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20 Pesos, la necesidad tiene cara de perro

GABRIEL GALEANO, Artista de La Cuartería

Ironía, trasgresión, innovación, son conceptos apropiados para referirme a la propuesta de arte público denominado 20 Pesos, la necesidad tiene cara de perro del proyecto artístico La Cuartería, que consistió en un conjunto de intervenciones, acciones y performances que se realizaron en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, contexto apropiado y a la vez desventajoso para la realización de las obras, ante todo por su naturaleza provocadora y por la falta de formación y experiencia a nivel artístico de la población que nunca se había enfrentado a una propuesta estética diferente que exigía no solo la participación sino la complicidad con los discursos planteados, que por cierto, enunciaban fuertes cargas semánticas de la condición social, política y desde luego moral del ser hondureño.

El nombre del proyecto se encuentra orientado a cuestionar determinadas condiciones materiales que no permiten la libre creación artística, e irónicamente postula no solo la satisfacción espiritual del artista al elaborar una obra con un presupuesto mínimo, sino asumir un criterio estético, cuyo valor trascienda las limitaciones y rigurosamente postule, mas allá de la experimentación, ese vinculo leal entre la calidad artística y la lectura de la realidad, ante ello la antítesis del acervo popular, la necesidad tiene cara de perro que lleva en su significación intuitiva y empírica un compromiso de enfrentar las circunstancias desfavorables, que dolorosas se tiñen de esa autonomía del sarcasmo: cara de perro, no es más que disimilar lo tortuoso y vergonzoso de la tolerancia en medios que nos deshumanizan y nos hacen seres ridículos.

Pero lo valioso del proyecto no solo reside en la capacidad de cuestionamiento de las obras, sino también en su carácter innovador: es la primera vez, en Honduras, que un grupo de creadores realizan acciones performaticas e intervenciones con perfiles curatoriales definidos bajo el referente del arte público.

Al mismo tiempo es interesante decir que en cierto modo el proyecto cuestiona de manera elegante y confrontativa la débil estructura cultural de Honduras y la denuncia de la condición social de los creadores que como recurso y crítica permitió que los artistas elaboraron sus proyectos con menos $ 1.20 , demostrando e ironizando que bajo restricciones materiales se puede elaborar obra de arte y con ello confrontar a otros creadores, tranvías de buena fe, cuya noción creativa se eleva ante la subasta y al olor a desinfectante lujoso de algunos espacios de compra y venta, o trueque de las galerías nacionales.

Los proyectos, a pesar de sus costos, logran transgredir una multiplicidad de valores, así como proponer una escala axiológica distinta: arte y vida se entrelazan, crítica y cuestionamiento se muestran, esa fue la sensación que me despertó el artista Cesar Manzanares que al incorporarse como marero a través de una acción performatica, en el campus universitario, ironizando los prejuicios y parámetros convencionales que los medios de comunicación han divulgado sobre los mareros*. No olvidemos, que para nosotros el marero representa al criminal que atenta la vida individual y colectiva, ser asocial, sucio, vil, responsable de secuestros, asesinatos y todo tipo de crimen; sin embargo, Manzanares, en su discurso logra burlarse de esta serie de acusaciones y lo más lo rico de la obra no reside en la burla, sino en la desmitificación que logra al encarnar al marero e intelectualizarlo, e introducirlo en los espacios de la academia, demostrando que también el marero tiene la necesidad de pertenecer a una estructura de vida productiva y desarrollarse académicamente.

En la obra, el marero de delincuente urbano ha pasado a deambular en la biblioteca universitaria y como muestra de su descontento por la represión y persecución de la que es victima, lee y parafrasea públicamente su sueño, su modelo de sociedad a través de la Republica de Platón.

Este profundo cuestionamiento sobre la exclusión humana también se advierte en la obra Pancito Papi del artista Fernando Cortés que solicitó a un colectivo gay ayuda para que uno de sus miembros vestido de travestí se paseara por los pasillos universitarios ofreciendo galletas de la suerte; lo que develó el miedo, el temor, pero más el rechazo que sentimos hacia las personas que han definido su sexualidad al margen de la falsa moral religiosa, que no son libertinos sino consecuentes con sus iniciativas personales.

Lo irónico de la obra residía en el momento que el travestí proporcionaba en forma de alimentos las galletas de la suerte con mensajes que ofendían nuestra integridad y que ante todo cuestionaban profundamente la condición homo fóbica que impera en la sociedad hondureña.

Con una orientación provocadora, al igual que los artistas anteriores, encontramos las obras de los artistas Gabriel Galeano y Leonardo González, el primero con su obra Pequeño Cabaret Ambulante logra hacer de la miseria humana un atractivo que se manifiesta en festejo, al mismo tiempo es visible en esta obra una burla despiadada a la condición humana actual, burla que se presenta al momento de mostrar a través de un paseo urbano un desfile cuyos componentes son un viejo perro callejero y un niño atados a una cuerda que sirve de pechera y que se mueven según el antojo del artista, con ello denuncia a esos seres de la calle que al ser remunerados están dispuestos a realizar cualquier actividad no importando que esta los deshonre o escarnezca.

A Galeano no le importa denigrar la condición humana, sino más bien mostrar la otra cara de la globalización, lo que le interesa es mostrar las injusticias sociales que el actual modelo económico impone con su exclusión y participación de los espacios de consumo, es por esto que el artista a manera de burla compra en uno de los establecimientos de las transnacionales de comida rápida alimento para el niño y el perro.

Leonardo González arremete contra la iconografía cristiana: la coloca en un espacio inusual, en un condón que sirve de soporte, la irreverencia va desde la imagen de Jesucristo hasta el epígrafe que contiene impreso : en tus manos encomiendo mi cuerpo,
parodiando una de las plegarias más dolorosa del mártir cristiano; el ruego se ha quedado en un evento cotidiano y nada tiene de divino, sino de mera suplica por desmitificar el uso de objetos que previenen enfermedades y embarazos, seria situación que aún no se atreve a develar de manera científica por represiones del oscurantismo institucional religioso.

Salvador Madrid construye su propuesta a manera de juego, la rayuela es el recurso que utiliza, cada retícula de la estructura geométrica que se encuentra impresa en la calle contiene una frase poética que alude a nuestra sexualidad y cuando el espectador interviene a manera de salto premeditado, pisa los mensajes contenidos, los escribe o los expresa verbalmente y sigue su marcha organizando frases semánticamente coherentes que al final resultan un poema de contenido fuertemente erótico.

Es probable que la intención de Salvador sea por un lado la de trastocar una serie de valoraciones y prejuicios que se tienen en torno a lo sexual y por otro experimentar mediante la interacción de técnicas literarias que le permitan construir de manera innovadora su poesía.

Rotundamente se puede asegurar que las obras que aglomeró 20 pesos, la necesidad tiene cara de perro conmutan en su finalidad provocativa mediante la ironía y la burla.

Bondadoso es mencionar que la curadoria y coordinación del proyecto estuvo en manos del artista Adán Vallecillo, cuya labor le dio coherencia colectiva y afinidad a la propuesta en los espacios seleccionados para vincular la mayor cantidad de publico en el evento.

Sin duda que los aportes alcanzados en este proyecto no se recogen dentro de este documento, para esto se hace necesaria la discusión permanente entre los creadores y el aporte de las personas que se encuentran ejerciendo la curaduría en el istmo centroamericano. De esta manera se elevara el perfil y las dimensiones del proyecto serán mucho más extensas.


*Marero: Pandillero organizado. Persona que vive en los suburbios de las ciudades de Honduras y que es militante de una pandilla.