Transcripción de la Mesa Redonda:
Esteban Alvarez
Muchas gracias por haber venido. Sería complicado decir
hasta qué punto nosotros elegimos el tema de la mesa redonda de
hoy y hasta qué punto el tema se impuso solo. La curaduría en las
artes visuales es un tema cada vez más prominente debido a varias
causas; entre ellas, el crecimiento y la multiplicación de mega-eventos
internacionales como bienal y trienal, etc. Curiosamente, mientras
este campo va transformándose para tomar un perfil cada vez más
profesional en cuanto a la oferta de especialización de formación
institucional que prepara a la gente para practicar, al mismo tiempo
más y más artistas también se acercan a la práctica con un perfil
que es casi el inverso. Esta dicotomía demuestra el amplio interés
que la actividad despierta, tanto como la ausencia de una base de
información, definiciones o expectativas que tomamos por dadas o
que tenemos en común. Para informarnos y empezar a investigar el
espectro de opiniones que tenemos, estamos aquí hoy.
Victoria Noorthoorn
Curadora de Malba-Colección Costantini; previamente Projects
Coordinator del International Program del MoMA y Assistant Curator
of Contemporary Exhibitions de The Drawing Center en Nueva York.
En primer lugar, quería agradecer muchísimo a Esteban
Alvarez y a Tamara Stuby por esta espléndida invitación. Es todo
un lujo estar acá, en Buenos Aires, pudiendo hablar y con esta maravillosa
compañía, especialmente compartiendo la mesa con Marcelo Pacheco,
que es mi jefe e interlocutor en Malba. Voy a empezar por revisar
un poco los presupuestos de esta mesa tal cual fueron planteados
porque me generaron un poco de incomodidad. Por un lado, la idea
del curador equiparado a la situación de montaje, o sea, el curador
que se reduce o se enaltece a partir de la colgada de las obras.
Por otro lado, la presunción de que en esta práctica, el curador
se propone como un pseudoartista. Ante todo, disiento, porque si
bien nuestro trabajo implica una práctica que se resuelve en un
producto visual - que es la exposición - no creo que la curaduría
sea un arte, sino todo lo contrario, creo que la curaduría es un
generador de posibilidad. Y es bien claro, por lo menos a mi juicio,
que los generadores y productores de arte son los artistas y no
los curadores. Eso es clarísimo.
Entonces, siguiendo con esta idea, hay dos concepciones
del curador como generador de posibilidad que motivan mucho mi trabajo
que quería compartir hoy con Uds. Uno es --y esto es del punto de
vista de una curadora que ha trabajado en instituciones-- el trabajo
del curador como mediador entre artista y público. Eso por un lado.
Por otro, el curador en una situación de catalización y provocación
en el trabajo que realiza en los talleres. O sea, un trabajo de
intercambio de ideas y de provocación de uno en uno, artista - curador,
donde también se pierden un poco las nociones de artista - curador
y se convierten en dos personas dialogando. Se juegan en esto, a
mi juicio, varios campos de responsabilidad. Por un lado, primero
y principal, para con el artista y su obra -- lo cual no quiere
decir acatar a todo que diga el artista, porque como todo buen escritor,
todo artista necesita un buen editor. Otro campo de responsabilidad
es para con el público: la necesidad de presentar una exposición
claramente, un mensaje coherente tanto al nivel de montaje como
a nivel de soporte textual. Otro, una responsabilidad para con la
institución donde se inserta esta exposición, o sea, cómo se inserta
esta exposición dentro la misión más amplia de la institución, cómo
hacer que esta exposición contribuya a que la institución sea catalizadora,
propositiva, y no una mera vidriera de prácticas que ya existen.
Y otra -añadiría- una responsabilidad para con uno mismo, de ideales
respecto de cómo deberían hacerse las cosas, y cómo contribuir a
la profesionalización de la propia área de trabajo.
Respecto de la idea del curador como provocador o catalizador,
quería contarles una experiencia que tuve trabajando con dos artistas
en Nueva York en la galería White Box. El director me invitó a iniciar
un programa para curadores jóvenes; él quería tener la galería cerrada
en el verano, pero que estuviese activa. Entonces, invitó a seis
curadores a que propongan cada uno un proyecto que debía realizarse
desde la ventana. O sea, el campo de exposición era la ventana y
uno podía ver lo que estaba adentro. Entonces, (la primera diapositiva
...) invité a Judi Werthein y Leandro Erlich, dos artistas jóvenes
viviendo en Nueva York, que hasta ese punto estaban trabajando por
separado, y les propuse que hagan una colaboración, que propongan
un proyecto que salga de la discusión entre ambos, y esto fue lo
que hicieron. Lo que están viendo parece ser un espejo, pero no
lo es. Hacia la izquierda y la derecha de la ventana, lo que están
viendo es una fotografía de la vista del otro lado de la calle,
o sea, lo que esté enfrente, simulando una situación de espejo,
y dentro de esa fotografía insertaron un espejo real. Entonces,
(la próxima diapo ...) se genera esta situación, donde si uno está
a la derecha de la fotografía, no se refleja, y si uno esta enfrente
del espejo, sí se refleja. (La próxima diapo ... y la última...)
para que vean un poco lo que pasaba. Entonces, el espacio de exposición
se convertía en la calle, no tanto en el interior sino en ese límite.
La ventana se convertía no en una ventana que mira hacia adentro
-eso tiene connotaciones importantes en la historia del arte- o
sea, no era una representación de ningún tipo sino que era un rebote
visual hacia la calle.
Aquí quiero marcar un par de puntos que creo que son
importantes, que podemos volver luego sobre ellos... Por un lado,
la importancia de asumir el valor del riesgo en un proyecto curatorial.
Creo que este valor se está perdiendo en muchas instituciones por
una necesidad que las instituciones tienen de garantizar que el
dinero sea invertido en proyectos exitosos. Esto puede generar que
el arte se convierta en previsible, si uno no salvaguarda el valor
del riesgo. Por otro lado, la importancia de ceder el lugar de acción
a los artistas con quienes uno trabaja pero siempre exigir, es decir,
apoyar y desafiar simultáneamente. Por otro lado, está el seguimiento,
hacer un texto donde uno explique la importancia de presentar tal
o cual proyecto, porque la gente no tiene por qué adivinar y menos
en el ámbito de lo contemporáneo. Por otro lado, promover, generar
un espacio de visibilidad para futuras oportunidades, y siempre
motivar y exigir un pensamiento crítico riguroso, tanto respecto
de uno mismo como interlocutor como respecto del artista con quien
uno trabaja, o sea, no "esto lo hice porque tuve ganas",
sino qué más? Porque generalmente, si estamos trabajando con algo
serio, hay bastante que decir sobre eso. Y también respecto del
público, generar preguntas, cuestionamientos. Generar no un público
pasivo sino un público que piense, generar problemas y no tantas
respuestas. Esto en cuanto al curador como provocador.
Y volviendo a la otra idea, del curador como mediador
en el ámbito de lo institucional- quería contarles un poco sobre
la dinámica curatorial de exposiciones de artistas jóvenes del espacio
donde trabajé en Nueva York, que se llama el Drawing Center. Es
un espacio que recibe carpetas, en este sentido, hay muchos espacios
allá que reciben carpetas, pero la particularidad del Drawing Center
era que las carpetas se recibían no con el fin de una exposición,
sino con el fin de que esa persona sea aceptada a un programa de
discusiones a puertas cerradas, uno a uno con un curador. Se llama
el Viewing Program, existe hace 25 años; es un programa según el
cual la institución trata de posicionar al trabajo de bambalinas
o de provocación, o de taller, dentro de la institución. Una instancia
de discusión, donde los artistas tienen, si quieren y pasan un primer
filtro de selección (muy amplia), la posibilidad de llamar tres,
cinco, siete, diecinueve veces por año al Drawing para pedir una
cita con un curador y sentarse y trabajar sobre un proyecto o a
discutir, mostrar el desarrollo de uno mismo. En fin, en esto me
parece que es importante porque la institución avalaba este espacio
más allá del ámbito de la exposición.
Es cierto que los artistas querían participar en exposiciones.
Eso lo teníamos bien claro, y las exposiciones se llamaban Selecciones.
Quería mostrarles algún ejemplo... (la próxima diapositiva...) Respecto
del proceso de selección, había un comité curatorial; éramos cuatro
personas: dos curadores y dos artistas. Cada uno de distinta generación,
donde nos exigíamos un rigor en la argumentación, ¿Por qué estamos
eligiendo esto? Eran cantidades de artistas, cantidades de portafolios,
y lo genial de la situación era la apertura mental con que uno entraba.
O sea, uno iba, y muchas veces salía con una opinión contraria a
la que uno había entrado. ¿Por qué? Porque el otro te había discutido
bien. Entonces, eso era bastante importante.
En esto, en términos de selección, había un par de
cosas que voy a puntualizar, y que también, podemos volver después.
No tratábamos de encontrar ninguna vanguardia total, adivinar el
futuro, ningún tipo de cuestión así, sino de responder al presente.
Qué está pasando, cómo cuestionar al dibujo contemporáneo de la
forma más interesante, o sea: la materialidad del dibujo es, hoy
en día, el papel? ¿Cómo se cruza con las tecnologías? ¿Qué es lo
que define el dibujo hoy por hoy? ¿La transparencia y la gestualidad,
digamos? ¿O puede entrar el cálculo digital en el dibujo contemporáneo?
Porque puede haber dibujo digital. O sea, cuáles son los planteos,
cómo cruza el dibujo con el espacio, esa situación es de arquitectura,
o no... En fin, una cantidad de preguntas y en esto, diría que fuimos
más exitosos cuando apostamos por lo incómodo. Algo que quizás no
nos gustaba, no era una cuestión de gusto personal, todo lo contrario,
lo que nos generaba tensión.
Luego, llegando al ámbito de la exposición, acá estamos.
Esto es el espacio principal del Drawing Center (refiriéndose a
la diapositiva). Elegí esta porque está Jorge Macchi al fondo, con
dos obras que fueron bastantes impresionantes porque inauguramos
esta exposición el 6 de Septiembre del año pasado (2001), y bueno,
estaban los dos monoblocks de Macchi entrando al espacio a la derecha.
Pero lo que quería recalcar era que lo que tratamos de hacer era
no generar una curaduría de tipo teórico discursiva. Con eso quiero
decir que lo importante era el reconocimiento de que estas eran
exposiciones colectivas de artistas cuyas prácticas eran totalmente
diferentes, uno del otro. Entonces, no se trataba de poner esas
obras al servicio de una teoría equis o zeta, sino que lo importante
era que cada uno se sostenga independientemente al anterior y al
próximo en el espacio. En este sentido, pienso que era una curaduría
que trataba de no ser una curaduría, o sea, era una situación bien
desafiante para un curador que siempre está tratando de articular
algún tipo de discurso. El ritmo de la exposición era de uno más
uno más uno más uno y no tanto de muchos al servicio de lo que podemos
llamar un "otro discursivo". En este sentido, creo que
realmente el curador como mediador se ponía bastante en juego.
Para cerrar, diría que la curaduría tiene (además de
los campos de responsabilidad que mencioné anteriormente, o sea:
para con el arte, para con el público, para con la institución,
para con uno mismo) la posibilidad de ser catalizadora, provocadora,
intermediaria entre escena artística y público general. En este
caso, y para hacer alusión al título de esta mesa, que es "Curaduría:
arte, ciencia o política?", diría que es claro que la curaduría
no es arte, si bien se juega en la misma un ojo que puede generar
posibilidad y que de hecho tiene repercusiones visuales en el ámbito
de la exposición. No es una ciencia, si bien debería existir un
rigor comparable con el científico en la base de toda exposición
desarrollada responsablemente - que de hecho puede pensarse como
un proceso de elaboraciones de hipótesis y tesis-que requiere de
argumentaciones claras y rigurosas respecto de lo que se expone
y porqué-y de un rigor expuesto tanto en la etapa, digamos, de soporte
de ideas como en la etapa de montaje, que es lo que en definitiva
enaltece la exposición, y lo que la gente va a ver. Tampoco es política,
pero sí tiene repercusiones que pueden pensarse más allá del espacio
de la exposición. Por ejemplo, creo que toda exposición, al pensar
en un público, piensa en un contexto. Un contexto que es social,
político, y económico. Cuál es la situación de la gente que viene?
Cuál es la situación de la educación? Cómo provocar algún tipo de
situación distinta respecto a la educación a través de una exposición?
Cuál es la escena artística en la cual está insertada esta exposición?
Dónde cree la institución que vale la pena poner una inyección más
de salud en esta escena artística? Dónde motivar? Es decir, una
exposición responde a un contexto determinado desde el momento en
que uno es responsable ante su público, y desde el momento en que
uno se compromete son ese o esos público(s) en sus diversas acepciones
de cuerpo social y económico. En fin, la curaduría es una práctica
donde los principales beneficiarios entonces, deberían ser tanto
los artistas como el público. Eso es todo.
Mercedes Casanegra
Investigadora y crítica en arte argentino y contemporáneo
y Presidente de la Asociación Argentina de Críticos de Arte.
Bueno, yo también quería hacer algunas aclaraciones,
unas mini-aclaraciones de principios, con respecto a la invitación,
que por supuesto agradezco.
También, me generó un poco de conflicto el título y ese pequeño
texto (que me pareció muy bien), pero, justamente cuando me preguntaron
cómo definía lo que yo hacía, yo en realidad, no me denomino a mi
misma como una curadora. En esto de la curaduría: arte, ciencia
o política?, seguro que respondería primero, arte. Y después veríamos
cómo podemos hacer otras relaciones. Y en cuanto a mí y a mi trabajo...
los chicos me pidieron que me refiriera específicamente a la curaduría
de la exposición de Tunga en Buenos Aires en noviembre de 1999.
Bueno, lo que pasa es que justamente, no es, desde mi punto de vista,
como trabajo curatorial de lo más típico y ortodoxo, sino que bueno,
fue bastante Sui Generis, y les puedo ir contando un poco.
Lo que van a ver (comienza la proyección de un video), las imágenes
no son demasiadas nítidas, pero para los que no estuvieron, esto
fue el día de la inauguración, que además de la exposición en sí
misma, de las instalaciones, había una performance dirigida por
Tunga. Vamos a ir viendo el video mientras tanto. En cuanto a mi
trabajo, bueno, hace diecinueve años que trabajo en el medio del
arte, después de cinco o seis años de una carrera universitaria,
pero bueno, todavía curadora no me denomino. No llego allí de otra
manera cuando llego a este trabajo. A pesar de haber sido curadora
de varias muestras, aunque no son tantas, la primera de las cuales
fue la primera retrospectiva de Victor Grippo que se hizo en Buenos
Aires, en la Fundación San Telmo en 1988. Por lo tanto, les remarco
que la experiencia Tunga fue, dentro del desarrollo de mi trabajo,
un poco atípica. Llegué ahí, tuve la iniciativa de que Tunga hiciera
una exposición en Buenos Aires. En realidad, curiosamente, a través
de la perseverancia de un deseo, de una especie de sueño, que me
llevó doce años concretar. Después voy a volver sobre esto.
En cuanto a la curaduría y a la relación del trabajo curatorial
con mi trabajo, puedo decir que mi experiencia -en general- la creo
como a través de una íntima, muy íntima comunión, relación, y conocimiento
con la obra de un artista, y sobre todo, de larga duración en el
tiempo. A esto, por lo menos yo, llego ahí a través de la investigación.
Esto especialmente en el caso de los artistas argentinos. Yo creo
muchísimo en la formación teórica, que uno en este trabajo nunca
termina de realizar. Bueno, además que les agradezco a todas las
personas que he tenido en mi camino, que me han dado conocimientos,
estoy enormemente agradecida. Pero, también, debo decir que en mi
formación, tanto profesional como intelectual, y también como persona,
han tenido muchísimo que ver mi estrecha relación con varios artistas.
De la generación de los más grandes, como Kenneth Kemble, como Noé,
como Victor Grippo, y tantos otros que podría nombrar. Yo he estado
en general, más centrada dentro de la investigación del arte argentino.
Entonces, voy a ir explicando porqué lo de Tunga es un caso un poco
atípico y porqué llegué a ser la curadora de esa exposición, sin
mediar de por medio una investigación como tal vez me hubiese gustado
llevar a cabo si se hubiesen dado las circunstancias, no sé, si
hubiera vivido en Brasil, sería de otro modo, no?
Entonces, vuelvo a las razones que originaron allá lejos en el tiempo,
si se quiere, esta exposición. En el año 1987, viajé a la bienal
de San Pablo y quedé tremendamente impresionada, porque había una
gran, gran instalación de Tunga en el espacio central de la bienal,
que creo que todos conocen. Era una larguísima cabellera como es
bien típico de su obra, que colgaba del espacio central del pabellón
de Iberopuera, y que caía al piso y formaba una de las tan conocidas
trenzas. Bueno, en ese momento, lo conocí a Tunga un poco rápidamente,
pero bueno, quedaba como una especie de obsesión. En ese momento
el comisario del envío argentino era Jorge Glusberg, y bueno, conversando
con él, que en ese momento, además de ser el comisario en San Pablo
era director del CAYC, era el presidente de la Asociación de Críticos,
en fin, le transmití la inquietud de traer la muestra de Tunga a
Buenos Aires. Traer una muestra equis de Tunga a Buenos Aires.
Con lo cual, me miró con cierto escepticismo y, por supuesto, bueno,no
pasó nada. No pasó nada por muchos años. Y esto, a mí me lleva a
hacer la siguiente reflexión, que ahí, tal vez, creo que empezaría
a estar, si se quiere, mi aporte desde el punto de vista de, digamos,
la insistencia, o después, del trabajo curatorial, de traer una
muestra de Tunga a Buenos Aires.
Esto puede parecer un poco increíble desde el presente, donde al
día de hoy estamos más acostumbrados a un intercambio entre Brasil
y la Argentina, pero durante muchos años, los países que ahora forman
el Mercosur --bueno, en este momento también, hay bastante crisis--
pero, no había demasiado intercambio entre nuestros países más cercanos,
y es así, que justamente, en el año '87 que veo la obra de Tunga
en San Pablo por primera vez, y se me ocurre esta idea, como tirarla
hacia el futuro, ese año en el Museo Nacional de Bellas Artes, se
mostró una exposición de arte brasileño, la colección Mariño, y
lo curioso es que por muchísimos años, hasta noviembre del '99,
no hubo más una exposición de arte brasileño en Buenos Aires -creo
- una sola exposición, que yo no vi, que era una exposición de Siron
Franco, en la desaparecida Fundación Banco Patricios- esto me provocaba
un interrogante que todavía no he terminado de develar, qué era
lo que sucedía realmente? Nosotros, los argentinos, llevábamos el
envío, entre comillas, del arte argentino a la Bienal de San Pablo,
pero que en realidad, es una exposición internacional, es un poco
anecdótico que sea además en Brasil, pero eso no significaba ninguna
reciprocidad entre el arte de ambos países, no?
Solo personalmente, la experiencia de llegar ahí, y tal vez ver
las exposiciones de artistas brasileños que podía ver en ese momento
en la Bienal. Circunstancialmente, después de muchos años, realmente
porque la obra de Tunga me interesaba mucho, me puse, a través de
un crítico europeo, me puse en contacto con Tunga para pedirle un
libro que se acababa de publicar sobre su obra, y entonces, así
me puse en contacto con él, y así, bueno, en ese momento los faxes
iban y venían, y le pregunté si le interesaría hacer una exposición
en Buenos Aires, y me dijo que sí.
Esto era recién a fines del '97. El contexto argentino es radicalmente
diferente al contexto brasileño, y por supuesto, los idiosincrasias,
casi, diría yo, opuestas generan también obras opuestas. Lo que
significa es que el intercambio puede ser enormemente rico. Esto
que no se había dado y bueno, así, en conversaciones telefónicas,
empecé a manejarlo con él, y me dijo que solamente había visitado
a Buenos Aires una sola vez, en un momento no demasiado feliz, en
1978, en épocas de la dictadura militar, donde había tenido problemas
por tener el pelo demasiado largo, etcétera. Entonces, se empezó
a gestar la idea de una exposición de Tunga en Buenos Aires y en
ese momento, tomé contacto con quien en ese momento era directora
del Centro Cultural Recoleta (Teresa Anchorena), y ella fue muy
favorable a esta idea, de que se hiciera una exposición de Tunga
aquí. En ese momento, se estaba haciendo en Estados Unidos, en uno
o dos lugares, una retrospectiva de él, entonces, se pensó en la
posibilidad de traer esa muestra, que finalmente, nos dimos cuenta
de que era demasiado costosa, que había muchas obras prestadas,
y que no se podía hacer que después, como último destino llegara
a Buenos Aires. Entonces, Teresa Anchorena tuvo la iniciativa de
que invitáramos a Tunga a Buenos Aires, en noviembre de '98, es
decir, exactamente un año antes de la exposición en Buenos Aries.
El vino, y poco tiempo después me pidieron en Buenos Aires que fuese
la curadora de esta muestra, lo cual iba un poco en contra de mis
principios, esto de no conocer tanto, pero sí tener una pasión muy
grande por la obra de un artista pero no conocerla desde el punto
de vista de la investigación.
Trabajar con Tunga fue digamos, bastante sencillo, en el sentido
de que él me presentó --habiendo conocido él el lugar donde iba
a exponer-- me presentó un proyecto absolutamente perfecto. Por
eso, la curaduría no era un trabajo de elaboración, como realmente
se supone que tiene que ser, sino que, digamos, lo que desde mi
trabajo se hizo fue hacer todo lo posible para que las cosas salieran
lo mejor posible, y para que Tunga por primera vez en Buenos Aires
se mostrara con todo lo mejor.
A eso se unió que unos meses antes, además, la Fundación Arteviva
quiso auspiciar la muestra, lo cual por supuesto, también, facilitó,
de algún modo, toda la comunicación entre Brasil y Buenos Aires,
y finalmente (bueno - no voy a detalles, porque ya me extendí demasiado),
la muestra - quienes visitaron la inauguración- fue realmente un
éxito, un éxito de público, y lo que yo esperaba de algún modo,
es que fuese fecunda justamente, también, y muy especialmente para
el medio de los artistas. Bueno, sin más detalles cierro aquí.
Andrés Duprat
Director del Museo de Arte Contemporáneo de Bahía Blanca
y curador independiente.
Bueno, gracias, Tamara y Esteban por invitarme. Voy
a leer rapidísimo, porque sino me cortan...
No voy a hablar de una exposición determinada, prefiero poner sobre
la mesa una serie de reflexiones y preguntas acerca de la labor
curatorial a partir de mi experiencia (sobre todo) como director
del Museo de Arte Contemporáneo de Bahía Blanca.
Creo que el término curaduría encierra un concepto múltiple y borroso
que en todo caso es necesario tratar de clarificar. En el campo
de las artes visuales, una aproximación posible sería la de definirlo
como la persona que proyecta y lleva a cabo una exposición.
El curador es el que da un sentido determinado al hecho de exhibir
ciertas obras. Decide y diseña el sentido de una exhibición, el
período que abarcará, como mostrar determinadas obras, su recorrido,
etc. Se trataría de un especialista no sólo en aquello que muestra
sino también en cómo lo muestra. El curador tiene una gran responsabilidad
al definir el cómo de una exposición, quiero decir que así como
puede poner en valor la obra de un artista, con un mal proyecto
curatorial puede debilitarla, desfigurarla y por que no, llegar
a destruirla. Creo que el trabajo del curador debe ser prácticamente
invisible a la hora de visitar la exposición, debe ser un trabajo
profundo y a la vez discreto y respetuoso. No me gustan las muestras
en las que las obras sólo juegan un papel ilustrativo de ciertas
ideas curatoriales. Creo que la investigación y el montaje deben
complementar y dar contexto a las obras de arte. Así, si veo una
muestra histórica, me gustaría no solamente vivir la experiencia
estética de cada obra sino también que el modo de exhibición me
transmita el espíritu de su época, y ciertas claves para compenetrarme
cabalmente con esa determinada estética, a través de escritos y
demás contextualizaciones. Creo además que el goce estético de una
obra de arte tiene que ver también con ciertas identificaciones
o por lo menos con cierta comprensión intelectual del asunto.
Bruno Munari decía: "Uno ve lo que sabe", y considero
que vemos a través de nuestra cultura y a través de nuestra formación,
no necesariamente académica, sino más bien a través de nuestra formación
individual como sujetos de determinada época. Así como es apasionante
encontrar goce, poesía y complejidad de lecturas y de signos en
una obra de arte, de la misma manera es apasionante encontrarla
en una exposición entera. El trabajo curatorial podría leerse como
un ensayo, en el sentido literario del término. Es el desarrollo
de una hipótesis sostenida por las producciones artísticas. Esta
hipótesis puede apuntar a dar a conocer la obra de un artista poco
o mal conocido, puede dar cuenta de determinados movimientos estéticos
de una época, puede hacernos descubrir un lado oculto respecto a
lo ya conocido y aceptado, etc.
Hay, por cierto, otros aspectos en el concepto de curador, diferente
al que reseñé recién, y es el curador como responsable de un espacio
(eso en la Argentina, no?). La persona o equipo que proyecta, selecciona
y programa las exhibiciones de un determinado espacio. Este tipo
de labor curatorial va tomando consistencia a través de una sucesión
de exposiciones que van delineando un perfil determinado a ese lugar.
Es una labor que tiene que ver más con una gestión a través del
tiempo y que repercute en el concierto general de una sociedad.
Como en el caso del Instituto Di Tella en los sesenta o el Centro
Cultural Ricardo Rojas, por ejemplo, en los noventa.
En mi caso particular, puedo reseñarles el trabajo hecho en Bahía
Blanca -de esto tipo de curadurías, de gestión de un espacio- a
través del Museo de Arte Contemporáneo. Bahía Blanca es una ciudad
mediana, tiene trescientos cincuenta mil habitantes, netamente comercial,
pequeño burguesa y conservadora. La idea de crear justo allí un
Museo de Arte Contemporáneo era muy tentadora ya que se trataba
de un terreno virgen en ese sentido, pero a la vez de mucha resistencia.
También nos movió la idea de luchar de alguna manera contra la centralización
abrumadora de Buenos Aires, la cabeza de Goliat según Martínez Estrada,
proponiendo un espacio de generación de exposiciones de alta calidad
y de vanguardia independiente de la capital. Logramos fundar el
M.A.C. en 1995 y a través de años de trabajo constante comenzamos
a ver los cambios que se generaban en la ciudad. La misma resistencia
conservadora y localista que acosaba al museo hacía que nosotros
nos afirmásemos en nuestro discurso y que nos metiéramos con verdadera
pasión en la problemática del arte contemporáneo. Rápidamente nuestro
tesón fue dando frutos concretos como el reconocimiento de los actores
del mundo del arte, artistas, instituciones, fundaciones, prensa,
etc. Es importante destacar que el M.A.C. es un museo público, sostenido
por la municipalidad de Bahía Blanca. La situación de manejar fondos
públicos por un lado representaba mayor presión por parte de otras
fuerzas vivas de la ciudad, pero por otro lado era una carga que
asumíamos con mayor responsabilidad. Que las vanguardias artísticas
se generen desde un espacio público en el contexto de una ciudad
conservadora era por lo menos contradictorio. Y esta acción de política
cultural pública se lograba gracias a tres requisitos fundamentales:
independencia de criterios respecto al poder político, respeto por
el trabajo profesional y apoyo financiero. Considero que en un mundo
manejado cada vez más por las empresas privadas que por sus gobernantes,
la posibilidad de dar voz, espacio y visibilidad a los artistas
desde una acción pública es una obligación del estado. Hoy el museo
tiene siete años, realizó cerca de cien exposiciones de arte contemporáneo,
posee un patrimonio de más de cuatrocientas obras, realiza una prestigiosa
bienal de arte sin disciplina y estamos terminando una ampliación
(desde hace un año y medio, espero que se termine pronto) que duplicará
su espacio de exposición.
Por fuera de estos dos esquemas corre la figura de los curadores
ocasionales, es decir de expertos en diferentes temas que en determinados
proyectos de exposición devienen curadores de los mismos. Me refiero
a exposiciones específicas sobre ciertos temas. Por ejemplo, para
una exhibición de arte nigeriano, nada mejor que contratar a un
especialista para llevarlo a cabo con calidad, profundidad y rigor.
No creo en general que el ojo turístico de los neófitos conlleve
algún interés más que el mero asombro de alguien a quien le llaman
la atención ciertas producciones respectos a su cultura y formación.
Es por esta especialización necesaria por lo que no creo en los
curadores en el sentido amplio de la palabra, uno nunca es un curador
en general, sino que es un especialista en ciertos temas y, en todo
caso, posee una mirada lúcida y un conocimiento sobre temas específicos
(quien mucho abarca poco aprieta).
Ahora bien, hay, sobre todo en Buenos Aires, una proliferación de
curadores, en el sentido más bobo de la palabra, personas que por
ejemplo son jurados de un concurso y que se cargan con un ostentoso
título de curador a la hora de colgar las obras seleccionadas en
un espacio. O peor aún, personajes cuya acción curatorial sólo consiste
en aceptar una propuesta de uno o varios artistas, propuesta que,
por otro lado fue concebida por los artistas, creada por los artistas,
armada por los artistas, diseñada por los artistas y finalmente
montada por los artistas. Creo por ello que hay un abuso respecto
a la figura de curador, hoy un buen bar o restaurante moderno no
puede no contar con un curador que se encargue de poner cuadritos
en la pared para solaz de los comensales. Creo que hay poca humildad
en todo eso y un abuso de falso profesionalismo, prefiero que algunas
estéticas emerjan solas, genuinas y naturalmente, a quedar en manos
de este tipo de decoradores, interioristas y curadores. Los hermosísimos
bares y restaurantes porteños de décadas pasadas no necesitaron
nada de eso.
Hay una lectura respecto a los curadores que gira en torno a que
éstos últimos serían una especie de intermediarios entre las producciones
artísticas y el público. Esta lectura puede tener un sentido negativo
(o es criticada) en tanto se piense: de qué sirve sumar intermediarios
entre estas producciones y el público? Creo, sin embargo, que ese
trabajo de mediación es muy importante ya que permite en ciertos
casos contar con un orden, un esquema, un contexto que permite una
lectura profunda y cabal, como expresé anteriormente. Y que las
cosas no queden sólo como un paseo delante de obras para terminar
mascullando si me gustó mucho, poquito o nada.
Sin duda una de las actividades principales de los curadores es
trabajar en el campo de la difusión de la producción artística.
Respecto a las producciones actuales las cosas se complican un poco.
Así como no es difícil encontrar a un especialista en pintura renacentista,
es complicado y difícil encontrar especialistas en un arte que aún
está emergiendo. El arte contemporáneo es una creación en principio
descontrolada y a veces caprichosamente desvinculada con el "esperado"
devenir de las cosas. Es una producción rara, lateral, y a veces
corre a contramano de lo que se espera de él. Esta especie de bendición
es la maravilla de la creación, eso que hace que el arte sea indefinible
y que lo veamos porque en momentos acontece, y ya. ¿Cuál es entonces
el metier de un curador de arte contemporáneo? No tengo una respuesta
cabal a esa pregunta, pero seguramente éste debería ser un sujeto
de la contemporaneidad. Estar allí dentro, vivir esa problemática,
tener un conocimiento profundo de ese mundo complejo y contradictorio,
tener conocimiento de la historia y del contexto en que se produce,
en definitiva, ser un protagonista.
Para terminar y con ánimo de debate, considero que es preciso tener
conciencia de que tal como está planteado, sobre todo en el primer
mundo, y lamentablemente y patéticamente en el tercero, el respeto
general a los curadores responde a una legitimación de un sistema
de poder que es -por lo menos- perverso. El modelo "curator",
es un modelo de los países centrales puesto en boga recientemente
en estas latitudes. Es preciso repensar los roles desde nuestra
realidad e idiosincrasia. La repetición acrítica de modelos importados,
para peor de dudosa validez en el sentido de imponer determinados
puntos de vista no inocentes por sobre otros, y que aquí leemos
como "cool" con una ingenuidad alarmante, nos llevan
a un vaciamiento de sentido y a leer el arte argentino como una
pobre y tardía repetición de modelos extranjeros, o bien a presentarlo
como una expresión folklórica atractiva por su diversidad. Curadores
que consiente o inconscientemente se transforman en verdaderos operadores
de propaganda, de estilos de vida y de ideologías. Curadores erigidos
que creen saber con una sospechosa claridad religiosa y dogmática,
cómo y qué debe verse, mostrarse, colgarse, seleccionarse, respondiendo
de esta manera a intereses de mercados, de empresas o de determinados
núcleos de poder. Y este debate es una verdadera guerra de ideas
en la que debemos tomar ciertas posiciones y defenderlas en el contexto
mundial.
El campo de la creación artística no admite en principio recetas
fijas o mecánicas establecidas. Creo que tomar conciencia de esta
limitación es en todo caso, el punto de partida para que el rol
del curador esté más cerca de ser un puente interesante, sensible
y real entre los artistas y el público. Este campo se yergue también
como una posibilidad de debate, de reflexión y por qué no de acción.
Muchas veces recorriendo exhibiciones siento cierta traición al
espíritu de un determinado artista, cierta reducción prolija y digerible
de la producción de un artista, en defensa del "buen arte"
de montar una exhibición correctamente, de la profesionalización.
Creo que el curador debe estar más cerca del artista que del museo,
y que así como cada artista posee su propio universo, cada exposición
debe exudar ese mismo universo. El curador como aliado y no como
masticador de propuestas para digerirlas mejor. Por todo ello no
creo en una expertización académica de la tarea curatorial, tal
como no creo en la expertización de la tarea artística tampoco.
Quien opera en el mundo del arte debe tener conciencia de la ausencia
de cánones establecidos y afrontar los riesgos de operar en un mundo
complejo, contradictorio, subversivo, controvertido y sobre todo
de gran libertad y dinamismo. No siempre el orden, la mesura y la
razonabilidad dan buenos resultados. Gracias.
Marcelo Pacheco
Curador en Jefe de Malba-Colección Constantini; ex-Director
de la Fundación Espigas
Antes que nada quiero agradecer la invitación de Tamara
y Esteban.
Cada vez -en los últimos años- que se plantea el tema de discusión
alrededor del problema de la curaduría y los curadores, yo siempre
recuerdo una vieja anécdota que ocurrió en Santiago de Chile hace
más o menos unos diez años, cuando quien iba a ser curador de una
de las Documentas de Kassel estaba visitando Santiago. Y, en el
momento en que se registró en su hotel, puso como profesión "curador".
A partir del día siguiente, se dio cuenta de que curiosamente, todas
las mucamas y el servicio del hotel lo miraba con cara extrañada,
hasta que se animó a preguntar: "qué es lo que ocurre conmigo?",
y obviamente todos creían que era un manosanta. Esta anécdota (que
siempre cuenta Justo Pastor Mellado cada vez que se presenta la
ocasión de discutir qué es y qué es lo que hacemos en realidad los
curadores), me parece que es más que clara, en función de establecer
cual es el grado de confusión y el problema, la carga que tiene
la palabra "curador" y las confusiones que viene abriendo
el tema de la curaduría en estos últimos quince años, no solo en
la Argentina, sino en el mundo en general.
Para que no quede ninguna duda, yo, en realidad, lo primero que
quiero dejar en claro es que yo tengo, sí, posición tomada con respecto
a qué es lo que hago cuando me llamo curador, y estoy absolutamente
convencido de que la práctica curatorial -no la curaduría- la práctica
curatorial, es básicamente un terreno de escritura. Así como estoy
convencido de que toda exposición es siempre una narración, y específicamente
una narración que ocurre en el espacio, o sea, una narración espacializada,
y que toda práctica curatorial implica un acto discursivo. La noción
de escritura, la noción de narración, y la noción de discurso son,
para mí, los tres elementos fundamentales en el terreno de la práctica
curatorial.
Mi formación es similar a la que les comentaba Mercedes Casanegra.
Yo también soy egresado de la Facultad de Filosofía y Letras, de
la carrera de Historia del Arte, y en el momento en el que egresé
de la carrera de la Historia del Arte, empecé a trabajar en el Museo
Nacional de Bellas Artes, en el año '86, y me tocó hacer mi primera
muestra con el patrimonio del museo en la Fundación San Telmo, y
fue una muestra que se llamó "Desnudos y Vestidos", en
el año '86. Aún hoy, unos cuantos años después, tengo absolutamente
claro que aquella primera muestra y aquel primer momento de meter
las manos en una exposición, para mí, definió claramente la diferencia
entre seguir la carrera académica y tradicional, el campo de investigación
de la historia del arte en el ámbito de la universidad, y lo que
yo había descubierto, que era para mí un terreno totalmente nuevo
y una posibilidad diferente, de escritura y de propuesta de discurso
que tenía que ver específicamente con la realización de exposiciones,
y con lo que con el tiempo se empezó a definir como práctica curatorial.
Como en realidad ésta es una presentación muy corta para abrir el
debate, lo único que quiero es dejar puntualizados algunos items.
En primer lugar, creo que es fundamental tener en cuenta, que no
es lo mismo hablar de curaduría que hablar de práctica curatorial.
Fundamentalmente porque al hablar de práctica curatorial, para mí,
deja en claro que el terreno y la discusión alrededor del problema
de la disciplina de la curaduría queda eliminada. La curaduría es
básicamente un espacio que se ubica siempre entre otros espacios.
No creo en la curaduría como una disciplina. Sí, creo en la curaduría
como una práctica. Tiene que ver específicamente con la puesta en
acción, con un acto discursivo, como decía antes, y con la construcción
específica de una narración. Es el mismo problema que se plantea,
o, viene planteándose durante gran parte del siglo XX en el terreno
de la literatura, en el terreno del lenguaje, con respecto al problema
del enunciado y la enunciación. Claramente, así como la enunciación
es el acto de la palabra, el decir, y el enunciado es el texto,
en el caso de la práctica curatorial ocurre lo mismo. La práctica
curatorial, lo que hace en realidad es generar un discurso y generar
un texto, que en el momento en el cual se transforma en anunciación
comienza a adquirir sentido.
Por otro lado, quisiera dejar también en claro algo que para mí
es fundamental y que no hay que perder de vista, y es que, en realidad,
todas estas discusiones alrededor del problema de la práctica curatorial
y de la figura del curador, son parte de un debate reciente. Un
debate de estos últimos veinte años, directamente relacionado con
la transformación del mundo, en términos de la transformación económica,
política y social que el mundo ha tenido en los últimos veinte años.
Es imposible pensar la práctica curatorial si no tenemos en claro
que estamos hablando, fundamentalmente, de un mundo que se ha transformado
en términos del capitalismo tardío, en términos de la globalización,
en términos del tema de la transformación y la transferencia de
las nacionalidades, en término de la entrada de las artes visuales
al territorio de las industrias culturales o el territorio de la
industria turística, etc. Y ese contexto me parece que es clave,
porque sino, en realidad, nunca tenemos demasiado en claro por qué
precisamente aparece en estos últimos veinte años la discusión alrededor
del problema del curador como figura central en el campo artístico,
cuando es una figura que existe en el mundo del arte desde el siglo
XVIII, y en realidad, como formulación en el campo del lenguaje
que ahora pasó a definir actividades totalmente diferentes.
Por un lado, claramente, el curador como administrador y negociador
de los resortes de circulación de visibilidad, de legitimidad, y
de consagración; el curador como dador del estatuto artístico. El
curador, como un productor de servicios de cuello blanco, tomando
una denominación que ahora se utiliza mucho en el campo de la economía
de las ciudades globales. Esta idea de que en realidad los curadores
terminan transformándose en productores de servicios con la particularidad
de que en realidad son productores de servicios de cuello blanco
(con lo cual tienen buenos honorarios).
El curador / promotor, o el curador que en realidad funciona como
agente de migraciones, o el que da los visados y las credenciales.
Hasta qué punto el curador se ha transformado en aquel que administra
los pasos de fronteras, en un mundo globalizado, pero, lo que ha
hecho ha sido recrear el esquema y el funcionamiento de las fronteras,
de una manera diferente a la que estábamos acostumbrados, de acuerdo
con cómo se había organizado el mapa del mundo en el siglo XIX,
pero que son fronteras que obviamente no han desaparecido.
Y en última instancia, la idea del curador como aquel encargado
de establecer la policía discursiva. Esa noción de curador como
administrador, como policía discursivo y como el que cuida el paso
de frontera, es totalmente diferente a la noción del curador relacionado
con la idea de práctica curatorial que a mí me interesa, que tiene
que ver justamente con lo que enunciaba al principio, de la práctica
curatorial como campo de escritura, de edición y de trascripción,
donde el curador se transforma en un "productor de infraestructura"(como
diría Pastor Mellado). A mí me parece más interesante pensar la
figura del curador como alguien que trabaja en los márgenes. Como
alguien que, en realidad, en lugar de tener que administrar sentido,
lo que hace es dislocar sentido. Me interesa la idea del curador
-básicamente- como aquel que disloca específicamente el cuerpo mismo
de los enunciados, y que tiene en claro que no hay una pretensión
dogmática de crear un determinado principio de autoridad. Básicamente,
la idea de la práctica curatorial como aquellos que trabajan en
el campo de los agujeros, en el campo de los umbrales, en los pliegues,
que no fija objetos.
Ahí aparece otro tema que para mí es fundamental, que es la idea
de que el campo de batalla se haya abierto alrededor de la práctica
curatorial y que en parte mencionaba Andrés (Duprat) con "los
curadores bobos", tiene que ver justamente con esta cuestión
del funcionamiento de la práctica curatorial como un campo de batalla
al que tratan de ingresar los críticos, los investigadores, los
artistas, los coleccionistas, los periodistas de arte, etc. simplemente
porque la práctica curatorial hoy es el único campo reconocido por
el sistema artístico como el lugar en el cual se dirime la autoridad.
Lo que no tiene nada que ver con la idea del autoritarismo curatorial,
que es otro campo de discusión y es otro problema. Evidentemente,
sí es cierto que la producción artística, tanto en lo institucional
público como en lo institucional privado, ha delimitado y ha creado
un campo de discusión que tiene al curador como figura central,
donde lo que se está discutiendo es específicamente la autoridad
epistemológica que tiene el curador para dar sentido o no a la producción
artística, tanto hablemos de lo contemporáneo como hablemos de lo
histórico. Hay un punto en el cual todo eso se junta.
Para ir cerrando, quiero simplemente marcar la idea del acto de
exponer, que debe ser considerado como un acto discursivo, que en
realidad, lo que propone, son nuevas costuras y trabaja siempre
sobre tachaduras. La idea de la práctica curatorial como inscripción,
se trata de una acción que actúa simultáneamente en el campo físico,
social y simbólico. Lo que hace, es poner en juego unidades diversas;
básicamente construye relaciones, abre un conjunto de posiciones
subjetivas posibles, pero no es la que confiere lugar ni al espectador
ni al objeto artístico. De la misma manera en que la práctica curatorial
no determina identidad, sino que aloja relaciones de identidad,
que es algo diferente. En esta numeración, para mí uno de los puntos
centrales tiene que ver con el lugar común de suponer que las exposiciones
son productos terminados, y en realidad la exposición es siempre
es un proceso. Por lo tanto, solo se puede entender la práctica
curatorial si tenemos en claro que toda exposición es un proceso.
Es algo que está ocurriendo, toda exposición implica fundamentalmente:
conectar, relacionar, organizar, interpretar, explicar y describir
a la vez.
Y que toda exposición, por definición, deja cosas afuera, que es
uno de los puntos fundamentales de discusión en la rencilla de poder
doméstica entre curadores y artistas. La idea de que toda exposición,
de la misma manera en que la idea de que la práctica curatorial
construye una historia fija, es lo que finalmente hace abrir los
puntos de fricción entre artistas y curadores, suponiendo que cada
exposición, lo que hace es siempre elegir quien está adentro y quien
queda afuera. Olvidándonos de que en realidad, todo proceso de escritura
siempre implica necesariamente -y lleva por condición-- la idea
de dejar afuera. De dejar afuera y cualquier intento de descripción
completa es absolutamente fraudulento, tanto en el campo de la práctica
curatorial como en el campo de la historia.
Por otro lado, quiero insistir y remarcar que toda exposición es
siempre una demostración pública, por lo tanto, siempre va dirigida
a una segunda persona. La manía autista de los curadores se suma
como uno de los elementos que más estragos hace en el campo de la
producción, y que en el caso especifico de la práctica curatorial
como una narración, lo que se incorpora como elemento fundamental
que distingue a esta narración de otras narraciones, es justamente
la idea del mirar. No olvidarnos que en el campo de la práctica
curatorial, el elemento clave sobre el cual nosotros estamos articulando
el trabajo es sobre el tema de la mirada. Y poder abrir, entonces,
el debate sobre algo que en realidad en el campo del psicoanálisis,
la sociología y los estudios culturales se ha discutido hace tiempo
pero en el campo de los artes sigue siendo todavía bastante problemático,
que es que la mirada es parte de una construcción cultural. La idea
de que, justamente, la mirada se construye, y la práctica curatorial
debe estar articulada en esa noción de la mirada como algo que se
tiene que construir a lo largo del tiempo.
Lo que quería era dejar planteados estos items, y el ejemplo
del que iba a hablar (que ya no hay tiempo ahora) era la muestra
"Cantos Paralelos" en la que participé en el año '99,
que fue una muestra de arte argentino contemporáneo realizada en
Austin [Texas, EE.UU.], y después se mostró en Phoenix [Arizona,
EE.UU.], y en la biblioteca Arango en Colombia, con nueve artistas
argentinos. Quería tomarlo como ejemplo, pero bueno, ya estoy dentro
del tiempo, así que cualquier cosa, después en el tránsito del debate,
podemos hablar sobre el tema de Cantos Paralelos. Gracias.
Tomado de El
Basilisco