![]() ![]() |
La ciudad en el cine cubano: una estética de los límites |
|||||||||
|
Memorias del Subdesarrollo (1968) Dir.:Tomás Gutiérrez Alea |
La arquitectura y el cine son concebidos por el sujeto contemporáneo
como experiencias que forman parte de su fisonomía cotidiana. Sin
embargo, son muy recientes los estudios que analizan el nexo entre
ambas manifestaciones. La vastedad del tópico, así como la espontaneidad
con la que se asume en lo cotidiano la interrelación de ambas experiencias,
lo convierte en un terreno en el que pocos especialistas han desandado
de manera exhaustiva. Las investigaciones realizadas en el campo se
concentran generalmente en el análisis de relatos cinematográficos
que idealizan y mitifican las grandes metrópolis mundiales, toda
vez que analizan las pautas que tipifican a la ciudad dentro del espacio
cinematográfico. En el contexto cinematográfico cubano la interrelación de ambos
universos expresivos denota una tendencia alejada de los inveterados
esquemas icónicos que han caracterizado a los espacios urbanos dentro
de la imagen de las grandes productoras cinematográficas.
La representación de la ciudad en el cine cubano ha mantenido como
constante su apego a la impronta que las circunstancias sociales,
culturales y económicas del contexto urbano imponen a sus habitantes. Desde su re-nacimiento (1960), el cine cubano, en tanto expresión
artística protagónica del proyecto revolucionario y medio divulgador
de la naciente realidad, centró su interés en el registro de los espacios
donde ocurrían ostensiblemente las transformaciones sociales. El entorno
rural, dimensión donde se redefinía la base de relaciones sociales
y humanas mediante la transformación
de clases, constituyó durante estos primeros años el terreno
fundamental desde el cual los cineastas discursaban acerca de la realidad
de la isla. Las propuestas de estos primeros
años produjeron una reconfiguración del espacio que desechaba la idea de que los
enclaves de interés narrativo se concentraban en los centros urbanos.
Esta lógica preponderó a las zonas periféricas en el interés por la
centralización de conflictos límites y experiencias de un sector social
históricamente postergado. ...barrios pequeños
llenos de tradiciones y emociones... La periferia citadina
ha constituido un foco de interés en los cineastas, no sólo para exponer
experiencias de re-estructuraciones urbanísticas que desbordan el
entramado metropolitano, sino también como espacio donde se concentran
comunidades con identidades bien arraigadas y definidas. Como en De
cierta manera pero desde una perspectiva más centrada en aspectos
de la psico-geografía, Hasta cierto punto (1983) reflexiona sobre
los prejuicios colectivos que genera la sociedad fundamentándose en
el estamento del sujeto. En este filme Tomás Gutiérrez Alea se apropia
de la zona del puerto para discursar sobre problemáticas,
no tan referidas a la reformulación urbanística del entorno aludido
anteriormente como a la subjetividad del ser que en él habita. Mediante
el recurso textual del cine dentro del cine, se relatan las experiencias
de un guionista interesado en realizar un documental sobre algunas
deformaciones éticas perpetuadas en la conciencia del cubano. Para
ello va a la zona industrial localizada al otro lado de la bahía habanera,
contexto en el que labora potencialmente el hombre que habita los
márgenes, y al que la memoria colectiva atribuye la subsistencia de
estigmas morales que difieren de la concepción del hombre nuevo. En
este ambiente el cineasta conoce a una obrera portuaria con la que
establece una relación afectiva, en la cual se exteriorizan tanto
los conflictos de la mujer trabajadora como las contradicciones existentes
entre obreros e intelectuales. Se establece entonces un diálogo entre
sujetos de realidades heterogéneas que da el traste con una serie
de contrastes físicos y conductuales. La toma de decisión de este
intelectual frente a la posibilidad de compartir el espacio de la
obrera, en el marco estrecho
de una habitación localizada en un barrio proletario, permite las
comparaciones de éste con ese otro ambiente citadino y laxo donde
se desarrolla la existencia del protagonista, quien finalmente descubre
en él la personalidad machista y retrógrada que pretende criticar.
...qué es la gloria para ti… Habana La representación de la urbe habanera, de los monumentos arquitectónicos que la enaltecen, no fue espacio privilegiado por la cinematografía hasta entrados los años noventa. La zona del Vedado, en tanto espacio céntrico que advierte en su arquitectura la opulencia de la vida republicana, constituyó para muchos de los cineastas de la primera generación el escenario de relatos críticos acerca del estatismo de algunas esferas sociales ante la impronta social revolucionaria. La urbe fungió como sitio en el que se desenvolvían historias que concentran en su núcleo dramático personajes del estrato pequeño-burgués escépticos ante la transformación. Es el caso de Sergio, protagonista de Memorias del subdesarrollo (1968), quien observa distanciadamente desde lo alto de uno de los “rascacielos habaneros” la euforia del pueblo. El Vedado funciona también como set de La muerte de un burócrata (1966) -del mismo director- historia plagada de personajes dotados de poder político-administrativo que entorpecen al límite de lo absurdo las tramitaciones y legalidades, incluyendo la de los difuntos. Este escenario de construcciones modernas, en el cual se amalgaman
diversos estilos internacionales
que transformaron a La Habana en una metrópolis arquitectónicamente
descollante durante los años 50, devino para la cinematografía de
la década ochentiana el plató de algunos filmes de género histórico.
Con la intención de recrear la sociedad precedente -primera mitad del siglo XX- y analizar los eslabones más criticables de
la misma, algunos cineastas apelaron al historicismo apologético a
través de temáticas insertas en espacios arquitectónicos
particularizados. Un hombre de éxito (Humberto Solás,
1987) y María Antonia (José
Massip, 1989) se insertan dentro de esa
producción historicista. Ambos
filmes circunscriben sus relatos a
la ciudad y el entorno urbano de los años prolíferos de la república
neocolonial desde dos visiones
antagónicas. Un hombre de éxito
transcurre en espacios habitacionales que dan todo el alcance
y poder (económico- político) de la burguesía republicana, mientras
que Maria Antonia trabaja
los estratos de la sociedad localizados, geográfica y económicamente, al margen de los centros donde se desenvuelven
las relaciones hegemónicas expuestas por Humberto Solás. Este director trabaja un tema de perfil político en
el que se hace alusión a una clase que recurre al despotismo y la
corrupción para mantenerse en las estructuras de poder. Para exponer
los atributos de ésta explota simbólicamente el componente arquitectónico
en tanto lenguaje que decodifica la psicología de los roles en juego.
A través de los valores plásticos del estilo
Art Deco se caracteriza la sobriedad y racionalidad
aparente de la alta burguesía republicana. El regodeo de la fotografía
en ostentosos decorados de los eclécticos salones (edificio Bacardí) donde se desarrollaba la vida social de este sector;
la caracterización de cada personaje según los espacios interiores
donde circulan (edificio López Serrano); la verticalidad de las estructuras
y los juegos de luces y espejos (Teatro América) hacen del espacio
físico un componente dramático fundamental. Es por ello que Un hombre de éxito constituye un film que logra expresar la grandilocuencia
de una época por su atmósfera ambiental. Todo en él -la sobriedad
del argumento, el despliegue fotográfico, la actuación y la banda
sonora- apunta hacia la definición
de una obra cinematográfica de fuerte impronta deco. María Antonia se narra desde las antípodas de Un hombre de éxito. En los espacios extremos, definidos por precarias
construcciones, es donde se desarrollan los valores de un sector caracterizado
por una mujer transida por su extracción social. El ambiente de La
Habana nocturna, la sublimación de la estética del cabaret que lujuriosamente
recreara PM (1962) descubre
su ángulo más desgarrador al ser subordinado al ambiente religioso.
A través de la práctica religiosa popular se percibe una psicología
moral y familiar de los estratos de la sociedad republicana que se
despliega en los límites de lo urbano y lo rural. Entre paisajes atestados
de edificaciones raídas y lóbregas, que colman aquellos barrios donde
el entramado desconoce urbanización alguna, se desarrolla la subsistencia
de gente sobre las que se erige la grandiosidad de los personajes
de Solás. Barriadas marginales en las que
el problema de la subsistencia devela el perfil más despiadado de
la sociedad. La decadencia de las locaciones y la informalidad de
los habitáculos que sirven de templos para el culto religioso santero
inundan la imagen de esta película. Es así que son registrados
los barrios de Cayo Hueso y otros sitios dentro de los que –equívocamente-
la cámara registra un edificio
dieciocho plantas distintivo de la tipología real socialista. …que La Habana no aguanta
más Las relaciones entre
el cine y la ciudad no se limitan
únicamente a la utilización de los espacios urbanos como medio en
el cual se desenvuelven las tramas cinematográficas. De alguna manera,
aunque menos plausible “el cine da forma también a la ciudad”
[1]
. A través de argumentos y tópicos tratados en la
imagen audiovisual se descubren nuevas relaciones entre la ciudad
y sus habitantes. En la filmografía de corte popular orientada hacia temas emergentes
que promovió la nueva generación de cineastas surgida en los ochentas
se estableció un diálogo directo entre la arquitectura y el hecho
cinematográfico, el cual sirvió para generar el debate sobre problemas
apremiantes referidos a la habitabilidad. Las temáticas tratadas abrieron
el camino para cuestionar problemáticas concernientes a la superpoblación
de la Ciudad de La Habana, así
como los efectos del proceso migratorio proveniente del
interior de la isla que comenzó a afectar la demografía capitalina
a inicios de la década. Mediante el asistido género paródico las propuestas cinematográficas
abrieron su espectro hacia temáticas cotidianas, fundamentalmente
entronizadas en las zonas aledañas a la urbe. Se permuta (Juan Carlos Tabío, 1983), Plaff! o Demasiado
miedo a la vida, realizada por el mismo director en 1988 y Los pájaros tirándole a la escopeta (1984) son algunas de las propuestas que
indagan directa o tangencialmente problemas como el de la vivienda
familiar, la convivencia generacional, las permutas. Temáticas que
abrían zonas de distensiones sociales que eran acometidas con mirada
crítica. En este sentido Plaff! perfila a través de
la comedia de enredos y los gags una historia
mediada por críticas a problemas sociales como la burocracia y el
estatismo. Las dificultades de la joven generación para ser aceptados
en círculos profesionales legitimados por la experiencia, así como
las limitaciones que enfrenta ante la búsqueda de la independencia
económica y habitacional se evidencian a través de los personajes
protagónicos. Clarita y José conforman una pareja recién iniciada en la vida laboral que debe
vivir agregada a la madre del novio, lo cual supone constantes contradicciones
y enfrentamientos entre ambas mujeres. El malogro de la intimidad
necesaria para la relación así como la incompatibilidad de costumbres
y maneras de enfrentar la vida por cada una, las conlleva a la violencia
doméstica. El espacio en Plaff! se construye
a nivel de barrio local de construcciones de principios del siglo
XX, representados por viviendas uniformes en su tipología. No se percibe
las dimensiones de la ciudad, sino que la cámara se ciñe al espacio
íntimo del vecindario y el microcosmos doméstico para indagar en él
los conflictos de la convivencia colectiva y de las relaciones interfamiliares.
Particularización ésta que provoca la fragmentación de la imagen dentro
del mismo contexto citadino y que responden a la premisa de los cineastas
de la joven generación: el tratamiento de temáticas de orden cotidiano
y a la comunicación diáfana con cualquier tipo de espectador. El tópico del intercambio
de espacios, mudanzas, permutas y compra-venta de propiedades ha constituido uno
de los negocios más rentables y multitudinarios de la sociedad cubana
actual. Llegando a convertirse en una institución que procura por vías extraoficiales cambios de habitabilidad,
ésta constituye una portentosa vía de lucro para un sector
que controla el mercado negro. Este fenómeno que comenzó a manifestarse
visiblemente en los años ochenta es el leit-motiv de Se permuta, comedia cinematográfica que
invita a la reflexión del fenómeno de la vivienda en la capital habanera. A través de la permuta se busca, no sólo mejorar el hábitat
sino el status social dentro de la estructuración clasista de la sociedad.
Es el caso del personaje que interpreta la actriz Rosa Fornés
en la película, una señora que pretende alejarse de la periferia y
encontrar para su hija una posición ventajosa y “un buen partido”.
Una serie de peripecias y enredos ocasiona este personaje para trasladarse
del solar en el que viven a una casa en Miramar, barrio residencial
en el que históricamente se ha concentrado parte del sector financiero
más opulento de la sociedad habanera. En el filme la utilización del espacio urbano es enriquecida a través de una fotografía cautivada por el movimiento de la ciudad. La cámara desanda la capital en un afán por definir sus diferentes espacios, recurso que induce al espectador a establecer comparaciones entre las distintas zonas residenciales. De modo más explícito se cualifica también la precariedad habitacional en otras provincias y municipios aledaños a la urbe que participan del intercambio múltiple de vivienda que promueve Rosa. Este aprovechamiento de los espacios exteriores así como la intrusión de la cámara en situaciones cotidianas que los caracterizan, le otorgan a la narración gran frescura y humorismo. Por otro lado, se evidencian las reestructuraciones e inventivas en las construcciones de habitáculos –como la “barbacoa” [2] y el “chichón” [3] - en función del aprovechamiento máximo del espacio doméstico. La Habana llora de noche La apropiación de la arquitectura que ha realizado el cine
cubano en su filmografía no siempre se encamina por derroteros que
buscan el reflejo de la realidad social en su sentido fáctico. La
visualización de los espacios urbanos dentro las producciones más
recientes se ha implementado desde una subjetividad
que trasgrede los horizontes conocidos donde
la creación de zonas imaginarias obedece a las preocupaciones existenciales
del cubano embebido en los dolorosos años 90. El cuestionamiento de nuestro destino histórico desde la mirada personal y la crítica más visceral, es uno –sino el más
importante- asidero ante la filmografía pujante de la década. Dentro
de ella La ola
(1995), Madagascar (1994),
Fresa y Chocolate (1993) y La vida es silbar (1998) devienen
obras paradigmáticas.
La idealización de un territorio como ese “otro” espacio de
realización y encuentro propio, es el subterfugio de Madagascar. La película -realizada
por Fernando Pérez en los momentos más dramáticos del llamado “Periodo
Especial”
[4]
-expone la crisis de valores espirituales y morales
de la sociedad cubana posterior a la caída
del Muro de Berlín. El relato comienza con una escena inquietante
que va a definir el resto de la trama: un bulto impreciso de bicicleteros
saliendo del túnel de la bahía aparece en pantalla secundado por la
fatigosa respiración del que hace un gran esfuerzo. Este clímax inicial
define el discurso narrativo de la película, la cual
transcurre a través de acciones mínimas y ensordecidas que
nos dejan un perturbador sentimiento de impotencia y desasosiego. En el centro de este contexto se debaten los conflictos generacionales
entre una madre y su hija adolescente, quien deviene mujer a partir
de la angustiante búsqueda de su personalidad. Junto a su familia,
Laurita desanda la ciudad en un camión de mudanzas, sin embargo, el
ensayo de nuevas fórmulas de habitabilidad no entrega opciones plausibles
a su conflicto existencial. En el recorrido enfrenta la
realidad áspera y moralmente ambigua de una Habana en plena
decadencia, poblada de edificios sombríos y personas que expresan
en sus rostros amargura contenida. Como alternativa a este espacio
de frustración y desgaste surge Madagascar, lugar de encuentro y recuperación
del personaje consigo mismo. En el anhelo por la
concreción de este sitio mítico Laurita enfrenta verdades dolorosas
y también efímeros, pero profundos, momentos de felicidad. La representación de lo urbano en la cinta parte de la fragmentación espacio-tiempo, los
fuertes contraluces son manipulados plásticamente para acentuar la
carga dramática de la puesta en escena, donde la expresividad poética
es inseparable de la emotividad que genera. Mientras, el espacio que
contiene a Madagascar permanece en el plano abstracto de la invocación
y la utopía. En La Ola la ciudad
también les pesa a los personajes. Enrique Álvarez ofrece nuevamente
la imagen de la ciudad en ruinas en contraposición a otras zonas imaginarias:
el espacio bidimensional de la obra pictórica y el espacio emocional.
Ambas categorías espaciales se ponen en juego mediante
la utilización dialógica del mundo real
y el universo pictórico. Los
esposos Arnolfini, pintura en la que
el flamenco Jan Van Eyck redimensiona infinitamente
el espacio mediante el juego de espejos, es utilizada como
cosmos idílico hacia donde los protagonistas se evaden del mundo exterior
que los avasalla. En escenas metafóricas que desdibujan los límites
realidad-no realidad, los protagonistas de la película se desdoblan
en los personajes de la pintura para crear un espacio utópico que
hace alusión a un universo subconsciente que canaliza el encerramiento
y las ansias de libertad. A este lugar imaginario se contraponen los espacios fácticos
en los que transcurre el relato: restos de construcciones antaño esplendorosas
que ahora se nos muestran como cicatrices de la ciudad o la habitación alienante en la que conviven los
protagonistas. En estos sitios la pareja de actores se debaten entre
la memoria y el miedo a la exteriorización de sus emociones. Los continuos
paseos y extravíos entre las ruinas establecen un puente con el espacio
subjetivo creado en la dimensión plástica y evidencian
el mundo interior con sus síntomas de desorden mental. La narración de la película es realizada por un personaje extra
diegético que
contempla la ciudad en la distancia. Como en Hasta cierto punto, la cámara
se emplaza al otro lado de la Bahía
–zona límite entre lo urbano y lo suburbano-, esta vez para reflexionar desde una postura alejada sobre temas substanciales
que estremecen la década: la búsqueda de la felicidad individual y
la emigración como alternativa. La voz en off aparece en los momentos necesarios,
dándole al filme un ritmo poético y sugestivo de tal manera que nada
parece realmente cierto ni absolutamente ficcional. Por su parte, Fresa y
Chocolate no contrapone espacios reales y supuestos, sino espacios
transitorios y permanentes, estableciendo un juego entre presencias
y ausencias. Es la crónica de una derrota por la elección de la diferencia.
En esta obra de Tomás G. Alea el medio urbano deviene lugar de reflexión
de resultados paradójicos y crisis sociales. Se muestra la ciudad
como espacio de tránsito para cubanos que no siguen las normas impuestas
por la oficialidad y que son presionados a buscar alternativas de
vida lejos de la patria. Es el caso de Diego, un homosexual de ideas
liberales con un gran sentido de pertenencia a su tierra, quien es
llevado por la coacción de instancias administrativas a renunciar
y ver como única salida la de abandonar su patria. Como en las dos películas precedentes, Fresa y Chocolate alude al
estado crítico de la ciudad mediante la visualización de su centro
histórico y edificios emblemáticos. De alguna manera la insensibilidad,
el desgaste de los valores humanos, es visualizado a través del deterioro
del acervo patrimonial de la ciudad. Antes de su partida Diego recorre
el casco histórico en una exaltación de la ciudad que lo acunó. Con
este pretexto valora, a través de elementos constitutivos de
la imaginería arquitectónica como las casa coloniales, los vitrales,
las mamparas y una serie de elementos imperceptibles a la mirada del
ciudadano, lo que de alguna manera define nuestra cultura. La Habana a todo color A finales de la década La
vida es silbar cambió esa visión apocalíptica y crítica de nuestra
urbe representada en los filmes anteriores. Los espacios registrados
circundan las zonas céntricas de La Habana, lugares comunes en los
que se percibe el deterioro físico y espiritual de la época. Sin embargo,
las tonalidades de luz de una preciosa fotografía reflejan un ambiente
lírico que transforma a la ciudad y sus espacios -tantas veces retratados-
en sitio en el que la esperanza encuentra sosiego. Fernando Pérez propone un despertar del letargo de la crisis
con una película que aboga por la tolerancia, el encuentro y la felicidad
del cubano; la cual habremos de esperar en una tarde del año 2020.
Ya no le complace hurgar en la tribulación sino vislumbrar con mirada
expectante el cercano amanecer. Para ello construye de modo riguroso
tres historias habitadas con personajes apasionados por el encuentro
de la felicidad en una ciudad que da cabida a otras miles de
historias. Cada uno de ellos representa generaciones actuantes en
el proceso de desarrollo y madurez de la sociedad actual. Son personajes-símbolos
que de alguna manera encarnan a la generalidad del pueblo cubano.
Bajo la mirada omnipresente de los dioses, Cuba y una hija
que sólo silba y es feliz, Elpidio, Mariana
y Julia pugnan con la marginación, la desconfianza y las frustraciones
generacionales. La historia de cada uno se desarrolla paralelamente
mediante el rompimiento de la narrativa tradicional que propone una
causalidad realista y una progresión dramática lineal. Dentro de ellas
la ciudad adquiere el estatuto de co-protagonista:
sus ruidos, sus signos notorios aportan vida y elementos fundamentales
a la progresión dramática de los actores. Como
tentativa a la búsqueda de
su realización cada figura dramática busca su felicidad en el entorno
urbano, en el cual el ritmo de la urbe es representado de manera decisiva
por medio de la mezcla sonora. La solución a los conflictos planteados por cada personaje
es invocada por el azar concurrente del que hablara Lezama, capaz
de hacer confluir el mismo día y a la misma hora a
Elpidio, Julia y Mariana en la Plaza de la Revolución, hito arquitectónico
de la ciudad y símbolo eminente de la historia más reciente. Se presenta
así una ciudad personalizada, pletórica de signos que apuntan hacia
la definición de esa vocación culturológica
aprehendida en el desarrollo del pensamiento cotidiano cubano y su
proyecto de vida. El final de la película nos propone una ciudad feliz proyectada para el 2020. Colosales estructuras de metal y andamios la pueblan, como personajes semejantes entre sí que se comunican a través del silbido. En ella, Fernando no se va a la periferia como las primeras generaciones de cineastas ni muestra los recovecos de la ciudad que se nos caen encima, sino que nos presenta una visión de La Habana devenida metáfora del futuro de la nación.
[1]
David Clarke: The Cinematic City, Routledge, London, 1997.
[2]
Denominación que se le ha dado a un nivel falso –entre el espacio libre a nivel
vertical y el techo- de casas
cubanas de puntal alto.
[3]
Añadido realizados fuera de las estructuras de
la vivienda.
[4]
Apelativo eufemístico con el que la oficialidad
cubana caracterizó la época
de crisis económica en Cuba acaecida después del derrumbe del campo
socialista europeo.
|
|||||||||
![]() |
![]() |
|||||||||
![]() |
![]() |
|||||||||
![]() |
![]() |
|||||||||