producciones. El proyecto tuvo lugar en el Centro de Desarrollo
de las Artes Visuales y se podría describir como una exposición
colectiva de artistas españoles y cubanos basadas en la idea de
mostrar simultáneamente las diferencias y similitudes del comportamiento
creativo de artistas como Javier Andrada y Manuel Piña, quienes
asumen desde posiciones complementarias, técnicas y ópticas distintas,
el quehacer fotográfico; Pepa Rubio y Aimeé García ilustraron de manera bien diferenciada cuestiones
de género en dos contextos socioculturales diferentes; el colectivo
de trabajo Agustín Parejo School y el
artista Antonio Núñez nos “echaron en cara” su inconformismo por
lo retiniano; las obras de Rogelio López Cuenca José Toirac constituyeron
una trinchera, una idea común sobre la relación entre saber y establishment;
graffiti de Antonio Eligio Fernández (Tonel) y el performance de
Miguel Benlloch coincidieron en hacer del cuerpo un campo de batalla.
Por su parte críticos como Esteban Pujals y Tonel, que integran activamente el pensamiento y
el arte contemporáneos en Cuba y España, también dejaron su huella
en el catálogo. Las obras, textos y criterios que se expusieron
en el proyecto: Juntos pero
no revueltos abordaron desde diversos ángulo el tema de la integración
cultural y establecieron relaciones enriquecedoras que unos meses
después, en abril de 1998, cobraron forma en un workshop
entre artistas italianos y cubanos con el patrocinio de la Fundación
Ludwig de Cuba y la Embajada de Italia en Cuba. Este segundo proyecto
se realizó en al galería de la Facultad de Artes Plásticas del Instituto
Superior del Arte con el título Coquito con Mortadella.
La curaduría esta vez fue compartida con Francesca Kauffman,
curadora y crítico de arte italiana, quien hizo la selección de
las obras de artistas italianos que participaron el proyecto. Yo
me ocupé de la participación cubana. Los artistas invitados fueron
Marco Papa, Cristiano Pintaldi, Mauricio
Cannavacciuolo, Fernando Rodríguez, Sandra
Ramos, Antonio Núñez, Luis Gómez, Eduardo Garaicoa & Bernardo
Prieto y José Toirac. El tema del proyecto fue la creación de obras
múltiples y el texto de presentación estuvo a cargo del crítico
y curador italiano internacionalmente reconocido Achile
Bonito Oliva. Actualmente se esta trabajando para llevar el proyecto
a un sitio web con toda esa información y además,
incluir la posibilidad de multiplicarse la experiencia a través
de la acción interactiva de todos los visitantes del web site. El trabajo y la relación constante con los artistas
es una de las exigencias cotidianas en la labor del curador para
no perder el contacto con la realidad, con el contexto para y/o
desde el cual desarrolla su trabajo. En este sentido aún tengo la
esperanza de que la añorada interrelación entre la Facultad de Artes
y Letras de la Universidad de la Habana y el Instituto Superior
de Arte (ISA) se haga realidad algún día. Entre 1987 y 1992, años en que estudié la licenciatura
en Historia del Arte en dicha facultad, la escena artística nacional
vivió una etapa efervescente, rica en evento y explosiones artísticas
con las cuales poco o nada tuvimos que ver, como ocurrieron por
interés en gran medida de los propios artistas fuera, o más exactamente,
a pesar del marco académico. Los artistas se han empeñado, sobre
todo y de manera consiente desde la modernidad la presente, en expandir
los conceptos académicos de lo que entendemos por arte. De Ahí que
alguno de ellos ha incorporado a su metodología de creación elementos propios
de otras actividades, entre ellos la curaduría. Pero de igual manera,
la curaduría ha incorporado como suyos aspectos de la creación artística, demostrando que el “afán expansionista” no es
un interés exclusivo de los artistas. En noviembre de 1998 quedó inaugurada en el marco
del Segundo Salón de Arte Cubano Contemporáneo,
en el Centro Provincial de Arte y Diseño ubicado en Luz y
Oficio la muestra Jao Moch. Homenaje a
Antonia Eiriz. Esta fue una exposición patrocinada por la Asociación
de Artistas Plásticos de la UNEAC y curada entre José Toirac y yo.
La muestra intentó “acercarse a las problemáticas de la cultura
cubana contemporánea al desplazar su atención hacia una zona
de la producción artística marginada por los criterios habituales
de valorización y jerarquización social de lo artístico, analizar los efectos
de la relación arte-mercado a nivel local y la redistribución actual
de los espacios de inserción y localización de la producción plástica
más contemporánea”
[1]
El tema concretamente abordado fue la interacción
entre la producción artística y la producción comercial. Se escogieron
obras de los artistas plásticos Rigoberto Almaguer,
Leonel Borrás, David Cordobés, Angel Delgado, Jorge Delgado, Juan Manuel Hernández, Alfredo
Manso, Mario Menéndez, Miguel Angel Menéndez,
Filiberto Mora, Yanoski Mora y Joel Rojas.
Como se puede apreciar entonces, tuvimos especial interés en seleccionar
para esta exposición a autores no habituales en la lista de exhibiciones
en La Habana. De manera que este proyecto también funcionó para
hacer circular nuevos nombres o recordar otros que desde hacía ya
algún tiempo habían salido de escena. Todos los artistas seleccionados
tuvieron, en mayor o menor medida, contacto directo con el sistema
de enseñanza de arte: algunos estudiaron por uno o dos años en la
Academia de San Alejandro, otros se graduaron allí o en el Instituto
Superior Pedagógico, en el Instituto de Diseño o en el ISA. La idea de la exposición fue mostrar diferentes
gradaciones de la escala cultural que va desde la producción artística
hasta la producción comercial y viceversa. Diferentes son las procedencias
de estos artistas, diferentes son sus formaciones, diferentes sus
habilidades, diferentes sus metodologías de trabajo, diferentes
sus gestos de producción, diferentes los resultados, diferentes
los precios y también diferentes sus expectativas. La exposición
constituyó un justo reconocimiento a esa cultura poliédrica y de
resistencia que Fernando Ortiz definió como “un ajiaco de lenta
cocción” de la cual todos somos herederos y la construimos día a
día. Si para casi todo el mundo está claro que en general
la cultura es un proceso artificial, de construcción humana, existen
algunas disciplinas o manifestaciones específicas que pasan por
naturales, como escritas “por la mano de Dios”. Tal es el caso de
la fotografía, al menos de la fotografía de corte documental donde
la realidad parece grabarse automáticamente sobre el soporte. De
ésta y otras reflexiones trató mi labor curatorial más reciente:
Spectrum.
Homenaje a una idea de Marx. Este proyecto logró involucrar al mayor grupo de
instituciones con las que hasta ahora he trabajado en mi carrera
para un evento específico. Ésta fue inaugurada en la Fototeca de
Cuba en enero del 2000. Patrocinada por la Fundación Ludwig de Cuba,
contó con la colaboración de la Biblioteca Nacional de Cuba y la
Fototeca de los Archivos de la Revista Bohemia. La museografía de la exposición, básicamente por
tratarse de una propuesta de tesis, se estructuró formando dos bloques
de imágenes históricas, obviando los autores concretos pero dándoles
créditos a los archivos donde
dichas imágenes se conservan en la actualidad. Algunas, tomadas
en la segunda mitad del siglo XIX, se mostraron por cortesía de
la Biblioteca Nacional José Martí. Otras, registradas durante la
década del noventa del siglo XX, fueron cortesía de la Fototeca
de la Revista Bohemia. Ambos bloques de imágenes se relacionaron
entre sí a través de Ricardo G. Elías y José Toirac. Las series
fotográficas Los ojos que construyeron la historia de
Elías y Con permiso de la
historia de Toirac, funcionaron respectivamente como puentes
entre estos dos bloques de fotos, intentando cerrar así un proceso
cíclico y no lineal. La idea de incluir ambas series como puentes
tuvo por objetivo proponer un contrapunteo doble entre pasado y
presente, entre documento histórico y obra de arte. De esta forma
se activaron muchos niveles de contenidos que se le añaden a las
fotografías en dependencia de los canales de distribución por los
que han circulado, contenidos que han sido naturalizados y, por
consecuencia, habitualmente obviados por la crítica especializada. Como resultado se develaron ante el espectador
todo una serie de similitudes y diferencias que existen entre cómo
quedo entonces grabada en imágenes la realidad de la guerra de independencia
del colonialismo español, y cómo los fotorreporteros
de Bohemia, la más antigua de las revistas que actualmente circulan
en nuestro país, han asumido el reto de captar el spectrum de la realidad cubana un siglo más tarde. A manera de reflexión final me gustaría señalar
que el curador, primero que cualquier otra persona, es el responsable
del resultado y calidad de una exposición. Es como el director de
orquesta o de un film, por tratar de ejemplificar, pero debe saber
además escoger el momento adecuado, conocer el contexto en el que
su trabajo se inscribirá. Si bien ninguna obra puede sustituir el
contexto cultural concreto al cual sirve de expresión, el trabajo
curatorial tampoco y como las obras, corre también el riesgo de
sufrir un lapso de sentido cuando es removido de un sitio a otro.
El hecho de que una exposición se desplace complejiza el trabajo
curatorial si se quiere lograr, por supuesto, una verdadera comunicación.
Traducir las palabras de catálogos y el listado de obras no es suficiente.
Hay que “traducir” la exposición toda. Para las artes plásticas, al menos en teoría, la
labor curatorial podría llegar a ser sinónimo de garantía. La exposición
resultante, como una oración gramatical sintácticamente
perfecta, nos llevaría de la mano por los vericuetos comunicativos
del arte. Pero no sólo de un manejo hábil del lenguaje, balanceando
adecuadamente las dosis de información y reiteración, depende del
nivel de efectividad y éxito en la comunicación humana. En materia
curatorial no es muy diferente, más bien es lo mismo, exactamente
lo mismo. Tomado de la Revista Arte Cubano Nro 1 2001 [1] Parte del acta del Jurado que premiara este proyecto con el Premio Nacional de Curaduría de 1998 que otorga la Asociación de Artistas plásticos de la UNEAC. |
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