Nuez en la bicicleta*

ADELAIDA DE JUAN

Hace más de cuatro décadas, un adolescente dio vida a un personaje desde las páginas de Zig-Zag. De modo similar a su antecesor, que se hacía el loco. Y así, en dos momentos de relevancia revolucionaria, el Bobo de Abela y el Loquito de Nuez entraron en la historia del dibujo humorístico cubano. Ambos personajes murieron con las circunstancias sociales que les dieron origen: El Bobo se retira fracasado y su autor se dedica a su inicial amor, la pintura. Pero la causa del Loquito triunfa y su autor continúa creando otros personajes y comentando circunstancias nacionales con agudo sentido del huimos.

A los Barbudos siguen Mogollón, Don Cizaño y otros prototipos criticables; el burocratismo se resume con la frase popular "Allí fumé". Nuez es incansable en la búsqueda del enfoque crítico de situaciones vengativas u objetos de burla a través del humor.

Ahora Nuez vuelve a la carga con un nuevo personaje, la bicicleta, la cual adquiere vida en las situaciones en las que las ubica el autor. Durante la década de 1990, en condiciones bien difíciles del país, la bicicleta se convirtió en un artefacto que, más allá de su capacidad de movimiento rápido, llegó a formar parte del panorama nacional. Se generaliza, no sólo como medio de transporte, sino como parte de la inventiva "criolla". Forma parte de la vida cotidiana, llegando a cambiar caracteres de la misma. Deviene fuente de subsistencia, objeto preciado cuyo cuidado y conservación requieren especial atención, suscita las posibilidades de nuevas modalidades del quehacer cotidiano y llega a alterar el panorama, no solo de los viajes, sino asimismo de los interiores.

Nuez capta todas estas posibilidades y les añade esa pizca de inventiva que convierte el mero comentario costumbrista en símbolo visual de una realidad vivida. Sus bicicletas dibujadas existieron en la realidad digamos física, para ahora tener una existencia añadida en el dibujo. Este combina la línea gruesa con la filigrana ligera, para lograr dotar a la bicicleta de una existencia vívida e imaginativa a la vez. Bicicletas como éstas pudieron circular por las calles cubanas y, a la vez, sólo existen por medio del lápiz de Nuez. Porque él parte de lo visto, lo capta, lo fija, lo enriquece, lo adorna, lo hace persistir en la imagen plástica.

Todos los aditamentos imaginables y, después, algunos otros, se acumulan en su bicicleta; ella es portadora de diversos pasajeros y refleja el carácter y la imagen de su dueño en los adornos, en los objetos que lleva, en el uso dado a la parrilla. Sirve para ir al campismo, a la playa, a las compras de todo tipo, al centro de trabajo, a una cita de amor, al paseo familiar; es usada por el joven deportista, el hombre de negocios, el trabajador de fábrica y también el de la oficina, la monja, la mujer de cualquier edad; da lugar a escenas de congestionamiento de tráfico al aire libre o a situaciones anteriormente desconocidas como pueden serlo la solución del inquilino de un apartamento en los altos que introduce su bicicleta en un elevador congestionado o, en caso contrario, carga con ella por las escaleras. Hace surgir nuevas posibilidades de empleo como el de la bicicleta de mudanzas, ("Seguridad y garantía"), la de venta de hortalizas o la del afilador de cuchillos y tijeras. Las bicicletas, en fin, como artículo de gran valor, ha de ser, no solo cuidado sino también guardado de todo peligro de pérdida: de ahí que se acumulen las bicicletas de la familia en la sala, como parte integrante del mobiliario, o acompañe a su dueño en todo momento, inclusive en los lugares de mayor privacidad.

Nuez, en uno de los últimos dibujos, traza la imagen de un monumento conmemorativo a la bicicleta. Sobre un alto podio, ésta da a la cara al mar desde el Malecón y se yergue vencedora como las estatuas ecuestres de los guerreros triunfantes. En esta colección de dibujos, en efecto, ¡el triunfo va a la bicicleta!


*Palabras de Adelaida de Juan para el catálogo Cuba Bici. Dibujos humorísticos de René de la Nuez, publicado por la Ediciones UNION, 2003